Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Un poco brusca, aunque Maggie no se lo reprochaba; se lo merecía. Probablemente se merecía una patada en el ovario. O en el riñón. En algún sitio donde doliera.

Maggie la siguió por un pasillo con un papel pintado no muy distinto del de casa de su padre: flores doradas y enredaderas en relieve, extraordinariamente recargado, un bálsamo contra el silencio de los muertos.

La puerta doble al final del pasillo daba a la sala de preparación.

Más grande que la única sala de la morgue de Tysdale, pero aun así solo había una mesa.

Cleo se detuvo nada más cruzar la puerta y le hizo un gesto para que se acercara… hacia el acero inoxidable. Había extendido satén blanco sobre el acero. ¿Había visto Maggie una tela igual en alguno de los ataúdes? Pero ninguno de los del expositor contenía una caja.

El cuerpo de Aiden, reducido a un cubo de cartón.

Cleo se retiró de la habitación en silencio y Maggie se acercó.

Con cada paso se le aflojaba la tensión de los hombros.

Llevaba días debatiéndose entre el quién y el qué.

Cuál de sus amigos era culpable y cuál no.

Casi todas sus relaciones se habían visto comprometidas durante los dos últimos días, algunas por su propia mano.

Esto no era complicado. Era su hermano. Despedirse era el último paso; las preguntas se habían acabado. Mañana tendría que enfrentarse al duelo.

Maggie introdujo la mano en la caja. No sabía si había sido el forense o el director de la funeraria, pero habían limpiado los huesos de cualquier resto adherido: amarillentos, pero limpios.

Recorrió con un dedo el arco de la ceja.

De pequeños, jugaban a «el suelo es lava» siempre que tenían ocasión.

Una vez, Aiden se golpeó la cabeza contra el parqué al lanzarse de cabeza por encima de la mesa de centro, empapada de magma, y ella le suplicó que dejara de llorar, que no se lo contara a sus padres.

Ya no quedaba rastro de aquella lesión. Los dientes que faltaban resultaban inquietantes, más evidentes sin labios que ocultaran el hueco.

La policía se había llevado su separador dental.

Maggie lo quería de vuelta. También quería recuperar su ropa.

De pronto deseaba sostener, tocar y atesorar hasta el último retazo que hubiera estado con él cuando murió.

Quería despedirse de sus zapatos, de sus uñas, de los botones de sus pantalones.

Eran las cosas que había tocado mientras abandonaba este mundo.

Las cosas a las que se había aferrado cuando debería haberse aferrado a su mano.

¿Qué esencia podría absorber si abrazaba su chaqueta una vez más?

Le ardían los ojos y tenía la garganta agarrotada. Estaba siendo ridícula. Así es como acabas convirtiéndote en una acumuladora compulsiva, Maggie. Y, aun así, no conseguía librarse de la sensación de que había cosas sin hacer, sin terminar. Cosas que se le habían escapado.

Deslizó el dedo hasta la concavidad de la mejilla y después por el largo hueso de la mandíbula.

Liso, como su rostro, como su piel. Cuántas veces se había sentado junto a su lápida en el cementerio, con el embriagador aroma de las flores silvestres llenándole la nariz.

Ahora imaginó que olía su último aliento, encerrado en el calcio.

Podía oler la tierra, aunque ya no estuviera allí.

Había tantas cosas que ya no existían. Dos días antes, tenía dos amigos de la infancia a quienes quería más que a nada…

Maggie no tenía ni idea de qué sería capaz de perdonar durante los meses venideros, pero dejar que casi se casara con un asesino no estaría precisamente en lo alto de su lista de cosas que «dejar pasar».

Luego estaba su madre, escondida por voluntad propia, pero incapaz de volver sin que la detuvieran. Y Reid…

¿También lo había perdido a él? Ezra se estaba rebelando, así que era evidente que se habían equivocado en algo.

Pero había más. Reid no la había llamado para advertirle de lo de Malone, ni para retomar la confesión de su madre, ni para contarle lo de Sammy.

Si no hubiera ido a comisaría, quizá ni siquiera se habría enterado de lo de la madre de Alex.

Y ella seguía ocultándole cosas incluso entonces: no lo había llamado después de hablar con Alex.

Se habían acostado juntos, pero seguían sin confiar el uno en el otro. No era buena señal.

Maggie contempló la caja, las cuencas del cráneo, como si intentara encontrarse con la mirada de su hermano. Aiden se había ido, pero ella tenía aquellos huesos. Y la responsabilidad de deshacerse de ellos; de deshacerse de su hermano.

—Adiós, Aid. —Le tembló la voz—. Te sigo queriendo. Y te juro que encontraré a quien hizo esto.

—¿Maggie? —dijo una voz grave a su espalda.

Dio un respingo; los huesos repiquetaron al chocar entre sí, y se volvió de golpe. ¿Acababa de abofetear a su hermano muerto? Pero no tuvo tiempo de pensarlo; tampoco quería pensarlo.

Owen estaba en el umbral, con los dedos entrelazados delante del vientre y una ceja levemente arqueada. Era alto y ancho de hombros, con los músculos ocultos bajo el tweed y el caqui, pero en aquella habitación pequeña parecía todavía más grande.

—He pasado por tu casa, pero no estabas y entonces… bueno, lo he supuesto.

Lo ha supuesto. Que estaría aquí con Aiden. Dio un paso hacia él.

—¿Cómo lo sabías? Quiero decir, pensaba decírtelo, pero…

Él se encogió de hombros, algo avergonzado.

—El periódico.

¿El… periódico? Ah. ¿Habían sacado una noticia sobre Aiden? Claro que sí. Simplemente no se le había ocurrido, porque no veía las noticias locales ni leía el periódico local.

—Owen, lo siento muchísimo —dijo, acercándose a él—. Iba a contártelo, pero solo te vi aquel día, y luego estabas con el abogado...