Capítulo 22
M aggie e Imani estaban acurrucadas en un rincón al fondo del vestíbulo, con las cabezas juntas. Lanzando preguntas. Barajando posibilidades. De vez en cuando se quedaban mirando las paredes con la vista perdida, porque algunas preguntas no tenían una buena respuesta.
¿Odiaba Dylan a la familia de Maggie?
No se les ocurría ningún motivo.
¿Por qué iba Dylan a matar a la madre de Alex?
Tal vez Dylan creyera que iba a denunciar a su padre maltratador o que pretendía mandarlo a él lejos. El abuelo, desde luego, sí lo hizo, y consiguió ambas cosas poco después de que desapareciera la madre de Alex.
¿Ayudó Kevin a Dylan a secuestrar a Aiden?
Encajaba con la cronología. Y, si había que elegir entre Kevin y Sammy, tanto Maggie como Imani estaban dispuestas a creer que Kevin había sido el cómplice, aunque aún no entendieran qué papel jugaba la sudadera.
¿Estaba bien la madre de Maggie?
Probablemente. Había más indicios de que estaba bien que de que alguien la hubiera secuestrado o hecho daño.
Manipular un dispositivo telemático era un proceso lento y delicado; si la estaban secuestrando, le habría bastado un solo gesto para alertar a la policía.
Imani estaba convencida de que acabarían recibiendo postales de las Maldivas. Maggie también.
Pero, mientras contemplaban cómo el sol recorría la tarde hasta rozar el borde del anochecer, la conversación se apagó en un silencio inquieto.
Aquello no iba solo de la sudadera. Malone tenía algo más contra Sammy, y ni Maggie ni Imani sabían qué.
Reid no estaba allí para preguntarle; probablemente tampoco lo supiera, ocupado como estaba con lo del instituto y su hijo de acogida, y Tristan…
No le había devuelto la llamada desde que le había mandado aquel mensaje en el que decía que su madre había confesado haber asesinado a Aiden. La próxima vez que lo viera, le iba a dar una patada directa a los huevos.
—Deberíamos llamar a Alex —dijo Imani—. Igual sabe algo que nosotras no.
—Aunque lo supiera, encontraría la forma de echarle la culpa al cáncer.
Imani parpadeó. El silencio se alargó.
Maggie fue la primera en apartar la mirada y suspiró, dejando caer la cabeza contra la pared. El yeso le apretó la cicatriz.
—Tienes razón. Pero debería hablar con ella en persona. También tenía que pasar por la funeraria, firmar los papeles para que pudieran reducir a su hermanito a cenizas.
Imani arqueó una ceja.
—Quieres hacerlo en persona porque eres un detector humano de mentiras, ¿verdad? Quieres observarla mientras le haces las preguntas.
Maggie cerró los ojos un instante más de lo que dura un parpadeo.
—Otra vez tienes razón. Como siempre.
Le rugió el estómago, pero tenía el abdomen agarrotado y la bilis le quemaba la base del esófago. Le picaba la piel; las paredes de la comisaría parecían más cerca que antes. No hacían más que dar vueltas sobre lo mismo. Necesitaba hacer algo útil o acabaría explotando.
—Ve, Mags —dijo Imani, como si le leyera el pensamiento—. Habla con Alex. Y come algo, ¿quieres?
Sí. Lo haré. Puede que lo vomite, pero lo haré.
Aún tenía preguntas para Sammy, pero quería hacérselas mirándolo a los ojos, igual que quería cuestionar...
interrogar ... a Alex. Pero la policía estaba ocupada haciendo sus propias preguntas en aquella salita.
En ese momento, eran ellos quienes la mantenían alejada de las respuestas.
Maggie se puso en pie.
—Te llamaré después de hablar con ella. Y, si me necesitas, estaré de vuelta en un santiamén.
Pero aquella promesa pesaba más de la cuenta; tenía las reservas emocionales completamente agotadas.
¿Debería llamar a Owen para que se quedara con Imani?
Owen e Imani nunca habían sido especialmente cercanos, y él estaba hasta el cuello en la mierda de su divorcio.
Ni siquiera sabía aún lo de Aiden. Otra conversación pendiente.
Otra cosa horrible que tenía que hacer. En aquel momento, su grupo se había quedado reducido a dos, las dos angustiadas, estresadas y desbordadas. No era justo, joder.
Imani se levantó y abrazó a Maggie con brevedad, pero con fiereza.
—Te llamaré si cambia algo aquí.
Pero su promesa sonó tan hueca como la de Maggie.
Maggie salió de la comisaría con el pecho aún oprimido. Empezaría por los restos de Aiden; era algo concreto, algo que podía tachar de la lista. Enfrentarse a Alex era una montaña y ella se había quedado sin equipo de escalada. Y comida. Necesitaba comida.
El sol de última hora la deslumbró al cruzar el aparcamiento. Entrecerró los ojos, medio ciega. ¿Seguía habiendo agentes pendientes de su seguridad, patrullando los alrededores de su casa? Maggie se dio cuenta de que no tenía ni idea. Y no estaba segura de que le importase.
—¡Maggie!
Maggie dio un respingo, con el corazón martilleándole las costillas.
El sol brillaba tanto que ni siquiera había visto el Escarabajo, pero allí estaba Alex, saliendo del Volkswagen.
