Capítulo 25
M aggie salió del restaurante con un peso en el estómago. La comida picante se le revolvía, le daba vueltas, se retorcía tanto como sus pensamientos.
Su madre y el detective. Birman y mamá estaban…
juntos. ¿Era verdad? Y, si lo era, ¿habían estado juntos durante la investigación sobre la desaparición de su hermano?
¿Había salido mamá con él mientras se divorciaba de su padre, durante todo su matrimonio con Jerry?
Tendría sentido que Birman fuera quien le había quitado aquella pulsera telemática.
Pero él tenía antecedentes de órdenes de alejamiento. Mamá no saldría con un maltratador, ¿verdad?
Maggie apenas había salido del aparcamiento cuando agarró el móvil y pulsó el manos libres.
Tristan respondió al primer tono.
—Justo iba a llamart…
—¿A qué coño viene ese mensaje de esta mañana?
Las palabras le salieron de golpe. Los dedos se le tensaron alrededor del volante.
No lo había llamado por eso, pero apenas habían pasado doce horas y, desde luego, aquella rabia no se había apagado; oír su voz le hizo arder la cara.
¿Sabes por qué tu madre confesó el asesinato de Aiden? Que te den, Tristan.
—Solo para que quede claro: ¿eso ha sido un poco mejor o un poco peor que mandarte flores por tu cumpleaños?
Sabía que era por los malditos regalos. Gilipollas.
Las flores no eran el problema, y él lo sabía.
Los diamantes, los billetes de avión, las entradas para conciertos…
no eran lo mismo que unas flores de cumpleaños, y ella le había pedido que dejase de hacerle regalos de ningún tipo.
Se estaba saltando ese límite a propósito.
Para un ricachón como Tristan, quizá los diamantes y las flores eran lo mismo: calderilla. El silencio se prolongó.
Al final, él suspiró.
—Se me rompió el móvil; lo estampé contra la entrada de casa de tu madre. No me sabía de memoria tu contacto ni el de nadie, y luego seguí una pista y no tuve tiempo de comprar otro hasta ahora. Pensé que Reid te lo contaría.
Una excusa bastante verosímil. Pero, por mucho que estuviera furiosa, tenían asuntos más importantes de los que preocuparse. Respiró hondo para estabilizar la voz.
—Encuentra a mi madre y quedamos en paz. Se está follando a Birman.
—Sí, ya lo sé. Eso era lo que iba a decirte. Birman es quien allanó su casa. Y la tuya. Lo tengo en las cámaras de la autopista alejándose de los dos lugares.
—Seguramente fue a las dos casas a buscarla —dijo Maggie, frunciendo el ceño.
Mamá tenía que haber roto con él si iba por ahí diciendo que ella había confesado el asesinato de Aiden… si había tenido que entrar por la fuerza en su casa. Pero entonces, ¿quién le había quitado la pulsera?
Y… Va a por ti. Lo siento. ¿Creía que Birman intentaría hacerle daño a Maggie para vengarse de su madre?
Quizá. Tenían otros sospechosos por la muerte de Aiden —Dylan, Kevin—, pruebas de que ella no estaba implicada, pero eso no había impedido que Birman la tratase como a una criminal.
Joder, quizá mamá estuviera huyendo del propio detective.
Quizá su desaparición no tuviera nada que ver con Aiden, aparte de haber ocurrido en el peor momento posible.
La idea de que Birman le pusiera la mano encima a su madre hizo que el estómago se le convirtiera en una bola de acero fundido.
—¿Birman está con ella ahora? —preguntó.
—Birman ha desaparecido. Se está escaqueando del trabajo; ha dejado a Malone interrogando a Sammy él solo. Tu madre sigue desaparecida, pero no puedo saber si están juntos. No hay señal de móvil en ninguno de los números que conocemos.
Pero si mamá estaba huyendo, aprovechando la red que había utilizado para proteger a tantas otras mujeres maltratadas, no llevaría el móvil encima. ¿Podía alguien de aquella red quitar una pulsera telemática? ¿Lo haría? Esa parte… no le cuadraba.
