Capítulo 6 — Lo que dijo Jacinto
Lo que dijo Jacinto
Un loro no puede prestar declaración ante la policía.
Nadie había informado de ello a la inspectora Salcedo.
Jacinto ocupaba el centro de una mesa del tanatorio, frente a tres agentes, una grabadora y el corazón de flores donde había aparecido la corbata de Horacio.
Berta permanecía a su izquierda con una bolsa de almendras.
Yo estaba a la derecha porque, según Salcedo, el animal parecía reaccionar a mi presencia.
En realidad, Jacinto reaccionaba a mi presencia insultándome.
Era una relación estable.
—Vamos a intentarlo otra vez —dijo la inspectora.
Jacinto se rascó una pata.
—¿Quién puso la corbata entre las flores?
El loro la miró.
Después imitó el ruido de una máquina de café.
Salcedo esperó.
La máquina terminó de preparar una bebida imaginaria.
—¿Quién trajo la corbata?
Jacinto inclinó la cabeza.
—¡Oferta especial! —anunció con voz de radio—. ¡Dos por uno hasta el viernes!
Uno de los agentes bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—No es un interrogatorio —dije—. Es un programa matinal.
—Usted aseguró que podía ayudarnos a identificar voces —respondió Salcedo.
—Dije que Berta podía reconocer algunas.
—Las que escucha a menudo —aclaró ella—. Las demás pueden ser de cualquiera.
—Empecemos por las conocidas.
La inspectora pulsó la grabadora.
Berta sacó una almendra.
—Jacinto.
El loro vio el premio y descendió desde el respaldo de una silla.
—Doce mil —dijo Berta.
Jacinto tomó la almendra sin responder.
—Doce mil —repitió.
El ave abrió la cáscara con el pico.
—Ni uno menos —dijo con la voz de Horacio Belmonte.
La imitación era buena.
No perfecta en un sentido artístico. Ningún ser humano habría confundido al loro con Horacio si ambos hubieran llamado por teléfono. Pero reproducía su tono nasal, la forma de arrastrar las vocales y una impaciencia que parecía independiente de las palabras.
Salcedo miró a Berta.
—¿Segura?
—Completamente.
—¿Cuándo oyó esa frase?
—Ayer por la tarde. Horacio hablaba por teléfono con Eusebio.
La inspectora hizo una anotación.
—Jacinto —continuó Berta—. Cierra la puerta.
El loro levantó el cuello.
—¡Cierra la puerta, imbécil!
También era Horacio.
—La cinta —dijo Salcedo.
Jacinto permaneció en silencio.
La inspectora acercó un fragmento de cinta color crema, protegido dentro de una bolsa.
El loro dio un pequeño salto hacia atrás.
Sus plumas se tensaron.
—La cinta, idiota —dijo.
La voz seguía siendo la de Horacio, pero el tono había cambiado.
Ya no sonaba impaciente.
Sonaba asustado.
Salcedo pulsó una tecla de la grabadora para marcar el momento.
—Otra vez.
Jacinto se desplazó hasta el extremo de la mesa.
—La cinta, idiota.
—¿A quién se lo decía? —preguntó Salcedo.
El loro silbó.
—¿Había alguien con él?
Jacinto respondió con la voz de una mujer:
—No toques eso.
Todos miramos a Berta.
Ella negó con la cabeza.
—No es la mía.
—¿La reconoce? —preguntó la inspectora.
—No.
La voz era baja y firme. No tenía el temblor de Clara ni la brusquedad de Amalia. Podía ser Mercedes Llorca. También podía pertenecer a cualquiera de las mujeres que habían comprado flores durante los últimos años.
Salcedo acercó la corbata de Horacio.
Jacinto abrió las alas.
—¡No estaba muerto!
La frase salió en la voz de un hombre más joven.
—¿Rafael? —preguntó la inspectora.
Berta dudó.
—Se parece.
—¿Se parece o es él?
—No lo escucho lo suficiente para asegurarlo.
—Yo sí —dijo Clara desde la puerta.
Había aparecido sin hacer ruido.
