Capítulo 9 — Después del entierro
Después del entierro
Después de un funeral, las personas se dividen en dos grupos.
Las que regresan a casa.
Y las que se quedan para averiguar quién pagará el café.
En el entierro de Horacio, nadie había previsto café.
Tampoco esposas, confesiones ni un loro reconstruyendo un homicidio desde encima de un ataúd. La organización funeraria posee límites, incluso en Santa Aurelia.
Berta resolvió la situación abriendo la floristería.
Colocó una mesa bajo el toldo, preparó café en una máquina que llevaba años anunciando su muerte y repartió galletas destinadas originalmente a los clientes que encargaban coronas grandes.
Los empleados del cementerio se agruparon alrededor.
El padre Gabriel apareció con una jarra de agua.
Las tres ancianas de la galería de San Rafael ocuparon las mejores sillas sin que nadie recordara haberlas invitado.
—Yo dije desde el principio que el socio era raro —afirmó la primera.
—Dijiste que era guapo —respondió la segunda.
—Una cosa no impide la otra.
La tercera llenó su bolso de galletas.
Amalia no pudo quedarse.
La inspectora Salcedo la condujo a comisaría después del entierro. No esposada, aunque dos agentes caminaban a su lado. Antes de subir al coche, se acercó a mí.
—El servicio ha sido adecuado —dijo.
—Ha llorado.
—No estaba en el contrato.
—Las lágrimas adicionales no tienen coste.
Me entregó el segundo sobre.
—Ya había pagado la mitad restante.
—Ese era el funeral. Esto ha sido una investigación con representación dramática.
Amalia casi sonrió.
—Presente una factura.
—La policía podría considerarla prueba.
—Entonces escriba poco.
Miró a Berta, que mantenía a Jacinto sujeto por las patas mientras examinaba si le faltaba alguna pluma.
—Cuídelo.
—Es mío —respondió Berta.
—Eso parece discutible.
Jacinto giró la cabeza hacia Amalia.
—¡Secuestro!
—Traidor —murmuró ella.
Después subió al coche.
Durante unas semanas, Santa Aurelia discutió si Amalia era una criminal, una heroína o simplemente una mujer que había esperado demasiado para golpear a su marido.
La justicia eligió una cuarta opción.
Fue acusada de agresión, destrucción de documentos, obstrucción a la investigación y privación temporal de libertad por el encierro de Santiago. La fiscalía terminó aceptando que no había planeado la muerte de Horacio y que, cuando abandonó el invernadero, él seguía vivo.
El secuestro de Jacinto no prosperó.
Berta insistió en denunciarlo.
La policía insistió en que un loro no podía declarar que había viajado contra su voluntad.
Jacinto solucionó la cuestión mordiendo al funcionario encargado del expediente.
Amalia no ingresó en prisión preventiva. Entregó el pasaporte, se comprometió a no salir de Santa Aurelia y comenzó a colaborar con la policía para corregir los documentos falsificados cuatro décadas atrás.
No porque confiara en las instituciones.
Porque Matilde se lo pidió.
La llamada llegó cinco días después del funeral.
Amalia estaba en su casa, acompañada por su abogada y por la inspectora Salcedo, cuando sonó un teléfono que nadie había encontrado durante el registro. Estaba escondido dentro de una lata de harina.
Matilde había leído la noticia en internet.
No preguntó por Eusebio.
Preguntó por Santiago.
Después pidió hablar con Amalia a solas.
No supimos qué dijeron. Algunas conversaciones pertenecen a las personas que sobrevivieron a la historia, no a quienes llegaron a resolverla.
Matilde se negó a regresar a Santa Aurelia.
También se negó a que su dirección apareciera en ningún documento público. Aceptó enviar una declaración ante notario y las pruebas necesarias para que Santiago recuperara legalmente su identidad de nacimiento, si todavía la quería.
Santiago permaneció detenido.
La investigación encontró en su apartamento fotografías de la corona, un recibo de compra de la cinta utilizada para atarse las muñecas y el resto del rotulador con el que había escrito el mensaje sobre la corbata de Horacio.
También encontraron una bolsa con fibras de eucalipto.
No era la prueba más grave.
Era la más humillante.
Según Salcedo, Santiago confesó dos días después. No por arrepentimiento, sino porque su abogado le explicó que la alternativa era escuchar en juicio cómo un loro había contribuido a desmontar su coartada.
—Eso no puede utilizarse como prueba —protestó.
—No —respondió la inspectora—. Pero puede utilizarse como anécdota.
Santiago admitió haber seguido a Horacio hasta el invernadero.
Reconoció que lo encontró en el suelo después de la pelea con Amalia y que lo estranguló durante una discusión.
Después buscó la declaración de Matilde, desmontó las flores del funeral de Florencio Robles para improvisar una corona falsa y trasladó la verdadera al tanatorio.
No había planeado matar a Horacio.
Había planeado impedir que el pasado decidiera su futuro.
La diferencia le serviría a su abogado.
No a Horacio.
Los Llorca tardaron más en decidir qué hacer con su familia que la policía en reconstruir el crimen.
Mercedes suspendió temporalmente toda decisión sobre la herencia. Rafael se opuso. Clara apoyó a su madre por primera vez en años, aunque ambas discutían casi a diario.
El borrador del testamento nunca había sido firmado.
Legalmente, Santiago no recibiría lo que Eusebio había querido dejarle.
