Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1) Capítulo 3
6%

Capítulo 3

L a siguiente parada de su agenda de «a ver cuántas cosas conseguimos encajar en un viernes» llegó demasiado pronto, y la sensación de que alguien la vigilaba —la misma que había sentido en la residencia de su padre— no se disipó mientras atravesaba la ciudad a toda velocidad rumbo a las afueras de Fernborn.

Sin embargo, no vio a nadie por el retrovisor.

Nada que le preocupara, al menos. Seguramente solo eran desconocidos curioseando su DeLorean.

Sí, la radio estaba estropeada y todo el chasis crujía cada vez que abría la puerta, pero su hermano y ella habían estado obsesionados con Regreso al futuro .

Además, ochenta y ocho millas por hora era prácticamente su velocidad habitual, y aquel coche le hacía sentir que era posible volver atrás, que, de algún modo, los errores no eran permanentes, aunque nada podía estar más lejos de la verdad.

Y nadie lo sabía mejor que el hombre al que iba a visitar ese día.

El aire de la prisión apestaba a jabón cargado de lejía, a cuerpos apretados como sardinas y al almizcle salado y dulzón de la desesperación.

Un guardia de uniforme color topo y bigote de oruga se detuvo ante la celda enrejada y le indicó con la cabeza que entrara.

La puerta se cerró a su espalda con un pesado estruendo metálico que le tensó las piernas hasta hacerle daño.

No era que estuviera encerrada con un asesino; era que sentirse atrapada, sin más, suponía una afrenta a la psique humana.

Había personas que debían estar allí —los pedófilos eran difíciles de rehabilitar, y había otras excepciones—, pero ella creía firmemente en la redención de buena parte de la población.

Ojalá hubiera sido tan fácil para Mannie Koch.

El hombre sentado al otro lado de la mesa de acero inoxidable tenía la piel aceitunada cubierta de tinta carcelaria gris azulada: la Virgen María, calaveras sonrientes y una hilera de pájaros en la sien izquierda que probablemente eran arrendajos azules, aunque parecían palomas aplastadas.

Su tatuador no iba a llevarse el premio al Artista Penitenciario del Año.

Mannie también tenía una lápida enorme tatuada sobre un omóplato, con el nombre de su mujer en letras gruesas e irregulares.

Mannie Koch la evaluó con los ojos negros y hondos de una serpiente de cascabel.

Le sacaba cuarenta y cinco kilos, tenía el pecho tan ancho como los hombros de Maggie y unos músculos perfectamente definidos que su práctica diaria de yoga jamás le daría.

Pero sabía que aquellos ojos de víbora y aquellos puños apretados no eran para ella.

—¿Qué ha pasado, Mannie?

Él se estremeció al oír su nombre; ella era la única persona a la que permitía llamarlo así.

Para todos los demás era Mark. Mark no era su segundo nombre ni una versión occidentalizada de Mannie.

«Mark» aludía a las X que había abierto a cuchilladas en la piel de sus víctimas: su mujer y la madre de ella. La X marca el lugar.

Maggie había trabajado con muchos sociópatas violentos.

Percibía sus diagnósticos en el vello fino entre los omóplatos, en ese cosquilleo irritante de compartir habitación con alguien a quien le daba igual que viviera o muriera.

Mannie no era uno de ellos. Sentía su depresión como un pozo en el vientre, pero no percibía amenaza alguna.

Aunque ya se había equivocado antes. La cicatriz de la base del cráneo le palpitó una sola vez, como el aleteo de un corazón, y luego se quedó quieta.

Mannie encogió un hombro pesado, pero la mandíbula se le tensó.

Plantó los puños sobre la mesa metálica que los separaba.

Los queloides se retorcían como gusanos sobre los pequeños huesos de la cara interna de una de sus muñecas; si entrecerraba los ojos, Maggie distinguía el patrón de cicatrices que le habían dejado sus propios dientes.

La mirada se le escapó hacia los barrotes de hierro y volvió enseguida.

—¿Mannie?

—No quiere hablar conmigo —susurró al fin.

Maggie no tuvo que preguntarle de quién hablaba.

Solo había una mujer que le importara. Su hija, Izzy, había entrado en casa de su abuela y lo había encontrado de pie junto al cadáver de su madre.

Él había esperado a que ella estuviera en Nueva Orleans con una amiga para empezar el proceso, aunque quizá, de haber estado los niños en la ciudad, se habría limitado a matar a sus víctimas más deprisa.

Tal como habían ocurrido las cosas, su mujer tardó seis días en morir.

