Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

U n cuadro de un paciente encarcelado presidía la pared del fondo de la consulta de Maggie: una composición abstracta en azules y naranjas, con una única palabra escrita en letras angulosas: VERDAD.

Tenía algo agresivo, pero el artista le había dicho que ella era la primera persona que no había intentado «soplarle humo por el culo», actividad que a Maggie le parecía dudosa, por no decir físicamente imposible.

¿Con cuánta fuerza tendrías que soplar para hacer pasar humo por un colon?

—No sé muy bien por dónde empezar —dijo el hombre sentado frente a ella—. ¿Le digo sin más que tengo una movida con Elvis y usted me explica cómo poner mi vida en orden?

No la miraba. Tenía los ojos clavados en el terrario situado detrás de su escritorio, con una suspicacia bastante evidente.

Para ser justos, a muchos de sus pacientes no les gustaba Fluffy, regalo de su padre durante uno de sus escasos momentos de lucidez: un amigo que no daba trabajo para cuando a su cerebro le daba por desconectar.

Podría haberlo dejado en casa, pero su socio tenía pánico a las arañas y ella no desperdiciaba jamás una ocasión de tocarle las narices a Owen.

—Si Elvis es un problema para usted, sí, hablaremos de él. ¿Se pierde pensando en sus zapatos de ante azul? ¿O quizá es un caso de Can’t Help Falling in Love ? Aunque estoy bastante segura de que tendría dificultades para seducir a un muerto.

Apartó por fin la vista del terrario y la miró, parpadeando.

Atractivo, si te iban los pómulos altos, las mandíbulas marcadas y el vello facial recortado al milímetro, con líneas tan rectas que parecían dibujadas.

También tenía los hombros anchos, aunque no cuadrados como los de un guardia de una prisión militar, sino trabajados en el gimnasio y no en el ejército.

A juzgar por el arqueo engreído de una ceja y por el pelo castaño claro, algo más largo de lo que se consideraría profesional, no dejaría que nadie —ni siquiera un sargento instructor— le dijera lo que tenía que hacer.

Aunque quizá solo le recordaba a Kevin. Tenía la misma sonrisa torcida. Tendría que andar con cuidado. Asociar a pacientes nuevos con personas conocidas era una manera estupenda de distorsionar el juicio.

Bebió de su botella de agua de cristal —soplada a mano, regalo de Alex— y la dejó a un lado. La base irregular repiqueteó contra la caoba del escritorio.

—¿Está diciendo que no puedo seducir a Elvis... por la seguridad de Graceland? —preguntó.

Se ajustó las gafas tocando una de las esquinas aladas de la montura.

—Pensaba más bien que la nigromancia es poco plausible. Pero sí, quedémonos con los problemas de seguridad.

Incluso en Dungeons tal vez empezaría a hablar solo para hacerla callar.

—¿Tienen algún motivo para vigilarlo, señor Simms? ¿Ha hecho algo malo?

—Van a por mí incluso cuando no hago nada malo. Creo que prefieren incriminarme antes que hacer su trabajo.

Bueno, eso no era un no. Daba a entender que la policía también iba a por él cuando sí hacía algo malo. A menos que le estuviera dando demasiadas vueltas.

—¿Qué delito querrían endosarle exactamente? El sonambulismo no es delito.

—¿Trata a muchos locos? —preguntó él en lugar de responder.

—Mis pacientes son personas normales en situaciones anormales. —Ladeó la cabeza—. ¿Cree que está loco, señor Simms?

¿Sospechaba que sufría delirios, que era poco probable que la policía fuera tras él? Si era psicótico, tendría que tomar medidas más drásticas para garantizar su seguridad.

—Usted es la doctora.

Apretó la yema del pulgar maltrecho contra el dedo corazón con tanta fuerza que se le tensaron los músculos de la mandíbula. Aflojó la presión, destensó la mandíbula y volvió a hacerlo, usando el ardor de las cutículas mordisqueadas para distraerse. Pero ¿de qué se estaba distrayendo exactamente?

—Y, tanto si estoy loco como si no, usted no puede decir nada, ¿verdad? No puede contárselo a la policía.

Ay, ay. Pero aquella afirmación, por sí sola, no era una señal de alarma.

Las personas con ansiedad solían creer que tener pensamientos aterradores significaba que querían hacer daño; que acabarían detenidas si se lo contaban a alguien, incluso a un terapeuta.

Pero... ¡sorpresa! Era normal. Si llamara a la policía cada vez que un paciente tenía un pensamiento aterrador, todos sus pacientes acabarían esposados.

Solo se preocupaba cuando la gente le decía que esos pensamientos no les molestaban .

Si a alguien le parecía una idea estupenda matar al vecino, entonces había un problema.

Apartó las manos del escritorio y apoyó las palmas sobre las rodillas del pantalón del traje; tenía húmedas las yemas de los dedos.

—Los pensamientos no son ilegales. La ley me obliga a contactar con las autoridades si tiene un plan y los medios para hacerse daño a sí mismo o a otra persona; tiene que haber un peligro inminente.

Si ya ha herido a alguien, no estoy obligada a denunciarlo a menos que siga siendo un riesgo para la comunidad.

En sesión se habían producido unas cuantas confesiones de violencia pasada e incluso de homicidio, pero por lo general quienes confesaban ya estaban en la cárcel.

—No es nada de eso —dijo él—. No quiero hacerme daño, ni quiero hacérselo a nadie más.

Excelente: punto para los pensamientos ansiosos. Lógica y legalmente, sus palabras bastaban para mantener la confidencialidad. Lo último que quería era llamar a las autoridades y acabar teniendo un paciente muerto y una bala alojada en una costilla, como le había ocurrido a su padre.

Recuperó el bolígrafo y anotó algo en la hoja de evaluación, marcando las casillas de ideación suicida y homicida: ninguna . Pero, cuando volvió a levantar la mirada, los ojos de él se habían quedado perdidos, vacíos.

Se le erizó el vello, más por instinto que por formación.