Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 26
82%

Capítulo 26

M aggie condujo de vuelta a casa pendiente de los coches extraños.

Y también de los conocidos: el Escarabajo de Alex, el Fusion de Imani, el Jeep de Sammy, incluso el Toyota de Jerry.

Pero el coche de Owen no llegó a alcanzarla, ni siquiera después de que redujera la velocidad mientras hablaba con Tristan, y regresó a casa de su padre sin visitas ni nadie siguiéndola, aparte de la patrulla de Reid, claramente visible en la calle.

Tampoco recibió más llamadas ni mensajes.

Ninguna noticia de nadie a quien quisiera ni de nadie a quien no.

Fuera lo que fuese que estuviera haciendo su madre, fuera lo que fuese que Sammy estuviera ocultando, estaba claro que no era precisamente legal.

Algo estaba pasando. Algo tan importante que merecía la pena arriesgarse a acabar en la cárcel.

No iban a detener a Sammy por lo que había hecho a los trece años, pero sí que se metería en problemas por ayudar a su madre, una delincuente condenada, a saltarse la ley.

¿Debería llamar a Imani? ¿Y decirle qué? ¿Que creía que Sammy escondía algo, pero no tenía ni idea de qué podía ser? ¿Que Sam y su madre estaban compinchados? ¿Que Birman y su madre podían estar compinchados? ¿La gente seguía diciendo «compinchados»?

Aquello era cruel. Preocupación y preguntas sin una sola forma de aliviar la ansiedad. Hasta que las personas a las que quería decidieran dejar de mentirle, solo le quedaban las conjeturas.

Para cuando Maggie cerró con llave la puerta principal, dejando fuera el coche patrulla que había en la calle, sus pensamientos se habían convertido en un lodazal: viscoso, espeso, lento.

Tenía el estómago lleno. Le pesaban los huesos.

Le dolía la cabeza. ¿Cuándo había dormido por última vez?

Solo habían pasado dos días desde que encontraron el cuerpo de Aiden, pero, por cómo le raspaban los párpados como papel de lija, podrían haber sido semanas.

Maggie se quitó los pantalones de una patada y se dejó caer en la cama, todavía con el móvil apretado en el puño, medio esperando que se iluminara con una llamada de su madre, alguna noticia de Reid, quizá Sammy. Pero la pantalla negra solo le devolvió la mirada.

El corazón se le contrajo: demasiado deprisa, con demasiada fuerza.

Las sombras se espesaron. Cuando las esquinas de la habitación empezaron a centellear y cada destello de la trémula luz de la luna le trajo a la mente los extremos brillantes de los huesos de los brazos de Aiden, se levantó del colchón y encendió la luz del pasillo.

Le hirió los ojos, pero convirtió la luz de la luna en una bruma apagada e hizo desaparecer los huesos de su hermano de entre las sombras.

Cuando despertó, el móvil estaba junto a su rodilla.

Alex le había escrito — Maggie, siento muchísimo lo de Kevin, de verdad —, pero esa no era una batalla que necesitase librar ahora mismo.

No tenía fuerzas para perdonar. No esa semana.

No le quedaba energía para preocuparse por si Alex lamentaba haberle hecho saltar por los aires la vida al dejar que casi se casara con un asesino.

Maggie dejó caer las piernas al suelo, cogió unos pantalones cortos y recorrió descalza el pasillo hasta la cocina. Estaba demasiado cansada para ducharse, demasiado cansada para lavarse los dientes. Demasiado cansada para comer.

Así que no hizo nada de eso.

La encimera estaba cubierta de pétalos. No había puesto las flores en agua, quizá como una pulla pasivo-agresiva contra Tristan y su desmedido entusiasmo por hacer regalos.

Maggie recogió el ramo entre los brazos y abrió como pudo la puerta que daba al garaje; después, el portón automático de aluminio que daba al exterior.

El suelo de cemento estaba frío bajo los dedos descalzos, y el pavimento de la entrada le resultó áspero al pisarlo.

Arrojó todo el desastre al contenedor de basura con un suspiro.

Las flores la miraban; los capullos parecían ojos. Acusadores.

He matado a un hombre.

Había estado justificado, pero aun así la inquietaba. Quizá porque no le molestaba tanto como creía que debería.

Maggie cerró la tapa y se volvió hacia la casa, intentando quitarse aquel pensamiento de encima, pero se le había quedado pegado al cerebro como una bola de chicle mojada.

Se sentía como un vilano de diente de león zarandeado por el viento.

Cada vez que se daba la vuelta, aparecía algo distinto que la retorcía por dentro.

La muerte de su hermano. La desaparición de su madre.

Las mentiras de Alex. Sammy haciendo Dios sabía qué. Kevin... Kevin.

Hasta las flores le parecían una pulla: algo que no había pedido; es más, había pedido expresamente lo contrario y... allí estaban.

No tenía control alguno.

Sobre nada.

Maggie cerró de una patada la puerta del garaje a su espalda y barrió los restos del ramo hasta el cubo de basura. El estuche de terciopelo que contenía la pulsera de diamantes seguía abierto sobre la encimera, la joya centelleando. Lo cerró de golpe.

