Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 2 — El pésame #2
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Capítulo 2 — El pésame #2

—Que la hija estaba triste, el hijo tenía prisa, la viuda llevaba años preparándose y los socios estaban pendientes de algo que no era el difunto.

La inspectora dejó de escribir.

—¿De qué?

—De la corona que faltaba. O de Horacio.

—Eso es una interpretación.

—Casi todo lo que dice una persona en un funeral lo es.

Salcedo cerró la libreta.

—Ahora cuénteme cómo encontraron el cuerpo.

Lo hice.

Berta confirmó cada paso. La marca del carro, los pétalos, la puerta entreabierta, la corona en el fondo del invernadero.

—¿Tocaron la corona?

—No —respondí.

Berta vaciló.

La inspectora lo notó.

—¿Usted la tocó?

—Solo una flor.

La miré.

—Dijiste que no habías tocado nada.

—No la moví. Había un lirio doblado.

—Berta.

—Cuatrocientos ochenta euros.

Salcedo se volvió hacia ella.

—¿Qué hizo con el lirio?

—Lo enderecé.

—¿Antes o después de ver el cadáver?

—Antes.

—¿Y después?

—Grité.

—Eso no altera la escena.

—Depende del grito —dije.

La inspectora ignoró el comentario con una técnica que debía de haber perfeccionado durante años.

—El señor Belmonte sostenía un trozo de cinta —continuó—. ¿Pertenecía a la corona?

Berta asintió.

—Mismo color. Mismo tejido.

—¿Qué decía la inscripción?

—La cinta completa decía: «A nuestro amigo Eusebio, con eterno agradecimiento».

—¿Completa?

—Faltaba cuando encontramos la corona.

—¿Y el trozo que tenía el fallecido?

—No llegamos a leerlo.

Salcedo hizo otra anotación.

—¿Por qué trasladaría el señor Belmonte una corona desde la floristería hasta el invernadero?

—No lo sé —dijo Berta.

—¿Tenían algún conflicto?

—Horacio tenía conflictos con todo lo que respiraba.

—Necesito algo más concreto.

Berta me miró.

—Ayer discutieron.

—¿Quiénes?

—Horacio y don Eusebio.

La inspectora levantó la cabeza.

—Don Eusebio murió anteayer.

—Fue por teléfono, unas horas antes.

—¿Escuchó la conversación?

—Una parte.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque usted no había preguntado antes.

Salcedo apoyó los dos antebrazos sobre la mesa.

—Cuéntemelo.

Berta respiró hondo.

—Eusebio llamó a Horacio por la tarde. Horacio estaba en la floristería porque quería revisar el pedido de las coronas. Al principio hablaban de la ceremonia. Después empezaron a discutir sobre dinero.

—¿Cuánto?

—Doce mil euros.

La inspectora y yo miramos hacia la ventana al mismo tiempo.

Jacinto caminaba de lado por el toldo.

—¿Qué dijeron exactamente? —preguntó Salcedo.

—Eusebio decía que no iba a pagar. Horacio decía que sin ese dinero habría problemas con el panteón familiar.

—¿Qué clase de problemas?

—No lo sé. Documentos, permisos… Algo antiguo.

—¿Y la frase del loro?

—Horacio dijo «doce mil, ni uno menos» varias veces.

—¿Dijo también «mañana lo enterramos y aquí no ha pasado nada»?

Berta palideció.

—Yo no escuché eso.

—Pero reconoce que es su voz.

—Sí.

—¿Cuándo pudo oírlo el animal?

Berta miró al escritorio vacío.

—Jacinto estaba en la floristería mientras hablaban.

Salcedo se quedó en silencio.

Un loro no es un testigo. Tampoco miente. Repite sin comprender, que es una forma de sinceridad a la que muy pocas personas consiguen llegar.

—Necesito hablar con todos los presentes en esa conversación —dijo la inspectora.

—Uno está muerto —respondí.

—Lo había deducido.

—Los otros dos también.

Salcedo me miró.

—Don Eusebio estaba vivo cuando habló por teléfono.

—Entonces no sé cuántas muertes necesita para considerar esto una mala semana.

La puerta volvió a abrirse.

El agente del bigote asomó la cabeza.

—Inspectora, ha llegado la mujer del fallecido.

—¿La esposa?

—Dice que depende del documento.

Salcedo salió.

Berta esperó a que sus pasos se alejaran.

—Amalia.

—¿Quién es Amalia?

—La mujer de Horacio.

—Eso ya lo hemos establecido de forma provisional.

—Llevaban separados cinco años. Nunca se divorciaron porque discutían hasta sobre quién debía pagar al abogado.

La inspectora regresó acompañada de una mujer pequeña, de cabello blanco cortado a la altura de la mandíbula. Vestía una blusa verde, pantalones de lino y sandalias. Había acudido sin cambiarse de ropa, sin maquillarse y sin preparar una expresión adecuada.

No lloraba.

Eso no significaba nada.

Las lágrimas son solo una de las maneras que tiene el cuerpo de rendirse.

Amalia Belmonte recorrió el despacho con los ojos. Miró la taza de café, la agenda abierta y la silla vacía.

Después se sentó en ella.

—¿Está segura de que quiere…? —comenzó Salcedo.

—Esta silla la compré yo.

La inspectora aceptó la respuesta.

—Lamento su pérdida.

—No la lamente todavía. Primero dígame qué ha pasado.

