Capítulo 2
L a sensación de que te observan es de lo más común, una percepción íntimamente ligada a los sensibles huesecillos del oído interno, al fino vello que recorre la columna, al tirón de las sinapsis en lo más profundo del cerebro: una amígdala trabajando horas extra.
Un sistema inútil cuando no hay enemigos a los que combatir.
Pero eso no impidió que Maggie Connolly entrecerrara los ojos mientras miraba por la ventana, primero al roble que hacía guardia al otro lado del patio y luego a las anchas aceras pensadas para sillas de ruedas y andadores.
La gravilla decorativa incrustada en el hormigón brillaba como trocitos de cristal roto.
No había nadie avanzando a paso lento por el camino; ninguna abuela sentada bajo la luz moteada que se filtraba entre los robles.
Pero algo no iba bien. Maggie no conseguía precisar qué era.
Quizá le estaba dando demasiadas vueltas.
Si alguna vez escribía un libro, seguramente se titularía Ha pasado algo un pelín raro y yo lo he vuelto mil veces más incómodo: autobiografía .
O quizá se limitaría a llamarlo #VidaDePardilla y perdería toda credibilidad callejera desde el principio.
Normalmente, lo más fácil era mantener las expectativas a raya.
—¿Eres nueva aquí?
Maggie se volvió hacia el hombre que había hablado.
Mantenía la espalda rígida como un sargento de instrucción, aunque su musculatura empezaba a perder firmeza.
También se inclinaba un poco hacia un lado, como hacía desde que, cuando Maggie era adolescente, una bala se le había alojado en una costilla.
Un rebelde, un temerario: así era su padre, como Hijos de la anarquía , pero sin las bandas, la anarquía, la misoginia ni esa constante tendencia a soltar «anda con ojo, pringao».
Vale, no se parecía en absoluto a los de Hijos de la anarquía , y aunque se hubiera parecido, ahora no lo recordaría.
A pesar de la bala alojada en el hueso, no tenía ni el mínimo instinto de conservación necesario para escapar de la muerte por segunda vez.
Así que, si alguien estuviera mirando a través del amplio ventanal, el padre de Maggie seguiría tan feliz, sin enterarse de nada.
Tampoco sabía que su mujer lo había dejado hacía años; seguramente ni siquiera recordaba la bala, ni siquiera cuando le dolía.
Esa clase de olvido te protegía de ciertas formas de dolor; si tenías suerte, te mantenía benditamente ignorante de los traumas ya pasados.
Si no la tenías, los traumas eran lo único que quedaba.
A veces se preguntaba en cuál de los dos bandos acabaría ella durante sus últimos años, pero seguramente era mejor llevarse la sorpresa; en el caso de su padre, una y otra vez.
A Maggie le ardía la nariz por un olor a limón astringente, como el de los baños públicos de esas gasolineras inquietantes del sur donde la gente iba a cenar en lugar de repostar.
—No, no soy nueva —dijo—. Solo he venido a pasar un rato contigo. ¿Te parece bien?
Grant Connolly la examinó. La astucia de sus ojos castaños le resultaba familiar, pero extrañamente lejana.
A veces sentía que su vida se dividía en dos partes: el tiempo anterior al derrame cerebral y el posterior.
Pero sabía que era un truco de la mente.
Aquello era simplemente la vida, una montaña rusa incesante de subidas y bajadas, y, joder, cómo le encantaba la sensación de coronar la primera cuesta.
Allí estaban, a medio camino de la bajada, y cuando llegara lo peor se parecería menos a ir en una montaña rusa que a estampar el coche contra un muro de ladrillo.
El dolor podía menguar y recrudecerse, pero los buenos momentos quedarían sepultados bajo los escombros durante mucho tiempo; la agonía de la pérdida se le enredaría en cada centímetro del cuerpo, como las cuentas relucientes incrustadas en el camino de fuera.
Llevaba su tiempo desenterrarse del duelo.
Incluso aunque no hubiera sido psicóloga, lo habría sabido por el dolor del pecho, que aún reaparecía en fechas señaladas: el cumpleaños de Kevin y su aniversario eran las incorporaciones más recientes.