Clara insistió en que debía reconocerse al menos su filiación.
Rafael sostuvo que un asesino no debía beneficiarse de la culpa del muerto.
Mercedes respondió que la verdad y el dinero eran problemas distintos.
Aquella frase se convirtió en tres reuniones con abogados.
Ninguna terminó bien.
Un viernes por la tarde, Clara entró en la floristería con una caja de cartón.
Yo estaba sentada detrás del mostrador, corrigiendo las palabras de mi nueva tarjeta profesional.
Berta cortaba tallos.
Jacinto arrancaba las flores de un ramo que ya había sido pagado.
—Eso cuesta ochenta euros —le advirtió Berta.
—¡Ni uno menos! —respondió el loro.
Clara dejó la caja sobre la mesa.
—Encontramos esto en el despacho de mi padre.
Dentro había cartas, fotografías y pequeños objetos envueltos en papel.
—¿Más secretos? —pregunté.
—Algunos. Pero estos no son peligrosos.
Sacó un barco de madera.
Era idéntico al de la fotografía de Daniel niño.
—Papá lo conservó.
Berta lo tomó con cuidado.
—¿Se lo darán a Santiago?
Clara miró la caja.
—Todavía no lo sé.
—Es suyo —dije.
—También perteneció a mi padre.
—Las cosas pueden pertenecer a dos personas sin convertirse en empresas.
No le gustó la frase.
Por eso la pensó.
—Mi madre quiere enviar la caja a Matilde —dijo—. Que ella decida.
—Parece razonable.
—Rafael dice que sería entregar pruebas familiares a una desconocida.
—Matilde conoció a su padre antes que ustedes.
Clara cerró la caja.
—A veces pienso que todos conocieron una parte de él menos nosotros.
—Los hijos conocen la parte que un padre consigue representar en casa. No siempre es la más verdadera.
—¿Usted conocía bien a su madre?
La pregunta me sorprendió.
—Lo suficiente para discutir con ella.
—Eso no responde.
—Entonces sí.
Clara sonrió.
Era la primera vez que lo hacía desde el funeral.
—La policía me devolvió la carta que escondí en el ataúd —dijo.
—¿Completa?
—Lo que quedó de ella.
—¿La leyó?
—Sí.
—¿Decía algo sobre usted?
Clara tardó en responder.
—Una línea.
Esperé.
—Mi padre escribió: «Clara siempre verá antes que los demás aquello que nadie quiere mirar».
—No estaba equivocado.
—También escribió que yo debía mantenerme lejos de los negocios.
—Nadie acierta todo.
Clara miró mi tarjeta.
—¿Va a cambiar de profesión?
La frase impresa decía:
INÉS VALDIVIA PLAÑIDERA PROFESIONAL E INVESTIGACIONES DISCRETAS
Berta había añadido a lápiz:
NO INCLUYE LORO
—No soy investigadora —dije.
Jacinto lanzó una carcajada.
Clara levantó una ceja.
—Encontró un cadáver, descubrió una filiación falsa y ayudó a resolver un asesinato.
—Por accidente.
—¿Cuántos accidentes necesita para considerarlo experiencia?
—Más de uno.
—Entonces espere.
No supe si era una advertencia o una invitación.
En Santa Aurelia, ambas suelen tener la misma expresión.
El funeral de Florencio Robles se celebró una semana más tarde.
Esta vez las flores llegaron a la persona correcta.
Candelaria comprobó cada cinta antes de permitir que el cortejo entrara en el cementerio. Hizo retirar una corona porque el apellido estaba escrito con una sola B, aunque Robles solo llevaba una.
—La muerte no es excusa para descuidar la ortografía —declaró.
El corazón de rosas blancas y eucalipto había sido reparado. Berta sustituyó las flores dañadas y no cobró el trabajo.
Yo no estaba contratada.
Candelaria había dicho que en su familia lloraban suficiente y, al verla discutir con seis hijos, tres nueras y un hombre que aseguraba haber compartido barco con Florencio en 1974, comprendí que decía la verdad.
Asistí como acompañante de Berta.
Jacinto permaneció encerrado en la floristería.
Aquello duró hasta la mitad de la ceremonia.
Durante la lectura del Evangelio, oímos el ruido de la ventana.
Después un batir de alas.
El loro aterrizó sobre el ángel del panteón de los Robles.
Candelaria levantó la cabeza.
—Como diga Eusebio, lo desplumo.
Jacinto observó el cortejo.
El padre Gabriel dejó de leer.
Todos esperaron.
El loro abrió el pico.
—¡Que hable la amante!
Una mujer de vestido azul, sentada en la cuarta fila, se levantó.
El silencio fue inmediato.
Candelaria giró lentamente hacia ella.
—¿Perdón?
La mujer recogió el bolso.
—Creo que me he equivocado de funeral.
—Si conocía a Florencio, no tanto.
El padre Gabriel cerró los ojos.
Berta se cubrió el rostro con las manos.
Yo miré al cielo para no reír.
Jacinto emprendió el vuelo hacia los cipreses.
El funeral se prolongó cuarenta minutos.
Después, Candelaria contrató mis servicios para una reunión familiar.
Le expliqué que solo trabajaba con muertos.
—Eso se puede arreglar —respondió.
Rechacé el encargo.
Hay límites.
No muchos, pero los hay.
El puesto de administrador del cementerio quedó vacante.