Salcedo explicó que Horacio había sido encontrado sin vida, que el médico forense determinaría la causa y que, por el momento, todas las posibilidades permanecían abiertas.

Amalia escuchó sin interrumpir.

—¿Dónde? —preguntó.

—En el antiguo invernadero.

Algo se movió en su rostro.

No fue sorpresa. Fue reconocimiento.

—¿Por qué estaba allí?

—Eso tratamos de averiguar.

—Entonces no saben nada.

—Sabemos que salió de un funeral poco antes de morir.

—Horacio habría salido de su propio funeral si alguien mencionaba una factura.

La inspectora abrió la libreta.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—El lunes.

—¿Hablaron?

—Discutimos.

—¿Por qué?

—Porque siempre discutíamos.

—Necesito algo más concreto.

Amalia miró a Berta.

—Le había dado por revisar papeles viejos.

—¿Qué papeles? —preguntó Salcedo.

—Concesiones de sepulturas. Traslados. Familias que llevan cien años ocupando espacios que oficialmente no existen. Este cementerio está construido sobre papeles escritos por muertos.

—¿Mencionó a la familia Llorca?

Amalia tardó un segundo de más en responder.

—No.

La inspectora también lo notó.

—Señora Belmonte.

—No me mire así. He dicho que no.

—Ha respondido después de pensarlo.

—A mi edad, inspectora, una piensa antes de hablar. Deberían probarlo más personas.

Me gustó.

Salcedo cerró la libreta.

—Necesitaremos que reconozca formalmente el cuerpo cuando sea posible.

—Lo reconoceré.

—También tendremos que revisar este despacho y su domicilio.

—Revisen todo. Si encuentran la cafetera que se llevó cuando se fue de casa, es mía.

Se levantó.

Al pasar junto a mí, se detuvo.

—Usted es Inés Valdivia.

No era una pregunta.

—Eso intento.

—La que llora.

—Cuando me contratan.

Amalia miró hacia la puerta, como si pudiera ver el invernadero a través de las paredes.

—Horacio decía que usted era una estafadora.

—Horacio confundía cobrar con estafar. Era una limitación profesional.

Por primera vez, los labios de Amalia se curvaron.

No llegó a ser una sonrisa.

—Cuando fijen la fecha del entierro, la llamaré.

—Todavía no sabe cómo murió.

—Sí sé cómo vivió.

Salió del despacho sin despedirse.

Berta esperó unos segundos.

—No aceptes.

—¿Por qué?

—Porque te odiaba.

—No necesito que el difunto disfrute del servicio.

—Amalia puede pedirte que hagas algo terrible.

—¿Como llorar?

—Como llorar mucho.

La inspectora volvió a entrar.

—La señora Valdivia puede marcharse cuando termine de firmar su declaración. Usted, señora Lozano, debe quedarse. Necesitamos revisar la floristería y determinar quién tuvo acceso a la corona.

Berta abrió la boca.

—¿Soy sospechosa?

—Es propietaria del lugar desde el que se trasladó un objeto encontrado junto al cadáver.

—Yo no maté a Horacio.

—No he dicho que lo hiciera.

—Lo ha pensado.

—Pienso muchas cosas. Es más barato que acusar.

La frase me gustó menos porque se parecía a algo que yo habría dicho.

Firmé la declaración.

Antes de salir, Salcedo me llamó.

—Señora Valdivia.

—¿Sí?

—No investigue por su cuenta.

—No pensaba hacerlo.

—La gente que responde tan rápido suele haber empezado ya.

—Yo encontré un cadáver. No una afición.

—Manténgalo así.

En la avenida principal, el funeral de Eusebio Llorca seguía negándose a terminar.

Los invitados se habían agrupado bajo las sombras de los cipreses. Algunos hablaban del muerto original. La mayoría comentaba el nuevo.

Encontrar un segundo cadáver mejora mucho la asistencia emocional al primero. De pronto todos estaban más atentos, más unidos y más dispuestos a permanecer cerca de la familia.

Mercedes Llorca estaba sentada en un banco, acompañada por dos mujeres. Rafael hablaba por teléfono junto al panteón. Santiago Orduña caminaba de un lado a otro, mirando cada pocos segundos hacia el despacho de Horacio.

Clara me vio antes de que pudiera evitarla.

Se acercó.

Sus ojos seguían hinchados, pero ya no parecía perdida.

—¿Era Horacio?

—Sí.

—¿Qué le pasó?

—Todavía no lo saben.

—¿Lo encontraron ustedes?

—Berta y yo.

Clara miró hacia la floristería.

—Mi padre discutió con él.

—Eso dicen.

—¿Quién lo dice?

—En un cementerio siempre hay alguien escuchando. Incluso cuando tiene plumas.

Clara frunció el ceño.

—¿El loro?

—Repitió una cantidad.

—Doce mil.

No fingió desconocerla.

—¿Sabe de qué se trataba?

Miró a su hermano.

Rafael continuaba al teléfono. Había bajado la voz, pero su mano libre se abría y se cerraba con impaciencia.

—Horacio decía que había un problema con nuestro panteón —respondió Clara—. Una irregularidad.

—¿Qué tipo de irregularidad?

—No lo sé. Mi padre se negó a explicarlo.

—¿Y a pagar?

—Mi padre se negaba a pagar casi todo la primera vez. Era su manera de negociar.

—¿Y la segunda?

—Pagaba la mitad.

—¿Y la tercera?

Clara miró la placa recién colocada sobre el nicho.