Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 1 — La corona
5%
Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1)

Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1)

Por Julian Azahar

© inepub.com

Capítulo 1 — La corona

La corona

A los muertos les da igual quién llora por ellos.

A los vivos, no.

Los vivos cuentan pañuelos, comparan sollozos y miran de reojo para comprobar si la pena ajena está a la altura de la suya. Ino de matrimonio, dos por cada hijo, ninguna por la cuñada que nunca devolvió la sopera.

Por eso me pagan.

Me llamo Inés Valdivia y soy plañidera profesional. En mi tarjeta pone Acompañamiento emocional para ceremonias de despedida , porque la imprenta se negó a estampar Llanto de calidad a precios razonables . Según el muchacho que diseñó el logotipo, aquello podía dar una imagen poco seria.

La seriedad es una de las industrias más lucrativas de la muerte.

Aquel miércoles, mi trabajo consistía en llorar a don Eusebio Llorca, propietario de tres hoteles, dos restaurantes y una familia incapaz de mostrar una emoción sin consultar antes a un abogado.

La viuda me había contratado la tarde anterior.

—Quiero dolor —me explicó por teléfono—, pero sin estridencias.

—¿Dolor íntimo o dolor social?

Hubo un silencio.

—¿Cuál es la diferencia?

—El íntimo mira al difunto. El social comprueba quién está mirando.

Contrató el social.

Añadió que esperaba cierta intensidad durante la llegada del féretro, recogimiento en la misa y una recaída discreta al cerrar el nicho. Nada de gritos. Nada de arrodillarme. Nada que pudiera aparecer en una fotografía y dar la impresión de que la familia atravesaba dificultades económicas.

Le cobré por adelantado.

El funeral comenzó a las once y media, cuando el sol ya había borrado cualquier posibilidad de tristeza decorosa.

El cementerio viejo de Santa Aurelia ocupaba la ladera que descendía desde la ermita de San Telmo hasta los acantilados.

Sus muros encalados brillaban tanto que los visitantes entornaban los ojos al entrar y parecían, durante unos segundos, sinceramente afligidos.

Entre los panteones crecían cipreses, buganvillas y rosales que nadie recordaba haber plantado.

Había ángeles de mármol ennegrecidos por la sal, pequeños mausoleos con puertas de hierro azul y bancos de piedra desde los que podía verse el mar.

En los días despejados, que eran casi todos, la muerte tenía unas vistas magníficas.

El cortejo de don Eusebio avanzó por la avenida central entre dos hileras de nichos.

Delante iba el sacerdote, sofocado bajo la casulla.

Detrás, cuatro empleados de la funeraria empujaban el carro con el ataúd.

La familia caminaba a continuación, envuelta en un negro impecable y caro.

Al final venían los socios, los concejales, los curiosos y tres camareros del Hotel Llorca a quienes, por la expresión, habían obligado a acudir en su día libre.

Yo iba junto a la familia, a una distancia que indicaba afecto sin sugerir parentesco.

La posición es importante. Demasiado cerca de la viuda y empiezan las preguntas. Demasiado lejos y nadie aprecia el trabajo.

Inspiré por la nariz, contuve el aire y dejé que el primer temblor me subiera desde el pecho. No conviene empezar con lágrimas. Una buena pena necesita anticipación. Bajé la cabeza, apreté el pañuelo entre los dedos y permití que los hombros cedieran apenas.

La mujer que caminaba a mi lado me observó.

Tendría unos cuarenta años, el cabello recogido con una sencillez que seguramente había requerido dos horas y un vestido negro sin una sola mota de polvo.

Era Clara Llorca, la hija menor del difunto.

La había reconocido por las fotografías que la viuda me envió para que no abrazara por error a una empleada doméstica.

Clara tenía los ojos secos.

No fingía entereza. La entereza respira hondo, aprieta la mandíbula, busca puntos fijos en el paisaje. Ella caminaba como quien todavía no ha recibido una noticia completa. Miraba el ataúd esperando que alguien se acercara a explicarle que dentro había otra persona.

Reduje la intensidad.

Una plañidera sin escrúpulos habría llorado por las dos. Yo tengo muchos defectos, pero no compito con el dolor verdadero.

Desde la floristería de la entrada llegó un silbido.

Agudo. Largo. Admirativo.

Después, una voz masculina gritó:

—¡A llorar, Inés!

Varias cabezas se volvieron hacia mí.

Cerré los ojos.

Jacinto.

El loro de Berta Lozano llevaba siete años viviendo entre crisantemos, lazos de raso y cubos de agua con tallos cortados.

En ese tiempo había aprendido el timbre del teléfono, la tos del antiguo párroco, el ruido de la persiana metálica y algunas frases que ninguna familia deseaba escuchar mientras enterraba a uno de los suyos.

También había aprendido mi nombre.

Berta decía que era una muestra de cariño. Yo sostenía que un animal capaz de llamarte farsante cada vez que te veía no debía beneficiarse de la presunción de inocencia.

El sacerdote prosiguió como si nada. Estaba acostumbrado. Los Llorca, no.

La viuda giró la cabeza hacia el administrador del cementerio.

—¿Hay un pájaro?

—Un loro, señora —respondió Horacio Belmonte, inclinándose hacia ella—. La florista cuenta con todos los permisos.

