Capítulo 23
C ondujo hasta la funeraria con las tripas retorcidas hasta formar un nudo prieto y el cerebro convertido en un estúpido amasijo dentro del cráneo.
¿Cómo se me ha podido escapar esto? Aparte de su iniciativa más reciente —repartir armas entre víctimas de violencia doméstica—, su madre tenía otro proyecto personal, menos ilegal: ayudaba a mujeres maltratadas a desaparecer.
Maggie siempre había creído que había empezado después de que Aiden desapareciera, después de que a su madre se le fuera un poco la cabeza.
¿No era eso lo que le había dicho? Ahora parecía que aquella cronología no cuadraba.
La prueba definitiva era aquella bolsa de lona.
Su madre siempre estaba organizando alguna colecta benéfica; cosas que hacía la gente cuerda en lugar de esconder personas o repartir pistolas.
Los padres de Sammy solían donar objetos que ya no utilizaban, y Sammy había jugado al béisbol exactamente una semana antes de descubrir que lo suyo era Dungeons para hacer daño a su familia como se lo habían hecho a él.
Pero las cosas no salieron según lo previsto.
Tanto si Dylan había buscado a Aiden como si la presencia de este en aquel edificio había sido una desafortunada coincidencia, su madre había puesto en marcha una cadena de acontecimientos que acabó con el ataque a Maggie y la muerte de Aiden.
Con razón su madre había querido olvidarse de Aiden; con razón había querido que Maggie pasara página. Desde el principio sabía —o al menos sospechaba— que ya estaba muerto, porque sabía por qué alguien querría hacerle daño. Y la culpa... sí, eso devoraría a cualquier madre.
Tomó la salida de la autopista. El tajo de cielo ensangrentado que se colaba por el parabrisas le hizo sentirse manchada.
Maggie seguía sin entender aquella confesión, sin saber si formaba parte de algún juego retorcido de Birman.
No tenía ni idea de por qué su madre había desaparecido en vez de quedarse a protegerla, por qué sospechaba que Dylan volvería después de que descubrieran los huesos de Aiden.
Algo debía de saber sobre Aiden, de algún modo.
¿Y por qué no la había llamado directamente, en vez de dejar aquella nota?
¿Protección, quizá? Aunque no para su hija: su madre no sabía que la madre de Alex estaba muerta, que ya no tenía que ocultar su paradero.
¿Habría huido para evitar aquel interrogatorio?
¿Daba por hecho que Reid protegería a Maggie?
Maggie no conseguía entender el comportamiento de su madre cuando esta jugaba con unas reglas que ella desconocía.
Y aunque no la hubieran encontrado cerca de los cimientos de aquel edificio, aún podía estar muerta. Era poco probable, pero...
Va a por ti. Lo siento. Si sospechaba de Dylan, debería haberlo dicho claramente. Incluso si creía que la madre de Alex seguía viva, Maggie tenía que correr más peligro que ella. Maggie no estaba escondida.
Aparcó al fondo del aparcamiento de la funeraria, con las manos temblándole y el pecho oprimido.
Un agente ocupó la plaza justo detrás de ella.
Esta vez no iba en un coche sin distintivos, sino en un coche patrulla con los rotativos y todo.
¿El hombre de Reid? Se había olvidado por completo de la escolta; ni siquiera la había notado durante el trayecto, lo cual no decía gran cosa de su capacidad de observación.
Era de esperar en su estado, pero no le gustaba saber que iba a ciegas.
El aire polvoriento del interior le hizo estornudar.
¿Polvo de huesos? No, claro que no. Solo el olor de las cosas viejas.
Muebles antiguos en el vestíbulo, moqueta industrial de pelo corto que bien podía tener treinta años, cojines descoloridos por miles de culos.
Al otro lado de unas puertas dobles, a su derecha, los ataúdes relucían desde todos los rincones de la sala de exposición.
La moqueta era un mar de burdeos amarronado, de un tono embarrado antes de tiempo, cuando los féretros pronto quedarían por completo cubiertos de tierra.
Maggie se acercó a un ataúd infantil, con almohadas de raso blanco y detalles azul marino, para el navegante de diez años más exigente. ¿Qué le gustaría a su madre cuando llegara el momento? Quería que la enterraran; ya había comprado una parcela en el cementerio, junto a la vacía de Aiden.
—Buenas noches.
Maggie se volvió.
La directora de la funeraria era una mujer baja, de rostro afable y muslos lo bastante generosos como para inspirar una secuela del primer gran éxito de Sir Mix-a-Lot.
Al ver a Maggie, abrió mucho los ojos. Cleo Pratt.
La madre de Maggie había representado a su marido en un caso de infracción de tráfico, años atrás, cuando aún ejercía de abogada.
