Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Intentaste acercarte a mí a propósito —siseó Maggie.

Apenas lograba sacar un susurro tenso; sentía la garganta demasiado estrecha—.

No me conociste por casualidad en el instituto.

Me utilizaste para averiguar si yo sabía que tu hermano era culpable.

Si sabía lo de Kevin y Dylan, si creía que le habían hecho daño a Aiden…

si sabía que Dylan te había hecho daño a ti.

Querías saber qué me había contado Sammy.

Alex negó con la cabeza, frenética, presa del pánico.

—Eso no significa que no me importaras. Éramos amigas. Seguimos siendo… seguimos siendo amigas. Solo quería saber lo que sabías. Quería asegurarme de que estuvieras a salvo. ¿Y si Dylan volvía?

—¿Y si volvía? Desde luego, no estabas lo bastante preocupada como para contárselo a la policía.

Maggie tenía la cara mojada; el pecho también. ¿Estaba llorando? Sí. Lágrimas de rabia tanto como de pena.

—Sabías quién mató a mi hermano. Todo este tiempo has sabido que Kevin y Dylan formaban una máquina de matar a cuatro manos. Y tú me dejaste con la duda. Me dejaste sufrir.

Alex dio un paso hacia ella; Maggie retrocedió.

—No tenía pruebas ni sobre tu hermano ni sobre mi madre.

Contar la verdad sobre mi agresión me parecía más peligroso que callarme.

Lo peor que podía pasar era que él acabara otra vez en el reformatorio, pero saldría al cabo de un año.

Y Dylan ya había desaparecido antes. Supuse que lo haría de nuevo, siempre que no le diera ningún motivo para…

ya sabes. Hacerme daño. No podía darle una razón para volver aquí.

Le tembló el labio.

—El mayor truco del diablo fue convencer a la gente de que no existía.

Qué frase tan rara. Y más en ese contexto.

—Por eso Sammy no denunció tu agresión. Le dijiste que, si lo hacía, yo estaría en peligro. ¿Que quien te hizo daño quizá se había llevado a Aiden y podía volver a por mí?

Tenía cierta lógica. Sammy era protector por naturaleza, y los críos de trece años no se caracterizaban precisamente por pensar las cosas hasta el final.

Alex parpadeó y después asintió, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que Maggie hubiera establecido aquella conexión.

¿O le sorprendía la acusación? Esta vez Maggie no fue capaz de distinguirlo, y eso no hizo nada por afianzar su confianza en las intenciones de Alex. Ni entonces, ni mucho menos ahora.

—¿Sammy sabía lo de Kevin?

No podía haberlo sabido. Si su objetivo era protegerla, no había manera de que hubiera dejado que Kevin siguiera rondándola sin decirle la verdad.

Tal como esperaba, Alex negó con la cabeza.

—No. Kevin estaba enfermo, pero era un seguidor, no un líder. Pensé que quizá estaría bien mientras Dylan siguiera sin aparecer. Por cómo se comportó después, fue como si tú lo hubieras… arreglado. Lo moldeaste hasta convertirlo en alguien mejor.

¿Estaba llamando a Kevin un pelele? ¿Un sumiso?

No, está diciendo que no era un asesino.

Pero traer a un niño de vuelta para que lo mataran, si así era como había ocurrido, era igual de malo que hacerlo tú mismo.

—En vez de contármelo, lo dejaste entrar en nuestras vidas. En mi vida.

Maggie dio un único paso, lento y medido, hacia ella, con los puños cerrados a los costados. Estaba tan cerca que podía oler el champú de coco de Alex.

—Esa es la parte que no puedo superar, Alex —susurró—. Dejaste que casi me casara con el mejor amigo del hombre que me atacó… que te partió en dos. Durante años dormí junto a un hombre que, como mínimo, participó en el asesinato de mi hermano. Cada vez que le decía que lo quería, cada vez que…

El aire se le quedó atrapado en los pulmones. Se volvió y emprendió de nuevo el camino hacia su coche.

—Tengo que irme, Alex.

—Pero, Maggie… —la llamó Alex.

—Entra dentro —le dijo Maggie al asfalto—. Imani también tiene preguntas, y será mejor que oiga todo esto directamente de ti. Tienes que ayudar a Sammy.

—Hice lo que pude, pero no tengo las respuestas que ellos… ne… ne… necesitan.

¿No las tienes?

Pero por cómo lo había dicho… Alex la había engañado cuando eran niñas y había cargado con aquellas mentiras durante veinte años, pero esa última parte había sonado sincera, con voz temblorosa y todo. Alex nunca había llorado al hablar de su cáncer.

Maggie se volvió. El rímel le surcaba las mejillas a Alex.

—¿Respuestas sobre qué? —preguntó.

La mirada de Alex revoloteó hacia la comisaría, a espaldas de Maggie, como para comprobar que nadie las observaba; luego bajó la voz.

—Por ejemplo… había una bolsa de deporte junto al cuerpo de mi madre. Malone dijo que era de Sammy y que estaba enterrada con ella, pero eso no tiene sentido. Mi hermano no tenía forma de hacerse con la vieja bolsa de béisbol de Sammy.

El maldito sol le lanzó un destello por el rabillo del ojo y, esta vez, Maggie se quedó mirando aquel resplandor, dejando que las vetas de luz la ayudaran a centrarse. El año antes de que Aiden desapareciera. Una bolsa. Una bolsa de béisbol.

La… recordaba.

Maggie cerró los ojos para protegerse del sol.

Manchas de luz se retorcieron tras sus párpados y luego se solidificaron en el rostro de su madre: aquella sonrisa ladina, con el ojo derecho arrugándose un poco más que el izquierdo.

La expresión que ponía cuando estaba haciendo algo noble, pero a escondidas.

—¿Qué había en la bolsa?

Su voz sonó hueca.

—Ropa.

—¿De Sammy?

—De mi madre.

La voz se le quebró en la última palabra.

Maggie abrió los ojos.

—¿Tu madre tenía una bolsa llena de ropa suya?

Alex asintió.

—Sí.

El corazón le dio un traspié, un staccato demasiado rápido. Seguro que había una explicación para aquello. Una explicación perfectamente lógica. Y Maggie no podía creer que no se le hubiera ocurrido antes.

Sabía exactamente de dónde había salido aquella bolsa. Sabía exactamente por qué Dylan habría querido hacerle daño a su familia.

—Mi madre… conocía a la tuya. ¿Verdad?

Alex se mordió el labio. Respuesta suficiente.

Mierda.

Con razón su madre había desaparecido.