—Nunca debió encargarse de este caso —dijo Maggie—. Es un conflicto de intereses.
Puso el intermitente y adelantó a un Camry que circulaba cinco millas por hora por encima del límite. Ya había dejado a Owen comiendo polvo.
—Sí, estoy contigo. Y he encontrado algo más interesante. Hace tres meses, la semana en que tu madre incumplió las condiciones de la pulsera, Birman compró billetes de crucero para él y una mujer sospechosamente parecida a tu madre.
Maggie frunció el ceño mientras miraba la autopista. ¿Una… doble?
—No lo entiendo.
Pero entonces lo entendió.
—No toman huellas para embarcar en un crucero. Si el documento de identidad es válido y te pareces a la foto, adelante. Para alguien como Birman no es difícil conseguirlo.
—Quieres decir para un policía.
—Sí. A más largo plazo, seguramente pensaban recurrir a métodos más sofisticados de suplantación de identidad. Tenían previsto zarpar la noche en que la detuvieron. Si se hubiera ido con él en vez de volver a casa, habría logrado escapar.
—Estaba huyendo. Quedó con él en el restaurante para irse de viaje.
Y, por la razón que fuera, habían discutido y ella se había marchado hecha una furia. Había… vuelto.
—Hay más.
—Suelta.
—He encontrado a tu chico.
El cambio de tema la dejó aturdida, como si le hubieran propinado una bofetada. Se pasó al carril derecho y redujo la velocidad.
—¿Qué chico?
—El psicópata que te mordió. El hermano de Alex.
Hizo una pausa, quizá para crear efecto dramático, quizá porque estaba consultando los datos y quería asegurarse de no equivocarse.
—La noche en que murió tu hermano, llevaron en ambulancia a urgencias de Cerora a un adolescente mayor. Llegó a las nueve y estuvo allí toda la noche. Heridas en la cara que encajan con lo que describiste.
—Pero… Cerora está a dos horas. Y en dirección contraria a Yarrow. ¿Se habría equivocado Tristan? Nunca se equivocaba. —¿Usó su nombre?
—Bueno, no, no dio ningún nombre. Tampoco llevaba documentación; un conductor que pasaba por allí lo encontró en una cuneta junto a la interestatal. Estrelló el coche robado contra un árbol, pero no comprobaron las matrículas hasta la mañana siguiente. Para entonces ya había desaparecido.
—Pero… si Dylan estaba en un hospital de Cerora a las nueve, no fue él quien hizo daño a mi hermano.
No hay manera de que atacara a Alex y luego aún estuviera allí para matar a Aiden cuando Kevin volvió de Yarrow.
Dylan no pudo matar a Aiden. La frase le retumbaba en la cabeza, una y otra vez.
Él estaba en el hospital mientras alguien llevaba a su hermano de vuelta a Fernborn. ¿Cómo era posible?
Detrás de ella sonó un claxon. Miró por el retrovisor y luego el velocímetro.
Iba diez millas por hora por debajo del límite.
Apretó el acelerador; su cabeza estaba a kilómetros de aquella carretera.
Que Kevin hubiera matado a Aiden era horrendo, sí, pero el trayecto por el bosque era largo.
Dylan era un tipo grande: podría haber cargado con Aiden. Kevin no. Solo, no.
Había alguien más con él. Alguien ayudó a Kevin a deshacerse del cuerpo de Aiden. Quizá no era tan descabellado aquel comentario improvisado de Reid sobre tirarlo en la parte trasera de una moto. Si Kevin tenía moto.
—¿Maggie? ¿Sigues ahí?
Cuando ella gruñó para hacerle saber que sí — mm-hmm —, él prosiguió:
—Tengo una cosa más. Mejores noticias. Tres semanas después encontraron en Ohio a un adolescente con la misma complexión que Dylan.
