Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 6 — Lo que dijo Jacinto #3
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Capítulo 6 — Lo que dijo Jacinto #3

Santiago miró a Rafael y a Clara.

—Porque ya tenía una vida. Un nombre. Una madre que se marchó para mantenerme a salvo. No necesitaba convertirme en el último escándalo de un hombre rico.

—Pero aceptó una participación en sus empresas —dijo Rafael.

—Trabajé treinta años para conseguirla.

—Siempre te trató de forma distinta.

—Porque era mi padre y no tenía valor para decirlo.

—No sabíamos que competíamos con un hijo secreto.

—No competí contigo, Rafael. Tú eras el heredero desde que aprendiste a pronunciar tu apellido.

Rafael apretó los puños.

La inspectora se interpuso entre los dos.

—La discusión familiar puede esperar. Señor Orduña, ¿qué ocurrió ayer en la floristería?

Santiago cerró los ojos un momento.

—Horacio quería doce mil euros.

—¿Para qué?

—Matilde, mi madre, no salió de Santa Aurelia con documentos verdaderos. Horacio había falsificado una defunción, pero también pagó a un funcionario para que ella pudiera registrarme con otro nombre. Corregir eso sin exponerla requería abogados, trámites y dinero.

—¿Su madre vive?

—Sí.

Clara pareció recibir otra muerte.

—¿Dónde?

—Lejos. Y seguirá lejos de esta familia.

—¿Eusebio se negó a pagar? —preguntó Salcedo.

—Primero sí. Luego dijo que firmaría el testamento y que después arreglaríamos los documentos.

—Y usted le dijo que no firmara.

—No quería su herencia.

—¿Qué había en la cinta de la corona?

Santiago la miró.

—La declaración de Matilde.

—¿Qué declaración?

—Una carta firmada por ella y por Horacio explicando cómo falsificaron mi muerte. Era la única prueba completa de que Daniel Bernal y Santiago Orduña eran la misma persona.

—¿Por qué estaba escondida en una corona funeraria?

—Eusebio no confiaba en Rafael.

La frase cayó con más peso que el golpe recibido por Santiago.

Rafael avanzó otra vez.

—Mientes.

—Creía que revisarías su despacho antes del funeral.

—Tenía derecho.

—Eso es exactamente lo que temía.

—¿Quién colocó la declaración en la cinta? —preguntó Salcedo.

—Horacio. Debía entregármela después del entierro. La frase «con eterno agradecimiento» era la señal.

—Pero alguien sustituyó la corona.

—Sí.

—¿Usted siguió a Horacio cuando salió de la capilla?

—Lo vi llevarse la imitación y fui detrás. Quería saber qué había ocurrido.

—¿Entró en el invernadero?

—Llegué hasta la puerta.

—¿Quién estaba con él?

Santiago miró a Rafael.

Luego a Clara.

Por último, hacia el camino por el que habíamos venido.

—No vi su cara.

—¿Hombre o mujer?

—Llevaba ropa negra. Como todos.

—¿Escuchó algo?

—Horacio gritó: «La cinta, idiota». Después dijo que la verdadera corona ya no estaba allí.

—¿Y la otra persona?

—Le preguntó dónde había puesto la declaración.

—¿Reconoció la voz?

Santiago tardó en responder.

—No estoy seguro.

—¿Se parecía a alguien?

—A Rafael.

Clara cerró los ojos.

Rafael soltó una maldición.

—Pero no era él —añadió Santiago.

Todos lo miraron.

—¿Por qué está seguro? —preguntó Salcedo.

—Porque Rafael me llamó en ese momento.

Rafael sacó el teléfono.

—A las doce y veintitrés. Quería saber si papá había cambiado el testamento.

—Estuvimos hablando casi cuatro minutos —continuó Santiago—. Mientras Horacio discutía dentro del invernadero.

Salcedo pidió el aparato.

Rafael se lo entregó.

La llamada figuraba en el registro.

—Entonces alguien imitó mi voz —dijo.

Jacinto, todavía dentro de la jaula, inclinó la cabeza.

—No estaba muerto —pronunció con una voz casi idéntica a la de Rafael.

Después cambió.

La misma frase salió más baja, más firme.

Como una mujer forzando la garganta para parecer un hombre.

Inés? Wait first person can't call herself. Need continue.

Berta me miró.

Yo miré al loro.

Habíamos pasado el día tratando de averiguar a quién imitaba Jacinto.

Tal vez la pregunta correcta no era de quién era aquella voz.

Tal vez era quién había intentado que pareciera de Rafael.

Salcedo se volvió hacia Santiago.

—La persona que lo encerró aquí dijo que Eusebio ya tenía un hijo legítimo.

—Sí.

—¿Exactamente esas palabras?

—Exactamente.

Rafael negó con la cabeza.

—Yo nunca me llamaría hijo legítimo.

—¿Por qué no? —preguntó Clara.

—Porque también eres hija suya.

Nadie habló.

El detalle parecía pequeño.

No lo era.

Quien había formulado la amenaza no pensaba en los tres hijos de Eusebio.

Pensaba en Rafael como el único heredero que importaba.

Una forma de mirar a la familia que no pertenecía a Rafael.

Pertenecía a alguien que llevaba décadas protegiéndolo.

Salcedo debió de llegar a la misma conclusión, porque pidió por radio que localizaran inmediatamente a Mercedes Llorca.

La respuesta llegó envuelta en interferencias.

El agente que debía vigilarla había sido llamado por una falsa urgencia en el aparcamiento. Cuando regresó al tanatorio, la viuda ya no estaba.

Clara se volvió hacia su hermano.

—¿Dónde iría?

Rafael palideció.

No por miedo a la policía.

Por reconocimiento.

—Al panteón —dijo—. Mamá siempre lleva las flores personalmente.

Desde la jaula, Jacinto golpeó dos veces los barrotes.

—No toques eso —dijo con la voz de Mercedes.

Después añadió, en la de Horacio:

—La verdadera está con el muerto.