Capítulo 2 — El pésame
El pésame
El problema de encontrar un cadáver en un cementerio es que nadie sabe hacia dónde debe correr.
Berta corrió hacia la entrada.
Yo la agarré por el delantal antes de que diera tres pasos.
—¿Adónde vas?
—A buscar ayuda.
—Ya hemos llamado.
—Entonces voy a buscar a alguien.
—¿A quién?
Abrió la boca, pero no encontró una persona adecuada. El sacerdote estaba consolando a los Llorca. Los empleados del cementerio trabajaban bajo las órdenes del hombre que acabábamos de encontrar muerto. Los médicos más cercanos se ocupaban de personas que todavía podían quejarse.
Berta miró hacia el invernadero.
—No podemos dejarlo solo.
—Horacio lleva años consiguiendo que la gente quiera dejarlo solo. No creo que le moleste ahora.
—Inés.
—Tienes razón.
El humor no sirve para que las cosas duelan menos. Sirve para que duelan a una distancia desde la que todavía podemos respirar.
Nos quedamos junto a la puerta.
Jacinto observaba desde el tejado del cobertizo. Había encogido el cuello y mantenía las plumas pegadas al cuerpo. Por primera vez desde que lo conocía, parecía comprender que no era el momento de decir nada.
La moderación le duró once segundos.
—¡Cierra la puerta, imbécil!
La voz de Horacio volvió a recorrer el camino desierto.
Berta se estremeció.
—Haz que se calle.
—Es tu loro.
—Solo cuando se porta bien.
—Entonces no tiene dueño.
A lo lejos sonó una sirena.
El cementerio de Santa Aurelia tenía dos entradas.
La principal, con sus columnas blancas y sus puestos de flores, estaba reservada para los vivos que querían despedirse con cierta dignidad.
La puerta de servicio era utilizada por los operarios, los vehículos municipales y los muertos que llegaban sin cortejo.
La ambulancia entró por allí.
Detrás apareció un coche de la policía local. Los dos vehículos levantaron una nube de polvo que cubrió los rosales más próximos y obligó a Jacinto a remontar el vuelo.
Los sanitarios fueron los primeros en llegar. Un hombre joven con una mochila roja y una mujer de cabello rizado entraron en el invernadero después de pedirnos que nos apartáramos.
No tardaron mucho.
La mujer salió, se quitó los guantes y preguntó:
—¿Quién lo encontró?
Berta me señaló.
Yo la señalé a ella.
La sanitaria nos miró.
—Las dos —dijimos.
El agente de la policía local anotó nuestros nombres. Era un muchacho al que yo había visto de niño en los funerales de sus abuelos. Por entonces se escondía detrás de las piernas de su madre. Ahora llevaba una placa, una libreta y un bigote que parecía dibujado como parte de un castigo.
—¿Don Horacio estaba vivo cuando entraron? —preguntó.
—No —respondí.
—¿Lo tocaron?
—No.
—¿Movieron algo?
—La puerta.
—¿Algo más?
—El aire, al respirar.
El agente levantó los ojos de la libreta.
—Necesito que se lo tome en serio, señora Valdivia.
—Cuando no me tomo algo en serio, se nota mucho más.
Berta intervino antes de que me arrestaran por personalidad.
—Entramos buscando una corona. Estaba escondida detrás de unas plantas viejas. Entonces vimos el zapato.
—¿Qué corona?
—La de don Eusebio Llorca.
El agente miró hacia la avenida principal.
—¿El entierro de esta mañana?
—El mismo.
—¿Por qué estaba aquí?
—Eso queremos saber.
El sanitario joven salió del invernadero.
Negó con la cabeza.
Aunque todos sabíamos qué significaba, el agente preguntó:
—¿Fallecido?
—Sí. Avisad al juzgado y a la judicial.
Berta cerró los ojos.
El policía dejó de escribir.
No conocía a Horacio lo suficiente para sufrir su muerte ni lo bastante poco para que no le afectara. Esa es una de las crueldades de los pueblos pequeños: casi nunca nos conceden la comodidad de que los muertos sean completos desconocidos.
—¿Hace cuánto? —pregunté.
El sanitario me miró como si acabara de descubrir una plaga particularmente insistente.
—Eso tendrá que determinarlo el médico forense.
—¿Una hora?
—No puedo asegurarlo.
—¿Media?
—Señora…
—Lo vimos salir de la capilla hace poco.
El agente volvió a abrir la libreta.
—¿A qué hora?
Miré mi reloj.
Eran las doce y cincuenta y seis.
—Abandonó la ceremonia durante la homilía. Debían de ser las doce y veinte.
—¿Está segura?
—Cobro por fases. Sé cuándo termina cada una.
—¿Fases?
—Llegada, ceremonia, cierre y condolencias. Horacio salió entre ceremonia y cierre.
El sanitario frunció el ceño.
—No parece que lleve muerto mucho tiempo.
—¿Cuánto es mucho?
—Más del que lleva.
Fue lo más preciso que conseguimos obtener de él.
El agente pidió por radio que nadie abandonara el cementerio.
La noticia se extendió antes de que terminara la frase.
Los cementerios están llenos de personas que respetan la intimidad de los difuntos y ninguna de los vivos. Un operario vio la ambulancia. El operario habló con el marmolista. El marmolista telefoneó a su mujer. Su mujer estaba dando el pésame a Mercedes Llorca junto al panteón familiar.
En menos de cinco minutos, todo el cortejo sabía que habían encontrado a alguien muerto.
En siete, sabían que era Horacio.
En diez, circulaban cuatro causas distintas: un infarto, una caída, un suicidio y la venganza de una viuda a la que había cobrado dos veces la misma lápida.
