Capítulo 3 — La plañidera
La plañidera
Ocultar una llave a la policía es mucho más difícil cuando un loro te observa con expresión de notario.
La inspectora Salcedo permanecía en la entrada de la floristería. Yo tenía el bolso en una mano y la llave del archivo apretada dentro de la otra.
Jacinto me miraba desde la jaula.
—Aquí no ha pasado nada —repitió.
Salcedo se acercó.
—¿Por qué está encerrado?
—Porque tiene antecedentes.
—Preguntaba en serio.
—Yo también.
La inspectora examinó el local. La mesa de trabajo, los cubos de flores, las cintas colgadas en la pared. Después miró mi mano cerrada.
—¿Ha encontrado algo?
Tengo una regla profesional: nunca miento mientras lloro.
Fuera de horario, soy más flexible.
—Mi bolso.
Lo levanté para demostrarlo.
—La señora Lozano dijo que estaba bajo el mostrador.
—Y aquí está.
Salcedo no se movió.
—Abra la mano.
—¿Cuál?
—La que parece estar estrangulando.
Abrí los dedos.
La llave descansaba en mi palma.
La inspectora no mostró sorpresa. Eso me irritó un poco. Cuando una hace algo sospechoso, espera al menos que se reconozca el esfuerzo.
—¿Dónde la encontró?
—En la jaula.
—¿Y por qué no me lo ha dicho inmediatamente?
—La encontré hace treinta segundos.
—Ha tenido tiempo suficiente para cerrar la mano y mentirme.
—No le mentí. Encontré el bolso.
Salcedo extendió la mano.
Le entregué la llave.
La giró por la chapa.
—Archivo veintisiete.
Jacinto hizo sonar el gancho de la jaula con el pico.
—¡No firme!
La inspectora se volvió hacia él.
—¿Quién te dio esto?
El loro levantó una pata y la cerró lentamente.
—No suele colaborar sin abogado —dije.
Salcedo guardó la llave en una bolsa transparente.
—¿Cómo cree que llegó a la jaula?
—Jacinto roba objetos brillantes. Botones, monedas, pendientes. Una vez se llevó el diente de oro de un difunto.
—No estaba puesto —aclaró Berta desde la puerta.
No la habíamos oído acercarse.
La acompañaba el agente del bigote.
—La inspectora dijo que no podía entrar —añadió Berta—. No que no pudiera escuchar.
Salcedo la miró.
—¿Reconoce la llave?
Berta se aproximó sin tocar la bolsa.
—Horacio tenía varias parecidas.
—¿De qué archivo?
—El archivo antiguo está detrás de la capilla grande. Los armarios llevan números.
—¿El loro tenía acceso al despacho de Horacio?
—A veces entraba por la ventana.
—¿Y al archivo?
—No.
—¿Al invernadero?
Berta tardó en responder.
—La ventana del fondo está rota.
Salcedo guardó la bolsa en el bolsillo de su camisa.
—Vamos a comprobarlo.
—¿Nosotras también? —preguntó Berta.
—Ustedes se quedan aquí.
—La llave estaba en mi loro.
—Precisamente por eso.
La inspectora salió con el agente.
Berta esperó hasta que desaparecieron por la avenida.
—¿Ibas a guardártela?
—Estaba valorando posibilidades.
—La tenías en el puño.
—Era una posibilidad.
—Podrían acusarte de obstrucción.
—No he obstruido nada. La policía sigue caminando perfectamente.
Berta abrió la jaula.
Jacinto salió y subió por su brazo hasta el hombro.
—¿Quién te dio la llave? —le preguntó.
—¡No firme!
—Eso no responde.
—Farsante.
—Mira quién habla —dijo Berta—. Tú finges ser teléfono desde 2019.
El loro le mordisqueó una hebra de cabello.
