Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

R eid se quedó en el porche hasta que ella le cerró la puerta en las narices; sus ojos ambarinos estaban cargados de preocupación. Echó la llave. Y el cerrojo.

Mamá le dio una coartada al asesino.

Las palabras le retumbaron en la cabeza una y otra vez mientras se enfundaba a toda prisa unos vaqueros y una camiseta.

Se calzó las Dr. Martens, por si acaso. El cielo era una masa de gris plomizo, surcada por franjas color carbón que los ocasionales relámpagos volvían aún más negras.

Para cuando llegara, el lugar al que iba podía ser un auténtico lodazal.

Pero no tenía elección. Ya no quedaba tiempo.

Tras hablar con Reid, se le había ocurrido dónde podía estar su madre, y para cuando se subió a su Sebring estaba aún más segura.

Una llamada rápida a la funeraria confirmó sus sospechas: alguien ya había recogido las cenizas de Aiden, ni media hora después de que las hubieran procesado.

Y su madre le había dicho a la funeraria dónde pensaba esparcirlas cuando llamó: una ceremonia en su casa .

El único hogar que le quedaba a Aiden era su tumba.

¿Había sido otra pista para Maggie? Eso esperaba.

Maggie comprobó el retrovisor al salir del camino de entrada, pendiente del Bronco de Reid o de cualquier otro coche de policía, con o sin distintivos, pero nadie la siguió fuera de la urbanización.

Había esperado que Reid fuese tras ella; pensaba que tendría que encadenar unos cuantos giros bruscos y dar un rodeo por un aparcamiento subterráneo, pero la carretera a su espalda permaneció despejada.

Acostarse con él no le había conseguido información puntual sobre el caso, pero, por lo visto, le daba cierto margen para esconder a su madre ilegalmente. Bueno saberlo.

Aun así, no dejaba de mirar hacia la autopista a su espalda.

Una vez más, por si acaso. Porque las palabras que le habían atravesado el cerebro mientras se vestía seguían asaltándola, repitiéndose en su cabeza, recordándole que mamá le había dado una coartada al asesino. El asesino podía ser cualquiera.

Que su madre hubiera hecho aquella llamada lo explicaba todo y no explicaba nada.

Sammy y Alex ya no tenían coartada, pero tampoco móvil.

Dylan sí lo tenía, y que Kevin estuviera implicado seguía encajando, al ser el mejor amigo de Dylan.

Pero, si no habían necesitado convencer a Aiden para que se subiera al coche, quizá Kevin no tuvo nada que ver con el asesinato en sí.

Puede que Aiden fuera al edificio a buscarla, como había sugerido Reid, y Dylan le hundiera un cuchillo en el corazón antes de que siquiera pudiera entender qué pasaba.

Sin sufrimiento: una sola estocada mortal y todo habría terminado.

Pero, para haber llegado a urgencias de Cerora, Dylan tenía que estar en la carretera cuando dejaron el cadáver de Aiden.

No podía haberse adentrado tanto en el bosque y haber salido a tiempo para que lo encontrara un conductor de paso.

Y el cadáver tenía que haber sido abandonado aquella noche, salvo que lo hubieran trasladado dos veces: al día siguiente, el edificio ya había desaparecido. Dylan también.

Así que Kevin lo había ayudado a ocultar el cuerpo.

¿Cómo iba a hacerlo él solo? Una carretilla no cabría por aquellos senderos del bosque; era demasiado aparatosa para servir de nada.

Y Kevin no tenía otros amigos por entonces, que ella supiera.

Si eras íntimo de un psicópata, más te valía evitar los celos siempre que pudieras.

Entró en el aparcamiento del cementerio, sorprendida de haber llegado: no recordaba absolutamente nada del trayecto.

El cielo estaba más oscuro; una neblina fina empañaba el parabrisas con una película de humedad, y el viento soplaba a ráfagas que levantaban pequeños tornados de hojas danzantes.

No había otro coche en el aparcamiento. Su madre no tenía vehículo, pero había esperado encontrar allí a Birman, conduciendo lo que condujeran los leñadores de circo: un coche de payasos. Y... nada.

Se le oprimió el pecho mientras subía apresurada por el sendero, frotándose los brazos cubiertos de piel de gallina.

Las colinas se extendían a ambos lados, la grava crujía bajo sus pies y el cielo descendía sobre ella como almohadas de niebla dispuestas a asfixiarla.

Silencio, salvo por la brisa. Demasiado silencio.

Quizá se equivocaba. Quizá su madre se había llevado consigo las cenizas de Aiden y ya estaba en un avión. Quizá había esparcido sus restos en su lujosa isla sin tratado de extradición. En su nuevo hogar.

Pero a Maggie se le cortó la respiración al coronar la colina que llevaba a la tumba de su hermano.

Su madre estaba allí. Tenía razón . Pero el alivio le duró poco; enseguida dio paso, a partes iguales, a la furia y al dolor, a un ardor que le atenazó los pulmones.

Puede que consiguiera respuestas —las respuestas que necesitaba—, pero aquello no dejaba de ser una despedida.