Detrás de ella estaban Rafael y Mercedes Llorca. La inspectora había pedido que toda la familia permaneciera en el tanatorio mientras se localizaba a Santiago.
Rafael miró al loro.
—Esa no es mi voz.
—Se parece —dijo su hermana.
—También se parece a la de Santiago.
Mercedes avanzó hasta la mesa.
No llevaba ya el sombrero negro del funeral. Sin él parecía más pequeña, aunque no menos capaz de despedir a alguien de una habitación con una sola mirada.
—¿De verdad están interrogando a un pájaro?
—Estamos registrando frases que pudo escuchar durante la mañana —respondió Salcedo.
—¿Y después lo llevarán ante un juez?
—Solo si consigue comportarse mejor que algunos testigos humanos.
Jacinto miró a Mercedes.
Por primera vez desde que había comenzado aquella representación, permaneció completamente inmóvil.
La viuda también.
—¿Me conoce? —preguntó.
—Conoce a todo el que compra flores —dijo Berta.
Mercedes acercó una mano.
Jacinto retrocedió.
—No firme —dijo.
La voz era grave y envejecida.
Clara se llevó los dedos a la boca.
—Es papá.
Rafael negó.
—No puedes saberlo.
—Claro que puedo.
—Llevaba dos días muerto cuando el loro empezó a decirlo.
—Jacinto estaba en la floristería cuando papá discutió con Horacio —recordó Clara.
—Eusebio pudo decirlo por teléfono —dije.
Mercedes no apartaba los ojos del animal.
—¿Qué no debía firmar?
Nadie respondió.
Jacinto abrió el pico.
—No firme, don Eusebio.
Esta vez la voz era distinta.
Más joven.
Santiago Orduña.
Rafael apartó la silla con tanta fuerza que las patas chirriaron sobre el suelo.
—Esto es absurdo.
—¿Reconoce la voz? —preguntó Salcedo.
—No reconozco nada. Es un loro.
—Un loro que escuchó una conversación entre su padre, Santiago y Horacio.
Mercedes siguió mirando a Jacinto.
—¿Cuándo estuvieron juntos?
Berta se frotó la frente.
—Ayer. Santiago vino a la floristería cerca de las seis. Horacio todavía estaba allí.
—No lo mencionó antes —dijo Salcedo.
—No sabía que fuera importante. Entró, discutieron y salieron al patio.
—¿Eusebio estaba presente?
—Por teléfono. Horacio puso el altavoz.
—¿Qué discutían?
—No oí todo. Yo estaba cerrando el almacén.
—Pero el loro sí —dije.
Jacinto sacudió las plumas.
—No firme, don Eusebio —repitió con la voz de Santiago.
Después cambió a la de Horacio:
—Doce mil. Ni uno menos.
Y finalmente, con la voz cansada de Eusebio Llorca:
—Mañana lo enterramos y aquí no ha pasado nada.
El silencio que siguió no parecía pertenecer a un tanatorio.
Parecía el momento anterior a una confesión.
Mercedes fue la primera en hablar.
—Eusebio sabía que iba a morir.
—Su muerte fue inesperada —dijo Salcedo.
—Llevaba meses con problemas cardíacos. Se negaba a contárselo a nadie.
—¿Tampoco a sus hijos?
—Sobre todo a sus hijos.
Rafael se volvió hacia ella.
—¿Tú lo sabías?
—Sí.
—¿Y no dijiste nada?
—Tu padre no pedía permiso para guardar secretos.
—Pero tú sí sabías guardarlos —dijo Clara.
La frase no fue pronunciada con rabia.
Fue peor: sonó como un descubrimiento.
Mercedes mantuvo la espalda recta.
—No es el momento.
—¿Cuándo lo será? —preguntó Clara—. ¿Después de otro entierro?
Salcedo intervino.
—Necesito saber qué documento no debía firmar Eusebio.
Mercedes miró a Rafael.
Él se pasó una mano por el rostro.
—Un nuevo testamento.
Clara dio un paso hacia su hermano.
—Lo encontraste.
—Encontré un borrador.
