Epílogo
L a luz brumosa le hacía doler los ojos y reducía a quienes ocupaban la sala principal a sombras espectrales. La música le retumbaba en los oídos y le latía en el vientre. Olía a caramelo y a la colonia de Kevin.
Siempre usaba una colonia que pudiera recordarle a las personas que le importaban. Ella estaba profundamente unida a sus amigos y seguía añorando al hombre que había perdido.
Pero ya era hora de que encontrara un sustituto. Uno de verdad .
Casi había llegado el momento de hacer su jugada.
Sus otros amantes ya no formaban parte de su vida; todos habían sido meros destellos en su radar amoroso: aparecían y desaparecían.
Kevin, por razones evidentes. Reid también; el detective no había tenido ocasión de repetir desde la noche en que se la llevó a casa con tanto descaro. Quizá fuera por el chico.
Sonrió. Había tirado una piedra contra la ventana de Ezra justo antes de que Maggie saliera de casa. Se había asegurado de que el niño la viera.
A veces solo tenía que colocar las fichas de dominó y ver cómo caían.
Eso era lo que hacía aquella noche. Observando. Esperando. Seguro de haberlo dispuesto todo a la perfección. Después de toda la tensión del último año, ella por fin, por fin , había vuelto al club. Había vuelto a él . Y pensaba asegurarse de que no volviera a dejarlo jamás.
Las altas botas de Maggie relucían a la luz de las velas, como si estuvieran mojadas, mientras recorría con la mirada la sala: las parejas del sofá del fondo, los mirones apostados en las esquinas.
Ella había sido una de ellos en otro tiempo, limitándose a observar, a imaginar.
Durante meses había acudido a aquel club para mirar.
Después, había dejado que otro hombre la tocara. Luego otro. Y al final… él.
Por eso estaba allí ahora: por él. Haciéndose la difícil, contemplando al otro lado de la pista en penumbra a las demás personas disponibles, simples cuerpos calientes con los que pasar la noche. Provocándolo. Poniéndolo a prueba. Elevándolo a nuevas cotas al fingir que podía escoger a otro.
Contuvo una sonrisa, procurando no parecer demasiado impaciente. Aquella noche era suya. En cuanto sus miradas se encontraran, en cuanto lo invitara a acercarse, él actuaría. Se revelaría ante ella. Y la haría suya en la vida real, más allá de las paredes de aquel club en penumbra.
Maggie levantó la mano de repente y señaló al hombre que estaba en el centro de la sala.
Era más grande que los hombres que solía escoger cuando iba allí, musculoso y ancho, con vello en el pecho y un piercing en el pezón.
Un tatuaje multicolor le cubría el brazo izquierdo como una manga: una maraña de serpientes retorciéndose, tres de ellas asomando por las cuencas de una calavera negra y roja. Llevaba una pulsera verde en la muñeca.
Parpadeó. Al principio no estuvo seguro de lo que veía, pero entonces la comprensión se abrió paso con una claridad atroz. No.
El hombre tatuado se acercó a Maggie, con una sonrisa rozándole los labios bajo la máscara de cuero, que dejaba al descubierto su mandíbula.
Se llevó una mano a su propia máscara y se tocó la barbilla. El cuero le cubría toda la cara. Había una abertura a la altura de la boca, pero las facciones que podían delatar su identidad, incluso la forma de la mandíbula… estaban ocultas. Todo oculto. Como siempre.
La tensión le recorrió la espalda cuando el hombre tatuado se acercó aún más a Maggie.
Escrutó la sala, entrecerrando los ojos, tratando frenéticamente de encontrar una forma de sortear el problema.
Una distracción, quizá, y el hombre retrocedería, dejaría que Maggie lo viera a él.
Solo a él. Una pareja estaba acurrucada en un enorme sillón de cuero; aquel sillón no tenía asiento, lo sabía a ciencia cierta.
No miraban hacia él. Tampoco los dos hombres apoyados contra la pared, atizando el apetito para la velada.
¿Podía usar las velas? ¿Prender fuego a una?
No, ella lo vería si hacía cualquier trastada.
Así que ¿qué podía hacer? ¿Qué podía hacer?
Tenía que hacer algo .
El hombre tatuado estaba todavía más cerca. Mirando a Maggie. Mirando a su amor.
Maggie sonrió, echándose por encima del hombro la melena incendiada, y… ah . Se volvió hacia él. Sus miradas se encontraron y el corazón se le elevó. Lo había visto; por fin lo había visto. Ahora apartaría de su órbita al hombre tatuado y acudiría a él, lo invitaría a acercarse.
Se le relajaron los hombros. Tenía el estómago revuelto por la tensión, pero el malestar remitía cuanto más tiempo sostenía ella su mirada.
¿De qué se había preocupado? Solo había estado provocándolo; ahora estaba clarísimo.
