Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 3 — La plañidera #2
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Capítulo 3 — La plañidera #2

—No fue por la cafetera, claro. Nunca es por la cafetera. Fue por veinte años de pequeñas cosas acumuladas hasta que una cafetera pareció suficiente.

—¿Se hablaban?

—Cuando era necesario.

—¿Y esta semana?

Amalia volvió la mirada hacia los papeles.

—Vino el lunes.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Qué quería?

—Un documento.

—¿Cuál?

—Una copia de nuestra escritura de matrimonio.

No era la respuesta que esperaba.

—¿Para qué?

—Dijo que necesitaba demostrar una fecha.

—¿Qué fecha?

—La del matrimonio.

—Eso suele aparecer en la escritura.

Amalia me miró con paciencia limitada.

—Quería comparar firmas.

—¿La suya?

—La de un testigo.

Tomé una galleta, aunque no tenía hambre.

—¿Quién?

—Eusebio Llorca.

La dejé intacta sobre el plato.

—¿Don Eusebio fue testigo de su boda?

—Uno de ellos.

—¿Eran amigos?

—Horacio trabajó muchos años para la familia Llorca. El padre de Eusebio presidía la junta del cementerio cuando lo contrataron. Eusebio le consiguió el ascenso.

—Entonces los doce mil no eran solo una discusión administrativa.

Los ojos de Amalia se endurecieron.

—¿Quién le habló de los doce mil?

—Un pájaro.

—Claro.

—Berta oyó parte de una conversación.

—Berta oye mucho.

—Yo también.

—Usted cobra por ello.

—Cobro por llorar. Escuchar sigue siendo cortesía.

Amalia se levantó y fue hasta la mesa. Apartó varios sobres, abrió una carpeta y sacó una hoja doblada.

—Horacio dejó esto aquí.

Me la entregó.

Era una fotocopia antigua de un acta de matrimonio. Los nombres de Amalia Ríos Serrano y Horacio Belmonte García aparecían en la parte superior. Abajo había dos firmas de testigos.

Una era claramente legible:

Eusebio Llorca Ferrer.

La otra pertenecía a una mujer llamada Matilde Bernal.

Junto a la firma de Eusebio, Horacio había dibujado un círculo con bolígrafo.

—¿Qué buscaba? —pregunté.

—No lo dijo.

—¿Se llevó la copia?

—Sacó una fotografía con el teléfono.

—¿Y después?

—Me preguntó si conservaba cartas antiguas de Eusebio.

—¿Le escribía?

—Durante un tiempo.

Amalia volvió a sentarse.

—¿Fueron amantes?

—No.

—Ha respondido sin ofenderse.

—Porque no tengo dieciséis años.

—Entonces ¿por qué le escribía?

—Horacio no sabía leer bien cuando empezamos a salir. Eusebio le ayudaba con formularios, solicitudes, cartas. Le enseñó.

Eso modificaba el retrato.

No lo mejoraba, pero lo hacía más difícil.

—¿Horacio sospechaba que alguna firma era falsa?

—No lo sé.

—¿Y por qué necesitaba demostrarlo ahora?

—No lo sé.

—Amalia.

—No lo sé —repitió—. Y me irrita tanto como a usted.

Se levantó de nuevo. Esta vez fue hacia un aparador. Abrió el cajón superior y sacó una pequeña caja de madera.

Dentro había fotografías.

Horacio joven junto a una tumba recién construida. Horacio con uniforme de trabajo, flaco y sonriente. Horacio y Amalia en la playa. Una comida al aire libre con varias personas.

Me entregó esa última.

Reconocí a Eusebio Llorca, cuarenta años más joven, levantando una copa. A su lado estaba Horacio. Detrás de ellos, una mujer con vestido estampado sostenía un bebé.

—¿Quién es ella?

—Matilde Bernal.

—La otra testigo.

—Sí.

—¿Y el niño?

—No lo sé.

La respuesta volvió a llegar tarde.

—Sí lo sabe.

Amalia retiró la fotografía de mis manos.

—He contratado una plañidera, no una interrogadora.

—Ha invitado a su casa a una mujer que encontró el cadáver de su marido junto a una corona robada.

—No estaba robada.

—Oculta.

—Eso es diferente.

—¿Cómo sabe dónde apareció?

Amalia se quedó inmóvil.

Hasta ese momento yo había mencionado la corona, pero no su ubicación.

—Me lo dijo la inspectora.

—Salcedo no parece compartir detalles por cortesía.

—Entonces debió decírmelo Berta.

—Berta sigue en el cementerio.

Amalia guardó la fotografía en la caja.

—Tal vez lo escuché allí.

—Usted llegó después de que cerraran el invernadero.

—No recuerdo cada palabra que me dicen el día que muere mi marido.

Era una buena respuesta.

No era necesariamente verdadera.

—¿Quién era el niño? —pregunté.

Amalia cerró la caja con un golpe.

—Hemos terminado.

—Todavía no hemos hablado de mi tarifa.

—Diga una cifra.

Se la dije.

No pestañeó.

—La mitad ahora. La otra mitad después.

—Todo por adelantado.

—¿No confía en mí?

—Confío en que estará de luto. La gente de luto olvida pagar.

Amalia abrió el bolso.

Me entregó varios billetes.

