Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 7 — La familia #2
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Capítulo 7 — La familia #2

—¿Dónde estaba usted durante esas llamadas? —preguntó Salcedo.

—En la primera fila de la capilla.

—¿Puede demostrarlo?

—Había sesenta personas mirándome.

—Las personas observan menos de lo que creen.

—Había un fotógrafo.

Rafael buscó en su teléfono y abrió las imágenes enviadas por el encargado de comunicación de los hoteles. Habían fotografiado la misa casi minuto a minuto.

En una de las imágenes, Mercedes estaba sentada junto a Clara. El reloj digital del fotógrafo indicaba las doce y veinte.

En otra, tomada dos minutos después, seguía allí.

No podía haber llegado al invernadero, discutido con Horacio y regresado sin que nadie notara que la viuda había abandonado la primera fila.

Salcedo observó la pantalla.

—Esto no explica por qué huyó del tanatorio.

—No huí. Vine a buscar un documento.

—Manipuló el ataúd de su marido.

—Era mío antes de convertirse en prueba.

—Los maridos nunca son propiedad —dije—. Aunque muchas viudas consideren que el contrato debería incluirlo.

Mercedes me ignoró.

—Cuando el loro repitió que la verdadera estaba con el muerto, comprendí que alguien más podía entenderlo. No podía dejar la declaración aquí.

—¿Por qué no avisó a la policía?

—Porque la policía había abierto un nicho, encontrado una filiación secreta y permitido que la noticia llegara a media ciudad antes de la cena.

Salcedo endureció la expresión.

—La información no salió de nuestro equipo.

—En Santa Aurelia, hasta las paredes tienen cuñadas.

No era una defensa jurídica.

Era exacta.

La inspectora guardó el documento.

—Tendrá que acompañarnos.

—¿Estoy detenida?

—Todavía no.

—Entonces cierre primero el ataúd de mi marido.

Clara se acercó al féretro.

No miró el rostro de Eusebio. Miró el espacio bajo la chaqueta donde había estado escondido el sobre.

—¿Papá pensaba reconocer a Santiago públicamente?

—Sí —respondió Mercedes.

—¿Y tú estabas de acuerdo?

La pregunta tardó en encontrar respuesta.

—Estaba de acuerdo con la verdad.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Querías que heredara?

—Quería que vuestro padre dejara de utilizar el dinero para sustituir las disculpas.

Rafael se apartó.

—Eso significa que sí.

Mercedes lo miró.

—Significa que no iba a permitir que el miedo de un hombre muerto decidiera la vida de cuatro personas vivas.

—Tres —dijo Clara.

—¿Qué?

—Cuatro personas serían Santiago, Rafael, tú y papá.

Mercedes comprendió.

Clara continuó:

—Yo ni siquiera entro en la cuenta.

—No digas tonterías.

—Cuando habláis de la familia, siempre habláis de los hombres y de lo que heredan. Yo soy la que llora en los funerales.

Las palabras quedaron suspendidas en el panteón.

Me sorprendió sentirme aludida.

No profesionalmente.

Mercedes dio un paso hacia su hija.

Clara retrocedió.

—No ahora.

—Clara.

—Llevas toda la vida diciendo eso.

Salió del mausoleo.

Rafael hizo ademán de seguirla, pero Mercedes lo detuvo.

—Déjala.

—Siempre la dejas.

Esta vez fue Rafael quien salió.

La familia se había roto sin elevar demasiado la voz.

Las fracturas antiguas no necesitan ruido.

Mientras los agentes volvían a sellar provisionalmente el nicho, Salcedo revisó el documento con más cuidado.

La firma de Amalia Ríos aparecía al final de cada página, junto a la de Horacio.

—Dijo que Amalia era amiga de Matilde —comentó la inspectora.

—La mejor amiga —respondió Mercedes.

—¿Por qué no lo mencionó antes?

—Nadie me preguntó por la vida social de una mujer desaparecida en 1983.

—Cuando supo que habían encontrado a Horacio, Amalia preguntó si habíamos abierto la caja del nicho de Daniel.

Mercedes no pareció sorprendida.

—Ella sabía que estaba allí.

—¿Qué cosa?

—Las fotografías. Las tarjetas. Horacio y Amalia se encargaban de guardar lo que Matilde enviaba.

—¿También visitaban el nicho?

—Horacio lo limpiaba. Amalia dejó de ir hace años.

—¿Por qué?

—Porque se separó de él.

—Se separaron cinco años atrás. El nicho llevaba décadas allí.

Mercedes miró el documento.

—Amalia nunca perdonó a Eusebio.

—¿Por abandonar a Matilde?

—Por permitir que su padre la amenazara. Por recuperar después una vida cómoda mientras Matilde tenía que fingir que su hijo había muerto.

—Pero ayudó a Eusebio a ocultarlo.

—Ayudó a Matilde a escapar.

—Utilizando documentos falsos.

—En aquella época, don Ramiro controlaba la policía local, dos concejales y al director del único banco. La legalidad era otra de sus propiedades.

Salcedo anotó algo.

—¿Amalia sabía que Horacio iba a entregar la declaración a Santiago?

Mercedes se quedó callada.

—Señora Llorca.

—Probablemente.

—¿Hablaron esta semana?

—Me llamó el lunes.

—¿Para qué?

—Quería que impidiera a Eusebio reconocer a Santiago.

—¿Por qué?

—Decía que Matilde no quería volver a convertirse en noticia.

—¿Y era verdad?

—No lo sé.

—¿Dónde vive Matilde?

Mercedes miró la fotografía que la inspectora sostenía.

—No voy a decirlo.

—Puede estar en peligro.

—Matilde lleva cuarenta años sobreviviendo a hombres que aseguran querer protegerla. No contribuiré a enviarle otro grupo.

—La persona que tiene el anexo ya conoce su identidad.

Aquello penetró.

Mercedes cerró los ojos.

—El documento estaba en la cinta.

—Y alguien lo retiró antes de matar a Horacio.

La viuda se apoyó contra el altar.

Por primera vez desde que la conocía, pareció vieja.

—Amalia sabe dónde vive.

Salcedo ya sacaba el teléfono.

—Necesito su dirección.

—No la tengo.

—¿Un teléfono?

—Tampoco.

—¿Cómo se comunicaban?

—A través de Horacio.

—Que está muerto.

—Sí.

—Y de Amalia.

Mercedes miró hacia la puerta.

—También.

La casa de Amalia estaba vacía.

Llegamos veinte minutos después. La puerta verde permanecía cerrada, pero una ventana del piso superior estaba abierta. La inspectora consiguió autorización para entrar mientras un agente hablaba con los vecinos.

Amalia había salido poco después de las seis.

Llevaba una maleta pequeña.

—¿Dijo adónde iba? —preguntó Salcedo a la vecina de enfrente.

—No.

—¿La vio subir a algún vehículo?

—A un taxi.

—¿De qué empresa?

—Uno blanco.

En Santa Aurelia todos los taxis eran blancos.

—¿Iba sola?

La vecina pensó.

—Llevaba una jaula.

Berta soltó un grito.

—¿Una jaula?

—Cubierta con una tela.

Miramos la que Berta sostenía.

El paño seguía sobre ella.

La abrió.

Estaba vacía.

Durante la confusión en el panteón, nadie había comprobado su interior. Jacinto había dejado de protestar antes de que entráramos. Habíamos supuesto que el silencio era miedo.

En realidad, el loro ya no estaba allí.

—No puede ser —dijo Berta.

Metió una mano como si el animal pudiera haberse plegado bajo la percha.

—Yo lo traje desde el Patio de los Naranjos.

—¿Cuándo lo vio por última vez? —preguntó Salcedo.

—Cuando encontramos a Santiago. Después cubrí la jaula.

—¿La dejó sola?

Berta recordó.

—Junto a la fuente. Durante unos minutos, cuando los sanitarios entraron.

—Amalia conocía el Patio de los Naranjos —dije.

—Todo el mundo que trabajó en el cementerio lo conocía.

—¿También sabía silbar para llamar a Jacinto?

Berta negó.

—No lo sé.

La inspectora entró en la casa.

Sobre la mesa del salón seguían las tazas de café de nuestra conversación. La caja con fotografías había desaparecido. También faltaban varias carpetas.

En el dormitorio, los armarios permanecían abiertos. No parecía una mudanza. Amalia había llevado ropa suficiente para unos días, medicación, documentos y poco más.

En la cocina encontraron una bolsa de semillas de girasol.

En el suelo, junto a la puerta trasera, había una pluma gris.

Berta la recogió antes de que Salcedo pudiera impedírselo.

—Es suya.

—Muchos pájaros tienen plumas grises —dijo la inspectora.

—Ningún otro me debe quinientos euros en carteles.

La puerta del pequeño patio estaba abierta.

Más allá había un callejón que descendía hasta el puerto.

Salcedo organizó la búsqueda. Estación, puerto, carretera, empresas de taxi. Envió la descripción de Amalia y del animal.

Yo volví al salón.

Sobre la mesa había un contrato funerario.

Mi nombre aparecía en la parte inferior.

Inés Valdivia — servicio de plañidera.

El funeral de Horacio seguía fijado para la mañana siguiente, a las diez y media.

Amalia había pagado la capilla, el ataúd, las flores y una concesión nueva en la zona antigua. Todo por adelantado.

Había dejado incluso instrucciones detalladas:

Ceremonia breve.

Sin discursos institucionales.

No permitir flores de la familia Llorca.

La señora Valdivia debe permanecer junto al ataúd durante el cierre.

Debajo de esa frase, escrita a mano, aparecía otra:

Que llore como si todavía quedara algo por salvar.

Salcedo leyó por encima de mi hombro.

—El funeral se cancela.

—No.

—La mujer que lo contrató ha huido con un animal relacionado con la investigación.

—Precisamente.

—No va a asistir.

—Pagó por adelantado.

—Señora Valdivia.

—Amalia no preparó todo esto para perder un funeral.

—Puede haber cambiado de plan.

—Las personas cambian de plan. Los rituales no. Por eso los usamos.

Miré otra vez las instrucciones.

Amalia había elegido el lugar exacto donde debía situarme.

Junto al ataúd.

Durante el cierre.

—Quiere algo de la ceremonia —dije.

—¿Qué?

—No lo sé.

Berta apareció en la puerta.

Tenía los ojos enrojecidos.

No lloraba por Horacio.

—Se ha llevado a Jacinto porque habló —dijo.

—O porque todavía puede hablar —respondí.

Salcedo volvió a observar el contrato.

—¿Qué podría saber el animal que no haya repetido ya?

Recordé todas sus frases.

Doce mil. Ni uno menos.

No firme.

La cinta, idiota.

No estaba muerto.

Mañana lo enterramos y aquí no ha pasado nada.

Las habíamos tratado como fragmentos de una conversación.

Tal vez no pertenecían todas a la misma.

Los loros no organizan los recuerdos de acuerdo con las necesidades de la policía. Repiten sonidos por asociación: personas, lugares, movimientos, objetos.

Jacinto había dicho no estaba muerto  cuando vio la corbata de Horacio.

No cuando vio una fotografía de Daniel.

Había dicho la cinta  al ver el fragmento color crema.

Y había reaccionado con miedo a Mercedes, aunque su voz solo llegara por teléfono.

¿Qué había asociado con Amalia?

Pensé en el día en que encontramos el cadáver.