Yo me acerqué al mostrador y abrí el bolso. El sobre de la viuda seguía dentro. También mi tarjeta, un lápiz de labios, dos pañuelos limpios y una cajita de pastillas de menta que llevaba meses vacía.
—¿Qué hay en el archivo veintisiete? —pregunté.
—No lo sé.
—Trabajas aquí desde hace quince años.
—Vendo flores. No leo expedientes de muertos.
—Tienes menos curiosidad de la que aparentas.
—Tengo más instinto de conservación.
Fuera, las voces de los asistentes al funeral empezaban a apagarse. Los coches abandonaban el aparcamiento. El calor del mediodía había ganado la batalla contra las condolencias.
Berta apoyó ambas manos en el mostrador.
—¿Crees que la llave estaba en el invernadero?
—Es lo más probable.
—¿Y Jacinto la recogió después de que saliéramos?
—También pudo llevársela antes.
—¿Antes de que encontráramos a Horacio?
—Si entró allí esta mañana.
Berta miró al loro.
—¿Estuviste en el invernadero?
Jacinto abrió las alas.
—¡Cierra la puerta!
—No está ayudando.
—Nunca ayuda. Participa.
Sonó el teléfono de la floristería.
Berta respondió.
—Flores Lozano, buenos días.
Escuchó. Su expresión cambió.
—Sí. Soy yo.
Otra pausa.
—Lo siento mucho.
Miró hacia mí.
—Está aquí.
Extendió el auricular.
—Es para ti.
—¿Quién?
—Amalia.
Me llevé el teléfono al oído.
—Inés Valdivia.
—Quiero contratarla —dijo Amalia Belmonte.
Su voz era tan firme como en el despacho, pero más baja.
—Todavía no han fijado el funeral.
—Pasado mañana. El forense entregará el cuerpo mañana por la tarde si no encuentra nada raro.
—Eso parece optimista.
—Siempre he preferido organizar las desgracias antes de que se compliquen.
—¿Qué clase de servicio desea?
—Uno sobrio.
—¿Dolor íntimo o social?
—Ninguno de los dos.
Esperé.
—Quiero que llore como si Horacio hubiera sido un buen hombre.
—Eso entra en la categoría de ficción histórica.
Amalia guardó silencio.
—¿Puede hacerlo o no?
—Puedo llorar por casi cualquiera.
—Entonces venga a mi casa esta tarde. A las cinco.
—Necesito saber algunas cosas antes de aceptar.
—Le diré lo que necesite.
Colgó.
Berta seguía observándome.
—¿Qué quiere?
—Que convierta a Horacio en una pérdida respetable.
—Eso va a costarle extra.
—Mucho.
Jacinto inclinó la cabeza.
—¡Doce mil!
—No tanto —dije.
Mi profesión no comenzó con una vocación.
Comenzó con una deuda.
A los veintiséis años trabajaba en una tienda de vestidos de novia y vivía con mi madre en un piso donde el agua caliente dependía del humor del calentador.
Una tarde, una clienta me oyó llorar en el almacén.
Mi madre acababa de ser ingresada, yo debía tres meses de alquiler y el calentador había decidido mantenerse neutral.
La clienta esperó a que terminara.
Después me ofreció dinero para llorar en el funeral de su suegra.
—No quiero que parezca que nadie la quería —explicó.
Acepté.
La suegra había sido una mujer terrible. Lo descubrí antes de que cerraran el ataúd, porque cada familiar que se acercaba decía una frase cariñosa y después suspiraba con alivio.
Yo lloré durante cuarenta minutos.
La nuera me pagó más de lo que ganaba en una semana.
Tres días después me llamó una prima. Luego una vecina. Después una funeraria.
Aprendí que las lágrimas no se venden por litros. Se venden por significado.
Una hija necesita permiso para romperse.
Un viudo necesita que alguien llore primero.
Una familia rica necesita demostrar que la muerte ha causado una conmoción proporcional al patrimonio.
Los políticos necesitan fotografías.