Ella no apartaba los ojos de los suyos, aunque ya sabía que su pulsera era verde, conocía cada curva de su cuerpo incluso en la penumbra, los planos duros de su abdomen, el olor de su pelo a Kevin…
exactamente a Kevin. ¿Creía que aquello solo estaba en su cabeza?
¿O se daba cuenta de que él cultivaba ese aroma a propósito, para hacerla feliz, para que se sintiera cómoda? ¿Para que lo amara?
Le sonrió. Pero aún tenía que esperar a que ella lo invitara. Ella llevaba la pulsera roja. Él, la verde. Así era como ella lo quería, como le gustaba.
Y él pensaba hacerla feliz.
Dio un paso al frente, con los hombros tensos; no podía evitarlo. Los ojos de ella lo llamaban, lo atraían desde las sombras.
Ella se volvió.
Se le paró el corazón.
Maggie volvió a mirar al hombre tatuado, que seguía aproximándose. Seguía sonriendo. Y entonces… ella también sonreía. No a él. Al otro hombre. Al hombre de los tatuajes.
El fuego le estalló en las entrañas, un infierno que le subió al pecho y le abrasó el cuello. No. Aquello no podía estar pasando.
El hombre tatuado se acercó hasta quedar al alcance de la mano. Maggie señaló la puerta del fondo de la sala: la sala privada de juegos. El hombre se volvió y se dirigió hacia ella, siguiendo sus indicaciones.
Maggie lo siguió en silencio a través de la neblina de la sala. Las velas parpadeaban sobre la espalda desnuda del hombre que había escogido, un seductor revoloteo de luz.
No, no, no.
Maggie cruzó el umbral y miró hacia atrás. Él permanecía inmóvil, atónito, a pocos pasos de la puerta, con el corazón convertido en un pedazo de piedra fundida. ¿Había atravesado la sala corriendo? No se había dado cuenta, pero ahora estaba allí, ante la puerta, mirando fijamente. Temblando.
Maggie ladeó la cabeza; los rizos rojos le cayeron sobre el brazo.
Los pulmones se le contrajeron; el aire no servía de nada. Aquello no tenía que estar pasando. Todo estaba mal.
Pero, estuviera mal o no, estaba ocurriendo. Maggie cerró la puerta a cámara lenta y, cuando desapareció la rendija, él asintió hacia ella. Te perdonaré, Maggie. La había perdonado por Kevin, por Reid, y la perdonaría por aquello. Aquel hombre tatuado jamás podría darle lo que ella quería.
Él sí. Lo sabía todo sobre ella: sus comidas favoritas, sus artistas favoritos. Sus flores favoritas.
La recuperaría. Solo necesitaba el regalo perfecto.
La puerta de la sala de juegos palpitaba con sombras. Imaginó al hombre tatuado dentro, sujeto a la cama con las correas que deberían haberlo inmovilizado a él. La rabia le arañó las entrañas; la sangre le hervía. Retrocedió y se encaminó hacia la salida.
No podía perder los nervios cuando había invertido tanto tiempo.
Y ahora resultaba evidente que ninguno de sus regalos anteriores había demostrado su afecto como era debido: no había pensado a lo grande.
Demostraban lo bien que la conocía, pero no hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Mostraban su cariño, pero no su compromiso.
¿Cuál sería el regalo perfecto para San Valentín?
Una sonrisa se le fue dibujando lentamente en la cara.
Quizá el corazón del hombre tatuado serviría.
Los muertos no ven es la cuarta novela de la serie Juegos de la mente. ¡Consigue Los muertos no ven aquí!
Los muertos no ven
Capítulo 1
Reid
Las escaleras eran una puerta al infierno, aunque desde fuera no lo parecieran.
Nada especial, en apariencia: los peldaños metálicos estriados repicaban bajo sus zapatos como campanas, las paredes de cemento estaban desconchadas, la pintura marcada de hoyuelos como cicatrices de acné; imperfectas, sí, pero no peligrosas de por sí.
Sin embargo, Reid sentía el peligro en los huesos, lo olía en el aire, en aquel hormigueo metálico al fondo de la lengua.
Fuera lo que fuese lo que le esperaba, no iba a ser bonito.
La belleza era para los artistas, no para los detectives de Homicidios.
La oscuridad al final de la escalera era espesa y neblinosa, una humedad que casaba con el aire de julio.
En aquella zona de la ciudad quedaban pocos edificios abandonados, pero el almacén de la planta superior había estado ocupado hasta hacía poco por una empresa de embalajes: yesca de pared a pared.
No había sorprendido a nadie que un incendio arrasara la fachada orientada al sur, y ninguna empresa —ni siquiera la de embalajes, que había hecho de aquel lugar su hogar— había vuelto para reclamar los escombros.
Arriba, el cartón grueso, enmohecido y aún empapado del agua cargada de minerales de las mangueras de los bomberos llenaba de bruma el aire cálido, como en la jungla.