Debería haberle dicho que sí cuando le pidió matrimonio seis meses atrás, en vez de dejar que se marchara.
No era culpa suya que Kevin hubiera recaído; no era culpa suya que hubiera precipitado el coche al río desde el puente de Fernborn, donde solían ver ponerse el sol.
Pero cuando los peores acontecimientos de tu vida estaban ligados directamente a decisiones que habías tomado, empezabas a tomártelo como algo personal.
La única ventaja de la enfermedad de su padre era que no recordaba a Kevin, el hombre que casi fue su marido.
Tampoco recordaba que ella había matado a su hijo.
—¿Eres la bibliotecaria?
Maggie bajó la vista hacia su ropa y se apartó del hombro los rizos de un rojo encendido.
Según su madre, sí que tenía pinta de bibliotecaria.
Faldas largas o pantalones de traje, blusas abotonadas; las gruesas monturas negras de sus gafas de lectura eran lo más cerca que estaba de lucir aquellos sofisticados «ojos de gata» para salir de noche.
Ese día llevaba traje, pero su blusa de lunares no gritaba precisamente «fashionista».
A su padre no debería importarle: su apartamento en la residencia tenía una energía muy de Las chicas de oro , pero Maggie no era Betty White.
Ya quisiera.
—No, no soy la bibliotecaria. Pero me encanta leer.
A Grant se le dilataron las aletas de la nariz. Entrecerró los ojos y luego relajó el gesto.
—Supongo que puedes quedarte —dijo por fin su padre—. ¿Te gusta Los enigmas más desconcertantes del mundo ?
Lo Más del Mundo —también conocido como Lo Más Desconcertante del Mundo — era una imitación de Misterios sin resolver , presentada por Harris Overstreet, un hombre que jamás llegaría a resultar tan intensamente interesante como Robert Stack.
Bastaban tres palabras gruñidas por Stack para que casi creyeras que eras tú quien había desaparecido.
Overstreet era como la imagen que quedaba al estampar las tiras cómicas del periódico en masilla elástica.
— Lo Más del Mundo es uno de mis programas favoritos —dijo—. Los productores querían cambiar de presentador, pero creo que cambiaron de idea.
Carraspeó mientras se pasaba los dedos por el fino cabello blanco, haciendo que destacaran aún más los mechones de rizos color óxido que le salpicaban las sienes, del mismo tono que el pelo de Maggie, aunque ella, de momento, había conseguido librarse de la barba.
También tenía sus mismos ojos color ámbar, aunque él ya no se diera cuenta.
—Es ridículo sustituir a Overstreet —refunfuñó, pero no la miraba.
Maggie siguió su mirada hasta el televisor colgado en la pared, al frente de la sala.
Estaba apagado. Lo único que parecía tener vida alrededor de aquella pantalla en blanco era el papel pintado: el mismo que él había tenido en el salón de su antigua casa.
Maggie había batallado un mes para que lo instalaran, hasta que al final tuvo que recurrir al dinero en efectivo.
Un precio alto por aquella estética de «alguien ha estornudado flores por toda la pared».
—No es Stack, pero no hay nadie más indicado —murmuró su padre—. ¿Qué demonios pretenden?
Seguía con la vista fija en el televisor apagado.
—Estoy de acuerdo. No hay ninguna razón para tocar algo que funciona.
Maggie recorrió con la mirada el mullido y gastado La-Z-Boy, la única butaca en la que él se sentaba, pero el mando no estaba encajado detrás del reposabrazos, donde solía dejarlo.
Tampoco lo vio en el minúsculo salón. No estaba sobre la mesita de centro, coronada por un tablero de ajedrez con una partida detenida tras cinco movimientos, allí donde su memoria la había dejado tres semanas atrás.
Tampoco estaba sobre el piano eléctrico, que sostenía una foto de ella y su hermano, una maceta y un montón de partituras.
Los días en que su padre recordaba que sabía tocar el piano y que su hija tocaba un instrumento con sonido de ganso herido, Maggie lo acompañaba con el fagot.
