Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Epílogo #2
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Epílogo #2

Pero aquí abajo… no debería estar tan oscuro aquí abajo .

El equipo forense ya estaba en el lugar; la puerta permanecía abierta gracias a un trozo triangular de madera encajado bajo ella.

Durante una fracción de segundo, Reid imaginó que se había equivocado de sitio, que alguien lo había atraído hasta allí por algún motivo que él desconocía.

Un motivo mortal. Pero oía a los demás más allá de la puerta sumida en tinieblas: el roce de los zapatos, el murmullo bajo de los agentes, el tintineo de los instrumentos.

Era la cacofonía inconfundible de una escena del crimen.

La mera presencia de un cadáver apagaba las voces de los vivos, devoraba las almas con la misma fiabilidad con que las ratas devoran la carne de una víctima.

Dios, esperaba que no hubiera ratas.

Reid llegó al final de la escalera. Como si hubieran anticipado su llegada, una luz se encendió en algún punto tras la puerta abierta.

El resplandor de sodio reventó contra la pared a su derecha y luego se apartó cuando ajustaron el cuello del foco, seguramente para iluminar la escena y no el voluminoso culo de Reid agachándose para pasar por la abertura, con traje y pañuelo de bolsillo incluidos; siempre más pulcro de lo necesario.

Reid necesitaba aquella pulcritud como un ancla en plena tormenta.

Necesitaba estar físicamente entero cuando el resto del mundo era un sangriento desastre.

Pero… vaya. El suelo estaba desnudo, completamente libre de escombros.

Inesperado. ¿Había limpiado el asesino? Si era así, su diligencia se había quedado en el suelo.

Las paredes de cemento estaban veteadas de mugre, estrías negras y marrones como barrotes desiguales de una prisión: escorrentías de los productos de papel empapados del piso superior.

El foco apuntaba entonces a la esquina más alejada de la sala.

Aunque Reid aún no veía a la víctima, olía la muerte por encima del moho y del polvo espeso que se le pegaba a la garganta como ceniza.

Inspiró y cerró los ojos un segundo más de lo que dura un parpadeo, intentando ver la habitación como la habría visto el asesino. Los técnicos desaparecieron. La luz se atenuó. El zumbido del aire enmudeció.

Reid abrió los ojos y avanzó. Las paredes parecían estrecharse a cada paso, y el foco, mal orientado, hacía relucir la pared del fondo de tal manera que dejaba a la víctima en sombra.

Lo único que distinguía era un contorno impreciso, una forma amorfa sentada en el suelo: un objeto inanimado, desprovisto de sustancia, de esperanzas, de sueños.

Cuando sus ojos se acostumbraron, pudo distinguir sus manos, las muñecas atadas por encima de la cabeza, la cuerda rodeando una gruesa tubería metálica del techo, los extremos deshilachados y erizados bajo la luz gris y mortecina que entraba por la ventana del fondo.

Sus brazos se movían a sacudidas mientras forcejeaba contra las ataduras.

Oía el timbre de sus últimos gritos. La oía suplicándole que la dejara marchar.

—¡Joder! —dijo uno de los técnicos mientras manipulaba el foco, y la voz de la víctima se apagó cuando el resto de la sala regresó de golpe.

Ahora solo se oían el tintineo del pie del foco y la voz del técnico situado a su izquierda, que examinaba el suelo con polvo revelador en busca de huellas.

Mientras acortaba la distancia hasta la mujer muerta, una figura corpulenta junto al cadáver se alzó como una aparición y avanzó hacia la luz que proyectaban las cuadradas ventanas del sótano.

—¿Por qué has tardado tanto, Hanlon?

Clark Lavigne era una apisonadora humana: negro, calvo y de sonrisa fácil.

Licenciado en literatura francesa, era la última persona que Reid habría esperado que se hiciera policía, pero lo había visto en acción: nadie debía ponerse en su contra.

Nadie con dos dedos de frente. Reid, desde luego, no lo haría.

Clark seguía esperando una respuesta, con sus espesas cejas fruncidas por la preocupación, y no le faltaba razón.

Reid se había quedado atrapado en una reunión sobre el programa escolar de verano de su hijo; bueno, de su hijo de acogida.

Otro incidente , cada uno más sangriento que el anterior.

Primero los puños, luego las uñas y, esta vez, un lápiz.

El chico necesitaba otro colegio; uno sin otros niños, si había que creer al director.

—He tenido una reunión —dijo Reid.

—Ah.

Era una palabra cargada de significado, pesada.

Clark le había advertido que no acogiera al chico: Ezra tenía ciertas tendencias psicopáticas.

Incluso Maggie, su compañera psicóloga, le había avisado de que el camino hacia la recuperación sería largo y quizá no condujera adonde él quería.

