Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Señor Simms, si me está diciendo la verdad, no tiene nada que temer en cuanto a la confidencialidad.

Simms. Tristan Simms. Cayó en la cuenta de que el nombre le resultaba familiar, pero no lograba situarlo.

Su cara también le sonaba, ahora que se fijaba de verdad, aunque quizá fueran los pómulos afilados como hojas de cuchillo y aquella sonrisa socarrona: la sonrisa de Kevin.

Aunque él era mucho más pálido que Kevin.

Como si cogieras a Tom Cruise, le quitaras a base de lejía el fervor cienciólogo y luego lo curtieras al estilo del Brad Pitt de Moneyball .

Alzó una ceja, pero mantuvo la mirada fija en un punto más allá del hombro de ella. Las aletas de la nariz se le dilataron.

—¿ Si estoy diciendo la verdad?

Había formulado la pregunta así a propósito, para ver cómo reaccionaba. Se había puesto a la defensiva, pero no parecía sorprendido; entre aquello y lo de «señor Simms», estaba claro que la confianza era un tema delicado para él.

—Es una salvedad razonable. No voy a prometerle cosas que no pueda cumplir.

—Ah, sí, por lo de… —Señaló el cuadro que colgaba a su espalda, donde ponía VERDAD —. Creía que su trabajo consistía en confiar en lo que digo y decirme cómo arreglarlo.

—Mi trabajo es escuchar. —Se encogió de hombros—. Ha insistido en que lo atendiera hoy, y eso me hace pensar que hay alguna situación urgente de la que quieres hablar. Pero no sé leer la mente. Esa aspiración no es más que un sueño.

—Con motor V8 —dijo él.

El humor le brilló un instante en los ojos y desapareció. Sí que era fan de Elvis. Pero volvía a esquivarle la mirada, con los ojos clavados en Fluffy.

Tal vez tenían que empezar por algo más básico.

—¿A qué se dedica, señor Simms?

Sus ojos verdes se endurecieron hasta parecer esquirlas de esmeralda.

—Ya le he dicho a su secretaria que pago en efectivo.

Por el traje… ¿abogado? Pero ¿por qué ocultarlo?

Quizá fuera un escort de lujo. El trabajo sexual no dejaba de ser trabajo, pero resultaba útil saberlo cuando intentabas elaborar un perfil de personalidad.

Y que hubiera llamado secretaria a su socio era fantástico .

Le compraría a Owen una taza que dijera «La mejor secretaria del mundo» y, a partir de entonces, cada Día de la Secretaria sería una celebración como Dios manda.

—No era una pregunta sobre el pago —dijo, acercando la carpeta—. Sé muy poco de su situación, señor Simms. —Lo miró de frente—. Cuénteme por qué cree que sus hábitos de sueño son un secreto que merece la pena compartir.

Los músculos de la mandíbula se le petrificaron, pero los hombros se le hundieron. Suspiró.

—No sé qué hago cuando duermo. Y me gustaría mucho evitar que… vuelva a pasar lo que sea que pasó.

El bolígrafo se le detuvo sobre el formulario de admisión del nuevo paciente.

Vaya, esta sí que es nueva. El silencio se prolongó mientras la mirada de él se desviaba hacia la larga consola de la pared del fondo, donde estaban el guante de béisbol de su hermano y una foto de ella y Aiden tomada la semana antes de que desapareciera.

Él tenía nueve años; ella, trece. A veces se preguntaba si seguiría vivo en algún lugar, pero las cosas que la gente les hacía a los niños… estaba muerto. Tenía que estarlo.

Se le retorcieron las tripas; se enderezó y el nudo cedió.

Había tenido aquel mismo pensamiento miles de veces, pero aún era capaz de revolverle los intestinos como el sushi de una gasolinera.

Los perritos calientes de gasolinera. Los burritos de gasolinera.

Cualquier cosa caliente de una gasolinera.

—¿Estamos hablando de un episodio de sonambulismo, señor Simms?

Él asintió, pero le tembló un ojo y a ella volvió a erizársele la nuca.

—Me pasaba más cuando tenía veinte años… Los episodios eran malos hace diez años. Luego, sin más, dejaron de ocurrir durante casi siete años. Tuve unos cuantos episodios esporádicos hará tres años, pero no había vuelto a tener ninguno desde entonces… hasta la otra noche.

Tres años. Entre el tic del ojo y aquel tono forzado, le sonaba a mentira, aunque resultaba extraño falsear la cronología.

—A veces la gente empieza a caminar dormida como respuesta a un acontecimiento estresante; es la manera que tiene el cuerpo de procesar un trauma al que no se enfrentan mientras están despiertos. ¿Se le ocurre algo que encaje con eso?

Apretó los labios con tanta fuerza que se le pusieron blancos: una línea tensa de contención, como si estuviera intentando retener físicamente la explicación. Miró sus dedos y los flexionó casi sin darse cuenta; después, giró la mano.

Mierda . Se había equivocado; aquello no era solo alguien mordiéndose los dedos por ansiedad.

Tenía un corte brutal a lo largo de un pulgar, sujeto con tiras de aproximación.

Las yemas parecían arrancadas, como si hubiera intentado borrarse las huellas dactilares con un rallador de queso.

Quizá sí había intentado borrarse las huellas por todo ese delirio persecutorio de «la policía me persigue»; había visto cosas más raras.

De una cosa estaba segura: ocultaba alguna información crucial.

Lo leía en las finas líneas que le rodeaban la boca.

Al principio de su carrera quizá habría pensado que era vergüenza, pero después de diez años reconocía la vergüenza con fiabilidad en lo más hondo del vientre.

A Mannie Koch la vergüenza le rezumaba; casi podía olerla.