Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 8 — El último llanto
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Capítulo 8 — El último llanto

El último llanto

Los funerales empiezan mucho antes de que llegue el muerto.

Empiezan cuando alguien barre la capilla, elige las flores, coloca las sillas y decide qué versión de una vida merece imprimirse en una tarjeta. Empiezan con llamadas, facturas, trajes que ya no cierran y familiares que descubren que la muerte no ha mejorado su relación.

El funeral de Horacio Belmonte empezó con seis policías fingiendo que no eran policías.

Uno leía el mismo periódico desde hacía veinte minutos. Otro contemplaba una estatua sin inscripción como si perteneciera a un antepasado. Dos agentes vestidos de negro permanecían junto a la entrada de la capilla, demasiado rectos y demasiado atentos para parecer dolientes.

La inspectora Salcedo había intentado convertir el cementerio en una trampa discreta.

La discreción no era su especialidad.

Llegué a las diez.

Amalia había pedido que no lo hiciera antes, pero había perdido el derecho a dirigir mi puntualidad cuando huyó con un loro.

El ataúd de Horacio descansaba en la capilla pequeña, la misma donde habíamos despedido a Eusebio Llorca. Era sencillo, de madera oscura, sin herrajes dorados ni adornos que intentaran convencer a nadie de que la eternidad incluía mobiliario de lujo.

Sobre la tapa había una fotografía.

Horacio aparecía joven, vestido con ropa de trabajo y apoyado sobre una pala. Sonreía al fotógrafo. Detrás de él, el cementerio todavía no había extendido sus galerías hacia el mar. Los cipreses eran bajos y la capilla de Santa Lucía conservaba el tejado.

No parecía el hombre que yo había conocido.

Eso no significaba que la fotografía mintiera.

A veces, las fotografías son las únicas que recuerdan la verdad completa.

Berta estaba junto al ataúd.

Había colocado una corona pequeña de lirios, margaritas y ramas de olivo. Ninguna cinta. Ninguna frase.

—Amalia prohibió las flores de los Llorca —dije.

—Estas son mías.

—Tú también conoces a los Llorca.

—No vienen de ellos.

—¿Quién las paga?

—Yo.

Miré la corona.

—Horacio te cobraba hasta por dejar el coche cinco minutos junto al almacén.

—Lo sé.

—Te obligó a retirar un banco porque ocupaba nueve centímetros del camino.

—Once.

—Te denunció por el cartel de Jacinto.

—Tres veces.

—Y le regalas flores.

Berta acomodó una margarita.

—No son para él.

No pregunté para quién.

En los bancos había pocas personas. Algunos empleados del cementerio, dos marmolistas, el padre Gabriel y varias familias que habían acudido más por curiosidad que por afecto. Las tres ancianas de la galería de San Rafael ocupaban la última fila.

—No conocíamos bien a Horacio —explicó una cuando me vio mirarlas.

—Pero estamos siguiendo el caso —añadió otra.

La tercera llevaba una bolsa con caramelos.

—El aquagym se canceló.

Salcedo se acercó.

—¿Ha recibido otra llamada?

—No.

—¿Algún mensaje?

—Tampoco.

—Si Amalia aparece, no se aproxime.

—Me contrató para permanecer junto al ataúd.

—El contrato no incluye colaborar con una sospechosa.

—Incluye un funeral completo.

—Puede considerarlo cancelado.

Miré los bancos, las flores y el ataúd.

—Debería avisar al difunto.

La inspectora no tenía humor aquella mañana.

Llevaba la misma camisa azul del día anterior, aunque limpia, y ojeras que parecían parte del uniforme. Me hizo una seña para que la siguiera hasta la sacristía.

Sobre una mesa había fotografías del invernadero, registros telefónicos y una copia del informe preliminar del forense.

—Horacio no murió por el golpe en la cabeza —dijo.

Yo no sabía hasta ese momento que existiera un golpe.

—¿Qué golpe?

—Presentaba una lesión en la parte posterior del cráneo. El objeto fue pesado, pero el impacto no fracturó el hueso. Perdió el equilibrio, probablemente la conciencia durante unos minutos.

—¿Y después?

—Lo estrangularon.

Miré hacia la capilla.

El ataúd parecía más oscuro desde allí.

—¿Con la corbata?

—Las marcas son compatibles. La anchura del tejido y las fibras coinciden con la corbata encontrada en el arreglo de flores.

—Entonces alguien se la quitó después.

—O durante.

—Amalia pudo golpearlo y otra persona terminar el trabajo.

Salcedo me observó.

—¿Por qué dice Amalia?

—Porque todo lo que ha hecho desde entonces parece obra de una mujer que intenta confesar sin utilizar frases completas.

—También podría ser una mujer que trata de fabricar un segundo culpable.

—Podría.

—Sigue siendo nuestra principal sospechosa.

—Pero no la única.

La inspectora señaló el registro de llamadas.

—La discusión en el invernadero debió de ocurrir entre las doce y veinte y las doce y treinta. Mercedes estaba fotografiada en la capilla. Clara también. Rafael habló con Santiago durante casi cuatro minutos.

—Casi.

—Después apareció de nuevo en fotografías junto al panteón.

—¿Cuánto tardaría en ir hasta el invernadero?

—Cuatro minutos caminando. Dos corriendo.

—¿Y Santiago?

—No tenemos imágenes de él durante ese periodo.

—Estaba junto al invernadero.

—Según él.

—Y según lo que oyó.

—También según él.

Salcedo dobló el informe.

—El encierro del Patio de los Naranjos presenta problemas.

—¿Qué clase de problemas?

—La puerta tenía una abertura sobre la cerradura. Con un cordel, alguien podía cerrarla desde dentro y recuperar la llave después.

