Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 1 — La corona #2
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Capítulo 1 — La corona #2

La muerte llega de verdad durante una pausa.

El padre Gabriel terminó una oración y bajó la cabeza. El cementerio quedó en silencio. Desde el exterior entró el rumor del mar, el zumbido de un insecto y el roce de las hojas de los cipreses.

Clara miró el ataúd.

Entonces lloré.

No fue un sollozo completo. Apenas una respiración quebrada, seguida por el esfuerzo inútil de contener la siguiente. Bajé el rostro hacia el pañuelo. Sentí que algunas personas se volvían. Dejé pasar unos segundos y permití que una lágrima cayera sobre mi mano.

La mujer rubia guardó el teléfono.

Uno de los socios se aclaró la garganta.

Mercedes apretó los labios.

Clara me miró otra vez. Esta vez no había sorpresa en sus ojos, sino gratitud. Mi llanto había abierto una puerta que ella todavía no podía cruzar. Su pecho se movió. Inspiró. La primera lágrima le llegó sin ruido.

Después vino otra.

Yo me callé.

Hay momentos en los que una profesional debe retirarse.

El padre Gabriel reanudó la misa. Clara lloraba con una mano sobre la boca. Su hermano no la tocó. La viuda tampoco. Fue una mujer sentada al otro extremo del banco, probablemente una antigua empleada, quien se inclinó para ofrecerle un pañuelo.

Mi opinión sobre los Llorca no mejoró.

A mitad de la homilía, Jacinto volvió a intervenir.

Primero imitó el chirrido de una puerta.

Después dijo, con una voz ronca que no era la de Berta:

—Doce mil. Ni uno menos.

El sacerdote perdió una palabra.

Horacio levantó la cabeza.

—Doce mil —repitió el loro—. Ni uno menos.

Algunos asistentes sonrieron. Un niño soltó una risa y recibió un pellizco de su madre.

Horacio salió de la capilla.

Uno de los socios de Madrid lo siguió menos de un minuto después.

No soy detective. Conviene aclararlo.

Un detective habría abandonado la ceremonia para averiguar por qué dos hombres reaccionaban de forma sospechosa ante las palabras de un loro. Yo permanecí sentada porque la viuda había pagado también por el cierre del nicho y porque los profesionales no dejan un servicio a medias.

Además, Jacinto decía muchas cosas.

La semana anterior había recibido a un cortejo gritando «¡No pienso firmar!

» con la voz exacta del notario difunto.

Durante el funeral de una maestra jubilada, repitió durante veinte minutos el sonido de un beso.

En una ocasión especialmente memorable, esperó a que el padre Gabriel preguntara si alguien deseaba decir unas palabras y respondió:

—¡Que hable la amante!

Resultó que había una.

Jacinto tuvo que pasar tres semanas dentro de la floristería por su propia seguridad.

La misa terminó sin que apareciera la corona de los socios.

El ataúd fue conducido hasta el panteón familiar, una construcción de piedra clara con una puerta de bronce y un ángel que señalaba el cielo con la expresión resignada de quien llevaba demasiado tiempo indicando la misma dirección.

El sol caía de lleno sobre la explanada. Las señoras se protegían con los programas de la ceremonia. Los hombres aflojaban discretamente los cuellos de las camisas. El padre Gabriel sudaba con dignidad.

Yo ocupé mi lugar junto a Mercedes.

Había llegado el momento de la recaída discreta.

Mientras los empleados encajaban el ataúd en el nicho, dejé escapar un gemido bajo. La viuda posó una mano sobre mi antebrazo. Al principio pensé que buscaba consuelo.

—Un poco menos —murmuró.

Reduje el volumen.

La muerte puede ser irreversible, pero el cliente siempre tiene razón.

El féretro entró en el muro. Clara dio un paso hacia delante.

—Esperen.

Los operarios se detuvieron.

Clara se acercó hasta tocar la madera con la punta de los dedos. Nadie se movió para acompañarla. Permaneció allí unos segundos, inclinada sobre el ataúd, diciendo algo que no pude oír.

Cuando se apartó, ya no parecía perdida.

Parecía enfadada.

El cambio fue tan limpio que dejé de llorar.

Rafael lo notó. Se acercó a ella y le dijo algo al oído. Clara negó con la cabeza. Él insistió. La viuda observó a sus hijos, pero no intervino.

Detrás de nosotros, uno de los socios preguntó:

—¿Dónde está Belmonte?

Nadie respondió.

Los empleados cerraron el nicho con una placa provisional. El padre Gabriel hizo la última bendición. Mercedes recibió abrazos, apretones de manos y frases que comenzaban siempre con «al menos».

Al menos no sufrió.

Al menos vivió mucho.

Al menos pudo despedirse.

Las personas usan el «al menos» como quien coloca una tirita sobre una amputación.

Esperé a que la fila de condolencias disminuyera para acercarme a la viuda.

—Señora Llorca.

Mercedes tardó en reconocerme sin lágrimas.

—Ha estado bien —dijo.

—Gracias.

Abrió el bolso y sacó un sobre.

—Aunque el pájaro ha estropeado un poco la ceremonia.

—El pájaro no trabaja conmigo.

