Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 7 — La familia #3
77%

Capítulo 7 — La familia #3

Amalia llegó al despacho y preguntó por Horacio. Después, al saber que estaba en el invernadero, mostró reconocimiento.

Más tarde, al enterarse del nicho, preguntó:

¿Han abierto la caja?

No preguntó qué caja.

Conocía su existencia.

También conocía el lugar donde Horacio guardaba las pruebas, las llaves y los recuerdos de Daniel.

Había firmado la declaración falsa.

Sabía que la verdadera copia viajaría dentro de una corona.

Y sabía imitar las voces de los muertos.

No con la precisión de un loro.

Con la intimidad de quien los había escuchado durante décadas.

—Jacinto oyó a alguien imitar a Rafael —dije.

—Eso creemos —respondió Salcedo.

—Una voz femenina forzada.

—Podría ser Mercedes.

—Mercedes estaba en la capilla.

—Podría haberlo hecho por teléfono.

—Santiago oyó la voz dentro del invernadero mientras hablaba con Rafael. Y Amalia conocía a Rafael desde que nació.

Berta negó.

—Amalia apenas trataba con los Llorca.

—No necesitaba tratarlo. Necesitaba saber cómo hablaba.

—¿Por qué querría señalar a Rafael?

—Porque era el sospechoso perfecto. Herencia, documentos, resentimiento.

Salcedo cruzó los brazos.

—Eso no demuestra que matara a Horacio.

—No.

—Tampoco explica por qué secuestraría a Santiago.

—Para impedir que llegara hasta Matilde.

Berta apretó la pluma de Jacinto.

—Amalia quería protegerla.

—Tal vez lleva cuarenta años haciéndolo.

—No se protege a alguien matando a su marido.

—Depende de lo que ese marido esté a punto de contar.

Salcedo observó el contrato funerario.

—¿Por qué mantener el funeral?

Me acerqué al escritorio donde Amalia había mostrado la caja de fotografías. Sobre la madera quedaba una zona rectangular sin polvo.

Al lado había una hoja doblada.

No era una carta.

Era el presupuesto del entierro de Horacio.

En el reverso, Amalia había escrito una lista:

Traje gris.

Medalla de San Telmo.

Fotografía de 1979.

El zapato.

El zapato.

La caja del nicho de Daniel contenía uno solo.

—¿Qué fotografía eligió para el ataúd? —pregunté.

Berta tomó el contrato y buscó entre los anexos.

—Aquí. Una foto personal proporcionada por la familia.

—¿Cuál?

No estaba descrita.

Fuimos al dormitorio.

Sobre la cómoda había varios marcos. En uno, más limpio que los demás, faltaba una fotografía.

La marca rectangular indicaba que había sido retirada recientemente.

—La caja —dije—. Amalia se llevó las fotografías de Daniel.

—¿Cree que pondrá una dentro del ataúd? —preguntó Salcedo.

—Creo que quiere completar algo.

—¿Qué?

—Un entierro que nunca ocurrió.

Berta entendió antes que la inspectora.

—El otro zapato.

El niño había tenido dos.

En el nicho falso habían dejado uno, junto a recuerdos y fotografías. Un monumento a una muerte inventada.

Si Amalia conservaba el otro, podía haber planeado enterrarlo con Horacio.

—¿Por qué? —preguntó Salcedo.

—Porque Horacio fue quien cavó una tumba vacía para Daniel —respondí—. Tal vez ella quiere que se lleve al menos una parte de aquella mentira.

En el patio sonó un teléfono.

No era ninguno de los nuestros.

La voz electrónica llegó desde detrás de una maceta.

Un móvil barato vibraba en el suelo.

Salcedo se puso guantes y lo recogió.

Solo tenía un contacto guardado.

INÉS.

El aparato empezó a sonar otra vez.

Mi propio teléfono permanecía en el bolso.

Aquella llamada no venía hacia mí.

Me esperaba.

Salcedo activó el altavoz.

No habló nadie.

Durante unos segundos escuchamos ruido de carretera.

Después, tres notas silbadas.

Jacinto respondió desde el otro lado:

—¡A llorar, Inés!

Berta se acercó al teléfono.

—Jacinto.

El loro soltó una carcajada.

Una voz de mujer habló junto a él.

—Mañana, a las diez y media —dijo Amalia—. Usted aceptó un trabajo.

—¿Dónde está? —preguntó Salcedo.

—Inspectora, no la contraté a usted.

—Ha sustraído un animal y puede estar relacionada con una muerte.

—Jacinto vino voluntariamente.

Al fondo, el loro gritó:

—¡Secuestro!

Berta cerró los ojos.

—Él aprende rápido —dije.

Amalia guardó silencio unos segundos.

—Venga sola, Inés.

—¿Al funeral?

—Al funeral.

—La policía estará allí.

—Entonces no encontrarán al loro.

Berta se inclinó sobre el aparato.

—Si le hace daño, la entierro en una maceta.

—No le haré daño. Es el único testigo que no ha mentido.

—Los loros no pueden mentir —dije.

—Exactamente.

—¿Qué quiere de mí?

—Que llore.

—Eso ya estaba contratado.

—Quiero que llore en el momento correcto.

La llamada terminó.

Jacinto alcanzó a gritar una última frase antes del silencio:

—¡Que hable la amante!

Nadie sonrió.

Pero aquella frase no pertenecía al repertorio nuevo.

Jacinto la había aprendido años atrás, durante otro funeral.

Un funeral en el que había existido una amante.

Miré la declaración de Matilde, todavía en manos de Salcedo.

Habíamos supuesto que el secreto de Eusebio era el único que había sobrevivido desde 1983.

Quizá Horacio también había dejado un hijo, una relación o una promesa enterrada en otro lugar.

O quizá el loro no hablaba de Eusebio.

Quizá hablaba de la mujer que había ayudado a fingir la muerte de Daniel y llevaba cuarenta años llorando por una vida que nunca pudo reclamar.

Amalia no había contratado una plañidera para que el entierro pareciera respetable.

La había contratado porque, al final de la ceremonia, alguien tendría que llorar por ella.