Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Me dijiste que la chica tenía cáncer. Pensé que, si su abuelo conseguía la custodia, quizá el seguro cubriría sus facturas médicas. Pero para entonces ya no era asunto mío. A su padre ya lo habían encerrado. Alex no corría peligro. Su madre tampoco, que yo supiera. Mi parte estaba hecha.

Y si hubiera avisado a la policía de que la mujer no había regresado a casa cuando debía, podría haber destapado toda la operación, expuesto a otras víctimas de maltrato.

—Para ti todo se reduce a controlar los daños. —La voz de Maggie era un graznido áspero, con bordes de papel de lija al vibrarle en la garganta—. ¿Por eso hiciste que alguien llamara desde Yarrow?

Su madre se le quedó mirando. El viento aullaba a su alrededor, pero el silencio era aún más ensordecedor; le gritaba en los oídos.

—¿También dejaste allí la libreta de Aiden?

Por fin, su madre bajó la cabeza y parpadeó mirando al suelo. Asintió, pero no apartó la vista de la hierba. Sus dedos se cerraban como garras alrededor de la urna, aferrándose a Aiden como si pudiera arrancárselo a la muerte.

—Lo hice. Eso es lo único que importa.

Calor. Fuego en el vientre.

—Le diste una coartada al verdadero asesino.

Eso es lo que hiciste. Porque yo no lo hice y no me puedo creer que pensaras que sí, joder.

¿Por qué no me lo preguntaste sin más? Podríamos haberlo resuelto juntas en vez de imaginar lo peor de mí, y no puedo…

—Las palabras le salían disparadas de los labios tan deprisa como le corrían por la cabeza—.

No puedo. No era una frase completa, pero le parecía suficiente.

No puedo. Ya no puedo seguir con nada de esto. No puedo.

Su madre levantó la cara; sus ojos azules suplicaban, desesperados.

—Lo siento, Maggie. Lo siento de verdad.

Y nunca pensé que lo hubieras matado por venganza.

Pensé que había muerto en algún accidente trágico y que te daba demasiada vergüenza contárnoslo.

Visto con perspectiva, fue una locura hacer lo que hice.

Si le hubieras hecho daño a Aiden… podríamos habernos mudado.

Podríamos haber hecho mil cosas para asegurarnos de que estuvieras bien después.

Pero no estaba bien de la cabeza, ni aquel día ni durante mucho tiempo.

Aquella noche solo podía pensar que había perdido a mi hijo, pero todavía tenía una hija a la que proteger.

Todavía tengo una hija a la que proteger.

Pero algo de lo que acababa de decir le erizó el vello de la nuca a Maggie. Que había muerto.

—¿Sabías que estaba muerto, mamá? ¿Lo sabías con seguridad?

Asintió. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Siento haberte culpado, Maggie. Tu padre tenía razón. No eras capaz de hacer algo así.

—Una vez le clavé un cuchillo en la cara a un tío. — Toma ya, mamá. Chúpate esa. ¿De verdad quería decir eso justo entonces?

Su madre parpadeó.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—La noche en que Aiden desapareció. Dylan, el hermano de Alex, el mismo que la atacó y le arrancó un pecho.

—Maggie sostuvo la mirada de su madre, intentando recordar cómo era ser pequeña, intentando recordar el consuelo de sus brazos, pero solo veía dolor, una pena tan mordiente, tan aguda, que brotaba de sus ojos para desgarrarle las entrañas—. Pensaste que era una asesina.

Las lágrimas le rodaron por las mejillas, mezclándose con la bruma fría que se le adhería a la piel como el rocío de la mañana.

— Sí había una amenaza en casa de Alex, mamá. Pero yo también me equivoqué. Estuve a punto de casarme con el mejor amigo de Dylan.

—¿Dylan? —Su madre soltó un bufido—. No conocía a Kevin.

Maggie se secó los ojos; la piel le quedó pegajosa.

—Dylan sí conocía a Kevin. Alex lo admitió. Eran mejores amigos.

Su madre frunció el ceño.

—¿Cómo iba a conocerlo? Ese chico estaba interno en un colegio.

