Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 6 — Lo que dijo Jacinto #2
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Capítulo 6 — Lo que dijo Jacinto #2

—No.

—Mamá.

—No soy la única mujer que habla de esa manera.

—Gracias a Dios —dije—. Sería agotador.

Salcedo acercó la grabadora.

—Señora Llorca, ¿estuvo ayer en la floristería?

—No.

—¿Habló por teléfono con Horacio, Eusebio o Santiago mientras estaban allí?

—No que recuerde.

—Una acaba de enterrar a su marido —dije—. La memoria puede tomarse la tarde libre.

Mercedes me lanzó una mirada que habría secado flores frescas.

—¿Tiene algo que decirme, señora Valdivia?

—Todavía no.

La inspectora detuvo la grabación.

—Necesito hablar con cada uno por separado. Nadie abandona el edificio.

—¿Y Santiago? —preguntó Clara.

Salcedo miró el teléfono.

No había noticias.

El coche seguía en el cementerio. Nadie lo había visto salir por ninguna puerta. Su billetera y sus documentos estaban dentro de la guantera. El teléfono aparecía apagado.

—Puede haberse marchado a pie —dijo Rafael.

—¿Después de abandonar el coche y el teléfono?

—Está asustado.

—¿De qué? —preguntó Clara.

Rafael no respondió.

Jacinto, en cambio, gritó:

—¡No estaba muerto!

Todos volvieron la cabeza.

El loro levantó las alas.

—¡No estaba muerto!

—Se refiere a Daniel —dijo Berta.

—Tal vez —respondí.

La frase había aparecido cuando Salcedo mostró la corbata de Horacio. No cuando mencionamos al niño. Jacinto asociaba sonidos con situaciones, personas y objetos, aunque nadie entendía exactamente cómo.

Me acerqué al corazón de flores.

La corbata ya había sido retirada, pero el hueco permanecía en el centro. Entre los tallos de eucalipto había una sustancia blanca, semejante a polvo.

Toqué un poco con la punta del dedo.

Salcedo me agarró la muñeca.

—¿Qué parte de no tocar entiende peor?

—La que aparece después de encontrar algo.

—¿Qué es?

Olí el dedo.

Cal, humedad y un perfume tenue, dulce.

—Azahar.

Mercedes levantó la cabeza.

—Las flores no llevan azahar —dijo Berta.

—No viene del arreglo.

Volví a oler.

No era perfume de mujer. Era el olor real de las flores del naranjo: fresco, ligeramente amargo, imposible de ocultar cuando el árbol está en plena floración.

En Santa Aurelia solo había un lugar del cementerio donde crecían naranjos.

El patio antiguo.

—El Patio de los Naranjos —dije.

Salcedo soltó mi muñeca.

—¿Qué hay allí?

—La capilla vieja, el osario y un almacén que ya no se usa —respondió Berta.

—¿Está abierto al público?

—No desde que cayó parte del techo.

—¿Quién tiene llaves?

—Horacio tenía todas.

Jacinto caminó hasta el borde de la mesa.

Me miró.

—No estaba muerto —dijo, esta vez con la voz de Santiago.

Después silbó tres notas.

Berta dejó caer la bolsa de almendras.

—¿Qué ocurre? —preguntó Salcedo.

—Ese silbido.

—¿Qué tiene?

—Santiago lo usa para llamar a Jacinto.

El loro volvió a silbar.

Tres notas ascendentes.

Berta se acercó.

—¿Dónde lo oíste?

Jacinto levantó el cuello.

—¡Abre!

La voz era la de Santiago.

—¡Abre la puerta!

Salcedo ya llamaba por radio.

El Patio de los Naranjos quedaba en la zona más antigua del cementerio, detrás de la capilla abandonada de Santa Lucía.

Llegamos cuando el día empezaba a perder color.

Los naranjos crecían alrededor de una fuente seca, protegidos por muros altos cubiertos de musgo. Sus flores blancas parecían emitir luz entre las hojas oscuras. El aroma llenaba el aire.

Aquel lugar era demasiado hermoso para estar prohibido.

También era demasiado silencioso.

Dos agentes registraron la capilla. Otros rodearon el antiguo osario. Salcedo nos ordenó permanecer junto a la entrada del patio.