—Está intentando olvidar, Mannie.

—Ella no va a poder olvidarlo nunca. Pero lo hice por ella. Solo quiero que esté… —Sus ojos volvieron a endurecerse; esta vez no de furia, sino de dolor.

—¿Agradecida? ¿En paz? —No lo decía por decir; él ya había expresado ambas cosas antes.

Mannie sorbió por la nariz y asintió.

—Sí. Puede que las dos cosas.

—Testificó a tu favor. Eso dice mucho de su estado de ánimo.

—Maggie quizá tendría una perspectiva más amplia si hubiera seguido el juicio, o al menos hubiera mirado las redes sociales de Izzy, pero prefería basar el tratamiento en observaciones imparciales.

Husmear en la vida de un paciente o de su familia era una invasión de su intimidad, por muy pública que fuese la información.

Y eso suponiendo que las redes sociales fueran fiables… , que no lo eran.

—Pues de poco sirvió —bufó. Cerró los puños; los nudillos se le blanquearon allí donde la piel, estirada y fina, se tensaba sobre los huesos.

—No me parece bien. La forma en que se comportan esos críos.

—Lo correcto no siempre se siente bien. Y ahora no puedes obligarlos a abrir esa puerta, no después de todo lo que ha pasado —esperó a que respirara hondo, con un estremecimiento—. ¿Qué quieres para ellos, Mannie?

Bajó su enorme cabeza; la coronilla le relucía bajo el pelo ralo.

—Quiero que estén a salvo —dijo, con la mirada en la mesa—. Quiero que estén bien. Mejor de lo que estuve yo jamás. De lo que estuvo su madre.

—¿Y qué crees que necesitan para conseguirlo?

—Puede que necesiten… averiguar cómo lidiar con lo que les pasó. Sobre todo mi chico. Actúa como si yo no existiera, pero también como si eso no existiera.

Alzó la cara. Le temblaba el grueso labio inferior y luchó por tensar los músculos alrededor de la boca.

Pero los ojos seguían vidriosos. Mannie todavía se dormía llorando.

Muchos reclusos necesitaban ayuda, pero Maggie sospechaba que el llanto —y las molestias que causaba a los demás internos— lo habían mantenido entre los primeros de la lista para sus sesiones.

Eso, y que, cuando lo derivaron un año atrás, aún se desgarraba las muñecas a mordiscos cada vez que lo dejaban solo.

Un año antes seguía negándose a contarle a nadie por qué las había matado. Incluso ahora, nadie lo sabía salvo Maggie… y, por supuesto, sus hijos.

Alargó una mano sobre la mesa y apoyó las yemas de los dedos en su antebrazo; tenía la piel caliente y pegajosa. El guardia apostado fuera de la puerta de barrotes gruñó:

—Nada de tocarse.

Pero lo dijo con la desgana de un niño malhumorado dándole patadas a un balón desinflado, una actividad que estaba cinco peldaños por encima de jugar al balón prisionero en clase de gimnasia y veinticinco por encima de cualquier clase de gimnasia, al menos para los empollones.

Maggie ignoró al guardia. Había cámaras por todas partes; nadie podía acusarla de comportarse de manera inapropiada. A veces una persona solo quería sentirse humana.

—Mannie, dales tiempo. No recordaste tus propios abusos hasta que sorprendiste a tu mujer y a su madre haciéndoles daño a tus hijos —le apretó el brazo, y él le cubrió suavemente los dedos con los de la otra mano.

Mannie había hecho lo que querría hacer la mayoría de las personas cuerdas: matar a las mujeres que abusaban sexualmente de sus hijos.

Pero había pasado seis días deleitándose con su dolor, observándolas desangrarse por las heridas: «Las rajé justo donde deberían haber tenido los putos corazones».

Eso era demasiado para un jurado, sobre todo porque se había negado a darles un motivo para el crimen.

No le había contado a nadie lo que habían sufrido sus hijos, no había intentado alegar enajenación mental transitoria ni había permitido que Maggie solicitara su ingreso en un hospital psiquiátrico.

Había protegido a aquellos niños de la única forma que conocía: respetando su intimidad, aunque eso significara no volver a ver jamás el mundo exterior.

Para el guardia, para el mundo, su paciente siempre sería un asesino sádico; siempre sería Mark.

Tal vez tenía razón. Era más seguro mantener una coraza dura para que nadie pudiera alcanzar tus partes blandas. Hay quien acaba con los huevos amoratados por un balonazo mal dado jugando al balón prisionero.

Y hay quien se pone coquilla.