Capítulo 1 — La corona #3
La huella húmeda continuaba al otro lado de la puerta trasera. Sobre el suelo de tierra clara era apenas visible, pero se distinguían dos líneas paralelas que descendían hacia los talleres.
—Pudo hacerla cualquier carro —dije.
—Tiene una rueda torcida.
Era cierto. La marca izquierda oscilaba ligeramente cada pocos centímetros.
Berta empujó la puerta.
—Voy a buscarla.
—¿La corona o a Horacio?
—Las dos cosas.
—Una de ellas cuesta cuatrocientos ochenta euros. La otra, según a quién preguntes, bastante menos.
Tomé mi bolso.
La seguí.
El camino de servicio discurría entre el muro exterior y la parte trasera de los panteones. No había esculturas ni bancos ni inscripciones. Allí la muerte perdía su fachada y mostraba los cubos, las herramientas, las escaleras y las bolsas de cemento necesarias para parecer eterna.
La marca del carro avanzaba sobre el polvo.
Pasamos junto al taller de los marmolistas. Estaba cerrado. Más adelante había un cobertizo con macetas rotas, dos carretillas y una pila de placas provisionales. En una de ellas alguien había escrito mal el apellido del difunto y tratado de corregirlo raspando la piedra.
—Horacio estuvo discutiendo ayer con un hombre —dijo Berta.
—Horacio discutía hasta con las máquinas expendedoras.
—Este no era de aquí.
—¿Qué aspecto tenía?
—Traje oscuro. Gafas. Cincuenta años.
—Has descrito a la mitad del funeral.
—Dijo algo sobre documentos.
—La otra mitad.
La huella giraba hacia el antiguo invernadero.
El edificio había sido construido cuando el ayuntamiento todavía cultivaba allí las plantas destinadas al cementerio.
Después privatizaron el mantenimiento, pero Horacio conservó el lugar como almacén.
Era una estructura larga, con paredes bajas de ladrillo y cristales opacos por la cal.
Por encima del tejado asomaban las ramas de una buganvilla que había entrado por una ventana rota y conquistado el interior.
La puerta estaba entornada.
Berta se detuvo.
—Jacinto dijo que la cerraran.
—Jacinto también dice que soy una farsante.
—Lo eres.
—No en horario laboral.
El rastro terminaba frente a la entrada. En el polvo había pétalos de lirio.
Empujé la puerta con dos dedos.
El invernadero olía a tierra seca, fertilizante y flores pasadas. La luz atravesaba los cristales sucios en franjas blanquecinas. Había estanterías con macetas vacías, rollos de alambre, herramientas oxidadas y viejas coronas de plástico cubiertas por una capa de polvo.
—¿Horacio? —llamó Berta.
Nadie respondió.
Entramos.
A nuestra derecha, una mesa de madera sostenía carpetas, planos del cementerio y una botella de agua abierta. En el suelo había más pétalos. Avanzaban hacia el fondo, donde varias coronas antiguas formaban una pared de hojas artificiales.
Berta señaló.
La corona desaparecida estaba allí.
Incluso a la sombra, resultaba magnífica. Los lirios blancos se abrían entre rosas color crema y ramas de olivo. Habían colocado la corona de pie, apoyada contra una silla. La cinta había sido arrancada.
—Cuatrocientos ochenta euros —susurró Berta.
—Está prácticamente intacta.
—Le falta la cinta.
—Y el funeral.
Se acercó para examinar las flores.
Entonces vi el zapato.
Era marrón, de piel brillante, y asomaba detrás de la corona. La punta estaba cubierta de polvo. El pantalón gris se extendía hacia la oscuridad.
Agarré a Berta por el brazo.
—No la toques.
—¿Por qué?
Señalé el suelo.
Berta rodeó la corona.
El grito que soltó fue tan malo que mi primer impulso fue corregirle la respiración.
Horacio Belmonte estaba sentado contra la pared, con la cabeza inclinada sobre un hombro y los ojos abiertos. Su corbata color vino se había desplazado hacia un lado. Tenía una mano apoyada en el pecho; la otra permanecía cerrada alrededor de un trozo de cinta color crema.
Berta retrocedió hasta chocar conmigo.
—¿Está…?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
Miré a Horacio.
Había pasado media vida observando a los muertos y a quienes fingían no verlos. Reconocía la quietud definitiva.
—Porque no está pensando en cobrarnos el uso del invernadero.
Berta se llevó ambas manos a la boca.
—Tenemos que llamar a la policía.
—Sin tocar nada.
—No he tocado nada.
—Has tocado la puerta.
—Tú también.
—Entonces procura que no nos acusen de matarlo con la corona.
Salimos al camino.
Berta sacó el teléfono, pero le temblaban tanto los dedos que marcó dos veces el código equivocado. Se lo quité y llamé a emergencias.
Mientras explicaba dónde estábamos, escuché alas sobre nuestras cabezas.
Jacinto descendió desde el tejado del cobertizo y aterrizó en la puerta del invernadero.
—¿Cómo ha salido? —pregunté.
Berta miró hacia la floristería, demasiado lejos para que el loro hubiese llegado andando.
—La ventana. La dejo abierta cuando hace calor.
Jacinto observó el interior. Erizó las plumas del cuello y emitió un sonido bajo, casi un murmullo.
Después habló con la voz de Horacio Belmonte.
No se parecía a la imitación exagerada que utilizaba para divertir a los visitantes. Era su voz exacta, cansada e impaciente, pronunciada con la naturalidad de una frase que el loro había escuchado más de una vez.
—Mañana lo enterramos —dijo Jacinto— y aquí no ha pasado nada.