Capítulo 8 — El último llanto #3
—Más tarde llevó la corbata al arreglo de Robles y escribió el mensaje.
—Alguien intentó asustarme.
—Usted intentó convertirse en víctima —dije—. Cuando abrieron el nicho y todos descubrieron quién era Daniel, entendió que podía parecer el próximo objetivo. Dejó su coche, se ató las manos y se encerró en el Patio de los Naranjos.
—Eso es ridículo.
—También utilizó un nudo que podía abrir desde dentro.
—No fui yo.
—La persona que supuestamente lo encerró dijo que Eusebio ya tenía un hijo legítimo —recordó Clara.
Santiago la miró.
—¿Y?
—Rafael nunca se llamaría así. Yo también soy hija de Eusebio.
—Fue una frase.
—Fue la forma en que tú mirabas a nuestra familia —dijo ella—. Rafael como heredero. Yo como decoración.
Santiago apretó los labios.
Clara se acercó un paso.
—Papá te dejó fuera de la familia. Y tú aprendiste a imaginarla exactamente como él: hombres, apellidos y dinero.
—No sabes lo que fue vivir…
—No. Pero sé lo que es estar dentro y no contar.
Las dos formas de abandono se miraron.
Ninguna consoló a la otra.
Santiago volvió hacia la puerta.
Esta vez corrió.
Uno de los agentes intentó detenerlo. Santiago lo empujó y saltó sobre un banco. Las tres ancianas gritaron con entusiasmo. El padre Gabriel levantó los brazos para proteger el cáliz. Berta agarró la corona.
Jacinto abrió las alas.
Santiago llegó hasta el pasillo central.
Yo estaba junto al ataúd.
No soy una mujer atlética. Tampoco especialmente valiente.
Pero llevo años usando vestidos negros largos y conozco sus riesgos.
Extendí un pie.
Santiago tropezó con el dobladillo.
Cayó de rodillas.
El agente lo alcanzó antes de que pudiera levantarse.
—¡Farsante! —gritó Jacinto.
No supe si hablaba de él o de mí.
Salcedo colocó las esposas en las muñecas de Santiago.
Él no opuso resistencia.
Clara se apartó cuando pasó junto a ella.
—No quería matarlo —dijo.
Nadie preguntó a quién se refería.
Tal vez ni siquiera él lo sabía.
Los agentes lo condujeron hacia la salida.
Santiago volvió la cabeza una última vez.
—Amalia también es culpable.
—Lo sé —respondió ella.
No sonó a defensa.
Sonó a la frase que llevaba esperando pronunciar desde que encontró el cadáver.
La ceremonia no terminó inmediatamente.
La policía se llevó a Santiago. Después interrogó a Amalia, fotografió a Jacinto, recogió la grabación y convirtió la capilla en una escena tan administrativa como cualquier despacho.
Cuando terminaron, el padre Gabriel preguntó qué debíamos hacer con Horacio.
Nadie había pensado en ello.
El muerto seguía allí.
Berta colocó de nuevo la corona sobre el ataúd.
—Ya que hemos venido —dijo.
Salcedo permitió que la ceremonia continuara con la condición de que Amalia fuera después a comisaría. No estaba detenida por homicidio, pero tendría que responder por la agresión, la destrucción de documentos, el encierro de Santiago y el robo temporal de Jacinto.
—No fue un robo —insistió—. Vino cuando lo llamé.
—Eso también dicen algunos secuestradores —respondió Berta.
Jacinto volvió a su hombro.
—¡Secuestro!
El padre Gabriel retomó la oración desde el principio.
Esta vez no había fotógrafos, sospechosos ni trampas.
Solo un ataúd, algunas personas cansadas y una mujer que había contratado a otra para llorar por el hombre al que había golpeado y no consiguió salvar.
Cuando los operarios levantaron el féretro, Amalia se acercó.
—Ahora —dijo.
—¿El momento correcto?
—Sí.
—¿Por qué ahora?
Miró la fotografía de Horacio joven.
—Porque ya sabemos por quién estamos llorando.
El cortejo salió de la capilla.
Caminamos hacia la zona antigua, bajo los naranjos en flor. El sol atravesaba las hojas. El mar aparecía entre los muros blancos y las estatuas calentadas por la mañana.
Jacinto voló hasta un ciprés.
Por una vez, no dijo nada.
Frente a la sepultura, el padre Gabriel pronunció el nombre completo de Horacio Belmonte García.
Los empleados bajaron el ataúd.
Amalia permaneció recta.
No derramó una lágrima.
Yo respiré.
No utilicé el llanto social que Mercedes había contratado para Eusebio. Tampoco el dolor íntimo que mira únicamente al muerto.
Lloré por el hombre que cavó una tumba vacía para salvar a un niño.
Por el hombre que convirtió aquel acto en cuarenta años de mentiras.
Por la mujer que lo quiso antes, lo odió después y todavía conservaba una fotografía suya sonriendo con una pala.
Por Matilde, que tuvo que asistir desde lejos a su propio duelo.
Por Clara, que había aprendido demasiado tarde que una familia puede esconderte incluso cuando vives dentro de ella.
Y por Santiago, aunque no lo mereciera todavía, porque algunas personas pasan tanto tiempo fingiendo que no necesitan ser reconocidas que terminan destruyendo a quien pronuncia su verdadero nombre.
Mi llanto no fue elegante.
Tampoco discreto.
Amalia cerró los ojos.
Cuando el ataúd tocó el fondo, una lágrima descendió por su rostro.
Solo una.
Había personas que necesitaban una profesional para empezar.
Desde el ciprés, Jacinto inclinó la cabeza.
Después dijo con la voz joven de Horacio:
—Amalia, vámonos a casa.
Ella se cubrió la boca.
Y entonces lloró.