—¿Permisos para qué?

—Para tenerlo.

—¿Y para hablar?

Horacio no encontró una respuesta administrativa. Era la primera vez que yo lo veía incapaz de citar una ordenanza.

Siguió andando con las manos cruzadas sobre el vientre.

Llevaba un traje gris claro, demasiado ajustado en la cintura, y una corbata color vino que había elegido para diferenciarse de los dolientes.

Horacio llevaba dieciséis años administrando el cementerio y había desarrollado la convicción de que también administraba la muerte.

Conocía el precio de cada nicho, la profundidad de cada sepultura y el número exacto de centímetros que podían ocupar las flores antes de invadir la propiedad del difunto vecino.

No era un hombre querido.

En un cementerio, eso requiere esfuerzo.

Llegamos a la capilla pequeña. Las puertas estaban abiertas y el olor a cera se mezclaba con el de los jazmines del patio.

Dentro habían dispuesto seis coronas alrededor del ataúd.

Cinco eran blancas. La sexta, enviada por el personal de uno de los hoteles, combinaba claveles amarillos con una cinta azul que decía:

GRACIAS POR TODO, DON EUSEBIO.

La frase podía ser una despedida o una celebración.

Berta me esperaba junto a una columna. Tenía las manos húmedas, manchas verdes en el delantal y un gesto que no combinaba con la solemnidad del lugar. Me hizo una seña.

Negué con la cabeza. Estaba trabajando.

Volvió a hacerla, ahora con más urgencia.

Me acerqué mientras la familia tomaba asiento.

—Falta una corona —susurró.

—Hay seis.

—Debería haber siete.

—Tal vez la séptima recuperó el sentido común.

Berta no sonrió.

Eso me preocupó más que la corona.

—Era la grande —dijo—. Lirios blancos, rosas color crema, ramas de olivo. La encargaron los socios de Madrid. Costó cuatrocientos ochenta euros.

—Por ese precio, espero que resucite a alguien.

—La dejé en el almacén esta mañana. Horacio firmó la entrega.

Miré hacia él. Estaba junto a la primera fila, indicando a un hombre de la funeraria que desplazara una corona tres centímetros a la izquierda.

—Pregúntale.

—Ya le he preguntado. Dice que nunca la vio.

—Entonces has perdido una corona y él ha perdido la memoria. Una desgracia doble.

—Inés.

Cuando Berta pronunciaba mi nombre sin insultarme después, era porque la situación era seria.

—Después del entierro te ayudo a buscarla.

—Después puede ser tarde.

—Berta, don Eusebio seguirá muerto.

—No me preocupa don Eusebio. Me preocupa su viuda.

La señora Mercedes Llorca se había sentado en el centro de la primera fila.

Mantenía la espalda recta, las rodillas juntas y el bolso sobre el regazo.

A su derecha estaba Clara. A la izquierda, su hijo Rafael, un hombre alto que parecía haber acudido directamente desde una reunión en la que acababa de despedir a alguien.

La viuda recorrió las coronas con la mirada.

Berta se escondió detrás de la columna.

—¿Dónde está la de los socios? —preguntó Mercedes.

Horacio respondió antes de que nadie pudiera volverse hacia la florista.

—Ha habido un pequeño retraso, señora Llorca.

—Pagamos para que no hubiera retrasos.

El plural me pareció generoso. Mercedes no tenía aspecto de haber pagado nada personalmente desde 1987.

—Estará colocada antes de que termine la ceremonia —prometió Horacio.

Berta me apretó el brazo.

—Él la tiene.

—O sabe quién la tiene.

—Es lo mismo.

—No ante un juez.

—No estamos ante un juez.

Miré el ataúd.

—Todavía.

El sacerdote pidió silencio. Berta regresó a su columna y yo ocupé mi lugar, dos asientos detrás de la familia. Dejé el bolso a mis pies, doblé el pañuelo sobre las rodillas y observé a los presentes.

Antes de llorar a alguien, conviene saber para quién se llora.

Los socios de Madrid estaban en la segunda fila.

Eran cuatro hombres de trajes oscuros y una mujer rubia que no dejaba de consultar el teléfono bajo el bolso.

Uno de los hombres miró el espacio vacío junto a las otras coronas y después buscó a Horacio.

Cuando sus miradas se cruzaron, el socio se tocó el nudo de la corbata.

Horacio apartó los ojos.

Aquello podía significar muchas cosas. Calor. Nervios. Una aventura. Una deuda. La humanidad dispone de pocos gestos para ocultar demasiados pecados.

Comenzó la misa.

El padre Gabriel habló de la generosidad de don Eusebio, de su compromiso con Santa Aurelia y de una fe profunda que, por lo visto, el difunto había mantenido en estricto secreto.

La viuda recibió cada elogio con una pequeña inclinación de cabeza.

Rafael miró el reloj dos veces. Clara permaneció inmóvil.

Yo esperé.

La mayoría de la gente cree que mi trabajo consiste en llorar cuando me lo piden. Eso sería fácil. Mi trabajo consiste en saber cuándo los demás necesitan oír el llanto.

Las primeras palabras del sacerdote siempre encuentran a la familia ocupada. Hay que sentarse, reconocer caras, decidir quién ha venido y quién tendrá que disculparse después. El muerto todavía compite con la organización del funeral.