Capítulo 19
T ristan no respondió cuando la llamó. Tampoco a la segunda. Ni a la cuarta. Para cuando se bajó del Lyft frente a casa, el corazón le aleteaba contra las costillas como un pájaro colocado de metanfetamina, y le dolía el dedo de tanto aporrear el botón de Finalizar llamada .
¿Qué clase de imbécil mandaría un mensaje así y luego no daría explicaciones?
¿Había encontrado a su madre? ¿Estaba mamá en la cárcel?
¿Había confesado de verdad haber matado a Aiden?
Eso no podía ser cierto. Reid respondió a la primera llamada, pero no tenía ni idea de qué le estaba hablando; le dijo que la llamaría en cuanto llegara a comisaría, cuando averiguase qué estaba pasando.
Ninguno de los dos mencionó la noche anterior.
Aún tenía el pelo húmedo cuando aparcó junto a la consulta, con mechones rojizos pegados a la americana.
Hacía más frío que a principios de semana: un aliento helado y jadeante que teñía las nubes de vetas grises y amargas.
Llovería más tarde, pese a lo luminosamente que había empezado la mañana.
Y aunque tenía húmeda la piel entre los omóplatos, aunque notaba cómo le subía la carne de gallina por la espalda, apenas sentía el hormigueo que solía acompañarla.
Allí donde le rozaba el pelo, en cada punto sensible donde se movía su blusa morada, sentía los dedos de Reid. Sentía su aliento contra la nuca.
Pero la voz que oía dentro de su cabeza era la de Tristan: ¿Sabes por qué tu madre ha confesado el asesinato de Aiden?
No. Era incapaz de asimilar aquella frase, apenas comprendía lo que significaba.
Quizá Birman le hubiera dado información falsa a Tristan solo para hacerla ir hasta allí o para desestabilizarla; para ver si llamaba a su madre desaparecida y así poder localizarla.
Eso tenía más sentido que cualquier otra cosa.
Y presentarse en comisaría no le proporcionaría información antes de que Reid pudiera conseguirla.
Maggie subió hasta la tercera planta, escuchando el ritmo de metrónomo que marcaban sus botas contra los peldaños metálicos.
Sammy… tenía que llamar a Sammy. Había querido hacerlo la noche anterior, al volver del interrogatorio, después de enterarse de lo de Alex, de lo de Kevin, pero entonces había pasado lo de Reid.
Tres veces . Y el pobre Owen ni siquiera sabía aún lo de Aiden, ocupado lidiando con su dramón de divorcio.
Suspiró. Tanta gente a la que llamar, pacientes que atender, los preparativos de un funeral, y quizá mañana, un asesinato que resolver. ¿Cómo era posible que resolver el homicidio de su hermano fuese lo último de la lista? Ja, ja, mundo. Bien jugado.
Maggie metió la llave en la cerradura, medio esperando que la puerta se abriera con un chirrido, como había hecho la de su casa la noche anterior.
Pero estaba bien cerrada. Se entretuvo encendiendo luces, abriendo puertas y poniendo agua a calentar para el té, obligándose a respirar.
Había pasado suficiente tiempo encerrada en celdas con asesinos como para saber que la tensión solía agudizar su capacidad de concentración.
Para cuando se sentó en la silla tras el escritorio, ya había descartado la «confesión» de su madre.
Si mamá estuviera bajo custodia, Reid la habría llamado.
Joder, su madre se habría puesto en contacto personalmente con Reid antes de confesarle nada a otra persona.
Pero eso no impedía que se le revolviera el estómago con una sensación caliente, aceitosa y nauseabunda.
No impedía que la muerte se filtrase en sus pensamientos.
Su primer paciente fue un joven con seis piercings en una ceja y otros tres en el labio.
Ansiedad, depresión y antecedentes de trauma sexual.
La sesión centró su atención, pero también le recordó que quizá Aiden hubiera sufrido abusos de más maneras de las que sabían.
Si el asesino le había hecho eso… ojalá Aiden ya estuviera muerto.
Su segunda sesión fue con un hombre en libertad condicional por homicidio al volante.
Mientras él detallaba su culpa, el horror por lo que había hecho, ella oía a Kevin en las noches en que recaía: Todo pesa demasiado .
Y aquella última noche, la noche en que le había pedido matrimonio…
quizá había sido su última súplica de absolución, de perdón.
Y ella había dicho que no.
¿Era eso lo que había sido durante todos aquellos años? ¿Hacerla feliz era su expiación por el papel que había desempeñado en el asesinato de su hermano?
Su última sesión era una primera consulta.
¿Señor Melon? Se dirigió a la sala de espera y, al doblar la esquina, encontró a un hombre con camiseta negra y chaqueta de cuero.
No era un paciente nuevo. No le alegraba ver a Malone, pero mejor él que Nick Birman, cuya personalidad entera era la encarnación del concepto de «culo sudado».
—No hacía falta pedir cita —dijo, haciéndole un gesto para que entrara en su despacho, pero la voz le salió estrangulada.