Los conté.

—¿Qué necesita saber para llorar como si Horacio hubiera sido un buen hombre? —preguntó.

Guardé el dinero.

—Dígame algo bueno que hiciera cuando nadie miraba.

Amalia observó la pared detrás de mí.

Pensó durante mucho tiempo.

—Cada Navidad limpiaba la tumba de un niño que murió en 1983.

—¿Pariente?

—No.

—¿Sabía quién era?

—Nunca quiso decírmelo.

—¿Dónde está enterrado?

—En la parte antigua. Nicho veintisiete.

La cifra quedó suspendida entre nosotras.

—¿Está segura?

—Fui con él una vez.

—¿En qué calle?

—San Rafael. Segunda galería.

—¿Cómo se llamaba el niño?

—Daniel.

—¿Daniel qué?

—No lo recuerdo.

—¿Era el bebé de la fotografía?

Amalia se levantó.

—Váyase.

—Acaba de contratarme.

—Para el funeral. No para abrir tumbas.

—Yo no abro tumbas.

—Aún.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, miré otra vez la mesa. Entre las carpetas había un sobre con el sello del cementerio. En una esquina, escrito a mano, vi el nombre de Eusebio Llorca.

Amalia se colocó delante.

—Pasado mañana. Diez y media.

—Llegaré a las diez.

—No venga antes.

—Siempre llego antes.

—Esta vez no.

Me abrió la puerta.

—¿Quiere que llore por el hombre que limpiaba la tumba del niño?

Amalia no respondió.

—Puedo hacerlo —añadí.

Por primera vez, sus ojos se humedecieron.

No derramó ninguna lágrima.

—Ese hombre murió hace muchos años —dijo.

Cerró la puerta.

La segunda galería de San Rafael era uno de los lugares más bonitos del cementerio.

Los nichos se abrían bajo una arcada cubierta de buganvillas. Las flores rojas y violetas caían sobre las placas blancas, y entre las columnas podía verse el mar golpeando las rocas. A última hora de la tarde, el sol entraba de lado y convertía las letras doradas en pequeñas llamas.

Llegué a las seis y cuarto.

La policía todavía trabajaba en el archivo antiguo, pero nadie vigilaba la galería. Un cartel anunciaba que el cementerio cerraría a las siete debido a “circunstancias excepcionales”. La muerte de su administrador no merecía mayor precisión.

Encontré el nicho veintisiete.

La placa era sencilla.

DANIEL BERNAL 1982–1983

Sin segundo apellido.

No había flores frescas. Solo un pequeño jarrón de cerámica azul y una marca limpia en el mármol donde alguien había retirado recientemente el polvo.

Me acerqué.

En la esquina inferior de la placa había una cerradura pequeña.

La llave que Jacinto había recogido no pertenecía al archivo antiguo.

Pertenecía a aquel nicho.

—La inspectora le dijo que no investigara.

La voz de Salcedo llegó desde detrás de mí.

Me volví.

Estaba de pie bajo la arcada, con las manos en los bolsillos y la expresión de quien había confirmado una sospecha desagradable.

—No estoy investigando —dije—. Estoy visitando a un cliente potencial.

—Tiene cuarenta y tres años de retraso.

—No juzgo la puntualidad de los muertos.

Salcedo se acercó al nicho.

—¿Cómo ha sabido que debía venir aquí?

—Información profesional confidencial.

—No existe secreto profesional para plañideras.

—Debería. Nos cuentan cosas peores que a los sacerdotes y cobramos menos.

La inspectora examinó la placa.

—Daniel Bernal.

—¿Lo conoce?

—Encontramos su nombre en el archivo veintisiete.

—Entonces la llave sí abría el archivo.

—Abría un cajón dentro del archivo. Allí había una segunda llave.

—¿La de este nicho?

—Probablemente.

—¿Qué había en el cajón?

Salcedo me miró.

—Información policial confidencial.

—Veo que aprecia el concepto cuando le conviene.

Sacó una fotografía del bolsillo y me la mostró.

Era una copia de la misma imagen que había visto en casa de Amalia: Eusebio, Horacio, Matilde y el bebé.

En el reverso había una frase escrita a mano:

Daniel, antes de que todos empezaran a mentir.

—¿Quién la escribió? —pregunté.

—No lo sabemos.

—¿Qué más había?

—Un certificado de enterramiento.

—¿De Daniel?

—Sí.

—¿Y?

Salcedo guardó la fotografía.

—Y un documento que afirma que este nicho está vacío.

Miramos la placa.

El mármol permanecía en silencio.

Desde alguna parte del cementerio llegó la voz de Jacinto, lejana pero perfectamente reconocible:

—¡Mañana lo enterramos!

La inspectora se acercó a la cerradura.

—¿Qué cree que hay detrás de esta placa, señora Valdivia?

Observé el nombre del niño.

Luego la marca reciente de limpieza.

—Eso depende —respondí— de quién lleva cuarenta años viniendo a cuidarlo.

Salcedo llamó por radio.

A nuestra espalda, el sol descendía sobre el mar y teñía de oro los muros del cementerio.

Durante unos minutos, nadie tocó el nicho.

Ni siquiera la policía se apresura cuando teme que un muerto pueda no ser quien dice la piedra.