Capítulo 24
E l restaurante tailandés donde su madre se había saltado el perímetro de la pulsera telemática estaba a casi una hora de Fernborn.
Owen la siguió en su cupé nuevo, con la escolta policial de Reid no muy lejos detrás.
Ahora que sus hijos pasaban la mitad del tiempo con su madre, a Owen le estaba entrando un poco la crisis de los cuarenta.
Y Maggie lo apoyaba por completo. Se merecía todos los coches deportivos que pudiera manejar.
Se sentaron en un reservado esquinero, con rollitos de primavera, fideos y salsas picantes desperdigados por la mesa.
El estómago se le había asentado en el coche después de una caja de galletas saladas rancias y una botella de agua, pero el corazón seguía latiéndole demasiado deprisa y le dolían las sienes.
Maggie probó el pollo con cautela. Las sillas estaban tapizadas de tela oscura; las mesas eran de una madera color miel como la de la cafetería que frecuentaban Reid y ella. Las paredes lucían piezas de madera tallada. En pleno centro había una enorme fuente con un Buda.
¿Por qué estabas aquí, mamá?
Maggie nunca se había llegado a creer que su madre estuviera dispuesta a arriesgarse a ir a la cárcel por comida tailandesa: ninguna comida podía estar tan buena.
Y no se había salido por accidente del perímetro de la pulsera.
Había dicho que tenía un cortocircuito, y aquello se había confirmado, pero lo más probable era que hubiera fallado porque alguien la había manipulado, igual que habían hecho aquella semana.
¿Una prueba, quizá? Pero aun así... ¿por qué ese sitio? Era un riesgo innecesario.
Observó la sala y la forma en que el camarero caminaba con los hombros caídos: quizá lidiaba con algún tipo de dolor emocional, con la pena de una relación perdida.
Pero era demasiado joven para ser el novio de su madre y, si ella había ido allí, la persona con la que se reunía no trabajaba en el restaurante. Donde se come, no se caga, y todo eso.
¿Con quién estabas, mamá?
Maggie no quería ponerse en modo interrogatorio, pero quizá alguno de los empleados pudiera aclararles algo; al volver del baño ya le había enseñado una foto de su madre a un ayudante de camarero.
Sin suerte. Pero esa noche trabajaban cuatro camareros y, aunque habían pasado tres meses, su madre solía hacerse notar. Alguno debería recordarla.
Otra camarera pasó junto a ellos, risueña —con una sonrisa de oreja a oreja—, con una voz aguda y el aire de quien acababa de ganar la lotería. Maggie entrecerró los ojos y apartó la vista cuando la mujer miró hacia ella y sonrió.
Owen estaba masticando, pero tragó al cruzar la mirada con ella.
—Entonces, ¿vas a contarme por qué estamos aquí?
Llevaba toda la semana rehuyendo el tema —rehuyéndolo a él, de un modo u otro—. Y él se había ganado de sobra una explicación, aunque la hubiera seguido hasta allí sin pedirla. Joder, se la merecía precisamente porque había confiado en ella lo suficiente para seguirla.
Dejó los palillos y le contó a Owen todo lo ocurrido: cada detalle sobre la muerte de su hermano, la desaparición de su madre y el ataque que había sufrido.
Le habló de Alex, de Sammy, de Dylan y de su mejor amigo, Kevin.
Él escuchó atentamente, con los ojos cada vez más abiertos con cada nueva revelación.
—Siento que estoy perdiendo a toda la gente a la que quiero. Salvo a ti, claro —rectificó cuando él ladeó la cabeza—. Y a Imani.
Owen se recostó en el asiento del reservado, aturdido, pero no abrumado por la información como ella.
—Maggie, tienes derecho a estar enfadada, a hacerte preguntas y, por supuesto, a exigir respuestas.
Necesitas esas respuestas para sanar. Necesitas saber qué ocurrió aquella noche de cabo a rabo, hasta el último detalle.
Puede que la explicación sea sencilla: que el hermano de Alex recogiera de la carretera la sudadera de Sam mientras Sam estaba con ella en el hospital.
Dudo que fuera tan estúpido como para usar su propia camiseta si le hubiera hecho daño a Aiden.
Y no, puede que Alex y tú no logréis superar todo lo que te ocultó.
Pero, por ahora, ¿podemos admitir que no te dolería tanto si no te importara?
—Directo al modo psicólogo, ¿eh?
—Ya sé que piensas que soy un sentimental.
—La luz de la lámpara dibujaba destellos anaranjados en su pelo rubio—.
Escucha, entiendo que quieras repartir culpas, que quieras saberlo ya.
Por desgracia, todavía no podemos estar seguros de nada.
Y si demuestran que Kevin estuvo implicado, desde luego yo no lo perdonaría, pero tú tampoco tienes por qué hacerlo.
Él ya no está. La única persona que necesita perdón en esa relación eres tú.
Se cruzó de brazos y le lanzó una mirada cargada de intención.
A Maggie se le cayó la mandíbula. ¿Yo?
—No hice nada malo.
—Si Kevin tuvo algo que ver con la muerte de Aiden... y es un si muy grande… —Se encogió de hombros—. Presumes de saber leer a la gente, y se te pasó por alto algo enorme en el hombre al que amabas. Se nos pasó por alto a todos .
Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa y se llevó un trozo de rollito de primavera a la boca.
—Si te sirve de algo —dijo con la boca llena—, estoy furioso con Kevin por ti solo por haber mentido al decir que conocía al hermano psicópata de Alex.
