Capítulo 28 #3
Alex tragó saliva. Los hombros se le quedaron inmóviles y el rostro se convirtió en una máscara inexpresiva.
Maggie no sabía si aquella calma repentina era buena señal; a veces, los suicidas parecían más felices justo antes de saltar.
Y había una pequeña parte de ella que quería que Alex saltase: la parte que, incluso entonces, veía a su hermano pequeño, a su hermanito preocupado, acercarse a una chica herida en el bosque.
Había querido ayudarla. Y ella lo había asesinado, joder.
—Recuerdo que me pasé toda la noche pensando que no quería que tuviera frío —susurró Alex.
A Maggie le escocieron los ojos.
—Pero estaba muy cerca de la casa... demasiado cerca. Usé una carretilla de carga. Tardé un día entero en llevarlo hasta el pozo. Se me saltaron la mitad de los puntos —Maggie apenas lograba oírla por encima de las ráfagas de viento—. Intenté hacer que desapareciera. Solo quería que desapareciera.
Sam se cruzó de brazos, con el rostro descompuesto. Maggie se acercó un poco más, las manos alzadas como si pudiera alejar a Alex del borde con la mente.
—Deberías habérmelo contado.
No deberías haberlo matado.
Alex sorbió por la nariz; el pelo rubio se le pegaba a las orejas.
—No era tan fácil. Tú y yo no nos conocíamos entonces.
Y si le contaba a alguien lo de Aiden, tendría que contarles lo de mi pecho, lo de Dylan.
No quería que las autoridades buscasen a mi madre, pero también pensaba que la policía traería a Dylan de vuelta a Fernborn.
Él siempre había querido desaparecer; tenía dinero de la caja fuerte.
Esperaba que se fuera para siempre, porque si volvía...
—Lágrimas y lluvia le goteaban de la barbilla—. No saldría viva de esta. No otra vez.
—¿Y por qué no hiciste que lo detuvieran? —preguntó Maggie.
—Lo intenté. —Miró al suelo, al pozo oscuro, oscurísimo—.
Mi madre también. Siempre se libraba. Siempre tenía una razón, una coartada.
Y entonces solo tenía dieciséis años, así que tampoco es que fuera a ir a la cárcel.
Como mucho, a un centro de menores; luego saldría al cumplir los dieciocho y me mataría mientras dormía.
—Le tembló el labio. Se quedó mirando el agujero—. Así, al menos, tenía una oportunidad.
—Tienes mucho más que una oportunidad. —Maggie avanzó con cautela, acortando la distancia entre ambas; cada una a un lado del pozo—. Dylan está muerto. Como mi hermano. Como Kevin, a quien quería... Me hiciste creer que era un asesino.
Alex negó violentamente con la cabeza, pero no levantó la cara.
—No puedes saberlo.
—Tristan sí —soltó Maggie, aunque su mente se negaba a aquietarse; los pensamientos le corrían por la cabeza como la lluvia por la cara: me mentiste, me mentiste todos estos años.
— No puede —insistió Alex.
Por fin levantó la vista. Sus ojos azules, inyectados en sangre, tenían una expresión penetrante y segura.
—Identifiqué esa camiseta, la que encontraron con su cadáver, pero Dylan es inteligente. Tan jodidamente inteligente, Maggie. Y es despiadado de cojones. Podría estar en Fernborn ahora mismo y no tendríamos ni idea.
Sonaba paranoica, pero Maggie entendía su punto de vista: autoprotección.
Salvo su abuelo, los hombres de la familia de Alex eran monstruos.
Su madre había intentado desaparecer, había dejado atrás a su única hija para sobrevivir y había fracasado.
Alex apenas había logrado salir con vida, y había perdido partes de su cuerpo para conseguirlo.
Y Aiden... él solo había querido ayudarla.
Si Alex caía ahora al pozo, la muerte de su hermano no habría servido de nada.
Sus pensamientos se calmaron, pero la garganta seguía atenazada, como si una mano la estrangulara.
—Necesitamos tu testimonio para sacar a Sammy del apuro —consiguió decir Maggie—. Tienen su sudadera entre las pruebas. Y cuando descubran que mi madre fue quien llamó desde Yarrow para dar aquel chivatazo...
Alex soltó un jadeo. Dio un traspié y el corazón de Maggie se disparó, pero no podía alcanzar a Alex desde el lado opuesto del pozo. Iba a verla morir. Sammy se lanzó hacia delante.
Alex recuperó el equilibrio justo a tiempo. Se apartó del borde y clavó los ojos en Maggie.
—Tu madre... ¿ qué ?
Su corazón. Joder, su corazón. Como una ardilla en temporada de nueces.
—Tenemos mucho de qué hablar. Pero Sammy ya no tiene coartada. Parece más culpable que nunca. —Maggie sintió las lágrimas calientes en las mejillas—. Por favor, ayúdame a hacer lo correcto. Y no lo hagamos cerca de este pozo.
—Bueno... eso sí que es una reflexión profunda —dijo Sammy.
Alex lo fulminó con la mirada.
—Cállate, Sammy —dijeron ella y Maggie al unísono.
Aquellas tres palabras no eran, ni de lejos, la manera perfecta de decir adiós, pero era imposible negar que sonaban a últimos jadeos, aunque Maggie no lograra definir del todo qué era lo que estaba terminando.
El bosque tenía dientes, y su corazón era un agujero dentado: horroroso, terrible, brutal y desgarrado por veinte años de dolor.
Pero la despedida era real. Era lo correcto.
A veces, eso era todo lo que se podía pedir.