Capítulo 5
M aggie salió de la consulta aquella noche más que inquieta.
La piel le hormigueaba y le picaba como si tuviera hormigas correteándole por encima, y el cosquilleo se intensificaba con cada semáforo en rojo.
Sentía hasta en la médula el zumbido incesante del móvil.
Pulsó el botón para silenciar la llamada, miró primero por el retrovisor y después por el espejo lateral, pero la carretera seguía despejada.
Por mucho que le pareciera lo contrario, nadie la perseguía, como tampoco perseguía la policía a Tristan Simms. En su caso, seguramente era la falta de sueño jugándole malas pasadas a su cerebro traumatizado.
¿Pero y si no?
Volvió a fijarse en la carretera y hundió el acelerador.
Tristan Simms la había pillado desprevenida, y eso era difícil de conseguir.
A los asesinos los entendía; hasta los psicópatas seguían patrones.
La depresión, el duelo, la ansiedad, las infidelidades...
cualquier combinación de rasgos de personalidad y diagnósticos se volvía predecible en cuanto llegabas a la raíz del problema.
Pero Simms estaba lleno de incongruencias, no solo en su caso, sino en cómo su cuerpo le pedía reaccionar: había una discrepancia importante entre sus tripas y su cabeza.
Los pacientes casi nunca provocaban una ruptura así; ella tomaba decisiones lógicas y se atenía a ellas, y se acabó.
Era más seguro de ese modo. Si hubiera decidido ceñirse al manual y seguir las «mejores prácticas» que conocía entonces, todavía tendría un hermano.
También conservaría aquella parte de la cabeza, el punto que a veces le dolía como si aún tuviera dientes prendidos de la cicatriz.
Antes imaginaba que aquel pedazo de cuero cabelludo andaba por ahí, un pequeño pegote de carne y pelo que brotaba, crecía y acababa convirtiéndose en una nueva versión de ella, plenamente formada pero un poco más tonta.
A Maggie no le hacía ninguna gracia que la Maggie del colgajo craneal fuera superior a ella; menudo golpe para el ego.
Pero tampoco se sentía bien con que aquella parte de sí misma estuviera ausente.
O muerta.
Maggie suspiró. No iba a acabar como sus padres o su hermano, y no pensaba volver a ponerse en peligro.
Tampoco pondría a su paciente en peligro sin una razón concreta; su padre estaría de acuerdo.
El manual. Tenía que hacer esto según el manual, aunque sintiera que Tristan Simms mentía, o que quizá estuviera paranoico.
¿Habría cambiado algo un par de chistes más sobre Hound Dog ?
Quizá otra línea de interrogatorio, una menos amenazadora.
El semáforo al final de la manzana pasó despacio de verde a ámbar.
¿Y qué me dices de la rumiación, Maggie, de ese torbellino de pensamientos que estás alimentando ahora mismo? Igual la obsesiva eres tú. Igual la que está rota eres tú.
El semáforo se puso rojo. Maggie entrecerró los ojos, miró a izquierda y derecha, con el corazón desbocado: ni un coche. Pisó a fondo. El cruce quedó atrás en una ráfaga de asfalto y calles laterales cegadoras, pero salió ilesa al otro lado. Levantó un poco el pie del acelerador.
Se sentía como si estuviera intentando crear una ficha de personaje de Dungeons no puedes hacer nada más. Había tomado su decisión, igual que Mannie, y ella no tenía motivos sólidos para pensar que fuera un peligro para nadie ni fundamento legal alguno para hacer una llamada que podría arruinarle la vida, por no hablar de contravenir todos los principios éticos que tanto valoraba.
Hiciera lo que hubiese hecho Tristan Simms, fuera cual fuese el problema al que se enfrentaba, tendría que arreglárselas solo porque no quería su ayuda.
Entonces, ¿por qué tenía la sensación de haber fracasado?
Pero otra voz le susurró de inmediato: Sabes perfectamente por qué.
La piel todavía le picaba cuando tomó la salida hacia la autopista que la sacaría de Fernborn, en dirección opuesta a la prisión.
El sudor se le había secado en regueros pegajosos de sal a lo largo de la espalda, pero la sangre le vibraba con tanta fuerza que sentía que los capilares podían reventarle.
El móvil volvió a zumbar y ella dio un respingo —la tercera vez en una hora—, pero el sonido la arrancó de sus propios pensamientos.
Sacó el teléfono del portavasos y echó un vistazo a la llamada entrante justo cuando dejaba de sonar.
Alex. Otra vez. Estaba dejando el móvil de nuevo en la consola cuando recibió un mensaje:
«¿Dónde estás, cariño? Te quiero, te echo de menos. xoxo.»
Maggie entrecerró los ojos ante la autovía, con el motor quejándose, y alargó la mano para apagar el teléfono.
Pero no podía apagar el cerebro. Los músculos del cuello le gritaban de tensión.
