Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

D esde la visita del detective, las paredes de su despacho parecían haberse estrechado y el aire vibraba de una presión punzante. La luz del sol que entraba por las ventanas resultaba demasiado intensa.

—¿Es mi madre? —le había preguntado a Malone con voz temblorosa, acribillándolo a preguntas durante quince minutos, pero él no tenía respuestas.

Sí, habían encontrado un cadáver. Sí, lo llevaban al depósito de cadáveres.

Sí, quizá más tarde tendría que ir allí.

Podía ser su madre o podía no serlo, y no podrían confirmar nada hasta sacarla de la tierra.

Malone ni siquiera sabía dónde habían encontrado el cuerpo, así que ella no podía ir a la escena del crimen.

Todo lo que sabía Malone, todo lo que Birman le había dicho, era que habían «encontrado un cadáver, mujer mayor».

Le había enseñado el mensaje la quinta vez que se lo pidió; también había llamado a Birman, pero el hombre no había respondido, seguramente porque estaba ocupado con el cadáver.

Y eso dejaba a Maggie sola con sus pensamientos.

¿Está muerta? No puede estar muerta. Solo se había marchado, estaba con su novio, estaba bien .

Que su madre estuviera muerta, incluso la posibilidad, era un golpe demasiado brutal para asimilarlo.

Maggie apenas lo percibía en los márgenes de su conciencia, como una niebla bajando por una montaña.

Antes o después se le echaría encima, pero ahora mismo…

Aún no sabes nada. No pienses en ello. Concédete un día más en el que quizá siga viva, como intentaste hacer con Sam y Alex.

Claro, porque eso era facilísimo. Una parte de su cerebro le decía que no pensara en un oso polar, y su madre era un oso polar, y lo único que podía ver era un puto oso polar muerto.

Sammy también era un oso: su mejor amigo, implicado de algún modo en la muerte de su hermano.

Era difícil de tragar, y no en un sentido caníbal raro, aunque no estaba segura de que esta manera de tragárselo fuera mejor.

Maggie pulsó el botón de rellamada —ignorando tres llamadas perdidas de Alex— y escuchó el tono de llamada.

Saltó el buzón de voz de Sammy: un mensaje robótico le informó de que no estaba disponible.

Otra vez. En la línea de Tristan ni siquiera sonó: fue directamente al buzón de voz, como llevaba pasando todo el maldito día desde que le soltó la confesión de su madre y acto seguido se esfumó.

El número de Reid también saltaba al buzón, seguramente porque estaba lidiando con las consecuencias de aquel nuevo cadáver.

En vez de quedarse al margen, probablemente lo estarían metiendo de lleno en el segundo homicidio.

En el homicidio de su madre… quizá. Pero que su madre estuviera muerta no tenía sentido .

Entendía que alguien quisiera arrojar sospechas sobre su madre con una confesión por mensaje de texto completamente ida de olla.

¿A quién mejor para inculpar de un crimen que a alguien que ya levantaba sospechas, que ya estaba del lado equivocado de la ley?

Cuando desapareció el otro día, todos los que la conocían dieron por hecho que había huido para evitar que la arrestaran; que se había ido a vivir libre a alguna isla, como llevaba meses queriendo hacer.

Aquel mensaje era la guinda del pastel, otro cargo más para una mujer que ya estaba condenada.

Pero que su madre hubiera muerto asesinada —si aquel nuevo cadáver era realmente una víctima de homicidio o si era su madre— desviaba las sospechas hacia otra persona.

Matarla era estúpido. Y si su madre estaba muerta, muerta de verdad, Reid lo sabría.

Reid la habría llamado. Birman se estaba cachondeando de ella.

Sí, claro, o tu madre está muerta, Maggie. Que no quieras que sea verdad no hace que deje de serlo.

Tampoco ignorar aquella sudadera hacía que dejara de ser verdad.

Con cada bocanada de aire que obligaba a entrar en sus pulmones demasiado pequeños llegaba la brutal realidad: Aiden podía haber tomado prestada la sudadera, podía haberla encontrado en el pasillo del instituto, pero no era tan sencillo.

Las palabras de Sammy se repetían en bucle en su cabeza: Ni siquiera su ropa, como una sudadera para preservar su...

¿pudor? Oía su voz con tanta claridad como si estuviera allí, en la habitación.

Sammy lo sabía . Sabía que encontrarían la sudadera junto al cadáver de Aiden.

Pero no podía creer que Sam hubiera asesinado a su hermano. No lo creería. ¿Alguien le estaba tendiendo una trampa? Era como intentar jugar al solitario con media baraja. ¿Quién coño tenía el resto de las cartas?

Maggie se arrancó el teléfono de la oreja y buscó el número de Imani. El tono era el mismo que el de Sammy, pero el mensaje del buzón era el claro contralto de Imani:

«¡Eh! Has llamado a Imani. Deja un mensaje o mándame un texto si esperas que responda.»

Su voz amable solo consiguió que el hormigueo que le recorría la espalda se erizara en rígidas púas de ansiedad.

Puede que Imani estuviera en el juzgado.

Puede que estuviera ocupada con los niños.

Pero que tanto ella como Sammy no estuvieran disponibles, que el logotipo de aquella sudadera hubiera sido tan jodidamente claro…

Maggie esperó el pitido, con los nudillos doloridos de apretar el móvil.

—Oye, Imani, necesito hablar contigo. O con Sammy. Por favor, llámame.

