Capítulo 5 — Las flores equivocadas
Las flores equivocadas
Cuando una mujer te confiesa que ha escondido una carta dentro del ataúd de su padre, hay tres respuestas posibles.
La primera es llamar a la policía.
La segunda es preguntarle si ha perdido la cabeza.
La tercera es felicitarla por haber encontrado el único buzón de Santa Aurelia que nadie revisaría sin autorización judicial.
Yo elegí la primera.
Clara no lo agradeció.
—Le dije que no quería hablar con la policía.
—Y yo no dije que fuera a obedecerla.
—¿Por qué la llamé?
—Porque su hermano la asusta y la policía le incomoda. Yo estaba en el punto medio.
—No entiende nada.
—Entiendo que alguien ha muerto buscando documentos relacionados con Daniel Bernal y que usted escondió uno de esos documentos dentro de otro muerto.
Al otro lado de la línea escuché una puerta cerrarse.
Clara había bajado todavía más la voz.
—Rafael no puede enterarse.
—Su hermano estaba buscando el testamento antes del funeral.
—Por eso escondí la carta.
—Y ahora la carta está detrás de una placa de mármol.
—Era provisional.
Me quedé callada.
No esperaba que hubiese pensado en eso.
—¿Dónde la colocó exactamente?
—Dentro del ataúd.
—Eso ya lo había mencionado.
—Bajo el forro, junto al brazo izquierdo de mi padre. Había una costura suelta.
—¿Abrió el ataúd?
—Estaba abierto cuando llegué a la capilla. Querían que la familia pudiera despedirse antes de la ceremonia.
—¿Alguien la vio?
—No lo sé.
Una respuesta que significa casi siempre que sí.
—¿Qué aspecto tenía el sobre?
—Pequeño. Amarillento. Ponía Daniel en la parte delantera.
—¿Y dentro?
—No la saqué completamente. Leí la primera línea y escuché a Rafael en el pasillo.
Miré a Berta.
Estaba junto al mostrador, siguiendo la conversación por mi cara. Jacinto se encontraba sobre su hombro, inclinado hacia el auricular como si esperara una confesión propia.
—Voy a llamar a la inspectora Salcedo —dije.
—No.
—Clara.
—Mi madre acaba de enterrar a mi padre.
—Y alguien puede haber matado a Horacio Belmonte.
—No sabemos si lo mataron.
—Nadie esconde una corona, falsifica la muerte de un niño y muere agarrando una cinta porque ha tenido una tarde tranquila.
—Prométame que Rafael no estará presente.
—No puedo prometerle nada en nombre de la policía.
—Entonces no le diré dónde encontré la carta.
—En el despacho de su padre.
Hubo un silencio.
—¿Cómo lo sabe?
—Me lo dijo hace diez minutos.
Clara respiró con fuerza.
—No sirvo para esto.
—Nadie debería servir.
Colgó sin despedirse.
Llamé a Salcedo.
La inspectora tardó menos de quince minutos en llegar a la floristería y utilizó siete de ellos para mirarme como si evaluara la pena prevista por desobedecer una orden policial.
—Le dije que no investigara.
—Recibí una llamada.
—Y formuló preguntas.
—Era difícil mantener una conversación limitándome a respirar.
—¿Dónde está la carta?
—En el ataúd de Eusebio Llorca.
Salcedo dejó de discutir.
La eficacia es una forma poco sentimental del miedo.
Pidió por teléfono autorización para reabrir el nicho y localizar un documento relacionado con dos muertes. Después llamó al juzgado, a la funeraria y a Clara. La conversación con esta última fue breve.
—Vendrá —dijo al colgar.
—¿Sola?
—Eso le pedí.
—¿Y Rafael?
—No lo invité.
—Es posible que las invitaciones no sean su especialidad.
La inspectora me señaló una silla.
—Usted se queda aquí.
—La carta existe porque me llamó a mí.
—La carta existe aunque usted se encuentre a veinte kilómetros.
