Capítulo 8 — El último llanto #2
—Jacinto estaba en la ventana del invernadero. Oyó su llanto a lo lejos mientras Horacio discutía conmigo. Anoche, cada vez que reproducía la campana y fingía un sollozo, repetía las mismas frases.
Salcedo miró al loro.
—Esto no es una prueba válida.
—Entonces considérelo teatro —dije.
La inspectora me soltó una mirada que contenía varias leyes.
Cerré los ojos.
Inspiré por la nariz.
Contuve el aire.
Dejé que el pecho temblara.
No pensé en Horacio muerto dentro del invernadero. Pensé en el hombre joven de la fotografía, en Amalia pidiendo que llorara por quien había sido antes, en Matilde marchándose con un niño al que el pueblo enterró sin cuerpo.
Permití que la primera respiración se quebrara.
Jacinto bajó la cabeza.
Solté un gemido breve.
El loro respondió con la voz de Horacio:
—La cinta, idiota.
Nadie se movió.
Volví a respirar.
Dejé caer una lágrima.
Jacinto cambió a la voz de Amalia:
—No toques eso.
—La verdadera está con el muerto —dijo Horacio.
—Entonces búsquela.
—No voy a entregarte el original.
—No es tuyo.
—Tampoco es de Matilde.
Amalia cerró los ojos.
—Eso ocurrió —dijo—. Todo.
El loro golpeó la madera del ataúd con el pico.
—¡Suéltame!
La voz era de Amalia.
Después reprodujo un sonido metálico.
Un golpe seco.
Berta se llevó una mano a la boca.
—La regadera —murmuró Amalia—. Me agarró. Cogí una regadera de latón y lo golpeé.
Jacinto emitió un gemido con la voz de Horacio.
Luego silencio.
—Perdió el conocimiento —continuó Amalia—. Pensé que lo había matado. Salí. Llegué hasta el camino y escuché que tosía.
—¿Por qué no pidió ayuda? —preguntó Salcedo.
—Porque tenía la declaración en el bolso y acababa de golpear a mi marido. No era mi mejor momento para confiar en las instituciones.
—¿Dónde está el documento?
—Quemado.
Santiago dio un paso hacia ella.
—¿El anexo también?
—Sobre todo el anexo.
—Ahí estaba la dirección de mi madre.
—Por eso.
El rostro de Santiago cambió.
No fue pena.
Fue rabia.
—No tenías derecho.
—Pasé cuarenta años protegiendo el derecho de Matilde a desaparecer.
—Era mi madre.
—Y tú estabas dispuesto a llevar periodistas, abogados y policías hasta su puerta para demostrar que no querías una herencia.
—Quería corregir mi identidad.
—Querías que Eusebio te reconociera sin admitir que te importaba.
Santiago apretó los puños.
—No sabe nada de mí.
—Te cambié los pañales, Daniel.
La capilla dejó de respirar.
Clara miró a Santiago.
Él no apartó los ojos de Amalia.
—No me llames así.
Jacinto erizó las plumas.
—No me llames así —repitió con la voz exacta de Santiago.
Salcedo soltó lentamente el brazo de Amalia.
Todos miramos al loro.
Yo continué llorando.
No porque hiciera falta para la ceremonia.
Porque Jacinto todavía estaba escuchando el recuerdo.
El ave caminó sobre el ataúd.
—Daniel —dijo con la voz débil de Horacio.
Santiago retrocedió.
—No me llames así —repitió Jacinto.
Después, con la voz de Horacio:
—Sigues siendo el niño del nicho.
La mano de Santiago fue hacia la venda de su ceja.
—Eso no demuestra nada.
Jacinto bajó la cabeza hasta tocar la madera con el pico.
—No estaba muerto —dijo con la voz de Santiago.
La frase que nos había acompañado desde el primer día encontró finalmente su lugar.
No hablaba de Daniel.
Hablaba de Horacio.
Amalia se apoyó en un banco.
Salcedo no apartó los ojos de Santiago.
—Usted entró en el invernadero después de que Amalia se marchara.
—No.
—Sabía que Horacio seguía vivo.