No tendrían mucho tiempo, no si su madre pretendía huir de Fernborn…

o del país. Y Maggie no tenía la menor intención de detenerla; ni siquiera se le había ocurrido.

¿Era raro? Tal vez no. Ya había perdido demasiado, y su propia lealtad jamás había estado en duda. No como la de Alex.

Su madre estaba junto a la tumba, frente a la lápida y de espaldas a Maggie, con el largo vestido verde agitándose en la brisa que precedía a la tormenta. Al acercarse, Maggie distinguió la brillante urna azul que sujetaba entre las manos. Por lo visto, la caja de cartón no había bastado.

—¿Mamá? —Apenas logró pronunciar la palabra. De pronto, no tenía ni idea de por dónde empezar.

—Me alegro de que hayas venido. —Los hombros de su madre se irguieron, pero no se volvió—. ¿Cómo está Sammy? He oído que lo tenían retenido.

—No estoy segura. ¿Dónde está tu novio, el de la orden de alejamiento? —No había mordiente en sus palabras. Solo sonaba cansada.

Tras una pausa, su madre dijo:

—Volverá enseguida. Es un buen hombre; aquella orden fue solo un malentendido. Pero ahora mismo nada de eso importa.

Metió la mano en la urna y sacó un puñado de cenizas.

El viento se las arrebató y dispersó el cuerpo de Aiden en remolinos por el aire.

La opresión alrededor de las costillas de Maggie se intensificó.

Su madre tenía razón: Birman no importaba, el pasado no importaba y, en cuanto a su vida amorosa, sabía cuidarse sola.

Pero aquel polvo era todo lo que quedaba de su hermano. Estaba ahí y, de pronto, ya no. Y no sentía que aquello cerrara nada. No se había sentido mejor después de tocar su cráneo en la funeraria. ¿Iba a sentirse mejor después de aquello? Poco probable.

Su madre contempló cómo se desvanecía el polvo, con la mirada clavada en sus dedos.

—¿Cómo está Alex?

Alex . Le escocieron los ojos; le ardió la cara. Maggie se llevó los dedos a la mejilla. Mojada. Menudo híbrido de funeral e interrogatorio. ¿Debía gritar, bombardearla a preguntas o limitarse a llorar y decir unas palabras bonitas sobre su hermano? En vez de eso, murmuró:

—No sabría decirte nada de Alex.

—¿Por qué no?

Porque mintió sobre el cáncer. Porque Kevin y su hermano eran íntimos y no me lo contó.

Porque no puedes ser amiga de alguien que guarda tantos secretos.

Ni familia tampoco. ¿Qué sentido tenía justificar nada de aquello a esas alturas?

Había cosas demasiado rotas para arreglarlas, y tenían mucho de qué hablar en los pocos momentos que les quedaban allí.

Estaban perdiendo el tiempo, pero Maggie no lograba ordenar sus ideas.

Las palabras se le atascaban en la garganta, como si intentaran prolongar la que quizá fuera la última conversación cara a cara entre ella y su madre.

Maggie se aclaró la garganta.

—Han asesinado a la madre de Alex.

No era exactamente una respuesta a la pregunta de su madre, pero se acercaba lo suficiente.

Por fin, su madre se volvió hacia ella. Tenía el rostro demacrado, y las ojeras bajo los párpados inferiores eran tan oscuras que Maggie habría pensado que aquel gilipollas de Birman le había dado un puñetazo, de no ser por las telarañas rojas que cruzaban sus ojos inyectados en sangre y las lágrimas que le goteaban de la barbilla.

Y, cuando su madre sostuvo su mirada, Maggie lo recordó: Cree que he sido yo. Cree que maté a mi hermano.

Su madre negó con la cabeza.

—Bueno, es una putada. A veces pasan esas cosas, pero… uno espera lo mejor.

¿Eso es todo lo que tienes que decir? Maggie se acercó más, tanto que le pareció notar arenilla en el aire, aunque no había polvo alguno en la brisa.

—¿Por eso dejaste a Alex en aquella casa con su padre maltratador? ¿Porque esperabas lo mejor?

Escupió las palabras con más violencia de la que pretendía. ¿Crees que soy una asesina, mamá? ¿Crees que maté a tu hijo?

Su madre bajó la urna — mi hermano — hasta la cadera, y Maggie casi pudo ver a Aiden allí, como cuando eran pequeños, aferrado a su madre mientras ella regaba las flores.

Le ardían los pulmones; le temblaban las manos.

Tenía demasiadas emociones recorriéndole la sangre como descargas.

Confusión. La dulce punzada de las despedidas.

Un amor cruelmente intenso. Gratitud —su madre había intentado salvarla— y rabia porque hubiera creído, para empezar, que Maggie era capaz de matar a Aiden.

Y, por encima de todo, la tristeza, envenenándole las venas con una angustia vital que le hacía difícil respirar.

—La madre de Alex tenía un plan para que encerraran a su padre. Solo pensaba desaparecer unos meses… unas semanas, si lograban arreglarlo así. —Su madre se secó de la frente el rocío, la humedad de las nubes.

—¿Y después? ¿Cuando su madre no volvió?

Mamá frunció el ceño.