Probablemente era mejor que olvidara lo segundo. Pero la maceta…
Entre las puntiagudas hojas de la lengua de suegra, el mando sobresalía de la tierra como una brillante flor negra. Lo recogió y volvió a sentarse junto a su padre, en otro La-Z-Boy más nuevo, pero bastante más rígido.
Apuntó con el mando a la pantalla cuando él se volvió hacia ella, con el ceño fruncido.
—¿Has visto a Joyce? —preguntó.
Su madre. Ay.
—No, no la he visto.
No era mentira. Aunque solía desayunar con su madre una vez por semana, Joyce llevaba dos semanas indispuesta. Y no vendría allí. Incluso si no hubiera estado bajo arresto domiciliario, su madre se había divorciado de su padre un año antes de que él sufriera el primer derrame.
—¿Eres nueva aquí? —preguntó él.
Maggie pulsó el botón del mando y la pantalla se iluminó.
No es un buen día , había dicho la enfermera, y desde luego era uno de esos días de mierda en los que lo único que recordabas era a tu exmujer.
Mejor si pudiera recordar a su hija. O quizá su trabajo.
Grant había sido un psicólogo muy franco y había colaborado como voluntario en proyectos que lograban liberar a presos condenados injustamente.
Algunos todavía le enviaban tarjetas de Navidad.
Él la miró, entrecerrando los ojos.
—Bueno, ¿lo eres?
—No, no soy nueva. Solo he venido a pasar un rato contigo, si te parece bien.
Él resopló y asintió.
—Supongo que puedes quedarte.
La cabecera del programa llenó la pantalla: muros de árboles siniestros, justo el tipo de sitio donde podría desaparecer un corredor; justo el tipo de sitio del que advertirías a una rubia exuberante que se mantuviera alejada.
Ellas siempre morían las primeras. Pero las bibliotecarias pelirrojas solían salir bien paradas.
Solían… aunque no siempre. Maggie volvió a mirar aquella pared de ventanas, con el vello de la nuca erizándosele.
—Los árboles nunca llegan a la raíz del problema —murmuró su padre.
Ella soltó una risita y pulsó el botón para activar el sonido del televisor cuando Harris Overstreet apareció en pantalla. No era Stack, pero sabía poner esa mirada ardiente. La voz grave de Overstreet retumbó en la sala:
—Con tu ayuda, quizá estos enigmas queden resueltos de una vez por todas.
Maggie procuró no hacer una mueca por el volumen. Con la edad, era normal tener que subir cada vez más el volumen de la tele, pero, a ese paso, ella se quedaría sorda mucho antes de tiempo.
—¿Eres nueva aquí?
Maggie se volvió. Su padre la observaba con una ceja alzada.
Negó con la cabeza y sonrió; hasta la felicidad fingida podía evitar que te ahogaras en la tristeza.
Cuando él frunció el ceño, Maggie miró el piano: a ella y a su hermano, sonriendo, sonriendo, sonriendo para siempre.
Aiden había sido el primero de una larga serie de pérdidas, pero no el último.
Su padre también se estaba yendo; solo que más despacio que la mayoría.
Desde luego, mucho más despacio que Kevin.
Se le cerró la garganta, pero se obligó a decir:
—Solo he venido a ver Los enigmas más desconcertantes del mundo contigo. —Asintió hacia la pantalla—. ¿Te parece bien?
Él resopló.
—Supongo. He oído que intentaron sustituir a ese tal Overstreet. Una panda de imbéciles.
La mirada se le afiló y volvió a fruncir el ceño.
—Tienes un pelo muy bonito, cariño. Casi tan bonito como el mío. —Se pasó una mano por la barba rizada como un villano de dibujos animados—. No sé cómo puede resistirse nadie, la verdad. Probablemente necesitarás un bate para quitarte a los hombres de encima. O un juego de palabras bien colocado.
Se inclinó hacia ella, con los ojos brillantes, como si estuviera a punto de confiarle un secreto jugoso.
—La gente odia los juegos de palabras. Siempre guardo unos cuantos en la recámara para los gilipollas.
Maggie sonrió y, esta vez, la sonrisa le salió tan natural como el color óxido de su pelo. Sí. Su padre seguía ahí dentro. En alguna parte.