—Pero la historia sería peor.
Salcedo se volvió hacia Berta.
—No permita que salga.
—No soy carcelera.
—Cierre la puerta.
Jacinto abrió las alas.
—¡Cierra la puerta, imbécil!
La inspectora lo miró.
—Por una vez, estoy de acuerdo con el animal.
Salió.
Berta esperó a que el coche se alejara y levantó la persiana trasera.
—Cinco minutos —dijo.
—Salcedo te pidió que no me dejaras salir.
—No pienso dejarte. Voy contigo.
El panteón de los Llorca estaba rodeado por una cinta policial.
La solemnidad había perdido definitivamente el control del funeral.
Dos empleados de la funeraria retiraban la placa provisional bajo la supervisión de Salcedo. El padre Gabriel se encontraba junto a la puerta, aunque nadie parecía haberlo llamado. Clara esperaba a unos metros, con el vestido negro de la mañana y el cabello ya sin recoger.
Al vernos, la inspectora cerró los ojos.
—¿La puerta estaba cerrada? —preguntó.
—Sí —respondió Berta.
—¿Y cómo han salido?
—Por otra.
Salcedo miró hacia el cielo.
No debía de estar rezando. El padre Gabriel ocupaba ya ese departamento.
—Quédense atrás —ordenó.
Nos quedamos lo bastante lejos para que pudiera fingir que habíamos obedecido.
Los operarios retiraron la placa. Después introdujeron el carro metálico bajo el ataúd y lo deslizaron lentamente fuera del nicho.
Clara apartó la mirada.
El padre Gabriel se acercó a ella.
—¿Quiere esperar fuera?
—No.
No parecía valentía.
Parecía castigo.
El ataúd fue colocado sobre dos soportes. Uno de los empleados abrió los cierres laterales. Antes de levantar la tapa, miró a Clara.
Ella asintió.
Los muertos no cambian cuando volvemos a verlos unas horas después. Quienes cambian somos nosotros.
Eusebio Llorca seguía vestido con un traje oscuro, las manos cruzadas sobre el abdomen y el rostro preparado para una eternidad respetable. Una pequeña medalla descansaba sobre su corbata. Alguien había colocado una rosa blanca junto a su hombro.
Clara se aproximó.
—La carta estaba aquí.
Señaló la parte izquierda del forro.
El empleado levantó con cuidado la tela acolchada. La costura estaba abierta.
Debajo no había nada.
Clara metió dos dedos en el hueco.
—La dejé aquí.
Salcedo se puso guantes.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Podía haberse deslizado?
Revisaron el interior del ataúd, el forro, la ropa de Eusebio y la parte inferior de la almohada.
No encontraron el sobre.
Clara dio un paso atrás.
—Alguien lo sacó.
—¿Quién sabía que estaba allí? —preguntó Salcedo.
—Nadie.
—Alguien pudo verla.
—Estaba sola.
—Dijo que escuchó a su hermano en el pasillo.
—No entró.
—¿Quién más tuvo acceso al ataúd después?
Clara miró a los empleados de la funeraria.
Uno de ellos se aclaró la garganta.
—Se cerró antes de las once. Después estuvo siempre en la capilla.
—¿Siempre vigilado?
—Había gente entrando y saliendo.
—¿Horacio Belmonte?
—Entró dos veces.
Salcedo dejó de examinar el forro.
—¿Por qué?
—Revisaba la organización. Las coronas, los bancos, la temperatura.
—¿Abrió el ataúd?
—No que yo viera.
—¿Y Santiago Orduña?
El empleado pensó.
—Estuvo solo unos minutos con el difunto.
Clara levantó la cabeza.
—¿Santiago?
—Dijo que quería despedirse.
—¿Cuándo?
—Antes de que llegara la familia.
Salcedo anotó la respuesta.
Me acerqué un poco.
—¿Rafael también estuvo allí?
La inspectora me lanzó una mirada.
El empleado respondió antes de que pudiera detenerlo.