Pero la mirada se le quedó prendida en el regalo que había al lado: la fotografía enmarcada de Aiden.

Maggie la levantó y recorrió con el dedo el rostro de su hermano, intentando no ver en su mente el cráneo desnudo.

Reid había capturado la sonrisa de Aiden, un regalo difícil, casi imposible, de conseguir... de hacer bien.

Y había recreado el rostro de su hermano con tanta perfección.

Maggie no sabía cuánto tiempo llevaba allí, mirando fijamente a su hermano, con los ojos ardiéndole, pero el timbre la arrancó de su estupor.

Miró el reloj de la cocina. Las ocho. No había recibido llamadas.

Ni mensajes. Pero Tristan podía plantarle a su madre en la puerta igual que había hecho con aquellas flores.

¿Qué mejor manera de mantenerlo todo en secreto que colar a su madre en casa?

Maggie corrió hasta la puerta y miró por la mirilla, pero no era Tristan.

Reid estaba en el porche, con un brazo alzado para indicar al coche patrulla de la calle que se marchara.

Por lo visto, hoy le tocaba vigilar a Maggie.

Seguramente debería sentir algo al respecto, pero seguía teniendo la cabeza embotada. Tenía el pecho entumecido.

Abrió despacio. Reid la miró a los ojos y luego bajó la vista hacia sus manos. Maggie siguió su mirada hasta… su regalo. La foto de Aiden, todavía aferrada entre sus dedos.

Dio un paso atrás y asintió para que entrara.

—Bueno, ¿qué tal? Hace un tiempo precioso. ¿Has visto a los Steelers? Vaya, Maggie, has sacado de golpe todos los peores temas de conversación de una fiesta.

Él negó con la cabeza mientras cerraba la puerta tras de sí.

—No puedes evitarlo, ¿verdad?

—Por eso me quieres, ¿no? O te gusto, quiero decir. Mierda. No habría imaginado que las cosas pudieran ponerse todavía más incómodas, pero ahí estaban.

—Me has pillado. —Asintió con una sonrisa tensa—. ¿Vas a estar en la consulta esta semana?

—No, ya he reprogramado a mis pacientes.

O, más bien, antes de que ella se marchara del restaurante la noche anterior, Owen le había dicho que se encargaría de hacerlo.

El silencio se prolongó. Pero Reid no tenía que decirle por qué lo preguntaba. No estaba allí por ella, ni por Aiden, ni por su madre. Estaba allí por Ezra.

Se le tensaron los hombros. También la mandíbula.

No debería molestarle: era padre de acogida, claro que estaría preocupado por su hijo.

Y, sin embargo, le molestaba . El cadáver de su hermano había aparecido hacía dos días, estaban llamando a sus amigos para interrogarlos, su propia madre había desaparecido, ¿y a él le preocupaba una pelea en el patio del colegio?

La irritación le pinchó el pecho, pero logró preguntar:

—¿Cómo está Ezra?

—No muy bien. —Bajó la mirada al suelo—. Le pegó un puñetazo a otro niño en el colegio y le rompió la nariz. Y no quiere hablar conmigo. Nada. Está haciendo lo mismo que hizo después de… bueno, después de que muriera su padre.

Después de matar a su padre, querrás decir.

Pero el mutismo selectivo era significativo.

Ezra era más frágil de lo que había esperado; más volátil, lo bastante inestable como para que no quisiera introducir cambios importantes en su rutina.

De momento, lo trataría ella. Y durante los próximos seis meses trabajarían en derivarlo a otro psicólogo.

Owen no querría; no quería saber nada del departamento de policía ni de los tribunales.

Pero atendería al niño si ella se lo pedía.

Maggie esperó a que Reid levantara la cara y entonces dijo:

—¿Te contó que me vio salir ayer por la mañana?

Él hizo una mueca.

—Mierda.

Era una palabra cargada de significado. Ya había cruzado una línea ética al tratar a Ezra y acostarse con su padre de acogida, pero sin duda surgirían más complicaciones si intentaban compaginar su relación profesional con la personal.

—No creo que debamos seguir viéndonos, Reid.

Él frunció el ceño; tenía la mirada tensa.

—No tenemos por qué hablar de esto ahora.

—Pero tengo razón. Fue un error.

Reid se quedó mirándola, sin decir nada. Apretó los labios y rechinó los dientes; los músculos de la mandíbula se le marcaron, tensos como cuerdas.

Maggie se volvió y se dirigió a la cocina. Dejó la foto sobre la encimera, junto al joyero. Ya había dicho todo lo que tenía que decir sobre los dos. Y aún tenían un crimen que resolver. ¿De verdad había ido allí solo por el niño?

Se giró, dispuesta a regresar al recibidor, pero Reid la había seguido.

Estaba tan cerca que podía oler su jabón, con aquel aroma cítrico.

No apartaba los ojos de los suyos, y tenía los dedos tan cerca de su cadera que casi podía sentirlos rozándola, tirando de ella hacia él.

El corazón se le aceleró hasta desbocarse.

—¿Por qué has venido, Reid?

Le salió en un susurro, pero era la pregunta adecuada.