Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

De Tristan Simms percibía engaño y miedo.

Le vibraba un punto bajo en el pecho, como si el pánico reprimido de él saltara desde sus entrañas en pequeñas corrientes de energía para alojarse dentro de su caja torácica.

Pero también había algo más: reconocimiento, no de él, sino de un lugar escondido en su interior que reflejaba algo de su propia alma.

Qué estupidez, Maggie. Solo entiendes el dolor, eso es todo. Y el remordimiento también.

Apoyó los codos en el escritorio y se inclinó hacia él con las manos entrelazadas.

—¿Qué estaba ocurriendo en su vida cuando tuvo el primer episodio? —volvió a preguntar—. No puedo ayudarle si no conozco los antecedentes de este problema.

Soltó el aire con un sonido parecido al de un globo que se desinfla despacio. Cuando volvió a hablar, lo hizo en voz baja.

—Hace diez años, mi padre le disparó a mi madre y luego se suicidó. Fue tres semanas antes de que empezaran los episodios.

Abrió los ojos de par en par, como si le sorprendiera haberlo dicho en voz alta, y Maggie entendía por qué.

Con semejante pasado, Tristan Simms era un villano de cómic en ciernes.

Se pasó el pulgar herido por la franja pálida que le rodeaba la muñeca: no llevaba reloj, aunque las marcas de bronceado indicaban que solía llevarlo a diario.

Entrecerró los ojos. ¿De cero a explicación en treinta segundos? Aquello parecía demasiado fácil.

—Estoy segura de que fue duro. ¿Tuvo apoyo emocional durante aquella época?

¿Quizá un terapeuta?

Él asintió.

—Benedict, un amigo de mi madre, siempre hizo de padre para mí...

supongo que se le podría llamar mi padre de acogida.

Y Jeanna, mi hermana, fue estupenda. Y luego estaba mi...

exnovia. —Hizo una mueca—. Se volvió posesiva.

Creía que le era infiel cuando desaparecía por las noches.

—Se encogió de hombros—. No sé qué esperaba de una chica a la que conocí en un club de estriptis .

Vaya. La mayoría de las strippers no se iban a casa con un tío al que acababan de conocer; como poco, era peligroso. ¿Era cliente habitual del local?

—En fin —prosiguió—, lo dejamos y volvimos durante años, pero yo no estaba preparado para una relación y rompimos poco después de que muriera mi madre. El sonambulismo también cesó. Durante casi siete años no tuve ningún episodio, aunque Christine y yo... nos reconciliamos.

—¿Qué ocurrió hace tres años?

Apartó la mirada.

—Conocí a otra persona. Christine perdió el control, amenazó con suicidarse y acabó en el hospital.

Después me fui a dormir y me desperté en el jardín de casa.

—Alzó la cabeza; tenía los ojos vidriosos—.

Los episodios duraron unos meses y luego volvieron a parar.

Pero ahora... —Negó con la cabeza—. No sé qué está pasando ahora.

¿Ah, no? Parecía obvio, quizá demasiado obvio, pero a veces los patrones resultaban invisibles cuando te encontrabas en medio de ellos.

—Déjeme resumir lo que estoy oyendo: perdió a sus dos padres de una forma traumática justo antes del primer episodio. ¿El sonambulismo remitió durante un tiempo, pero volvió a aparecer después de que casi perdiera a su exnovia por suicidio?

Pero había algo más, comprendió. A diferencia de Mannie, Tristan Simms no necesitaba que le hicieran la pregunta adecuada; necesitaba dar voz a algo de lo que era muy consciente.

—Perder a su madre de una manera tan traumática explicaría sin duda que reaccionase con tanta intensidad ante cualquier amenaza de pérdida. ¿Ha perdido a alguien en los últimos meses, señor Simms?

Aún no sabía cómo encajaba la policía en todo aquello, pero tendría que ir con cuidado. No era fácil distinguir los delirios firmemente arraigados de los hechos reales, y ponerse a la defensiva era el recurso habitual de aquel hombre.

Él la miró fijamente, la mandíbula tensa. Se le erizó el vello fino de los antebrazos.

—No. Llevo más de un año sin tener novia.

Pero ahora tenía fuego en los ojos: sin duda mentía .

—¿Puede decirme cómo hacer que pare? Para eso he venido.

Alzó las manos. Le temblaban; las yemas heridas estaban de un rojo rabioso, moteadas de costras de un marrón negruzco.

Una de las tiras de aproximación se había despegado, y la sangre rezumaba por el borde de la tira de plástico.

Frunció el ceño al mirar sus dedos y se llevó las manos de golpe al regazo.

—No quiero hacer daño a nadie.

Se le tensaron los hombros; tenía la espalda pegajosa de sudor. La forma en que lo había dicho...

—Señor Simms…

—Creo que esto ha sido un error. —Se puso en pie de golpe—. Siento haberle hecho perder el tiempo.

Maggie echó la silla hacia atrás y rodeó el escritorio, pero, cuando había cruzado media sala, él ya había abierto la puerta de par en par y desaparecido por el pasillo frente a su consulta.

—Cuando esté listo para hablar, aquí me tiene —le gritó.

Él no dio señal de haberla oído. Lo último que vio de Tristan Simms fue su ancha espalda al doblar la esquina hacia la sala de espera. Pero sus palabras seguían resonándole en la cabeza.

No quiero hacer daño a nadie.

Algo en la forma en que lo había dicho le hizo añadir una palabra más a aquella frase: más . No quiero hacer daño a nadie más.

Él ya creía haberlo hecho.