—El señor Rafael llegó temprano. Entró y salió varias veces.
Clara cerró los ojos.
No parecía sorprendida.
Eso era peor.
La fotógrafa de la policía científica examinó la costura y el interior del ataúd. Encontró fibras, polvo y un pequeño fragmento verde junto a la manga izquierda de Eusebio.
Lo recogió con unas pinzas.
—Parece una hoja.
Berta avanzó.
Salcedo levantó una mano.
—No toque.
—No necesito tocar.
La fotógrafa sostuvo el fragmento dentro de una bolsa transparente.
Era estrecho, curvado y de un verde apagado.
Berta se inclinó.
—Eucalipto.
—¿Está segura? —preguntó Salcedo.
—Trabajo con flores desde los diecisiete años.
Miró la rosa blanca junto al hombro de Eusebio.
—Esa tampoco es mía.
—¿Qué quiere decir?
—Las flores del interior del ataúd las preparó la funeraria. Dos rosas crema y una rama pequeña de olivo. Lo vi antes de la misa.
El empleado palideció.
—Nosotros pusimos exactamente eso.
Berta señaló la flor.
—Esa es una rosa blanca, no crema. Y el fragmento es eucalipto.
La inspectora observó el interior del ataúd.
—¿Alguien sustituyó las flores?
—O las sacó y dejó otras —dije.
—¿Por qué?
Berta respondió:
—Porque necesitaba meter la mano junto al forro sin que pareciera que estaba buscando algo.
Clara se abrazó el cuerpo.
—La carta estaba debajo de las flores.
Salcedo miró al empleado.
—Quiero una lista completa de las personas que entraron en la capilla antes de cerrar el ataúd.
—Será difícil.
—No le he preguntado si será agradable.
El padre Gabriel se aproximó.
—Inspectora, hubo un momento en que la capilla quedó vacía.
Todos lo miramos.
—¿Cuándo? —preguntó Salcedo.
—Poco antes de las once. Uno de los monaguillos rompió un recipiente de cristal en la sacristía. Fui a ayudarlo. Los empleados estaban trasladando bancos.
—¿Cuánto tiempo?
—Cinco minutos. Tal vez menos.
Cinco minutos bastan para robar una carta, cambiar flores o arrepentirse de un matrimonio.
No suelen bastar para ninguna de las tres cosas.
—¿Vio a alguien cuando regresó? —preguntó Salcedo.
El sacerdote dudó.
—A Horacio.
—¿Dentro de la capilla?
—En la puerta. Parecía alterado.
—¿Llevaba algo?
—Una corona.
Berta y yo nos miramos.
—¿Cuál? —preguntó ella.
—La grande. Lirios, rosas claras…
—¿Ramas de olivo?
—No sabría decirlo.
—¿Eucalipto?
—Son hojas, señora Lozano. Mi competencia termina pronto.
—¿Qué hizo Horacio con la corona? —preguntó Salcedo.
—La llevó hacia el camino de servicio.
—¿Estaba solo?
El padre Gabriel miró el ataúd.
—Santiago Orduña salió detrás de él.
La policía volvió al invernadero.
Esta vez Salcedo permitió que Berta entrara porque necesitaba que identificara la corona encontrada junto al cadáver. Yo fui admitida por agotamiento institucional.
La corona permanecía apoyada contra la misma silla, rodeada por pequeños marcadores numerados. Sin el cuerpo de Horacio delante, parecía más grande.
También parecía distinta.
Berta se acercó despacio.
No tocó las flores. Las recorrió con los ojos, desde los lirios superiores hasta las ramas que ocultaban la estructura de alambre.
—Esta no es mi corona.
Salcedo se colocó a su lado.
—Usted misma la reconoció esta mañana.
—La vi de lejos. Estaba Horacio en el suelo.
—Explíquese.
Berta señaló la parte inferior.
—Yo utilicé olivo. Esto es eucalipto.
—Puede haberse equivocado.