Capítulo 5 — Las flores equivocadas #2
—No confundo hojas de olivo con eucalipto. Tampoco utilizo estas rosas.
—Son color crema.
—Son blancas teñidas. Mire los bordes. El color se acumula aquí.
La inspectora se inclinó.
—¿Alguien hizo una copia?
—Una copia rápida. La forma es parecida, pero el trabajo no es mío. Los lirios están demasiado abiertos y el alambre se ve por detrás.
—¿De dónde salieron las flores?
Berta observó la estructura.
De pronto rodeó la corona y miró una pequeña etiqueta sujeta a la base.
—Del funeral de Florencio Robles.
—¿Quién es?
—El entierro de las tres de la tarde.
Recordé la agenda de Horacio:
15:00 — Familia Robles.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Salcedo.
—Cada pedido lleva un código. Este es R-46.
—¿La familia Robles encargó una corona parecida?
—Un corazón de rosas blancas y eucalipto. No esto. Alguien lo desmontó y utilizó las flores para imitar la corona de Eusebio.
—¿Dónde está la original?
Berta miró hacia la puerta.
—Eso quisiera saber.
La inspectora llamó a uno de los agentes.
—Localicen todas las flores destinadas al entierro de Florencio Robles. Hablen con la funeraria, la familia y los empleados.
El agente salió.
Salcedo examinó la imitación.
—¿Por qué sustituir una corona?
—Para llevarse la verdadera sin que nadie notara su ausencia —dije.
—La familia notó su ausencia.
—Porque la copia nunca llegó a la capilla. Horacio la escondió aquí.
Berta señaló la cinta.
—También es falsa.
La cinta color crema llevaba impresa la frase destinada a Eusebio. Sin embargo, el tejido era más estrecho que el del rollo de la floristería.
—Alguien necesitaba que pareciera la original —continuó—, pero no tuvo tiempo de hacerla bien.
—Horacio descubrió el cambio —dije—. Se llevó la imitación al invernadero y arrancó parte de la cinta.
—¿Para qué?
—Tal vez buscaba algo dentro.
Salcedo pidió a la fotógrafa que documentara la corona antes de desmontarla.
Retiraron los lirios uno a uno. Después las rosas. Bajo las flores apareció la espuma verde húmeda y, detrás, una estructura metálica.
No había documentos.
Solo un hueco rectangular en la espuma.
Algo había sido introducido allí.
Después lo habían retirado.
—Una carta cabría —dijo Berta.
Salcedo no respondió.
Un agente apareció en la puerta del invernadero.
—Inspectora, la familia Robles sigue en el tanatorio.
—¿Encontraron sus flores?
—Sí y no.
—Elija una.
—Recibieron una corona, pero no era la suya.
Berta salió antes de que Salcedo pudiera detenerla.
El tanatorio municipal estaba a cuatro calles del cementerio. La familia Robles ocupaba la sala número dos y parte del pasillo.
Florencio Robles había sido pescador, padre de seis hijos y miembro durante treinta años de una asociación de colombófilos.
Su velatorio reunía parientes, antiguos marineros, vecinos, hombres que hablaban de palomas y una mujer que vendía empanadas desde una cesta porque la muerte no modifica los horarios del hambre.
La viuda se llamaba Candelaria.
Era baja, ancha y vestía un negro que parecía elegido para discutir con funcionarios. Nos recibió delante de la sala con los brazos cruzados.
—Por fin llega alguien de las flores.
—Soy Berta Lozano.
—Usted me ha mandado una corona para un tal Eusebio.
—Yo no se la mandé.
—Pues apareció aquí.
—¿Dónde está?
—La saqué. Mi marido se llamaba Florencio. Cincuenta y cuatro años casada con él para que el último día lo confundan con un hotelero.
—¿Quién la entregó?
—Un muchacho.
—¿De qué empresa?
—No lo sé. Llevaba camisa gris y mucha prisa.
Salcedo mostró la placa.
—Necesitamos ver la corona.
Candelaria miró a la inspectora y después a mí.
—¿Y esta señora?
—Soy plañidera.
—Aquí ya lloramos bastante.
—Entonces no facturo.
No sonrió.
Nos condujo hasta un pequeño patio interior. La corona estaba apoyada contra una pared, junto a dos cubos y una máquina de bebidas.
Era magnífica.
Lirios blancos, rosas color crema, ramas de olivo. La cinta decía:
A NUESTRO AMIGO EUSEBIO, CON ETERNO AGRADECIMIENTO.
Berta tocó una de las rosas.
—Esta sí es mía.
Salcedo examinó la corona.
—Que nadie la toque.
Berta retiró la mano.
—Ya la había tocado antes de que lo dijera.
—Eso no mejora nada.
Candelaria se acercó.
—Quiero que se la lleven. Cada vez que alguien sale a fumar me pregunta quién es Eusebio.
—¿La corona llegó antes o después de que trajeran el cuerpo de su marido? —preguntó Salcedo.
—Después. Cerca de las dos.
—El cementerio ya estaba cerrado.
—Por eso hicieron el velatorio aquí. Mañana lo enterraremos.
—¿El muchacho pidió firma?
—No.
—¿Dijo algo?
—Que había habido una confusión.
—¿Podría reconocerlo?
—Si vuelve a traerme flores equivocadas, sí.
La policía trasladó la corona a una sala vacía del tanatorio. Berta indicó dónde podía ocultarse algo sin destruir el arreglo.
