Los muertos no sueñan (Juegos de la mente 1)
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Capítulo 1
L a luz de la luna caía sobre el suelo de madera en crueles cuchilladas blancas.
Blanqueaba el roble, pero hacía que la suciedad de sus manos pareciera negra, como tinta: brillante y, de algún modo, pesada; pegajosa contra la piel.
También se le había apelmazado alrededor de la muñeca, incrustada en las minúsculas hendiduras de su reloj, aplastada contra el aro circular dorado, embadurnada sobre la correa de cuero.
La pieza era tan vieja como la propia tierra, tan fiable como el suelo bajo sus pies, pero ahora le parecía… corrompida. Mancillada.
Se quedó inmóvil, contuvo la respiración y aguzó el oído, pero no oyó el regular tic, tic, tic que solía resonar por la habitación como un segundo latido: el reloj antiguo de la mesilla estaba tirado en el suelo. Había seguido marcando el tiempo durante un siglo y ahora estaba muerto.
Muerto . La palabra le roía el punto blando entre los omóplatos por razones que no acertaba a identificar.
No sentía el corazón latiéndole en el pecho, pero él no estaba muerto.
Estaba en su dormitorio. Era un sueño; solo un sueño.
Sin embargo, la franja entre la alfombra y el ventanal que llegaba hasta el techo estaba cubierta de briznas de hierba y guijarros desperdigados.
Olía a tierra húmeda, al almizcle de las lombrices.
Tenía los pies descalzos, fríos sobre la alfombra. Los dedos de los pies estaban… mojados.
Barro .
Cerró los ojos y trató de obligar a su cerebro a comprender, pero los fragmentos de memoria se le escurrían sin ofrecerle ninguna explicación.
Y, aunque estaba casi seguro de que se encontraba solo, oía junto al oído el siseo húmedo de una respiración que, más que aire, parecía la descarga de alguna emoción contenida e imposible de identificar.
Aún sentía la húmeda sensualidad de sus labios contra el lóbulo de la oreja, sus dientes como cuchillos, los colmillos de un animal hambriento desgarrándole la garganta como si quisiera seccionarle la tráquea.
Le dolían las muñecas, como si hubiera estado atado.
¿De verdad había sido solo un sueño? Parte de aquello sí.
La mujer, su larga melena rubia, aquellos dientes afilados como cuchillas…
eso no podía ser real. No tenía heridas en el cuello; bajo la línea del pelo no le colgaban jirones de piel ensangrentada.
Aunque le dolían las muñecas, no veía rozaduras que indicasen que había sido víctima de un ataque.
Pero había detalles que se sentían más reales, más urgentes; detalles que destacaban con una nitidez brutal.
Veía la luna en su mente, el mundo exterior gris bajo aquel resplandor.
Oía el pesado silencio, roto solo por el susurro crepitante de las hojas al arrastrarse.
Sentía las piedras afiladas bajo las rodillas, a través del pantalón de chándal; aún notaba aquellas abrasiones, el escozor persistente de la piel raspada contra el asfalto. Y la tierra…
El barro era real. Eso sí que era real.
Abrió los ojos. La tierra… no solo lo cubría a él, ni estaba únicamente en el suelo, como si la hubiera arrastrado hasta allí al entrar.
Estaba por todas partes . Una mancha de mugre surcaba el cristal de la ventana, ocultando la noche al otro lado.
La colcha estaba encostrada de finos regueros negros y espesos y de manchas más anchas de un gris inmundo.
Se tocó la cara. Tenía las yemas de los dedos arenosas y pegajosas; barro en la barba. El borde superior del pómulo le parecía más afilado de lo habitual, pero la suciedad de allí estaba seca.
La sangre no. Y aunque el mundo era una película en blanco y negro bajo el brillo plateado de la luna, ahora sabía que era sangre. Podía olerla, entretejida con el almizcle húmedo de la tierra tras la lluvia, con el olor metálico de la vida al coagularse… o de una muerte reciente.
La bilis le subió a la garganta. Tuvo una arcada y el corazón le cobró vida de golpe, tronando, bombeando con furia como si su cuerpo acabara de darse cuenta de que lo perseguía un depredador, con su carne atrapada en una danza frenética de icor y pánico.
Entonces echó a correr a trompicones, con el cuerpo ladeado; dejó atrás la alfombra y cruzó el suelo sucio hasta las baldosas de mármol del baño, heladas bajo los pies.
La piel se le erizó a lo largo de la espalda.
Se dejó caer de golpe sobre las rodillas heridas frente al inodoro.
La bilis y los restos amargos del vodka con tónica le inundaron la lengua y le gotearon por los labios. Pero la tierra… ay, la tierra. Aquello era mucho peor.
Se suponía que esto ya había terminado.
Volvió a vomitar, una y otra vez, y luego se desplomó contra la pared.
Inspiró hondo, intentando calmar el martilleo frenético de las sienes, el pulso que hacía parpadear su visión como un estroboscopio, pero solo consiguió aspirar tierra hasta el fondo de los senos nasales.
Tuvo arcadas, resopló, y contempló horrorizado la tierra que aún tenía incrustada bajo las uñas y la grieta resbaladiza y supurante que le surcaba la yema del pulgar.
Se había esforzado tanto por parar, pero quizá no había hecho más que mentirse a sí mismo.
La prueba estaba allí, todo cuanto necesitaba saber.
Había hecho algo terrible.
Otra vez.