—Eso espero.

Me entregó el sobre. Antes de guardarlo, comprobé el contenido con discreción. Confiar en una familia durante un funeral es una manera excelente de trabajar gratis.

Estaba todo.

—Mi pésame —dije.

Por primera vez en la mañana, no estaba actuando.

Mercedes miró hacia el panteón. Clara seguía allí, sola, con una mano apoyada en la piedra.

—Mi marido odiaba los funerales —comentó la viuda.

—Mucha gente cambia de opinión cuando se trata del suyo.

Me miró. Durante un segundo temí haber perdido la propina.

Después sonrió.

Fue una sonrisa mínima y cansada, pero real.

—Eusebio habría dicho algo parecido.

—Tal vez por eso me contrataron a mí y no a él.

Mercedes cerró el bolso.

—Los muertos no pagan propina, señora Valdivia.

—Ni los ricos, por lo general.

La sonrisa desapareció, aunque no del todo.

Me marché antes de arruinarla.

Berta me esperaba en el camino que llevaba a la floristería. Se había quitado el delantal, pero aún tenía una hoja de helecho enganchada al cabello.

—¿Y Horacio? —pregunté.

—No ha vuelto.

—¿Has mirado en su despacho?

—Está cerrado.

—Entonces estará haciendo algo que no quiere que veas.

—Eso no reduce mucho las posibilidades.

Cruzamos la avenida central. El cementerio recuperaba su rutina con la rapidez de un teatro después de la función.

Los empleados recogían las sillas. El sacerdote se alejaba hacia la sacristía.

Dos turistas consultaban un mapa junto a la tumba de un poeta y discutían sobre dónde comer.

Un gato naranja dormía sobre una lápida de mármol negro, indiferente a las fechas.

Desde la floristería, Jacinto nos recibió con una carcajada humana.

Era un loro gris, de cola roja y mirada amarilla, menos colorido de lo que la gente esperaba y bastante más inteligente de lo que convenía. Estaba sobre su percha, bajo el toldo, rompiendo metódicamente la esquina de una tarjeta de condolencias.

—Farsante —dijo al verme.

—Ave de contrabando.

—Farsante.

—Al menos yo pago impuestos.

Berta entró en el local.

La seguí.

La floristería era pequeña, húmeda y fría incluso en verano. Había ramos preparados sobre una mesa de acero, cintas colgadas por colores y fotografías de coronas en un panel. En el suelo, los cubos formaban pasillos estrechos entre rosas, lirios, claveles y ramas de eucalipto.

El hueco donde Berta había dejado la corona era evidente. Una mancha circular de agua ocupaba casi toda la mesa del almacén.

—La terminé a las ocho —explicó—. A las ocho y veinte fui a buscar café. Cuando regresé, ya no estaba.

—Dijiste que Horacio firmó la entrega.

Sacó un albarán del bolsillo y me lo mostró.

Había una firma grande, inclinada, con las iniciales H y B.

—¿Es suya?

—Llevo quince años entregándole flores. Claro que es suya.

—Tal vez la trasladó a la capilla y alguien se la llevó desde allí.

—Las otras estaban colocadas cuando llegué. Esa no.

Observé el almacén.

En el suelo había pétalos blancos, trozos de hojas y una marca de rueda que llegaba hasta la puerta trasera.

Nada extraño en una floristería. La puerta daba al camino de servicio que recorría la parte baja del cementerio, detrás de los panteones, hasta los talleres y el antiguo invernadero municipal.

—¿La transportaste en carro?

—Sí.

—¿Dónde está?

Berta señaló un rincón.

El carro estaba vacío. Una de las ruedas tenía atada una cinta color crema.

La inscripción de la corona no se encontraba allí.

—¿Qué decía la cinta? —pregunté.

—«A nuestro amigo Eusebio, con eterno agradecimiento». La encargó una empresa de Madrid.

—Muy afectuoso.

—Pagaron en efectivo.

—Mucho más afectuoso.

Jacinto gritó desde el exterior:

—¡Ni uno menos!

Berta miró hacia la puerta.

—Lleva toda la mañana diciendo eso.

—¿Desde antes de que llegara el cortejo?

—Desde que abrí.

—¿Quién se lo enseñó?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Entra y sale gente todo el día. Además, escucha desde la ventana.

El loro añadió:

—¡Cierra la puerta!

La voz era distinta. Más grave. Pastosa.

Berta se quedó quieta.

—Esa es la voz de Horacio.

—¿Estás segura?

—Lo imita desde hace años. Sobre todo cuando dice «está prohibido».

Jacinto inclinó la cabeza.

—¡Cierra la puerta, imbécil!

Berta salió de la floristería.

—Jacinto.

El loro levantó una pata.

—¿Cuándo oíste eso?

—Berta —dije—, no va a declarar.

—¡Doce mil! —respondió Jacinto.

—¿Ves? Está colaborando más que Horacio.

Berta recorrió con la mirada el camino de servicio. A esa hora no había nadie. Los operarios almorzaban en una dependencia próxima a la entrada y el calor mantenía a los visitantes en las avenidas con sombra.

—La marca del carro —dijo.

Volvimos al almacén.