—Las cintas se doblan en la parte superior —explicó—. También hay espacio entre la espuma y la base.
La fotógrafa abrió primero la unión de las cintas.
No encontró nada.
Después retiró las ramas de olivo de la parte trasera. Una de ellas había sido colocada de nuevo de forma torpe. Bajo el tallo apareció un sobre doblado dentro de una funda de plástico.
Clara había descrito un papel amarillento.
Aquel lo era.
En la parte delantera podía leerse un solo nombre:
Daniel.
Salcedo ordenó que nadie se acercara.
Candelaria, desde la puerta, se persignó.
—Es una carta, señora —dijo Berta.
—Me persigno por si empiezan a aparecer más muertos.
La funda estaba húmeda por el agua de la espuma, pero había protegido buena parte del papel. El sobre había sido abierto. En uno de sus bordes faltaba un fragmento.
Salcedo extrajo la carta con pinzas.
Eran dos hojas.
La primera comenzaba con la frase que Clara había leído:
Querido hijo: si estás leyendo esto, significa que he muerto antes de poder decirte la verdad.
El resto de la línea estaba borroso.
La inspectora continuó en silencio. Sus ojos avanzaron por el texto. En una parte, el agua había convertido la tinta en una mancha azul. En otras, las palabras seguían claras.
—Léala —pidió Clara desde la entrada.
Nadie la había visto llegar.
Estaba acompañada por el padre Gabriel. Debía de haberlos seguido desde el cementerio.
Salcedo dobló parcialmente la hoja.
—No debería estar aquí.
—Es una carta de mi padre.
—Está relacionada con una investigación.
—Mi padre escribió a su hijo.
La frase produjo una quietud incómoda.
Candelaria miró hacia la sala donde velaban a Florencio.
—Yo sabía que Eusebio no era mi marido —murmuró.
Salcedo pidió a Clara que esperara fuera.
Ella no se movió.
—Inspectora —dije—, si no se la lee usted, intentará robársela.
—No soy una ladrona —protestó Clara.
—Ha ocultado documentos dentro de ataúdes. Las categorías empiezan a confundirse.
Salcedo mantuvo la mirada sobre ella.
Después leyó únicamente los fragmentos legibles:
—«Tu madre aceptó marcharse porque creyó que era la única manera de protegerte. Horacio preparó los documentos. Yo permití que todos pensaran que habías muerto».
Clara se llevó una mano al pecho.
—«Durante años me convencí de que el dinero era suficiente. No lo fue. Nunca lo es».
La siguiente parte estaba destruida.
Salcedo pasó a la segunda hoja.
—«Cuando regresaste a Santa Aurelia, quise reconocerte. No tuve valor. Te di trabajo, después una participación en la empresa, y dejé que los demás lo llamaran generosidad».
Berta me miró.
No hacía falta escuchar el nombre.
Pero la carta continuaba.
—«Rafael sospecha. Mercedes siempre lo supo. Horacio conserva la prueba de tu nacimiento y la declaración de Matilde. Si yo muero antes de arreglarlo, habla con él».
La inspectora hizo una pausa.
—«No confíes en quien te diga que el apellido Llorca te pertenece. Los apellidos son la parte de una familia que mejor sabe mentir».
La última línea había sobrevivido casi intacta:
—«Perdóname por obligarte a vivir tantos años como Santiago Orduña cuando naciste siendo Daniel Bernal, mi hijo».
Clara se apoyó contra la pared.
Berta cerró los ojos.
Desde el pasillo llegó una carcajada, seguida por una discusión sobre empanadas.
La vida continuaba al otro lado de la puerta con una grosería admirable.
—Santiago es mi hermano —dijo Clara.
La inspectora introdujo la carta en una bolsa.
—Eso afirma Eusebio.
—Mi padre le dio parte de la empresa.
—También afirma eso.
—Rafael lo sabía.
—Sospechaba.
—Por eso buscaba el testamento.
Salcedo no respondió.
—¿Dónde está Santiago? —pregunté.
La inspectora ya sacaba el teléfono.
Llamó al agente que vigilaba a los asistentes del funeral.
Escuchó durante unos segundos.
—¿Cuándo?
Otra pausa.
—Revisen las salidas. El puerto, la estación y la carretera norte.
Colgó.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Clara.
Salcedo guardó el teléfono.
—Santiago Orduña abandonó el cementerio poco después de que abriéramos el nicho de Daniel. Su coche sigue en el aparcamiento.
—¿Entonces huyó? —preguntó Berta.
—O alguien quería que pareciera que lo hizo.
Desde el corredor, una voz gritó:
—¡Flores para el señor Robles!
Candelaria salió de la sala.
—Como vuelvan a traerme las de Eusebio, entierro a alguien antes de tiempo.
El repartidor apareció cargando un enorme corazón de rosas blancas y eucalipto.
Berta lo reconoció inmediatamente.
Era el arreglo que habían desmontado para construir la corona falsa encontrada junto a Horacio.
Solo faltaba una parte.
En el centro del corazón, donde las flores deberían formar una superficie perfecta, había un hueco oscuro.
Algo rojo había sido colocado allí.
El repartidor dejó el arreglo en el suelo.
No era una flor.
Era la corbata color vino de Horacio Belmonte.
Alrededor del nudo habían atado una tira de cinta color crema.
Sobre ella, escrito con tinta negra, aparecía un mensaje:
EL MUERTO EQUIVOCADO TODAVÍA PUEDE HABLAR.