—Dijiste que no había nada.
—No quería discutirlo el día del funeral.
—¿Qué decía?
Rafael no respondió.
—Señor Llorca —insistió Salcedo.
—Reconocía a Santiago como hijo.
Mercedes cerró los ojos.
No por sorpresa.
Por cansancio.
—¿Y qué heredaba? —preguntó la inspectora.
—Una parte de las empresas. Dos propiedades. Derechos sobre el Hotel Mirador.
—¿Cuánto valía?
—No lo sé exactamente.
—Miente mejor cuando no dice exactamente —comenté.
Rafael me miró.
—Nadie le ha pedido opinión.
—Eso nunca ha sido un obstáculo importante.
Salcedo levantó una mano antes de que la discusión encontrara otra muerte.
—¿Por qué Santiago pidió a su padre que no firmara?
—Porque no quería ser reconocido —respondió Mercedes.
—¿Cómo lo sabe?
—Me lo dijo.
Aquello sí sorprendió a Rafael.
—¿Cuándo hablaste con él?
—Hace una semana.
—¿A solas?
—Santiago y yo podemos mantener una conversación sin pedirte autorización.
—Lleva treinta años entrando en nuestra casa y nunca dijiste que era hijo de papá.
—No era mi secreto para contar.
Clara soltó una risa breve.
No tenía humor.
—¿Qué clase de familia convierte eso en una virtud?
Mercedes se volvió hacia ella.
—La clase que intenta sobrevivir a los errores de un hombre.
—Papá no cometió un error. Tuvo un hijo.
—Tuvo una relación con una mujer vulnerable, permitió que falsificaran la muerte de un niño y lo mantuvo escondido durante décadas. No lo conviertas en una historia de amor porque acaba de morir.
Nadie respondió.
Hasta Jacinto pareció impresionado.
Después imitó una campana.
Salcedo se acercó a Rafael.
—¿Dónde está el borrador del testamento?
—En la caja fuerte del despacho.
—¿Quién conocía la combinación?
—Mi padre, mi madre y yo.
—¿Santiago?
—No.
—¿Clara?
—No.
Clara miró a Mercedes.
—¿Tú lo habías leído?
La viuda no contestó.
Rafael sí.
—Mamá estuvo con él cuando lo redactó.
—¿Entonces sabías que papá iba a reconocer a Santiago?
—Sabía que lo estaba considerando.
—Y dejaste que yo escondiera una carta en el ataúd como una idiota.
—No sabía lo de la carta.
—Pero sabías todo lo demás.
—No todo.
Mercedes dijo aquello casi en un susurro.
Salcedo la oyó.
—¿Qué no sabía?
La viuda miró el corazón de flores.
—Que Horacio conservaba pruebas.
—¿Y los doce mil?
—Eusebio dijo que Horacio pedía dinero para corregir unos documentos.
—¿Qué documentos?
—El registro del cementerio, la partida de defunción de Daniel, la identidad con la que Matilde salió de Santa Aurelia. No sé cuáles seguían existiendo.
—¿Por qué costaba doce mil euros?
—Porque no era una tasa —dijo Rafael—. Era chantaje.
—No —respondió Mercedes.
Su hijo la miró.
—Claro que lo era.
—Horacio quería pagar a un abogado y regularizar lo que pudiera antes de que se hiciera público.
—¿Eso te dijo él?
—Eso me dijo Eusebio.
Rafael soltó una risa seca.
—Y tú le creíste.
—Conocí a Horacio antes de que tú nacieras.
—Precisamente.
Berta levantó una almendra.
—Jacinto, ¿qué más dijeron?
—Señora Lozano —advirtió Salcedo.
—Usted lo ha traído.
El loro tomó el premio.
Berta acercó el fragmento de cinta.
—La cinta.
Jacinto la miró.
—La cinta, idiota —dijo con voz de Horacio.
Después, con la voz de Santiago:
—No está ahí.
Y luego otra voz.
Una mujer.
—Entonces búsquela.
Mercedes palideció.
Clara la miró.
—Es tu voz.
La viuda tardó demasiado en negarlo.