Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Eso dijo ella.

Maggie miró por encima del hombro.

—Vaya.

—Demasiado pronto, vale. Pero, al grano: le dije a tu madre que una amiga mía había matado a alguien. Y que no sabía qué hacer.

—Y… ¿mi madre dijo sin más que se encargaría? Llevaba la camiseta empapada, pegada a la piel.

—Para entonces ya había visto las heridas que tenías.

Debió de pensar que yo te estaba protegiendo a ti .

Por aquel entonces eras la única amiga mía que ella conocía; a Alex la había conocido esa misma noche.

Y, repito, no creo que supiera que era Aiden.

Aún no. Yo tampoco lo sabía. Entonces todavía no te había visto y no tenía ni idea de que Aiden hubiera desaparecido.

Y, en cuanto su madre se dio cuenta de que su hijo había desaparecido, ató cabos. Había intentado ayudar a la única hija que le quedaba.

Maggie aminoró la marcha al llegar a una bifurcación.

El repiqueteo de la lluvia sobre las hojas sonaba ahora más fuerte, aunque ya no sentía la tormenta sobre la piel empapada.

A la izquierda, el sendero parecía normal, salpicado de hierba rala y piedras.

Intacto. Inútil. A la derecha, la tierra surcada por roderas se internaba por un camino más tupido, encapotado bajo ramas bajas.

Maggie fue por allí, agachándose bajo las enredaderas y adentrándose en las sombras.

Se arriesgó a mirar por encima del hombro. Sam también entrecerraba los ojos, estudiando el sendero. Él nunca había visto el cadáver; no había sido quien se deshizo de Aiden. Tampoco sabía adónde ir.

—Lo siento muchísimo, Maggie —dijo, apartándose una rama de la cara—.

Jamás se me ocurrió que tu madre pensara que habías sido tú.

Conocía a la madre de Alex, a su padre...

Eso es lo que dijo Alex. Creí que deduciría que tenía que ver con ellos.

Creí que le había contado lo suficiente.

Pero tenía el cerebro como... frito por el pánico o algo así.

Y para cuando entendí lo que había pasado, Alex ya me la había jugado.

Me dijo que había envuelto el cuerpo con una sudadera que encontró en la carretera.

Yo no encontraba la mía. Me incriminó sin querer: el único chico negro de Fernborn, el tío que la había llevado en bici al hospital. Era de cajón.

Maggie negó con la cabeza y redujo el paso para bordear una extensa mata de zarzas.

—¿Usó tu sudadera para envolver el cadáver?

—Sí, es una auténtica mente criminal.

—Corre, Sammy.

—¿Y si prefiero que me pegues otro puñetazo? —resolló él.

Podemos hacer las dos cosas. Se detuvo a un lado del camino, echó el brazo atrás y le atizó en el hombro con todas sus fuerzas. Otra vez, el dolor le iluminó los nudillos; el codo le lanzó una punzada afilada y rabiosa. Se apretó los dedos palpitantes con la otra mano.

—Joder, ¿eres de metal o qué?

—Luego te dejaré darme una patada en los huevos. Imani no quiere más hijos de todos modos.

—Vale —dijo ella, enderezándose antes de reanudar la marcha cuesta arriba.

—Vale —repitió él—. Pero no es un «vale, esto se ha acabado», ¿verdad?

Maggie negó con la cabeza, con los ojos fijos en el bosque desolado y la bóveda de hojas que goteaba.

—No. Esto definitivamente no se ha acabado.

Quizá no se acabaría nunca. No, Sammy no había enterrado a nadie.

No había matado a nadie. Había intentado protegerla; se lo había contado a la madre de Maggie.

Las cosas se habían descontrolado y, cuando se dio cuenta, ya no podía deshacerlo sin hacer daño a Alex, sin poner en peligro el futuro de la madre de Maggie.

Fabricar pruebas, falsear llamadas... era ilegal.

Pero debería habérselo contado de todos modos. Debería habérselo contado, joder.

El sendero trazaba una suave curva en forma de C, con un gancho al final, y cuando doblaron el último recodo, ambos se detuvieron. Un árbol gigantesco les cerraba el paso, bloqueando por completo el camino.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sam.

Maggie ya escudriñaba el suelo. Las ramas del árbol caído entrechocaban, el viento aullaba, la lluvia tamborileaba contra la maleza. Pero, por encima de todo aquello, había otro sonido...

Maggie se volvió hacia la izquierda, ladeando la cabeza. ¿Un ciervo? No; demasiado lastimero, demasiado agudo.

Un gemido.

Sam también lo había oído. Ya se internaba a toda prisa fuera del sendero, en lo más profundo del bosque, siguiendo la estrecha franja abierta por el árbol derribado y ensanchada por el Departamento de Policía de Tysdale.

—¡Alex! —gritó Maggie.

No hubo respuesta. Pero, al cabo de unos minutos, distinguió la cinta policial, azotada por la brisa como las colas de una cometa.

Maggie aceleró el paso, con el sudor resbalándole por la espalda junto con la lluvia, siguiendo a Sammy.

Al menos los agentes habían apisonado la tierra; habían abierto un camino directo hasta el pozo.

Sammy frenó en seco, patinando, y Maggie se estampó contra él, con la cara aplastada contra su omóplato.

Le ardió.

—¡Joder! —Se apartó hacia la derecha, frotándose la nariz, y asomó la cabeza por detrás del brazo de Sammy.

Alex estaba al borde del pozo, con los ojos clavados en la oscuridad.

—Lo siento —dijo tan bajo que sus palabras podrían haberse confundido con la brisa.

—Lo que más me cabrea es que me hayas hecho correr —dijo Maggie, acercándose—. Trotar , Alex. Ahora aléjate del borde, ¿quieres? No te caigas. No te mueras aquí como Aiden. Ya hemos perdido a demasiados.

—Yo no corro a menos que algo me persiga —dijo Sammy.

—Él sí me perseguía. —Alex levantó hacia Maggie sus ojos hinchados, pero no se apartó del pozo—.

Cogí un cuchillo y salí corriendo hacia el bosque.

Había un tocón enorme y hueco donde solía esconderme cuando mis padres se peleaban; nadie me había encontrado allí nunca.

No tengo ni idea de cuánto tiempo estuve escondida, pero estaba mareada, vomitaba; creía que me moría.

Y había tanto silencio. Para entonces también estaba oscuro.

Así que salí pensando que podría llegar al hospital, pero entonces lo oí venir.

No me dio tiempo a volver a meterme en el tocón. Intentó agarrarme y...

Se le quebró la voz. El aire se le escapaba de los pulmones en jadeos; se convulsionaba con tal violencia que Maggie temió que acabara cayendo al agujero. Las puntas de sus zapatos sobresalían del borde de piedra.

—Creo que solo quería tocarme el hombro, comprobar que estaba bien, ¿sabes?

Y yo... reaccioné. Todo el rato no dijo nada; ni una sola palabra.

Y era tan... p... pequeño. —Inspiró con un largo resuello, y los pulmones de Maggie se agarrotaron—.

Lo empujé dentro del viejo roble, el mismo donde me había escondido. Luego corrí hasta la carretera.

Y Sammy la llevó al hospital en bici. Lo más probable era que los restos de aislante se hubieran transferido a la ropa de Alex cuando Dylan la atacó.