Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Maggie, por Dios. No es que me lo ocultaras a propósito.

Si no hubiera estado lidiando con Katie y el divorcio...

La mirada se le fue hacia la mesa, hacia la caja —su hermano—, y volvió a ella.

No te disculpes por no habérmelo contado.

No has hecho nada malo. Ojalá lo hubiera sabido antes; así habría podido ayudarte.

—Pero… creía que hoy tenías que reunirte con tu abogado —dijo, frunciendo el ceño—. Y luego cenas con tus hijas, ¿no?

¿Qué día era?

Él negó con la cabeza.

—No. Bueno, sí, ese era el plan. Y sí me he reunido con el abogado.

Y después con el novio de Katie, que también es su abogado.

—Sonrió apenas, una sonrisa triste, cargada de arrepentimiento—.

He dejado que Katie se lleve a las niñas las próximas dos semanas.

No quería ser el malo ni hacer que Katie pareciera un monstruo.

Aunque un poco sí que lo es, no les conviene a las niñas vernos a la gresca.

California debería ser... divertido. —Owen hizo una mueca y tragó saliva con esfuerzo—.

En fin, esta semana soy todo tuyo. Lo que necesites, aquí estoy.

Le tembló el labio. Notó que se le encendía la cara.

Owen siempre había sido más tradicional, más formal, pero tenía un corazón enorme.

Y era la única persona capaz de escucharla y ofrecerle un hombro en el que llorar sin que ella sintiera que se estaba aprovechando de él.

Además, Owen no tenía ningún vínculo con su infancia ni con Aiden.

Ninguna hija que pudiera matar a su mascota por venganza o echar a perder lo que quizá habría sido una buena relación. No podía soportar más sorpresas.

Mañana tenía que resolver un asesinato. Mañana necesitaba encontrar a su madre. Pero aquella noche...

Aquella noche solo quería llorar.

Maggie dejó que las primeras lágrimas le rodaran por las mejillas, pero cuando Owen extendió los brazos hacia ella, se le quebró la respiración y el dique reventó. Se vino abajo, sollozando. Owen la envolvió entre sus brazos; el tweed de la chaqueta le raspaba la mejilla húmeda.

—Tranquila, Maggie. Estoy contigo. Lo resolveremos.

Se aferró a él, empapándole la camisa mientras daba salida a días de emociones contenidas. Los huesos de Aiden la contemplaban desde la mesa; probablemente Cleo la estaría oyendo hipar y llorar desde la habitación contigua. A Maggie le daba igual. Le daba absolutamente igual.

Nada de aquello era justo , joder.

No sabía cuánto tiempo había llorado, pero al final la respiración se le acompasó. Los ojos dejaron de derramar lágrimas. Owen la estrechó un poco más, sin decir una sola palabra. No hacía falta.

—Katie ha perdido la cabeza al dejarte. —Sorbió por la nariz. Le rugieron las tripas; se le había olvidado buscar algo de comer.

—Ya intenté decírselo. —Se rio por lo bajo, y su voz de barítono le hizo vibrar el tímpano—. Pero para gustos, colores.

—Desde luego. Yo tampoco le caigo bien.

—Bah, estaría celosa hasta de mi madre si la pobre siguiera viva. Creo que ya se acostaba con el que ahora es su novio antes de que nos separáramos, así que veía infidelidades por todas partes, incluso en el marido más fiel.

Maggie se apartó y se secó la cara con la manga.

—Pues es una cabrona, Owen. Encontrarás a alguien mejor.

Él se encogió de hombros.

—Puede ser. Le pediré a tu madre que me busque pareja, como siempre intenta hacer contigo.

Ah, claro... La desaparición de su madre no había salido en los periódicos.

Maggie forzó una comisura de los labios hasta dibujar una sonrisa aceptable, aunque su madre no iba a buscarle pareja a Owen.

Puede que no volviera a hablar con Maggie jamás, salvo para mandarle alguna postal ocasional desde las Maldivas.

Pero... vaya. Tenía razón. Su madre siempre intentaba convencerla de que tuviera más citas, como si encontrar pareja fuera la culminación de la existencia humana. Y se había casado con Jerry al cabo de unos meses. A su madre no le gustaba estar sola.

Owen ladeó la cabeza.

—¿Maggie? ¿Qué ocurre?

Pero Maggie se limitó a secarse otra vez la cara, mientras los pensamientos se le arremolinaban a toda velocidad.

Su madre había huido, pero no habría huido sola; eso ya lo había considerado.

También había considerado la posibilidad de que el misterioso novio de su madre la hubiera ayudado a quitarse el localizador.

Y tendría que ser alguien que supiera lo que hacía. Alguien que...

¿Que ya lo hubiera manipulado antes?

Volvió a mirar los huesos de Aiden, pero el cartón le pareció demasiado mate, el brillo de su cráneo demasiado lustroso, demasiado grasiento. La bilis le subió por la garganta. Apartó la vista de golpe.

—Ahora que sé que mi madre está viva, tengo que pasar por un sitio —dijo Maggie despacio. No tenía más que una fuerte sospecha, pero necesitaba confirmarla—. ¿Te apetece que vayamos a cenar algo?

—¿Ahora que tu madre está... viva? —Owen parpadeó—. ¿Es que en algún momento no lo estuvo?

Ella enlazó el brazo con el suyo y tragó saliva para contener las náuseas que le revolvían el estómago.

—Tenemos muchas cosas de las que hablar, Owen. Y qué mejor que hacerlo durante la cena.