Los muertos no pagan propina (Inés Valdivia 1) Capítulo 9 — Después del entierro #2
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Capítulo 9 — Después del entierro #2

El ayuntamiento designó provisionalmente a un funcionario llamado Benjamín Cuesta, un hombre amable, prudente y convencido de que todas las normas podían explicarse con una sonrisa.

Duró seis días.

El séptimo, Jacinto aprendió a imitar su voz y empezó a anunciar por todo el cementerio:

—Está permitido.

Lo dijo delante de dos músicos que querían ensayar junto a la capilla.

Lo dijo ante una familia que pretendía celebrar un cumpleaños sobre una sepultura.

Lo dijo cuando las tres ancianas preguntaron si podían organizar el aquagym dentro de la fuente seca del Patio de los Naranjos.

Benjamín presentó su renuncia el lunes.

Berta propuso mi nombre para el puesto.

—No sé administrar un cementerio.

—Horacio tampoco. Solo impedía cosas.

—Tengo un trabajo.

—Llorar.

—Es una profesión digna.

—No he dicho que no.

—Además, el administrador no puede insultar a las familias.

—Entonces no durarías una mañana.

El ayuntamiento terminó contratando a una mujer llegada de la capital, licenciada en Historia del Arte y especialista en patrimonio funerario.

Se llamaba Teresa Molina y, durante su primer día, anunció que quería abrir rutas guiadas, restaurar la capilla vieja y convertir el Patio de los Naranjos en un jardín conmemorativo.

Berta la observó con desconfianza.

—Parece competente.

—Eso te preocupa.

—Mucho.

Teresa permitió que Jacinto permaneciera en la floristería con una condición: no podía volar libre durante las ceremonias.

El loro respondió:

—Está permitido.

La negociación continúa.

Amalia regresó a la floristería un mes después.

Vestía de verde. No llevaba luto.

Jacinto estaba sobre el mostrador. Al verla, levantó una pata.

—¡Secuestro!

—También me alegro de verte —respondió ella.

Berta cruzó los brazos.

—No volverá a salir contigo.

—No pensaba invitarlo.

—Ni siquiera a tomar café.

—No bebe café.

—No cambies de tema.

Amalia dejó una bolsa de papel sobre el mostrador.

Dentro había almendras, semillas y un cartel nuevo para sustituir el que Jacinto había destruido.

CORONAS FUNERARIAS , decía.

Todas las letras estaban correctamente impresas.

Berta examinó el regalo.

—Esto no significa que te perdone.

—No lo esperaba.

—¿Qué ha dicho su abogada? —pregunté.

—Que debería hablar menos.

—Una recomendación universal.

—El juez aceptará probablemente una condena sin prisión. Multa, trabajos comunitarios y prohibición de acercarme a Santiago.

—¿Ha intentado hacerlo?

—No.

—¿Y Matilde?

Amalia miró hacia la calle.

—Hablamos una vez por semana.

—¿Está bien?

—Está viva.

Comprendí que era toda la información que ofrecería.

—¿Sabe lo de Horacio?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Amalia pasó un dedo por la madera del mostrador.

—Que siempre creyó que acabaría enterrado con sus propios secretos.

—Casi acertó.

—También dijo que no lamentaba haberse marchado.

—Eso importa.

—Y que no piensa volver.

—Eso también.

Jacinto bajó hasta la bolsa de almendras.

—¡Amalia, vámonos a casa!

La voz joven de Horacio llenó la floristería.

Amalia cerró los ojos.

Esta vez no lloró.

—Era una frase que decía cuando terminaba el turno —explicó—. Yo venía a buscarlo. Horacio se despedía de los muertos y decía eso.

—¿Se despedía?

—De cada galería. Como si los muertos necesitaran saber que se quedaban solos.

Jacinto abrió una almendra.

—Vámonos a casa —repitió.

Amalia le acarició la cabeza.

Berta fingió ordenar unas cintas.

Yo miré hacia otro lado.