—¿Encontraron cordel?

—Un fragmento de cinta funeraria dentro del almacén.

—Santiago tenía las manos atadas con otra.

—Un nudo que podía soltarse tirando de un extremo.

—¿Y el golpe en la cabeza?

—Superficial. Podría habérselo causado él mismo.

—El mensaje en la corbata.

—La tinta coincide con un rotulador encontrado en su coche.

Miré otra vez hacia la capilla.

—¿Por qué no lo han detenido?

—Porque coincidencia no es prueba. Y porque podría haber sido colocado allí por otra persona.

—Amalia quiere que Jacinto hable.

—Los loros no declaran.

—Usted ya intentó interrogarlo.

—Ha sido una semana difícil.

Un agente entró.

—Inspectora, Santiago Orduña acaba de llegar.

Salcedo y yo nos miramos.

—¿Solo? —preguntó.

—Con Clara Llorca.

Santiago llevaba el mismo traje del funeral de Eusebio.

Había cambiado la camisa y cubierto la herida de la ceja con una pequeña venda. Clara caminaba a su lado. No se tocaban, pero se movían con la cautela de dos personas que acababan de descubrir que compartían sangre y todavía no sabían qué hacer con ella.

—No debería estar aquí —dijo Salcedo.

Santiago miró el ataúd.

—Horacio me salvó la vida.

—También ayudó a fingir su muerte.

—En aquella época era la misma cosa.

—Puede estar en peligro.

—Por eso hay tantos jardineros leyendo periódicos.

El agente del banco bajó el diario.

Santiago casi sonrió.

—¿Dónde está Amalia? —pregunté.

—Esperaba que lo supiera usted.

—Solo sé dónde quiere que esté yo.

Me acerqué a Clara.

Tenía el rostro pálido, pero sereno.

—¿Su madre?

—En casa, acompañada por un agente.

—¿Rafael?

—No quiso venir.

—¿Porque odiaba a Horacio?

—Porque dice que esto es una puesta en escena.

—En eso tiene razón.

Clara miró hacia el ataúd.

—¿Amalia lo mató?

—Todavía no lo sabemos.

—Todo el mundo responde eso cuando ya tiene una opinión.

—Yo cobro por fingir emociones, no certezas.

La campana de la capilla sonó una vez.

El padre Gabriel se colocó junto al altar.

—Vamos a empezar —anunció.

—Falta la viuda —dijo una de las ancianas.

—Estaban separados —recordó su hermana.

—Seguía siendo viuda.

—Técnicamente.

La tercera desenvolvió un caramelo.

Berta ocupó la primera fila.

Yo permanecí junto al ataúd, en el lugar indicado por Amalia. A mi izquierda estaba la fotografía de Horacio. A la derecha, la corona sin cinta.

No había señales de Jacinto.

La ceremonia comenzó.

El padre Gabriel conocía a Horacio desde hacía décadas y realizó un esfuerzo visible para construir una despedida que no pareciera una absolución ni una venganza. Habló de su trabajo, de los años dedicados al cementerio y del cuidado con que había conservado sus registros.

No mencionó que algunos eran falsos.

Dijo que cada vida contenía zonas que solo Dios podía juzgar.

Las tres ancianas asintieron.

Los empleados del cementerio no.

Esperé.

Amalia había indicado que debía llorar durante el cierre, pero el ataúd ya estaba cerrado. Después de la ceremonia lo llevarían hasta una sepultura nueva en la parte antigua.

Miré a Salcedo.

Ella permanecía junto a la puerta.

Santiago estaba dos bancos detrás de Berta. Clara a su lado.

En la segunda fila, un hombre que no reconocí llevaba una corona pequeña entre las manos. Tenía gorra, gafas oscuras y una chaqueta demasiado gruesa para el calor.

Lo observé.

No era un hombre.

La barbilla era demasiado estrecha. Las manos, pequeñas. Bajo la gorra asomaba un mechón blanco.

Amalia levantó un dedo hasta los labios.

Después señaló el campanario.

El padre Gabriel terminó una oración.

La campana sonó por segunda vez.

Desde el exterior llegó un silbido de tres notas.

Santiago levantó la cabeza.

Berta también.

La corona que Amalia sostenía se agitó.

Jacinto salió de entre las flores.

Voló sobre los bancos, rozó con un ala la cabeza de un agente y aterrizó encima del ataúd.

Hubo gritos.

Una de las ancianas aplaudió.

—Sabía que habría algo.

Salcedo avanzó.

—Nadie se mueva.

Jacinto extendió las alas.

—¡Secuestro!

Berta se levantó.

—Jacinto.

El loro la miró.

—¡A llorar, Inés!

Todas las caras se volvieron hacia mí.

Amalia se quitó las gafas.

—Ahora —dijo.

Salcedo agarró su brazo.

—Queda detenida.

—Después.

—Ahora.

—Si me saca de aquí, nunca sabrá qué oyó.

—Puede explicarlo en comisaría.

—Yo no estaba cuando Horacio murió.

La inspectora endureció la mano.

Amalia no intentó soltarse.

—Lo golpeé —continuó—. Lo dejé vivo. Jacinto escuchó lo que ocurrió después.

Santiago se puso de pie.

—Esto es una locura.

Jacinto giró hacia él.

Amalia me miró.

—Llore como en el funeral de Eusebio.

—¿Qué parte?

—La pausa después de la oración. Cuando Clara miró el ataúd.

Recordé el momento.

El rumor del mar. El silencio de la capilla. La hija incapaz todavía de llorar. Mi respiración quebrada abriendo espacio para la suya.

—¿Por qué?