Y... no venía sola. En el asiento del acompañante, un hombre de pelo claro y hombros anchos exhalaba humo por la ventanilla.
¿Era Kelsey, el tipo con el que había salido dos veces como mucho?
¿Se había llevado una cita a un interrogatorio?
A Maggie se le tensaron los hombros mientras Alex se acercaba, pero aquello le venía bien. Montaña o no, se ahorraba una parada.
—Maggie, lo siento muchísimo. No quería...
—¿Cómo pudiste no decírmelo? —espetó.
No era una pregunta muy educada, pero iba directa al núcleo de su rabia.
—Dylan dijo que, si se lo contaba a alguien, me mataría.
Maggie sintió de pronto el impulso de mirar el tatuaje de Alex, de comprobar si la cicatriz que tenía en la espalda coincidía con la de Maggie. Gemelas.
—De todos modos, casi te mata —replicó Maggie.
—A mi madre sí la mató.
—Y tampoco lo denunciaste por eso.
Fue un golpe bajo, y era poco probable que Alex lo hubiera sabido con certeza, pero la rabia le atravesaba las sienes, afilada como clavos de vía.
Alex levantó las manos.
—¡No lo sabía ! No con seguridad. Parecía tan... feliz la semana antes de marcharse. Me dijo que no me preocupara, que todo iría bien. Casi como si lo supiera...
—¿Sabía que tu hermano iba a matarla? ¿O que iba a hacerlo... tu padre?
El padre de Alex seguía en libertad cuando desapareció su madre, así que podía haber sido cualquiera de los dos. O los dos.
—La verdad es que pensé que se había escapado; mi padre le pegaba. Pero cuando metieron a papá en la cárcel y ella seguía sin volver, supe que algo iba mal. Y aquella noche... Dylan lo admitió. Dijo que iba a matarme igual que había matado a nuestra madre.
La respiración se le había acelerado hasta convertirse en jadeos.
—Van a hablar con mi padre en prisión, pero no admitirá nada. Le quedan unos años y luego volverá a la calle, y entonces...
Las palabras se le atascaron en la garganta.
—Por favor, Maggie. Por favor, perdóname. Te quiero y no pretendía hacerte daño. Te lo juro.
—¿Mató Sammy a mi hermano?
Sabía la respuesta, pero quería ver la cara de Alex.
Si Maggie le hubiera dicho algo así a cualquier otra persona, se habría sorprendido. Pero los ojos de Alex no se abrieron de par en par. En vez de eso, tragó saliva con dificultad. Culpable.
—No. Sammy no le hizo nada a Aiden.
—¿Cómo acabó su sudadera alrededor del cuerpo de Aiden?
—No lo sé. Puede que Kevin la cogiera de tu casa.
—¿Por qué sigues mintiéndome?
Alex se quedó con la boca abierta.
—¿Qué quieres decir...?
Maggie dio un paso hacia ella, con los puños cerrados.
—Sé que estabas con Sammy en urgencias la noche que Aiden desapareció.
Sé que no lo mataste, porque Aiden estaba en Yarrow mientras te daban puntos.
Pero algo pasó entre tu hermano y Sammy.
Hay alguna conexión que se me escapa. Porque, de algún modo, la sudadera de Sammy acabó en la tumba de mi hermano.
Alex se quedó petrificada y, durante un instante, el único sonido fue el zumbido de la sangre en los oídos de Maggie y, a lo lejos, el tintineo y el estrépito de portazos.
—Vale, escucha… escúchame. Tienes razón. Vi a Sammy en la calle aquella noche. Yo estaba cubierta de sangre y él llevaba una sudadera atada a la cintura. Pero no recuerdo que la llevara después, cuando me llevó al hospital en bici.
La llevó al hospital en bicicleta. Era algo muy propio de Sammy.
—¿Así que crees que perdió la sudadera, Dylan la encontró y…?
—No lo sé. Es una suposición, pero una buena. Y de verdad necesito que me creas.
Sus palabras sonaban sinceras, pero que le crean es lo que busca cualquier mentiroso.
—Lo que yo piense no importa, ahora no.
La policía tenía todas las pruebas que necesitaba contra el hermano de Alex. Y Sammy no tenía ningún motivo para hacerle daño a Aiden. Ninguno. Además, tenía una coartada de la hostia.
Maggie sostuvo la mirada de Alex: ojos vidriosos, pero ni una lágrima.
—No sabía que Sam y tú os conocíais antes de que nos hiciéramos amigas.
—Bueno, apenas cruzamos dos palabras. Después de aquella noche no volvimos a hablar hasta… ya sabes. En tu casa.
Le tembló un párpado; el músculo de la frente se le contrajo con tanta sutileza que podría haber pasado inadvertido… para cualquier otra persona.
Está mintiendo.
Pero Maggie no creía que mintiera sobre haber hablado con Sammy.
No tenía ni idea de por qué Sammy no le había contado nada de la misteriosa chica cubierta de sangre ni del hospital, pero esa era una pregunta que tendría que responder él.
Alex había ocultado otra cosa. De pronto, todo lo relacionado con las semanas posteriores a la desaparición de Aiden —conocer a Alex en el baño, que Alex conociera a Kevin, la relación de Maggie con él— pareció demasiado conveniente.
Se le revolvieron las tripas, una mezcla ácida de bilis y furia.