Capítulo 2 — El pésame #3
—La tercera vez enviaba a Rafael.
Su hermano terminó la llamada.
Nos vio juntas y caminó hacia nosotras.
—Clara, mamá quiere irse.
—Estoy hablando.
—Eso veo.
Rafael me dirigió una mirada rápida. No era hostil. Era clasificadora. Intentaba decidir si yo pertenecía al grupo de personas a las que podía ordenar algo.
—Señora Valdivia —dijo—, agradecemos su trabajo.
—Lo agradecieron por escrito y dentro de un sobre.
—Mi hermana necesita descansar.
—Tu hermana puede decidirlo —respondió Clara.
Rafael apretó la mandíbula.
—No es el momento.
—Nunca lo es para ti.
Se alejaron unos pasos, discutiendo en voz baja.
No escuché las palabras. Tampoco hacía falta. Las familias poseen discusiones tan antiguas que, con el tiempo, dejan de necesitar vocabulario.
Santiago Orduña se aproximó.
De cerca parecía más cansado que durante la ceremonia. Tenía pequeñas manchas de sudor bajo los brazos y una línea roja en el cuello, donde la camisa le rozaba la piel.
—Usted encontró a Belmonte —dijo.
—Eso parece.
—¿Estaba solo?
La pregunta llegó demasiado pronto.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Santiago pestañeó.
—No lo sé. Pregunto.
—La policía también. Podrían intercambiar métodos.
—No me gustan las bromas.
—Entonces ha elegido un mal día para hablar conmigo.
Miró hacia el invernadero.
—¿Había documentos?
—Había un muerto.
—Me refiero a carpetas, papeles…
—No tuve tiempo de hacer inventario.
Rafael se acercó.
—Santiago.
—Necesito saber qué encontró la policía.
—Lo sabremos después.
—No podemos esperar.
—Mi padre acaba de ser enterrado.
—Precisamente.
Los dos hombres se miraron.
Clara permanecía unos pasos detrás de ellos.
—¿Precisamente qué? —pregunté.
Santiago pareció recordar que yo seguía allí.
—Asuntos de empresa.
—Los asuntos de empresa son una forma elegante de llamar a los problemas cuando llevan corbata.
Rafael tomó a su socio por el brazo.
—Vamos.
Se marcharon hacia el aparcamiento.
Clara no los siguió.
—¿Qué documentos buscaba? —le pregunté.
—No lo sé.
—Esta vez ha respondido demasiado rápido.
—¿También analiza cómo mentimos?
—Cobro extra.
Clara bajó la mirada.
—Anoche mi padre pidió que nadie tocara sus papeles hasta después del entierro.
—¿Qué papeles?
—Los de su despacho. No dijo más.
—¿Y esta mañana?
—Rafael llegó antes que nosotros.
—¿Entró en el despacho?
—Dijo que buscaba el testamento.
—¿Lo encontró?
—Dijo que no.
Clara se abrazó a sí misma.
El gesto no era defensivo. Era la manera de sujetar algo que se estaba rompiendo.
—Mi padre tenía secretos —dijo—. Pero no era un criminal.
—La mayoría de los secretos no requieren serlo.
—Horacio sabía algo.
—Ahora Horacio sabe muy poco.
Clara levantó la cabeza.
—Usted hace bromas sobre todo.
—No. Solo sobre lo que no puedo arreglar.
Nos quedamos en silencio.
A lo lejos, la inspectora Salcedo hablaba con el médico forense junto al invernadero. Dos agentes colocaban una cinta alrededor del camino de servicio. El cementerio parecía dividido entre una muerte autorizada y otra que todavía no había completado los trámites.
—Tengo que irme —dijo Clara.
—Sí.
—Gracias por llorar por mi padre.
No sabía qué responder.
Las personas no suelen dar las gracias a una plañidera después. Agradecen el servicio, la discreción, la puntualidad. Nunca el llanto.
—No lloré por él —dije—. Lloré para que ustedes pudieran hacerlo.
Clara asintió.
—Funcionó.
Se reunió con su familia.
Yo regresé a la floristería para recoger mi bolso, que había dejado bajo el mostrador cuando seguimos la marca del carro.
Jacinto estaba dentro de su jaula.
Berta nunca lo encerraba durante el día, salvo que hubiera niños, perros o abogados cerca. La puerta metálica permanecía cerrada con un pequeño gancho.
—¿Quién te ha metido ahí? —pregunté.
El loro me mostró la lengua negra.
—¡No firme!
Me detuve.
—¿Qué has dicho?
Jacinto dio dos pasos por la percha.
—¡No firme! ¡No firme!
La voz no era la de Horacio.
Era más grave. Más áspera.
Podía pertenecer a Eusebio Llorca.
O a cualquier hombre viejo que hubiera pasado por la floristería durante los últimos siete años.
—Doce mil —añadió Jacinto en su voz habitual.
Me incliné hacia la jaula.
—¿Qué ocurrió esta mañana?
—Farsante.
—Eso ya lo sabemos.
Jacinto bajó hasta el suelo de la jaula. Entre cáscaras de semillas, trozos de cartón y una pluma gris había algo metálico.
Brilló cuando le dio la luz.
El loro lo tomó con el pico.
—Dámelo.
Retrocedió.
—Jacinto.
Movió la cabeza de un lado a otro, disfrutando de la negociación.
—Te daré una almendra.
El ave dejó caer el objeto.
Lo recogí antes de que pudiera arrepentirse.
Era una llave pequeña, antigua, con el borde oscurecido por el uso. Llevaba una chapa ovalada sujeta por un alambre.
En la chapa había un número grabado:
27
Debajo, casi borrada, una palabra:
ARCHIVO
Escuché pasos detrás de mí.
Cerré la mano.
La inspectora Salcedo apareció en la entrada de la floristería.
—¿Ha olvidado algo, señora Valdivia?
Sentí los dientes de la llave contra la palma.
—Mi bolso.
Salcedo miró la jaula.
Jacinto inclinó la cabeza y dijo, con la voz exacta de Horacio:
—Aquí no ha pasado nada.