Rafael había insistido en acompañarnos. Clara también. Mercedes se quedó en el tanatorio con un agente.

Jacinto viajó dentro de una pequeña jaula que Berta utilizaba para llevarlo al veterinario. Se quejó durante todo el trayecto con la voz de un bebé.

Al entrar en el patio, dejó de hacerlo.

Se agarró a los barrotes.

Silbó tres veces.

Desde algún lugar detrás de la capilla llegó un golpe.

Todos se quedaron quietos.

Otro golpe.

Metálico.

Salcedo levantó una mano y los agentes avanzaron.

—¡Santiago! —gritó Clara.

Rafael la sujetó por el brazo.

—Espera.

Jacinto golpeó la puerta de la jaula con el pico.

—¡Abre!

El sonido volvió a escucharse.

Venía de una construcción baja, casi oculta bajo la buganvilla y las ramas de un naranjo. La puerta era de hierro, con una pequeña abertura en la parte superior.

Uno de los agentes intentó abrirla.

—Está cerrada.

—La llave —dijo Salcedo.

—No tenemos la del almacén.

El policía golpeó la puerta.

—¡Santiago Orduña! ¿Está ahí?

Una voz débil respondió desde el interior.

—Sí.

Clara se llevó ambas manos al rostro.

Rafael dio un paso al frente, pero Salcedo lo detuvo.

—¿Está herido?

—Creo que no.

—Apártese de la puerta.

Los agentes utilizaron una palanca. El hierro resistió primero y cedió después con un gemido largo.

Dentro no había herramientas.

Había urnas vacías, cajas de documentos y antiguas placas retiradas de los nichos. Santiago estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared. Tenía las muñecas sujetas por una cinta funeraria y una herida seca junto a la ceja.

Clara corrió hacia él.

Rafael llegó después.

Santiago levantó los brazos atados.

—No ha sido una buena tarde.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó Rafael.

—Déjalo respirar —ordenó Salcedo.

Los sanitarios entraron. Le cortaron la cinta y examinaron la herida. Santiago insistió en que estaba bien, lo que nunca ha convencido a ningún médico.

Jacinto silbó desde la jaula.

Santiago lo miró.

—Hola, traidor.

—¡No estaba muerto! —respondió el loro.

A pesar de todo, Santiago sonrió.

Era la primera vez que veía a Daniel Bernal aparecer en su rostro.

No se parecía a Eusebio de manera evidente. Tenía la nariz distinta, el mentón más estrecho y un cuerpo construido por otra vida. Pero la sonrisa era la misma que aparecía en la fotografía de la comida al aire libre.

Clara también lo vio.

Apartó la mirada.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Salcedo.

Santiago se dejó atender mientras hablaba.

Después de que abrieran el nicho de Daniel, encontró una nota bajo el limpiaparabrisas de su coche.

—¿Qué decía?

—«El muerto equivocado todavía puede hablar. Ven solo al Patio de los Naranjos».

—¿La conserva?

—Me la quitaron.

—¿Quién?

—No lo vi.

Había entrado al patio por la puerta lateral. Alguien lo llamó desde detrás de la capilla. Cuando se volvió, recibió un golpe y perdió el conocimiento. Despertó encerrado.

—¿Escuchó alguna voz?

—Una vez. Alguien habló desde el otro lado de la puerta.

—¿Qué dijo?

—Que mi padre ya había muerto con un hijo legítimo y no necesitaba otro.

Rafael soltó el aire con violencia.

—Eso pretende señalarme a mí.

Santiago lo miró.

—No he dicho que fueras tú.

—Pero todos lo están pensando.

—Tú has pensado cosas peores de mí durante años.

Rafael se acercó.

—Si hubieras dicho la verdad…

—¿Cuál? ¿Que Eusebio era mi padre? Yo también me enteré hace poco.

Clara levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Hace tres meses.

—La prueba de paternidad —dije.

Santiago asintió.

—Horacio me la entregó.

Salcedo se agachó frente a él.

—¿Por qué la hizo?

—Eusebio se lo pidió. Quería asegurarse antes de cambiar el testamento.

—¿Y después?

—Quiso reconocerme. Yo me negué.

—¿Por qué?