La descomposición había hecho estragos, así que identificarlo fue complicado.
Lo registraron como John Doe; por eso no pudimos encontrar el nombre de Dylan en ningún registro de defunciones.
Pero, con esa herida tan característica en la cara, diría que tenemos a nuestro hombre.
También encontraron una camiseta junto al cuerpo.
Seguramente la llevaba en el coche para contener la hemorragia.
Alex confirmó hace veinte minutos que era suya.
—¿Murió?
—Sí. No se quedó para recibir la atención que necesitaba; seguramente la septicemia acabó rápido con él. El cuerpo no presentaba más heridas.
Solo aquella herida en la cara. La herida que ella le había hecho.
El mundo se cerró a su alrededor. Lo maté.
El hermano de Alex estaba muerto. Pero aquello apenas suponía un alivio: seguían sin encajar demasiadas cosas.
Aiden había estado en Yarrow mientras Alex y Sammy estaban en urgencias, pero alguien había envuelto su cuerpecito en la camiseta de Sammy.
¿De verdad todo había sido obra de Kevin?
—Aún necesito que encuentres a mi madre, Tristan.
—Lo estoy intentando, pero está completamente fuera del radar…
—Llamó a la funeraria y les envió por fax los papeles para incinerar a Aiden.
—Joder. Vale, eso solo me llevará unos minutos. —Hizo una pausa—. ¿Has dicho un fax? ¿Quién coño sigue usando…?
—Tristan, por favor.
—Espera un segundo…
De fondo sonaba el tecleo de un teclado. Debía de estar en casa. Reid había dicho que tenía un montaje de la leche.
—Vale, en realidad era un correo electrónico escaneado, y venía de… Ah.
—¿Qué?
—De la fiscalía —dijo.
El claxon volvió a sonar detrás de ella, pero esta vez no respondió pisando el acelerador. Tenía el pie dormido.
—No puedo garantizar que fuera Sammy —continuó Tristan—, pero… parece que desde su móvil llamaron a la funeraria esa mañana. ¿Habría dejado que tu madre llamara desde su teléfono?
Imani le había dicho que Sammy había llamado al trabajo. Pero no estaba en casa. ¿Había estado con su madre? ¿La había encontrado y no le había dicho nada a Maggie?
Tal vez Birman hubiera ido a la fiscalía. ¿Podría haber enviado aquel fax en nombre de su madre? Pero la llamada, la llamada desde el móvil de Sam… había sido por la mañana, mucho antes de que entrara en el interrogatorio. A menos que se lo hubieran robado, Sam tendría el móvil encima.
Sentía los párpados cubiertos de papel de lija. El corazón se le había quedado diez tallas pequeño y le vibraba dentro del pecho. ¿Qué papel habían desempeñado sus amigos en todo aquello? ¿Cómo estaba implicada su madre? ¿Y Birman? ¿Qué demonios había pasado aquella noche?
¿Y por qué nadie parecía capaz de decirle la verdad?
—Tristan, yo… necesito pensar en esto, ¿vale? Y mientras tanto, busca a mi madre y a Birman.
Tenía algunas preguntas y, como había dicho Owen, tenía derecho a respuestas.
Esta vez el silencio se alargó tanto que pensó que había colgado, hasta que él tosió.
—¿Quieres que mantenga en secreto lo del fax?
—Por favor.
Otra pausa.
—Vale. Y entonces me deberás una, ¿no? Igual puedo hacer dos acampadas: una con mi hermano y otra contigo. Prometo no volver a mandarte flores.
Casi se había olvidado de la acampada. Maggie había intentado obligarlos a reconciliarse, pero las buenas intenciones a veces salían mal. Debería haberlo visto venir.
Él seguía esperando una respuesta. Y ella no tenía fuerzas para discutir con él, no aquella noche. Podía ser brusco y avasallador, pero al menos le decía exactamente lo que quería.
—No será una acampada —dijo con un suspiro—. Pero sí. Te deberé una.