Capítulo 4 — El nicho
El nicho
Abrir un nicho delante de la policía exige una solemnidad que nadie consigue mantener durante mucho tiempo.
El marmolista llegó con una caja de herramientas, un ayudante y la expresión ofendida de quien había sido obligado a trabajar fuera de presupuesto.
El médico forense apareció poco después.
También acudieron dos agentes, una fotógrafa de la policía científica, el padre Gabriel y tres ancianas que aseguraban estar visitando a familiares enterrados en la galería contigua.
Las tres llevaban más de veinte minutos mirando el nicho de Daniel Bernal.
La inspectora Salcedo se acercó a ellas.
—Señoras, deben retirarse.
—Mi marido está ahí —respondió una, señalando una pared distinta.
—Mi hermana también —añadió otra.
La tercera no señaló a nadie.
—Yo he venido con ellas.
—Pueden regresar mañana.
—Mañana tenemos aquagym.
Salcedo respiró por la nariz.
Aquello no era una derrota, pero se parecía.
El sol había descendido lo suficiente para iluminar de frente la galería. Las buganvillas proyectaban sombras violetas sobre las placas. Más allá de las columnas, el mar golpeaba las rocas con una indiferencia antigua.
La belleza tiene muy poca educación. Aparece incluso cuando nadie la ha invitado.
Yo permanecía junto a la entrada de la galería.
La inspectora me había ordenado marcharme. Después descubrió que necesitaba preguntarme otra vez cómo había llegado hasta allí, de manera que me permitió quedarme con la condición de no acercarme, no tocar nada y no emitir opiniones.
Acepté dos de las tres.
El marmolista examinó la placa.
—Esto no es normal.
—¿La cerradura? —preguntó Salcedo.
—La placa entera. Los nichos de esta sección no llevan puertas individuales. Se sellan con mortero y después se coloca el mármol.
Introdujo una herramienta fina entre la placa y la pared.
—Aquí no hay mortero.
—¿Alguien podía abrirla con frecuencia?
—Con la llave adecuada, sí.
La inspectora sostuvo la pequeña llave encontrada en el cajón del archivo.
—¿Y esta?
El marmolista la probó.
Encajó.
Las tres ancianas avanzaron medio paso.
Salcedo se volvió.
Retrocedieron.
El hombre giró la llave. Sonó un mecanismo metálico detrás del mármol. Después introdujo dos ventosas sobre la superficie y tiró con cuidado.
La placa se separó de la pared.
Daniel Bernal dejó de ser un nombre y se convirtió en una abertura oscura.
La fotógrafa hizo varias imágenes.
El médico forense se puso guantes.
Yo esperaba ver un pequeño ataúd.
No sabía exactamente qué aspecto tendría después de cuarenta y tres años y no deseaba descubrirlo, pero la imaginación es una criatura desobediente. Había construido madera podrida, restos diminutos, una manta, quizá un juguete.
No había nada de eso.
Dentro del nicho descansaba una caja de latón.
Era rectangular, poco mayor que una caja de zapatos, con flores azules pintadas sobre la tapa. Estaba limpia. No reluciente, pero limpia de una manera imposible para un objeto abandonado desde 1983.
Salcedo se inclinó hacia la abertura.
—¿Hay restos?
El forense iluminó el interior con una linterna.
—No veo ninguno.
—El documento decía que el nicho estaba vacío —recordé.
La inspectora giró la cabeza.
—Habíamos acordado que no emitiría opiniones.
—Eso era un dato.
—Lo ha dicho con tono de opinión.
—Es mi voz natural.
Salcedo volvió a mirar el nicho.
—Extraiga la caja.
La fotógrafa documentó cada movimiento. El forense deslizó el objeto hacia el borde y lo colocó sobre una mesa portátil.
No tenía cerradura.
La tapa cedió con un pequeño chasquido.
Dentro había un zapato de niño.