—Ay, Maggie —dijo mientras se acercaba—. Cuando recibí la llamada, pensé que era por tu padre, pero…
Su padre la había obligado a llevarlo allí en coche poco después de que le diagnosticaran alzhéimer.
Dijo que quería escoger los «detallitos para la fiesta».
Habían optado por la incineración y un picoteo al que cada uno llevaría algo: jalapeños rellenos, fiambre y ensalada griega.
Era un plan sensato, y le quitaba de encima el peso de tomar decisiones. Pero esto…
A Maggie se le encogieron las tripas; le ardían los ojos.
Inspiró despacio. Ahora no puedo derrumbarme.
Tenía que acabar con esto, quitárselo de encima para poder tacharlo de la lista y pasar a cosas como atrapar al cabrón que había matado a su hermano y, quizá, encontrar a su madre para cantarle las cuarenta.
Mamá tendría sus razones, vale, pero desaparecer así era una jugarreta de mierda.
Era cruel obligar a Maggie a estar aquí sola.
La directora de la funeraria seguía mirándola.
—Solo quería firmar los papeles —consiguió decir Maggie—. Dejar la incineración… preparada.
La mujer frunció el ceño.
—Hablé con su madre por teléfono, y ya nos mandó la documentación por fax. ¿Ha cambiado algo desde entonces?
Se le cortó la respiración. Mamá mandó por fax los… —¿Cuándo?
¿Y quién seguía teniendo fax? Seguramente era de la misma época que la moqueta. Igual también tenían un tocadiscos por allí.
—El día que llegaron los restos —dijo Cleo—. Anoche, creo. Dijo que le gustaría celebrar una ceremonia en su casa lo antes posible. Está previsto incinerarlo esta noche.
Maggie frunció el ceño. ¿En casa de él ?
Quizá quería decir en casa de su madre. O Cleo se había expresado mal.
O estás dándole vueltas a cada maldita cosa, como siempre, Maggie, para no plantearte que tu madre no está muerta ni secuestrada, que tiene acceso a teléfonos y a la tecnología del fax, y que sencillamente te está evitando a ti .
Al menos mamá ya sabía lo del cuerpo de Aiden. Una conversación menos que tendría que afrontar Maggie.
Cleo ladeó la cabeza y prosiguió:
—Sin embargo, su madre no especificó qué tipo de urna preferiría. ¿Lo sabe usted, por casualidad?
Maggie se tragó el ácido que le subía por la garganta.
—No necesitamos urna. Una caja bastará. Vendré a recoger las cenizas… ¿mañana por la mañana?
—A cualquier hora después de mediodía. —Cleo se recogió un mechón de espeso cabello oscuro tras la oreja y asintió.
¿Por qué demonios le dolía tanto el pecho? Sentía como si unas enredaderas de espinas le retorcieran el vientre.
—Y si al final deciden que necesitan nuestros servicios, estoy segura de que podremos adaptarnos a cualquier fecha que…
—¿Puedo verlo? —Maggie no se había dado cuenta de que pensaba hacer aquella pregunta hasta que se oyó pronunciarla. Pero, de pronto, no deseaba nada más.
Cleo hizo una mueca.
—Bueno, aún no está preparado para…
—Ya he visto los huesos —dijo Maggie—. Tuve que identificar el cuerpo. Pero me gustaría estar cerca de él una vez más antes de que lo reduzcan a un montón humeante de polvo.
Cleo palideció y se mordió el labio. ¿Demasiado pronto?
Últimamente era la reina del «demasiado pronto».
Pero Cleo no hizo ningún comentario; el cliente en duelo siempre tenía razón.
Menudo trabajo: ver siempre a la gente en los peores días de su vida.
O en los mejores, supuso, si estabas enterrando a un gilipollas.
La familia de Birman probablemente montaría una fiesta.
—Bueno… claro. Déme un momento para prepararlo todo.
Tómese su tiempo. Seguro que a él no le importa. —¿Cleo?
La mujer se volvió.
—Gracias. Se lo agradezco.
Le dedicó una sonrisa tensa y desapareció por la puerta del fondo.
En cuanto se fue, Maggie soltó el aire que llevaba conteniendo; la exhalación siseó por la sala y rebotó en el raso, el algodón y la madera, en las asas plateadas que parecían recién pulidas.
Había una extraña belleza en la forma en que estaban ensamblados los ataúdes: las suaves curvas de la veta, como olas; el raso, como una nube.
Si tenías suerte, cerraban la tapa antes de la ceremonia, amortiguando los discursos insoportablemente largos mientras tus seres queridos se miraban unos a otros, intentando averiguar quién estaba más triste.
Después, la última marcha hasta un cementerio helado. Y luego… a solas por toda la eternidad.
Una tos a sus espaldas.
Cleo estaba en el arco de la puerta.
—Sígame.