Colgó, envió un mensaje de texto que decía prácticamente lo mismo y tiró el móvil sobre el escritorio. Le temblaban las manos. Solo habían pasado veinte minutos desde que empezó a llamar de un lado a otro, pero le parecían una eternidad.

Maggie se pasó los dedos con brusquedad por el pelo.

No tenía más sesiones programadas para aquel día, pero la sola idea de salir de la consulta volvió a abrirle aquel abismo en el pecho: ardiente, vacío y lleno de dientes.

Puede que Reid le hubiera hecho olvidar aquel dolor durante un rato, pero ahora crecía sin parar; cada nuevo dato separaba aún más sus bordes dentados.

Su hermano muerto. Su madre, quizá muerta.

¿Debía ir a comisaría? Pero, si todavía no sabían que la camiseta era de Sammy, podían acorralarla y hacerle más preguntas.

Quería hablar con él antes de acabar ella misma en un interrogatorio, y no uno de esos de Malone, de «siento tener que preguntarte esto».

Uno de los de Birman, versión payaso de pantano.

Cogió el teléfono y volvió a llamar a Sammy. Esta vez no saltó el mensaje habitual del buzón de voz, sino otro: «Lo sentimos, el buzón de voz al que llama está lleno».

Miró el reloj. Casi las dos. Treinta minutos desde que el detective se había marchado; treinta años dentro de su cabeza.

¿Cómo se suponía que iba a decidir qué hacer ahora?

Tenía los pensamientos hechos una maraña.

El cadáver de su hermano había estado envuelto en la camiseta de Sammy.

Alex le había mentido. Se había acostado con su amigo detective, la única persona en quien confiaba y que estaba lo bastante al margen como para ofrecerle cierta perspectiva, y ni siquiera él respondía al móvil.

Su padre se estaba muriendo, aunque despacio; tenía que organizar un funeral; ni siquiera le había contado a su socia lo del cadáver de Aiden; ni siquiera estaba segura de que su madre supiera lo de Aiden; y Tristan seguía haciéndole regalos obscenamente caros e ignorando sus llamadas, horas después de haberle escrito: ¿Sabes por qué tu madre confesó el asesinato de Aiden? Estaba perdiendo la cabeza.

El teléfono vibró y Maggie tanteó sobre el escritorio hasta cogerlo. Alex. Otra vez. Silenció la llamada. Era demasiado. Todo.

Solo era cuestión de tiempo que la policía rastreara aquel logotipo: pertenecía a la empresa de diseño gráfico que había fundado el padre de Sammy.

La vendió al jubilarse, pero no tardarían en averiguar de quién era hijo quien la había llevado.

Tristan debería haber podido identificar el logotipo en cuestión de minutos.

En realidad… era raro que no lo hubieran rastreado antes. Aunque quizá sí lo habían hecho.

Mierda . Claro que lo habían relacionado con el padre de Sammy.

Maggie se recostó en la silla. Lo más probable era que ya supieran a quién pertenecía el logotipo antes de que Malone fuera a verla.

Solo quería comprobar si ella le mentiría al respecto.

Y… su madre había confesado. Fuera falsa o no aquella confesión, para Malone, para Birman, su madre sin duda confesaría para protegerla.

Mamá también habría mentido para proteger a Sammy; había sido como un hijo para ella, sobre todo después de que Aiden desapareciera.

Malone había ido allí porque creían que ella estaba implicada… de algún modo… aunque su único delito fuera proteger a alguien que le importaba. Había caído de lleno en la trampa que Malone le había tendido con aquella cara de carlino triste.

¿Cuánto tardarían en detenerla? ¿Cuánto tiempo le quedaba a Sammy?

Si hubiera estado de humor para apostar, se habría jugado dinero a que Malone se dirigía a por Sammy para interrogarlo en cuanto salió de allí.

O a que Birman se había llevado a Sam bajo custodia mientras Malone hablaba con ella, para que ella y Sam no tuvieran oportunidad de hablar.

Era lo que habría hecho Reid. Demonios, ella misma se lo habría sugerido.

El muñeco cabezón de su escritorio asintió: Bert. De Kevin. Llevaba toda la mañana mirándola fijamente y ni siquiera se había dado cuenta.

Un dolor sordo y punzante le floreció en las entrañas. De un manotazo, metió a Bert en el cajón y lo cerró de un portazo.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez no era Alex. Tampoco Sammy. Imani .

Se llevó el teléfono a la oreja con tanta brusquedad que le dolió la sien.

—Maggie —la palabra estalló desde el teléfono—. Se han llevado a Sam a comisaría. Creen que… —Inspiró de golpe—. Bueno, yo creo…

Maggie esperó a que siguiera hablando y, al no hacerlo, cogió las llaves.

Había acertado: Birman iba de camino a casa de Sammy mientras Malone estaba con ella.

Además, debía ir a comisaría de todos modos.

¿Qué clase de monstruo no se presentaría si creyera que su propia madre podía estar muerta?

Tal vez fuera una trampa… pero no lo creía.

Y, si tenía que identificar los restos de su madre, prefería hacerlo con Imani a su lado.

—¿Se lo han llevado de la oficina?

—No, hoy ha llamado para decir que no iba a trabajar. Pero no creo que estuviera enfermo; no estaba en casa.

La voz se le quebró en la última palabra, y aquel leve quiebro le dijo a Maggie más de lo que quería saber.

Sammy nunca faltaba al trabajo. Había evitado la oficina por algún motivo. Lo había hecho porque sabía que irían a por él, igual que sabía que el cadáver de Aiden había estado envuelto en su sudadera.