Tragó; se le dilataron las aletas de la nariz y los ojos azules le ardieron, una rabia teñida de una pizca de excitación salvaje. Si Kevin estuviera allí en ese momento, Maggie no dudaba de que Owen, tan fiable y pacifista, le soltaría un puñetazo en la mandíbula.
Pinchó un trozo de pollo, pero tenía la lengua seca. Se lo tragó a la fuerza. Quizá por eso había rechazado la proposición de matrimonio de Kevin. ¿Había sabido, en el fondo, que él no era quien decía ser? Pero no. Si lo hubiera sospechado, no habría estado con él en absoluto.
Se le revolvieron las tripas. Los fideos del plato tenían un aspecto gelatinoso, resbaladizos como intestinos.
Tosió y lo disimuló con un sorbo de agua antes de atragantarse como una idiota y acabar bajo tierra junto a Aiden.
Esto no iba de ella, no ahora. Estaba aquí por su madre.
Pero ¿qué esperaba encontrar? ¿A un hombre con gabardina repartiendo folletos titulados «Cómo librarte de tu localizador»?
¿A un tipo con una camiseta que dijera «Ayudo a MILFs a desaparecer»?
Un novio no tendría que venir hasta aquí.
Incluso quedar con alguien para conseguir un pasaporte falso aquí sería de idiotas.
Salir del perímetro permitido por el localizador era pedir a gritos que apareciera la policía, te descubriera y desbaratara tu plan.
Era una estupidez que su madre hubiera venido aquí. Su madre era muchas cosas, pero estúpida no era una de ellas. Entonces, ¿por qué?
—¿Por qué lo hizo, Owen?
Él frunció el ceño.
—¿Alex?
—Mi madre. ¿Por qué este sitio? —Negó con la cabeza—. Se me está escapando algo; necesito tus ojos de loquero para que me digas qué no veo.
Owen sonrió.
—Puedes contar conmigo. Solo de pensar en esta misión clandestina ya me siento un poco escandaloso.
Alzó y bajó las cejas.
Ella estuvo a punto de reírse. Si hacer preguntas era escandaloso, ella era poco menos que un demonio disfrazado de cura, pero le seguiría el juego.
—Somos oficialmente cómplices, Owen.
Miró de reojo a la camarera que se acercaba: cuello alto negro, vaqueros negros, palillos sujetándole el pelo. Labios rosa chicle.
Él dejó caer otro rollito de primavera en su plato sin apartar los ojos de la camarera.
—Tú mandas. Conoces a tu madre mejor que yo.
¿La conozco? Pero asintió.
—Hola.
Los ojos castaños de la camarera chispeaban, aunque las ojeras insinuaban que estaba haciendo doble turno. O que tenía problemas para dormir.
—¿Qué más os puedo poner?
—Pues mi madre me dijo que tenéis un postre increíble. —La falsa alegría le raspaba la garganta como papel de lija; su voz rebosaba cordialidad nihilista—. Pero no logro recordar por nada del mundo cuál era.
La camarera apretó los labios de tal forma que parecía a punto de hacer una pompa.
—¿Sabes qué llevaba?
Maggie negó con la cabeza.
—No estoy segura de que me lo dijera. Con cuidado, Maggie. El personal es tu última oportunidad antes de tener que meter a Tristan en esto.
Y no le apetecía lo más mínimo hablar con él.
Se suponía que estaban trabajando juntos, pero habían pasado horas desde que él le había enviado aquel críptico mensaje sobre la confesión de su madre y todavía no le había devuelto la llamada.
Sí, Malone le había dado la información, pero aquello le parecía una provocación, un castigo por no haber apreciado sus regalos. Le parecía… vengativo.
Giró el teléfono hacia la camarera: la cara sonriente de su madre. ¿Volvería a verla en persona algún día?
—¿La conoces? Ya sé que es rarísimo, pero me está matando no poder acordarme. ¿Lo pillas? Matándome.
La mujer entrecerró los ojos ante la pantalla.
—Mmm. Me suena, pero no la atendí yo. No creo que pidiera más que algo de beber. Como que… salió hecha una furia.
Hizo una mueca.
¿Salió hecha una furia? Entonces había discutido con alguien. ¿Se había equivocado Maggie al pensar que se encontraría aquí con el novio? Parecía absurdo, innecesario si ya estaban follando en Fernborn, pero…
—¿Sabes quién atendió su mesa?
—¿Bobby? Pero hoy no ha venido.
A Maggie se le hundió el corazón. Habría sido demasiado fácil. Intercambió una mirada con Owen, pero él parecía tan derrotado como ella.
—A lo mejor puedes mandarle un mensaje a tu hermano —dijo Owen despacio—. ¿No estaba con ella?
Menos mal que está aquí. El poder del loquero.
Maggie se volvió justo a tiempo para ver a la camarera fruncir el ceño.
—Pues… creo que no. ¿Tu hermano es bastante mayor y tiene pinta de leñador?
El pecho se le contrajo; el aire se volvió más cortante, más frío. Pinta de leñador. Claro que es él.
—¿Llevaba cuadros? —consiguió decir—. ¿Se parece un poco al Joker sin maquillaje?
La camarera se mordió el labio rosa chicle, pero sonrió.
—Sí.
Maggie no necesitaba más confirmación. Llevaba camisas de cuadros desde que se conocieron, el día en que la interrogó por la desaparición de Aiden. Y había sido él quien, milagrosamente, recibió por mensaje de texto la confesión de su madre.
El estúpido de Nick Birman, con su cara de culo, su boca de payaso y su orden de alejamiento. Había estado aquí con su madre: era el novio de su madre. Y ahora intentaba inculparla del asesinato de Aiden.