Azul oscuro, con una hebilla oxidada y la suela gastada en la punta.
Junto al zapato encontraron un sobre, varias fotografías sujetas por una cinta y un muñeco de madera al que le faltaba un brazo.
El médico levantó primero el sobre.
No estaba cerrado.
Salcedo se puso guantes y extrajo una tarjeta.
La leyó en silencio.
—¿Qué dice? —pregunté.
—Señora Valdivia.
—Usted también siente curiosidad. Solo que dispone de placa.
Salcedo miró otra vez la tarjeta.
Después se la mostró al forense.
—Está fechada en 1992.
El médico frunció el ceño.
—Nueve años después de la supuesta muerte.
Las ancianas avanzaron otro medio paso.
Esta vez nadie las detuvo.
La inspectora sacó la tarjeta de la funda transparente que la protegía y leyó en voz alta:
—«Para Daniel, que hoy cumple diez años. Algún día entenderás por qué tuvimos que irnos. Hasta entonces, recuerda que tu nombre también es tuyo».
Debajo había una firma:
Mamá.
En la galería se hizo un silencio diferente.
No era el silencio de los muertos. Era el de los vivos cuando comprenden que alguien ha mentido durante demasiado tiempo.
—Entonces el niño no murió —dijo una de las ancianas.
—Eso parece —respondió el marmolista.
—Yo sabía que aquí pasaban cosas.
—Tú dices eso de todos los sitios —le recordó su hermana.
Salcedo ordenó al agente que sacara a las mujeres de la galería.
Esta vez obedecieron, aunque lentamente, con el oído vuelto hacia atrás.
La inspectora examinó las fotografías.
Desde donde estaba apenas distinguía formas: una mujer joven, un niño junto a una fuente, una playa, un colegio.
—¿Hay fechas? —preguntó el forense.
—En algunas.
Salcedo pasó a la siguiente.
—1986. 1989. 1994.
—¿Siempre el mismo niño?
—Parece que sí.
La última fotografía permaneció en sus manos más tiempo.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
No respondió.
Se la mostró al agente.
Él tampoco dijo nada.
—Inspectora.
Salcedo introdujo la fotografía en una bolsa.
—El niño está acompañado por Eusebio Llorca.
La noticia me sorprendió menos de lo que debería.
Los secretos antiguos poseen una arquitectura reconocible. Cuando aparecen una mujer, un hombre rico, un niño sin segundo apellido y demasiados documentos falsos, las posibilidades se reducen.
—¿Qué edad tiene Daniel en esa foto? —pregunté.
—Tal vez quince o dieciséis años.
—Entonces Eusebio siguió viéndolo.
—Eso parece.
—Y Horacio conservó las pruebas.
—Eso todavía no lo sabemos.
—La llave estaba en su archivo.
—La segunda llave estaba en su archivo.
—La primera apareció junto a su cadáver.
—Apareció en la jaula de un loro.
—Después de que el loro visitara el lugar donde estaba su cadáver.
Salcedo cerró la caja.
—No sé por qué sigo contestándole.
—Porque formulo buenas preguntas.
—Porque habla antes de que pueda detenerla.
El forense iluminó de nuevo el interior del nicho.
—Hay algo más.
En el fondo, pegado a la pared, encontró un sobre de plástico transparente. Estaba sujeto con cinta adhesiva reciente.
Salcedo lo extrajo.
Dentro había una hoja doblada.
No era antigua. El papel seguía blanco y las letras habían sido impresas por ordenador.
La inspectora leyó el encabezado.
—Es un informe de laboratorio.
—¿De qué tipo? —preguntó el forense.
Salcedo recorrió la página.
Su expresión cambió apenas.
—Una prueba de paternidad.
El padre Gabriel hizo la señal de la cruz.
Había permanecido cerca de una columna, procurando no entrometerse. Aquello superó sus fuerzas.
—¿El resultado? —pregunté.