Parecía que tenía razón. Casi siempre la tenía.

Pero nadie más hacía cola para quedarse con el niño: era Reid o un hogar tutelado, probablemente un centro de menores... o algo peor.

Como Reid no contestó, Clark prosiguió:

—La encontraron dos chavales de camino a casa, al salir del colegio. Estaban haciendo el idiota y rompiendo cristales. No volverán a hacerlo.

—O lo harán aún más, buscando ese subidón.

Ezra, desde luego, lo haría.

Clark parpadeó. Los dos se volvieron cuando la luz cambió otra vez y por fin iluminó a la víctima como si estuviera sobre un escenario para su gran debut. Las formas informes adquirieron contorno y color y...

Clark se tensó. Reid la miró fijamente, con el corazón dando traspiés y la tráquea cerrándosele hasta tal punto que fue incapaz de aspirar aire. Oh, no. Oh, no, no, no.

El pelo rojo de la víctima centelleaba como fuego.

Pero no era una víctima cualquiera. Más de una vez había pensado que su melena parecía aliento de dragón; la última, cuando se había desparramado sobre su almohada.

Había esperado repetir aquella experiencia en cuanto su hijo se acostumbrara a la idea, pero...

Era demasiado tarde.

Los pulmones le ardían, como si tuviera brasas al rojo vivo dentro; el pecho, tenso y dolorido.

Reid dio un paso al frente, movido por la inercia más que por su propia voluntad, mientras el mundo lo arrastraba a su órbita.

Tenía las muñecas atadas con una cuerda de nailon, como ya había visto, pero ahora distinguía las heridas en la cara interna de los brazos.

Le habían abierto un profundo zigzag en una axila, como si el asesino hubiera jugado al Zorro entre los ásperos pelos.

Heridas más profundas en el vientre. Tenía los antebrazos y las piernas pálidas, al descubierto bajo los pantalones cortos vaqueros, cubiertos de moratones.

Había sufrido abusos antes de que la mataran. Salvajemente.

Pero aquellos pantalones cortos... Maggie no tenía pantalones cortos vaqueros, ¿verdad? No la había visto nunca con vaqueros, de hecho. Ni con pantalones cortos, ya puestos.

Reid se deslizó al otro lado del cadáver, con el corazón retumbándole en los oídos, ahogando las voces de los técnicos. Se arrodilló, intentando verle la cara. La cabeza le colgaba inerte hacia un lado; el pelo rizado le cubría el hueco de la mejilla y le ocultaba un ojo.

Con una mano enguantada, Reid apartó suavemente el pelo rojo de la sien pegajosa, sosteniendo aquella masa coagulada como si descorriera una cortina.

—Mierda —dijo Clark.

Reid tragó saliva, pero no apartó la mirada.

La mejilla era un amasijo de sangre seca y tejido inflamado; la carne estaba seccionada de parte a parte, atravesando el músculo, y la herida era tan profunda que los bordes se abrían como unos labios, dejando al descubierto el pálido hueso del pómulo. Y los ojos...

Lo miraban, vidriosos y desmesuradamente abiertos: azules. No marrones.

Los hombros se le aflojaron y los pulmones se le destensaron.

Reid aspiró una bocanada de aire con sabor metálico.

No es Maggie. Gracias a Dios, no es Maggie.

Pero el pecho seguía oprimiéndole. Aquella mujer seguía siendo la niña de alguien, la esposa de alguien, la amiga de alguien. Y lo que el asesino le había hecho...

Frunció el ceño, cautivo de aquella mirada muerta.

Podía verle los ojos, pero no porque tuviera los párpados abiertos.

Unos cortes finos y limpios le cruzaban la carne justo bajo el arco de cada ceja.

Y, a juzgar por la sangre que le surcaba las mejillas, aún estaba viva cuando se lo hizo.

Seguía respirando cuando le cortó los párpados. Cuando la mutiló.

—Sabes a quién se parece, ¿verdad? —dijo Clark—. El pelo, la complexión...

Reid no podía apartar la vista, y tampoco necesitaba responder. El parecido con Maggie era inconfundible. Lo vería cualquier idiota. Aquello no tenía pinta de ser una coincidencia.

Y aquel almacén tampoco parecía el final.

Reid parpadeó ante las mejillas ensangrentadas de la víctima, la carne arrancada de los huesos, las profundas laceraciones que le atravesaban el abdomen. El sospechoso se había tomado su tiempo. Había disfrutado de cada minuto escuchando gritar a aquella pobre mujer.

Se le erizó el vello de la nuca. No, aquello no había terminado. Para su asesino, era un juego.

Y no había hecho más que empezar.

¡Consigue Los muertos no ven aquí!