—Vivían un poco más arriba. Aunque solo volviera a casa por vacaciones…

—Sammy también vivía un poco más arriba. ¿Crees que él conocía a Dylan? —Negó con la cabeza, incrédula—. ¿De verdad crees que te habría dejado casarte con él, cariño? ¿Que habría permitido que unieras tu vida a la del mejor amigo de un psicópata? —Su mirada era dura, firme, segura.

Su madre se acercó y le puso una mano en el brazo. Arenilla en los dedos. Aiden en los dedos. Apretó.

—Te lo prometo: Kevin nunca conoció a Dylan. En toda su vida.

Maggie cerró los ojos contra el viento, contra la mirada de su madre.

En su cabeza resonaron las preguntas que ella y Reid llevaban haciéndose desde que encontraron los huesos de su hermano: ¿Por qué iba Kevin a llevarte al lugar donde estaría Dylan?

Reid había pensado que formaba parte de un plan de venganza.

Pero si Kevin no conocía a Dylan, que ella y Kevin estuvieran en aquel edificio solo había sido un accidente. Una coincidencia. Kevin era… inocente.

Y aquello era una constatación terrible.

Porque significaba que Kevin no tenía ningún motivo para ayudar a Dylan.

No había sido él quien arrojó el cuerpo de Aiden.

Otra persona había tirado a su hermano a aquel pozo; alguien con quien su madre había hablado.

Alguien a quien mamá habría creído si le hubiera dicho que Maggie lo había hecho.

Aún quedaba una pregunta muy importante. Pesaba más que el cielo preñado de lluvia.

—¿Cómo sabías que Aiden estaba muerto, mamá? ¿Por qué estabas tan segura? —La voz le salió en un susurro.

Su madre le sostuvo la mirada. Después se apartó y volvió a girarse hacia la lápida.

—Deberías preguntárselo a Sammy.

Sammy. Maggie soltó un jadeo, ahogándose en lágrimas, con la garganta demasiado estrecha. Su madre volcó la urna. Las cenizas salieron volando, se arremolinaron contra el vestido de su madre, se posaron sobre la hierba y cubrieron de polvo la parte superior de la lápida.

—Deja de marearme, mamá. Me debes más que eso. Me debes una explicación.

—Lo sé. Pero no me corresponde a mí darla. Sam quiere contártelo él mismo.

—¡Me importa una mierda lo que quiera Sam!

Su madre se volvió hacia ella, con los ojos rebosantes de lágrimas: pena verdadera, quizá arrepentimiento por cómo habían acabado las cosas.

—Se nos acaba el tiempo. ¿Quieres decir algo, cariño? ¿Antes de que tenga que irme?

La furia de Maggie se estremeció y se le asentó en lo más hondo del vientre, donde ardía como un cuchillo al rojo vivo.

Aquello no era solo despedirse de Aiden.

El novio de su madre volvería dentro de unos minutos, y entonces se irían.

Incluso antes de que descubrieran los huesos de Aiden, su madre ya planeaba dejar atrás a Maggie.

Y ahora ya no había vuelta atrás. No había manera de que pudiera quedarse.

Adiós, mamá. Pero las palabras se le atascaron en la garganta. No consiguió decirlas en voz alta; solo pudo respirar con dificultad entre las cenizas que giraban en el aire. Maggie negó con la cabeza.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de su madre, y en ellas Maggie vio sus vidas: a mamá animándola mientras papá le enseñaba a montar en bici; a mamá bailando en la cocina; los desayunos juntas, cuando la atosigaba con preguntas sobre su vida amorosa.

Todos aquellos años, contenidos en minúsculas gotas nacaradas.

Era demasiado tarde para crear más recuerdos.

Siempre era demasiado tarde.

Le ardía la garganta, tenía las vías respiratorias bloqueadas; ya no podía mirar la cara de su madre.

Cada lágrima caída le ensanchaba el agujero dentado del pecho.

Maggie bajó la mirada hacia la lápida y parpadeó para aclararse la vista.

El nombre de Aiden nadaba ante sus ojos. Parpadeó con más fuerza.

Y, cuando su madre bajó la urna hasta el suelo, Maggie lo vio.

Se acercó despacio, como a cámara lenta, y examinó la piedra gris, el nombre de Aiden grabado en el frontal. Pero arriba había una mancha de algo más oscuro.

Un corazón, con un lado más grande que el otro, dibujado en rojo.

Marcado con sangre.