—Confirma una relación de paternidad con una probabilidad superior al noventa y nueve por ciento.
—¿Entre quiénes?
Salcedo volvió la hoja.
—El nombre del presunto padre está arrancado.
Una esquina del documento había sido cortada.
No rasgada. Cortada con cuidado.
En la parte inferior solo quedaba completo el nombre de la otra muestra:
D. Bernal.
—¿Cuándo se hizo la prueba? —preguntó el médico.
—Hace tres meses.
El secreto no solo seguía vivo.
Alguien lo había alimentado recientemente.
Salcedo me expulsó de la galería después de aquello.
No utilizó la palabra expulsar . Dijo que ya no necesitaba mi colaboración y que mi presencia podía interferir en la investigación. La diferencia era administrativa.
Antes de marcharme, vi llegar a Amalia.
Caminaba deprisa por la avenida, con el bolso sujeto contra el cuerpo. La inspectora la interceptó cerca de la capilla.
No pude escuchar toda la conversación, pero sí vi el momento en que Salcedo mencionó el nicho.
Amalia no preguntó qué habían encontrado.
Preguntó:
—¿Han abierto la caja?
La inspectora se quedó quieta.
Yo también.
Amalia comprendió el error. Bajó la mirada durante un segundo y después añadió algo que el viento se llevó.
Salcedo pidió a un agente que la acompañara al despacho.
La vi desaparecer bajo los cipreses.
Había llegado el momento de cumplir mi promesa de no investigar.
Me dirigí directamente a la floristería.
Berta estaba cerrando la persiana. Jacinto permanecía sobre el cartel exterior, arrancando con el pico una de las letras de la palabra CORONAS .
Ya había destruido la mitad de la R.
El negocio ofrecía ahora COONAS FUNERARIAS .
—¿Qué encontraron? —preguntó Berta.
—Un niño que murió en 1983 y celebró su décimo cumpleaños en 1992.
La persiana dejó de bajar.
—¿Qué?
—El nicho estaba vacío. Había una caja con fotografías, tarjetas y una prueba de paternidad.
Berta soltó la persiana.
Cayó de golpe.
Jacinto extendió las alas y gritó:
—¡No estaba muerto!
Las dos lo miramos.
El loro se inclinó hacia delante.
—¡No estaba muerto! ¡No estaba muerto!
Berta palideció.
—Nunca le había oído decir eso.
—¿Reconoces la voz?
Jacinto repitió la frase.
Era masculina, pero más joven que la de Horacio. La entonación tenía algo burlón, casi alegre.
—Podría ser Rafael Llorca —dijo Berta.
—¿Estuvo aquí esta mañana?
—Todos estuvieron cerca.
—¿Entró en la floristería?
—No lo recuerdo.
—Haz un esfuerzo.
—He encontrado a un hombre muerto, me han interrogado durante horas y la policía ha revisado hasta mis facturas de cintas. Mi memoria ha decidido tomarse la tarde libre.
Jacinto arrancó la O del cartel.
—Mañana venderás CONAS funerarias —dije.
Berta levantó la cabeza.
—Jacinto, deja eso.
—¡Doce mil!
—También podrías variar el repertorio.
El loro se desplazó por el borde del cartel.
—¡La cinta! —gritó.
Nos callamos.
—¿Qué cinta? —pregunté.
—¡La cinta, idiota!
La voz era la de Horacio.
Berta dejó la persiana a medio cerrar.
—¿Crees que se refiere a la corona?
—Horacio tenía un trozo en la mano.
—La inscripción.
—«A nuestro amigo Eusebio, con eterno agradecimiento».
—¿Qué puede significar?
—Que alguien agradecía eternamente algo a Eusebio.
—Eso ya estaba escrito.
—Y alguien arrancó la cinta.
Berta miró hacia el cementerio.
—Tal vez la prueba estaba escondida allí.
—¿En la cinta?
—Entre las dos capas de tela. Algunas llevan cartón para que no se doblen.