Incluso las plañideras saben cuándo no deben observar.

Antes de marcharse, Amalia sacó un sobre del bolso.

—Esto es para usted.

—Ya pagó el funeral.

—No es dinero.

Dentro había una fotografía.

Horacio y Amalia, jóvenes, sentados en el muro del cementerio. Detrás se extendía el mar. Él tenía una pala apoyada sobre el hombro. Ella reía con la cabeza inclinada hacia atrás.

En el reverso, Amalia había escrito:

Para cuando necesite recordar que una persona puede ser más de una cosa.

Guardé la fotografía.

Era un regalo peligroso.

Las certezas son herramientas más cómodas.

Pero rara vez sirven para comprender a los muertos.

Mi nueva tarjeta profesional nunca llegó a imprimirse.

Berta decía que investigaciones discretas  era publicidad engañosa porque nada relacionado con Jacinto podía considerarse discreto.

Yo sostenía que resolver un asesinato no me convertía en detective.

Salcedo estaba de acuerdo.

—La convierte en una civil entrometida que tuvo suerte —dijo.

Había venido a la floristería para devolverme el pañuelo que la policía recogió durante el funeral de Horacio. Permanecía dentro de una bolsa de pruebas.

—Puede tirarlo.

—Es suyo.

—Lo utilicé en dos funerales y una confesión. Ha cumplido su ciclo.

La inspectora lo dejó sobre el mostrador.

—El ayuntamiento organizará un acto de reconocimiento.

—¿Por Horacio?

—Por usted y Berta.

—Preferiría dinero.

—No hay presupuesto.

—Entonces prefiero anonimato.

—Tampoco es posible. El periódico ya conoce la historia.

Berta apareció desde el almacén.

—¿Qué periódico?

Salcedo señaló la portada que alguien había dejado junto a la entrada.

El titular ocupaba media página:

UNA PLAÑIDERA Y UN LORO AYUDAN A RESOLVER EL CRIMEN DEL CEMENTERIO

Debajo había una fotografía mía llorando junto al ataúd de Eusebio.

—Esa imagen tiene derechos —dije.

—No —respondió Salcedo.

—Parecía importante decirlo.

El artículo llamaba a Jacinto “el testigo de las cien voces” y afirmaba que yo había utilizado “una técnica ancestral de llanto ritual” para acceder a su memoria.

—Yo respiré —dije.

—No queda tan bien en prensa —respondió Salcedo.

—También dice que soy viuda.

Berta leyó por encima de mi hombro.

—Y que tienes sesenta y cuatro años.

—Voy a demandarlos.

—Por lo de viuda.

—Por los sesenta y cuatro.

Jacinto descendió sobre el periódico y arrancó el rostro del periodista.

Salcedo observó el cartel nuevo, la floristería y al animal.

—Esto atraerá curiosos.

—Ya los atraía —dijo Berta.

—Ahora vendrán a buscar a la plañidera detective.

—No soy detective.

En ese momento entró una mujer.

Era alta, pelirroja y llevaba gafas de sol, aunque el interior estaba en sombra. Sostenía una urna funeraria entre las manos.

Miró a Berta.

Después a Salcedo.

Finalmente a mí.

—¿Usted es Inés Valdivia?

Pensé en negar.

Jacinto no me dio tiempo.

—¡A llorar, Inés!

La mujer se acercó al mostrador.

—Necesito contratarla.

—¿Para un funeral?

—Ya se celebró.

Colocó la urna frente a mí.

—Entonces llega tarde.

—El muerto también.

Berta dejó las tijeras.

Salcedo no se marchó.

La mujer se quitó las gafas.

—Mi marido fue incinerado hace tres semanas.

—Mi pésame.

—Ayer llamó por teléfono.

Miré la urna.

La urna no respondió.

Jacinto inclinó la cabeza.

—¡No estaba muerto!

La mujer palideció.

Yo cerré los ojos.

Después del entierro, la vida siempre vuelve.

A veces llama antes.