Cada faro la deslumbraba. El retrovisor se burlaba de ella con cosas que no podía ver: ojos fisgones en los otros coches, monstruos ocultos entre los árboles a su espalda.
¿Trabaja con muchos locos?
No, señor Simms. La loca soy yo.
El coche pareció llevarla por sí solo hasta su última parada de la noche: cuatro aparcamientos separados por un aspa de césped apenas lo bastante ancha para albergar los árboles centenarios que el ayuntamiento había declarado protegidos.
De día, aquella estrecha franja de césped servía para que los clientes de los locales de comida rápida situados en los edificios de la parte delantera se sentaran allí a comer.
De noche, los árboles impedían que los altos mástiles de los focos alcanzaran los coches aparcados al fondo.
Dejó atrás los dos restaurantes; frente al tercer aparcamiento montaba guardia una tienda de muebles.
Pero ella se dirigía a la esquina trasera: un edificio largo y achaparrado, de tonos pardos, del tamaño de un viejo saloon.
Y eso era exactamente lo que había sido: un bar clandestino subterráneo.
En una de las ventanas de la planta baja relucía un neón que anunciaba consultas de videncia.
Pese al chillón rosa del neón, dentro no había ningún quiromante.
El cartel abatible de la puerta siempre decía CERRADO.
Cruzó el asfalto sin apartar la mirada del edificio, negándose a ceder al hormigueo que le recorría la espalda.
Pasó ante el gran ventanal al compás de la sinfonía de los pájaros nocturnos y el zumbido de la autovía; las espirales de neón eran un faro rabioso.
Una breve escalinata en la esquina del edificio se abría ante ella como la entrada de un refugio antitormentas: un túnel estrecho donde ponerse a cubierto, nada más.
Descendió a la oscuridad.
La pesada puerta de madera del fondo era igual de anodina, pero dentro el mundo cobraba vida, aunque no estaba mucho más iluminado: solo velas.
Una cafetera exprés perfumaba el aire con la promesa siseante de la cafeína.
Detrás de la barra, un cartel decía simplemente CAFÉ, la palabra grabada a fuego en una única tabla de abedul.
El barista, al otro lado de la larga barra de acero inoxidable, asintió al verla; sus labios gruesos se estiraron en una sonrisa.
Maggie no tenía ni idea de qué estarían haciendo sus ojos: la mitad superior de su rostro quedaba cubierta por una máscara estilo Mardi Gras, de fondo blanco brillante y profusamente incrustada de gemas verdes y moradas.
Siempre el mismo estilo, rara vez la misma máscara.
A quienes iban allí les gustaba la novedad.
En el extremo opuesto de la barra, varios recipientes de cristal contenían pulseras trenzadas de distintos colores: verde, roja, morada, amarilla, blanca, negra.
Cogió una roja, asintió al barista y se dirigió a la pared de cortinas situada a la derecha de la barra.
A primera vista no parecía más que una pared de tela que ocultaba el viejo estuco, pero, si sabías por dónde colarte — exactamente por dónde—, acababas en un pasillo en lugar de darte contra el yeso.
El corazón le latía cada vez más fuerte, y en la pelvis le resonaba el golpeteo de sus pies sobre el suelo de madera: tum, tum, tum .
Paredes bajas, todas cubiertas por cortinas blancas que le hacían sentir que atravesaba una nube.
Aún notaba la vibración en la piel; la tensión que le recorría la columna la mantenía rígida.
En algún lugar, un hombre dejó escapar un gemido largo y sonoro, aunque quizá solo fuera el chirrido de una puerta o su imaginación.
El pasillo terminaba en otra puerta, pesada, metálica y cerrada con llave, pero ella tenía una tarjeta de acceso.
Entró en un vestidor bañado por la tenue luz anaranjada de varias lámparas de sal repartidas por el perímetro.
Allí las paredes también estaban cubiertas de cortinas, y eso hacía que la estancia ondulara, tatuándole dibujos de encaje en la carne temblorosa.
Dos hileras de taquillas recorrían el centro, con los frentes revestidos de madera tallada.
Guardó en su taquilla el traje y la blusa de lunares y los sustituyó por una bata de seda de un negro obsidiana intenso; la tela se le deslizaba contra la piel como aceite.
Cambió los prácticos zapatos planos por unas botas negras altas y se ajustó los cordones hasta los muslos, con los dedos ardiéndole contra la piel.
El gemido volvió a sonar. Sin duda era un gemido.
Por último, se puso la máscara: hebras oscuras de nailon sobre cuero moldeado de color ébano, fresco contra su frente, de pronto febril. Se ajustó la cinta en la parte posterior del cráneo, justo encima de la cicatriz. La tensión se le escapó de los hombros. Los pulmones se le expandieron.
Maggie se encaminó hacia la puerta del fondo del vestidor.
Hacia el olvido.