Jacinto aterrizó sobre el toldo de la floristería.
—¡Doce mil! —gritó—. ¡Ni uno menos!
El policía del bigote lo miró.
—¿Siempre dice eso?
—Desde esta mañana —respondió Berta.
—¿Quién se lo enseñó?
—Pregúntaselo.
El agente dudó.
Después miró al loro.
—¿Quién te enseñó a decir doce mil?
Jacinto se rascó el cuello con una pata.
—¡Farsante!
El policía me miró.
—No es una respuesta —dije—, pero tampoco es incorrecta.
Nos condujeron hasta el despacho de Horacio. No podíamos marcharnos, tocar nada ni hablar con los demás testigos sobre lo ocurrido.
La tercera instrucción fue un fracaso inmediato.
El despacho ocupaba una pequeña construcción junto a la capilla. Tenía una mesa de madera oscura, tres archivadores metálicos y una fotografía aérea del cementerio en la que Horacio había marcado con colores las zonas disponibles, las próximas ampliaciones y las familias atrasadas en el pago.
Berta se sentó frente a la mesa.
Yo permanecí de pie.
—Podrías sentarte —dijo.
—Esa era su silla.
—No creo que vuelva a reclamarla.
—Precisamente.
Sobre el escritorio había una taza con un dedo de café, una calculadora y un almanaque de una empresa funeraria. La hoja del día contenía tres anotaciones:
11:30 — Llorca.
15:00 — Familia Robles.
17:30 — Revisar parcela norte.
La muerte había cancelado su agenda sin avisar.
Berta se frotó las manos contra el delantal.
—No deberíamos haber seguido la marca.
—Si no lo hubiéramos hecho, alguien lo habría encontrado después.
—Eso sería mejor.
—Para nosotros, quizá.
—Para él también.
—Para él todo lo de después es bastante indiferente.
Se oyó un murmullo en el exterior. Me acerqué a la ventana.
El funeral de Eusebio Llorca se había convertido en dos grupos. Junto al panteón permanecían quienes seguían acompañando a la familia. Cerca de la avenida central se reunían quienes fingían no mirar hacia el invernadero.
Los socios de Madrid hablaban entre ellos.
Reconocí al hombre que había salido de la capilla detrás de Horacio. Alto, hombros estrechos, cabello peinado hacia atrás. Durante la ceremonia había ocupado la segunda fila. Ahora gesticulaba frente a Rafael Llorca.
—Ese siguió a Horacio —dije.
Berta se levantó.
—¿Quién?
—El de la corbata azul.
—Santiago Orduña.
—¿Lo conoces?
—Todo el mundo conoce a Santiago Orduña.
—Yo no.
—Porque no lees la sección de economía.
—Prefiero las esquelas. Son más honestas.
Santiago Orduña era socio de los hoteles Llorca, explicó Berta. Había empezado como administrador de uno de los establecimientos y terminado compartiendo empresas con Eusebio. Vivía en Madrid, aunque regresaba varias veces al año a Santa Aurelia.
—Él encargó la corona —añadió.
—¿Personalmente?
—La pidió su secretaria. La empresa pagó en efectivo.
—Una empresa que paga flores en efectivo.
—A veces ocurre.
—También ocurren los asesinatos.
—Todavía no sabemos si lo han asesinado.
—No. Pero la palabra te ha salido muy rápido.
Berta volvió a sentarse.
—Cuando alguien muere dentro de un invernadero escondido detrás de su propia mentira, una piensa mal.
—La corona no era suya.
—La mentira sí.
La puerta se abrió.
Entró una mujer de unos cuarenta y cinco años, con pantalones claros, camisa azul y el cabello recogido en una coleta baja. No llevaba uniforme. Mostró una placa antes de presentarse como la inspectora Nora Salcedo, de la Policía Judicial.
Tenía una cara hecha para escuchar respuestas incompletas.
El agente del bigote apareció detrás de ella.
—Ellas encontraron el cuerpo —informó.
—Eso me han dicho.
Salcedo observó primero a Berta. Después a mí.
—¿Quién es la señora Valdivia?
Levanté la mano.
—¿Profesión?
—Plañidera.
El agente bajó los ojos para ocultar algo que esperaba que fuera una sonrisa.
La inspectora no reaccionó.
—¿Puede explicarlo?
—Lloro en funerales.
—¿Por dinero?
—Cuando lloro gratis, lo considero vida privada.
Salcedo abrió una libreta.
—¿Qué relación tenía con el fallecido?
—Administrativa.
—¿Trabajaba para él?
—Trabajaba en su cementerio.
—El cementerio es municipal —dijo Berta.
—Horacio no siempre lo recordaba —añadí.
La inspectora escribió algo.
—Empiece desde el momento en que llegó esta mañana.
Conté lo sucedido. La llegada del cortejo, la capilla, la corona ausente, las frases de Jacinto, la salida de Horacio y el hombre que lo siguió.
Salcedo interrumpía poco. Cuando lo hacía, preguntaba por horarios, distancias y posiciones.
—¿Vio al señor Orduña entrar en el camino de servicio?
—No. Lo vi salir de la capilla.
—¿Podría haber regresado al funeral?
—Podría haberse ido a la luna. Yo estaba trabajando.
—Pero observaba a los presentes.
—Forma parte del trabajo.
—¿Qué observa?
—Quién llora. Quién mira. Quién quiere ser visto llorando. Quién espera que alguien termine para mirar el reloj.
—¿Y qué observó hoy?
Miré por la ventana.
Rafael Llorca se había separado de Santiago. Clara seguía junto al panteón. Mercedes recibía condolencias como una jefa de Estado en visita oficial.