No era imposible.
Las cintas funerarias se componían de dos tiras anchas, unidas en la parte superior. Podían ocultar un papel doblado sin alterar demasiado la forma.
—¿Quién preparó la corona? —pregunté.
—Yo.
—¿Revisaste la cinta?
—La imprimí y la coloqué. No tenía nada.
—Entonces alguien la abrió después.
—O cambió la cinta.
Jacinto lanzó una carcajada.
—¡Cierra la puerta!
Berta levantó la persiana lo suficiente para que pudiéramos volver a entrar.
Sobre la mesa de trabajo aún quedaban restos de la corona: hojas cortadas, tallos de lirio y el rollo de cinta color crema.
—La empresa encargó una inscripción sencilla —explicó—. Santiago Orduña llamó después para modificarla.
—¿Qué cambió?
—Al principio decía: «Con afecto, tus socios».
—Mucho menos eterno.
—Santiago pidió que pusiera «A nuestro amigo Eusebio, con eterno agradecimiento».
—¿Personalmente?
—Por teléfono.
—¿A qué hora?
Berta revisó el registro del aparato.
—Ayer a las cuatro y diecisiete.
—¿Después de la muerte de Eusebio?
—Sí.
—¿Dijo por qué?
—Que era una frase que él entendería.
Me apoyé contra el mostrador.
Eusebio difícilmente entendería nada durante su funeral, pero otros sí podían hacerlo.
—¿Quién recogió la corona esta mañana?
—Horacio firmó.
—¿Lo viste llevársela?
—No. Yo estaba buscando café.
—¿Podía saber que había algo dentro?
—Si Santiago se lo había dicho.
—O si la frase era una señal.
Jacinto bajó del cartel y aterrizó sobre una caja de claveles.
—¡La cinta!
—Sí, Jacinto —dije—. Estamos llegando.
El teléfono sonó.
Berta contestó.
Escuchó durante varios segundos y me pasó el auricular sin decir nada.
—¿Otra vez Amalia?
Negó con la cabeza.
—Clara Llorca.
Tomé el teléfono.
—Señora Valdivia —dijo Clara—, necesito hablar con usted.
Su voz era baja y rápida.
—La policía dispone de teléfonos propios.
—No quiero hablar con la policía.
—Eso suele preocupar a la policía.
—Es sobre mi padre.
—Todo parece ser sobre su padre.
Hubo un silencio.
—Encontré algo en su despacho.
—¿El testamento?
—No.
—¿Qué?
—Una carta dirigida a Daniel.
Miré a Berta.
—¿Daniel Bernal?
—Sí.
—¿Cuándo la encontró?
—Esta mañana, antes del funeral.
—¿Y por qué no se la entregó a la inspectora?
—Porque Rafael me vio.
—¿La tiene su hermano?
—No.
Clara respiró hondo.
—La escondí en el ataúd de mi padre.
Por primera vez en muchos años, no encontré nada que decir.
Ella continuó:
—Pensé que era una carta antigua. Algo que él quería llevarse consigo.
—Su padre no puede leerla.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿por qué la escondió?
—Porque Rafael estaba buscando documentos y no quería que la encontrara.
—¿La leyó?
—Solo la primera línea.
—¿Qué decía?
La voz de Clara se quebró.
—«Querido hijo: si estás leyendo esto, significa que he muerto antes de poder decirte la verdad».
Afuera, Jacinto volvió a gritar:
—¡No estaba muerto!
Apreté el auricular.
—Clara, ¿dónde está ahora?
—En casa de mi madre.
—No salga.
—¿Por qué?
Miré hacia el cementerio, donde el ataúd de Eusebio Llorca había sido colocado aquella mañana dentro del panteón familiar.
—Porque alguien mató a Horacio para encontrar algo relacionado con Daniel. Y usted acaba de decirme que la única carta capaz de explicarlo está encerrada con otro muerto.