Los culpables necesitan compañía.
Con los años desarrollé un método.
Antes de cada ceremonia preguntaba quién había sido el muerto, quién pagaba, quién debía creer que yo lo conocía y qué clase de dolor necesitaban representar. Nunca preguntaba si había sido buena persona. Los buenos y los malos pesan lo mismo dentro de un ataúd.
Tampoco aceptaba todos los trabajos.
Una vez, un hombre quiso contratarme para el funeral de su esposa y me pidió que me presentara como amante secreta. Rechacé el servicio, aunque ofrecía un suplemento considerable.
Hay límites.
No muchos, pero los hay.
A las cinco menos diez llegué a casa de Amalia Belmonte.
Vivía en la parte alta de Santa Aurelia, en una calle estrecha desde la que se veía el puerto. Las fachadas estaban pintadas de blanco, azul y amarillo pálido. En los balcones colgaban geranios y ropa interior con la misma falta de vergüenza.
La casa de Amalia tenía una puerta verde y una aldaba en forma de pez.
Me abrió antes de que llamara.
—Ha llegado pronto.
—Es una de las ventajas de cobrar por adelantado.
—Pase.
El salón era pequeño y fresco. Había libros, plantas, fotografías y una mesa cubierta con papeles. Ninguna imagen de Horacio a la vista.
Amalia me indicó una silla.
—¿Café?
—Sí.
—¿Azúcar?
—No.
—Horacio tomaba cuatro cucharadas.
—Eso explica muchas cosas.
Se detuvo camino de la cocina.
—¿Siempre habla así?
—Solo cuando estoy despierta.
Regresó con dos tazas y un plato de galletas. Se sentó frente a mí.
Durante unos segundos ninguna habló.
Los clientes suelen comenzar explicándome cuánto amaban al difunto. Amalia empezó por el presupuesto.
—Pagaré su tarifa completa. Quiero discreción durante la misa y algo más visible cuando cierren el nicho.
—¿Arrodillarme?
—No.
—¿Desmayo?
—Sería excesivo.
—¿Llamarlo por su nombre?
—Una vez.
—¿Abrazo al ataúd?
—Por Dios, no.
Tomé café.
—¿Quién debe creer que lo quería?
Amalia miró hacia la ventana.
—Todo el mundo.
—Eso será difícil.
—Por eso la contrato.
—El luto profesional no corrige una reputación.
—No quiero corregirla. Quiero evitar que su entierro se convierta en una fiesta.
—¿Tenía tantos enemigos?
—Horacio podía discutir con una persona sobre la hora y conseguir que terminara odiando los relojes.
—Entonces la asistencia será excelente.
—La gente irá a comprobar que está muerto.
—También cuenta como homenaje.
Amalia sostuvo la taza con ambas manos.
No temblaba. Sin embargo, no había bebido.
—¿Lo quería? —pregunté.
—Eso no es asunto suyo.
—Si debo llorar por usted, sí.
—No llore por mí.
—Entonces ¿por quién?
Amalia dejó la taza sobre la mesa.
—Por el hombre que fue antes.
No pregunté inmediatamente.
Había aprendido que algunas personas hablan mejor si una no les ofrece escape.
—Cuando nos casamos —continuó—, Horacio era sepulturero. Cavaba fosas, arreglaba lápidas, ayudaba a las familias que no podían pagar. Llegaba a casa con tierra en los zapatos y conocía el nombre de todos los muertos nuevos.
—¿Qué ocurrió?
—Lo ascendieron.
—Una tragedia frecuente.
—Primero encargado. Después administrador. Empezó a pensar que el cementerio era suyo. Que las familias le debían gratitud por permitirles enterrar a sus muertos.
—El poder revela mucho.
—No. El poder inventa excusas. Lo que revela a la gente es una factura.
Me gustó otra vez.
—¿Por qué se separaron?
—Por una cafetera.
—Berta me habló de ella.