—El loro repite frases sin contexto.
—La frase tiene su voz.
—Una imitación.
—Berta la reconoció.
—Berta quería reconocerla.
Jacinto lanzó un silbido.
Después habló otra vez como Horacio:
—Ayúdame.
Santiago cerró los ojos.
El loro respondió con su voz:
—Debiste dejarme muerto.
Clara se levantó.
—Santiago.
—No.
Fue una palabra pequeña.
No se dirigía a su hermana.
Se dirigía al recuerdo.
—No ocurrió así.
—Entonces explíquelo —dijo Salcedo.
Santiago miró la puerta.
Dos agentes la bloqueaban.
Miró las ventanas.
Demasiado altas.
Por último miró el ataúd.
—Horacio destruyó nuestras vidas.
—También salvó la suya —respondió Amalia.
—Me convirtió en un muerto.
—Te permitió salir de Santa Aurelia.
—Me quitó el nombre, la familia y la historia.
—Tu abuelo hizo eso.
—Horacio firmó los papeles.
Amalia dio un paso hacia él.
—Porque era la única manera de que Ramiro Llorca no te quitara de los brazos de tu madre.
—Eso decís todos. Siempre había una razón. Siempre alguien decidía por mí.
—¿Y decidió matar a Horacio? —preguntó Salcedo.
Santiago respiró por la boca.
El cuello de la camisa se movía con cada latido.
—Cuando entré, estaba en el suelo.
—Vivo —dije.
—Apenas.
—Le pidió ayuda.
—Me llamó Daniel.
—Era su nombre.
—No era suyo para devolverlo.
Jacinto comenzó a tirar de la cinta decorativa que rodeaba el ataúd.
—¿Qué hizo? —preguntó la inspectora.
Santiago miró sus propias manos.
—Me dijo que el original estaba con Eusebio. Que Amalia se había llevado la copia. Que la verdad saldría de todos modos.
—¿Y?
—Me agarró la chaqueta.
—Estaba herido y en el suelo.
—No me dejaba marchar.
—Podía soltarse.
—No lo saben.
Salcedo se aproximó.
—Encontramos fibras de su camisa en las uñas de Horacio.
Aquello no lo sabíamos.
Quizá tampoco Salcedo hasta aquel momento.
El rostro de Santiago respondió antes que su voz.
—Había estado con él —dijo—. Lo seguí hasta el invernadero.
—Las fibras estaban mezcladas con restos del tejido de su corbata.
Santiago miró hacia el ataúd.
—Solo quería que dejara de hablar.
Clara hizo un ruido bajo.
No llegó a ser un llanto.
—Le quitó la corbata —continuó Salcedo—. Lo estranguló. Después se llevó el documento y parte de la cinta.
—No había ningún documento.
—Porque Amalia ya lo tenía.
—No lo sabía.
—Por eso registró la corona falsa.
—No.
—Por eso envió la verdadera al tanatorio de Florencio Robles. Necesitaba apartarla del funeral hasta poder revisarla.
—No pueden demostrarlo.
Berta sacó el teléfono.
—La secretaria de Santiago hizo la modificación de la corona —dijo—. Ella conocía el pedido y el horario. Él sabía cómo debía ser.
—Eso no significa que construyera la copia.
—No la construyó —respondí—. La hizo deprisa con las flores destinadas a Robles. Por eso parecía correcta desde lejos y terrible por detrás.
—No sé preparar flores.
—Se notaba.
Alguien soltó una risa nerviosa.
Santiago volvió hacia mí una mirada llena de odio.
—Después encontró la carta que Clara había escondido en el ataúd —continué—. Horacio debió sacarla y ocultarla en la corona verdadera. Tal vez pensó que todo lo relacionado con Daniel debía viajar junto.
—Eso es una fantasía.
—Una fantasía con eucalipto dentro del ataúd. Usted cambió las flores mientras buscaba la carta. Después llevó la corona auténtica al velatorio equivocado.
—¿Y por qué dejaría la carta dentro?
—Porque buscaba la declaración de Matilde, no una carta de Eusebio. No sabía que había dos documentos.
Salcedo completó: