Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 7 — La familia
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Capítulo 7 — La familia

La familia

Las familias ricas no entierran secretos.

Los guardan en panteones.

Cuando regresamos al mausoleo de los Llorca, la noche todavía no había caído, pero el cementerio ya estaba cerrado.

Los últimos visitantes habían salido y los empleados se agrupaban junto a la entrada principal, esperando instrucciones de una administración que acababa de quedarse sin administrador.

La luz descendía entre los cipreses. Las estatuas parecían más cansadas que siniestras. Desde el mar llegaba una brisa fresca que agitaba las cintas de las coronas y hacía susurrar cientos de nombres grabados en piedra.

Clara caminaba delante de nosotros.

Rafael iba a su lado, aunque ninguno miraba al otro.

Santiago había permanecido en el Patio de los Naranjos con los sanitarios y dos agentes.

Berta llevaba la jaula de Jacinto cubierta con un paño, una precaución inútil: el loro protestaba desde el interior con la voz de un niño al que obligaban a comer verduras.

La inspectora Salcedo avanzaba deprisa.

—¿Quién tiene llave del panteón? —preguntó.

—Mamá —respondió Rafael—. Yo también.

—¿Su hermana?

—No.

Clara lo miró.

—No sabía que tú tenías.

—Me la dio papá.

—¿Cuándo?

—No importa.

—Todo parece importar cuando uno de vosotros lo oculta.

Rafael no respondió.

Llegamos a la explanada.

La puerta de bronce del panteón estaba abierta.

No completamente. Apenas lo suficiente para que una franja de oscuridad dividiera el relieve de los dos ángeles grabados en ella.

Salcedo levantó una mano.

Dos agentes se adelantaron.

—Señora Llorca —llamó uno—. Policía.

No hubo respuesta.

Jacinto dejó de quejarse.

El silencio del animal inquietó más que cualquier grito.

Los agentes empujaron la puerta.

Dentro ardían dos velas.

La primera vez que había visto el panteón, durante el funeral de Eusebio, me pareció demasiado pequeño para una familia tan rica. Al entrar comprendí el motivo. Los Llorca no habían construido un espacio para albergar a sus muertos, sino para mantenerlos ordenados.

Las placas se distribuían en dos paredes laterales. En el centro había un altar de mármol con una cruz de plata. Un vitral pequeño teñía el suelo de azul y rojo. El aire olía a cera, piedra fría y flores recién cortadas.

Mercedes estaba frente al nicho de su marido.

La placa provisional había sido retirada y descansaba contra la pared. El ataúd sobresalía hasta la mitad, sostenido por el carro metálico utilizado aquella tarde.

La viuda tenía una mano introducida bajo la chaqueta del muerto.

En la otra sostenía un sobre de tela encerada.

—Aléjese del ataúd —ordenó Salcedo.

Mercedes no se volvió.

—No hace falta gritar.

—Saque la mano y dé dos pasos atrás.

—He pasado cuarenta y seis años pidiéndole a Eusebio que sacara las manos de sitios donde no debía. Es irónico que termine obedeciendo yo.

Retiró lentamente la mano.

Entre los dedos llevaba un pequeño broche de metal.

Lo colocó sobre el pecho de su marido, cerró la chaqueta y dio un paso atrás.

Clara entró.

—Mamá.

Mercedes levantó los ojos.

No parecía sorprendida de verla. Tampoco aliviada.

—Deberías estar en casa.

—Tú deberías seguir en el tanatorio.

—Nunca me gustó que me vigilaran.

—Un hombre está muerto.

—Hay muchos.

—Sabes cuál digo.

Mercedes sostuvo el sobre contra el cuerpo.

Salcedo se aproximó.

—Entréguemelo.

—No.

—Señora Llorca.

—Pertenece a mi marido.

—Su marido está relacionado con una investigación por homicidio.

—Mi marido está relacionado con media provincia. Eso no convierte todo lo que tocó en propiedad de la policía.

La inspectora extendió la mano.

—Puedo detenerla por manipulación de pruebas.

—Puede intentarlo.

—Mamá —dijo Rafael—. Dáselo.

Mercedes lo miró.

Algo cambió en su rostro.

No ternura. Tampoco orgullo.

Miedo.

Fue tan breve que quizá ninguno de sus hijos lo reconoció. Yo sí.

Las personas lloran de muchas maneras. Algunas derraman lágrimas. Otras convierten el cuerpo entero en un dique.

Mercedes temía por Rafael.

No por sí misma.

Entregó el sobre.

Salcedo se puso guantes antes de abrirlo.

Dentro había cuatro hojas dobladas y una fotografía. El papel era antiguo, pero estaba protegido por una funda transparente reciente.

La inspectora leyó la primera línea.

—«Declaración de Matilde Bernal Ruiz».

Clara se acercó.

—¿Es el documento que estaba en la corona?

—No —respondió Mercedes.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque ese era una copia.

Salcedo levantó la mirada.

—¿Quién preparó la copia?

—Horacio.

—¿Y el original?

—Eusebio lo guardó aquí.

Mercedes señaló el pecho de su marido.

—¿Desde cuándo?

—Desde la noche anterior a su muerte.

—Eusebio murió por la mañana —dijo Rafael.

—Lo sé. Yo estaba allí.

—¿Papá sabía que iba a morir?

—Sabía que podía ocurrir.

—Y no nos dijo nada.

—Vuestro padre prefería confesar adulterios antes que enfermedades.

Clara se apoyó contra la pared.

—¿Qué declara Matilde?

Salcedo volvió al documento.

—Lo leeremos fuera.

—No —dijo Mercedes—. Si vamos a destruir una familia, hagámoslo delante de todos sus miembros.

—No estamos destruyendo nada —respondió la inspectora.

Mercedes miró las placas que ocupaban las paredes.

—Eso dicen siempre quienes llegan cuando ya está construido.

Salcedo leyó en silencio durante unos segundos.

La fotografía mostraba a Matilde con el niño. Era más reciente que la imagen de la comida al aire libre. Daniel tendría unos cinco años y sostenía un barco de madera. En el reverso aparecía una fecha y una ciudad que la inspectora tapó con el pulgar.

—La declaración está fechada en noviembre de 1983 —explicó—. Matilde afirma que Daniel no murió. Que abandonó Santa Aurelia voluntariamente con ayuda de Horacio Belmonte y Amalia Ríos.

Berta levantó la cabeza.

—¿Amalia?

—Era mi amiga —dijo Mercedes.

Todos la miramos.

—¿La mujer de Horacio era amiga suya? —preguntó Clara.

—Antes de que tú nacieras.

—Nunca la vi en casa.

—Las amistades terminan.

—Los secretos no —dije.

Mercedes me observó.

—Algunos deberían.

Salcedo continuó:

—Matilde afirma que Eusebio era el padre del niño. También que don Ramiro Llorca, padre de Eusebio, amenazó con quitarle la custodia si intentaba reclamar reconocimiento o dinero.

—Mi abuelo —murmuró Rafael.

—Un hombre encantador —dijo Mercedes—. Tenía la costumbre de confundir el cariño con la propiedad.

—¿Eusebio permitió que ocurriera? —preguntó Clara.

—Eusebio tenía veintisiete años, un padre que decidía hasta el color de sus corbatas y el valor moral de una servilleta mojada. Quiso enfrentarse a él. Después tuvo miedo.

—Así que fingieron que Daniel había muerto.

—Fingieron un entierro. Registraron una muerte. Matilde salió de Santa Aurelia con documentos nuevos.

—¿Y tú lo sabías?

Mercedes no respondió inmediatamente.

—Lo supe dos años después de casarme.

—¿Papá te lo contó?

—Encontré una carta.

Clara soltó una risa sin alegría.

—En esta familia, las cartas siempre aparecen antes que el valor.

Salcedo pasó a la segunda hoja.

—La declaración está firmada por Matilde, Horacio y Amalia. Eusebio aparece como testigo de los hechos, pero su firma no figura.

—No quiso firmar entonces —explicó Mercedes—. Creía que una firma lo convertiría en cómplice.

—Lo era —dijo Rafael.

—Sí.

Mercedes miró el ataúd.

—Pero a los veintisiete años todavía pensaba que los papeles creaban la culpa, en lugar de limitarse a conservarla.

La inspectora examinó la última página.

—Falta un anexo.

Mercedes bajó los ojos.

—¿Qué contenía? —preguntó Salcedo.

—La identidad que Matilde utilizó después de marcharse. El lugar donde vivía. Documentos de Daniel.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿La copia escondida en la corona estaba completa?

—Sí.

—Entonces quien retiró el documento de la cinta tiene el anexo.

—O lo destruyó —dijo Rafael.

—¿Por qué ocultó Eusebio el original dentro de su ataúd?

Mercedes apretó los labios.

—No confiaba en la caja fuerte.

—¿Por qué?

Todos miraron a Rafael.

Él retrocedió como si el movimiento pudiera apartarlo de la acusación.

—Entré en su despacho porque era responsable de las empresas.

—Entraste mientras todavía estaban preparando su cadáver —dijo Clara.

—Buscaba el testamento.

—Eso no mejora la frase.

—Papá había cambiado decisiones importantes sin informar a nadie.

—Quería reconocer a Santiago.

—Quería repartir empresas construidas durante generaciones para aliviar una culpa.

—También eran suyas.

—No solo suyas.

Mercedes levantó la voz:

—Basta.

Fue una única palabra.

Obedecieron como niños.

Mercedes respiró despacio.

—Eusebio sabía que Rafael revisaría el despacho. Sabía también que Horacio planeaba entregar la declaración a Santiago durante el funeral. Por eso prepararon dos versiones.

—La copia en la corona —dijo Salcedo.

—Y el original con Eusebio.

—¿Qué significaba la frase del loro? —pregunté—. «La verdadera está con el muerto».

Mercedes me miró.

—Horacio me llamó esta mañana cuando descubrió que habían cambiado la corona.

—¿Durante la misa?

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que la cinta de la corona falsa estaba vacía. Que alguien había encontrado la copia.

—Entonces la persona que construyó la imitación ya tenía la declaración.

—Eso creyó Horacio.

—¿Y usted?

—Le dije que no tocara nada y que buscara la verdadera.

Clara cerró los ojos.

—La voz que Jacinto imitó.

—Hablabas por teléfono —dije.

—Sí.

—«No toques eso».

Mercedes asintió.

—Y después «entonces búsquela».

—Sí.

Salcedo sacó el teléfono.

—¿A qué hora fue esa llamada?

—No lo sé. Cerca de las doce y cuarto.

—Su registro lo sabrá.

Mercedes entregó el aparato.

La llamada de Horacio aparecía a las doce y diecinueve. Duración: un minuto y cuarenta y ocho segundos.

Después había otra llamada saliente de Mercedes a Rafael, a las doce y veintidós.

—¿Hablaron? —preguntó Salcedo.

—No respondió.

Rafael comprobó su teléfono.

—Estaba llamando a Santiago.

La llamada entre los dos hombres había comenzado a las doce y veintitrés.

Horacio seguía vivo cuando habló con Mercedes.

Rafael estaba al teléfono con Santiago cuando alguien discutía dentro del invernadero.

La familia había conseguido estar implicada al mismo tiempo en lugares distintos.

Era un talento hereditario.