Estaba allí por lo de su madre, ¿verdad? El mensaje de Tristan diciendo que mamá había confesado el asesinato de Aiden no podía ser una coincidencia. Tristan seguía sin devolverle la llamada, el muy capullo; si quería ser agobiante, aquel era el momento. Pero si era por su madre…
Reid debería haber llamado.
Esperó a que él se acomodara en el asiento y luego se sentó, con los dedos entrelazados sobre el escritorio.
Lo estudió. Tenía los ojos bajos, como si fingiera sentirse culpable, pero los hombros seguían tan rígidos como siempre y la boca apretada en una línea firme.
Algo iba mal, sin duda, pero no se decidía a preguntarle qué.
Al menos no olía a mostaza. Ese día olía a melaza.
Quizá a azúcar moreno. A sirope de arce.
Como Maggie permanecía callada, él se aclaró la garganta.
—Solo tenía unas cuantas preguntas de seguimiento.
Ella frunció el ceño. ¿Preguntas de seguimiento? ¡Déjate de juegos y dime qué ha pasado con mi madre! Pero quería que él llevara la voz cantante; quería oírle el discurso para averiguar cuál era su objetivo.
Sacó el móvil del bolsillo y le mostró la pantalla.
—¿Le resulta familiar este hombre?
¿Un hombre, no su madre? Quizá Birman no había metido a su compañero en su jueguecito de la «confesión de mamá».
Los hombros se le relajaron, pero el alivio se esfumó en cuanto entrecerró los ojos para mirar el teléfono.
Antes de que su cerebro procesara aquel rostro, se le atenazó el pecho, el corazón se le disparó a la garganta y la cicatriz que tenía en la cabeza estalló en punzadas como cuchilladas.
No habría podido reconstruir aquella cara de memoria; no recordaba su pelo rubio color arena.
Pero las reacciones físicas podían revelar tanto como las palabras.
Se había equivocado con los ojos, eso sí: los había creído completamente verdes, pero en la foto eran verdes con tonos avellana. Lo bastante cerca.
—¿Dylan, el hermano de Alex?
El mejor amigo de Kevin. Malone asintió.
Si le estaba preguntando por Dylan, quizá ya supieran que había ido a por la propia Maggie.
Y, si no, ya iba siendo hora de confesarlo.
Malone intentaba elaborar un perfil del asesino, reconstruyendo las últimas horas de Aiden, y cualquier cosa que ella supiera podría ayudar.
Aún tenía el corazón atascado en la garganta, pero respiró hondo y se obligó a decir:
—Si todavía no ha atado cabos, el hermano de Alex también me atacó. El día que Aiden desapareció. No hubo agresión sexual, pero me mordió en la cabeza y seguramente me habría matado si no lo hubiera apuñalado.
Ya estaba. Por fin había salido a la luz. Si Birman quería tocarle las narices por aquella Maggie de trece años tan dada a apuñalar, allá él.
Las cejas de Malone se le subieron hasta la línea del pelo.
—Lo sospechábamos, pero… necesitaremos una declaración oficial. Puede venir a comisaría…
—La escribiré y se la enviaré.
Malone resopló mientras la evaluaba, luego asintió y volvió a dejar el teléfono sobre su regazo.
—Tenemos a un consultor buscando a Dylan, pero se fugó del internado y desapareció del mapa antes de que su hermano se esfumara. No tenemos ni idea de cómo se ganaba la vida, pero apostaría a que recurrió a un viejo truco, bastante rudimentario además: robó la identidad de una persona muerta.
—¿Tristan también está investigando eso?
Entrecerró los ojos, como si no hubiera esperado que conociera los nombres de los otros consultores. Pero Malone se recompuso enseguida.
—Sí. Está rebuscando en bases de datos o haciendo lo que sea que haga. Pero su madre… al parecer contactó con el detective Birman y confesó el asesinato de su hermano.
El pecho se le abrasó. Ahí está. Y yo que pensaba que los canadienses eran mejores que eso. Maggie se cruzó de brazos.
—Mi madre no le hizo daño a Aiden. Es imposible.
—Sabemos que no fue ella. Su madre estaba aquí, en Fernborn, mientras su hermano se encontraba en Yarrow con el asesino. Pero tampoco confesaría sin motivo.
— No confesó. Birman me la tiene jurada desde que era niña. Está mintiendo.
—O miente ella. He visto el mensaje.
Los brazos se le desplomaron, igual que la mandíbula. Apoyó las palmas en el escritorio, como si necesitara sujetarse bajo el peso de aquel absoluto disparate.
—Para empezar… ¿confesó por mensaje ? Cualquiera podría haber mandado ese texto. Y en el caso, ridículamente improbable, de que lo enviara ella, ¿por qué iba a confesar algo que obviamente no hizo?
—Si pudiéramos encontrarla, se lo preguntaríamos.
Su tono era bajo. Peligroso.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Lo sabían. Sabían que su madre había desaparecido. ¿Creían que Maggie les diría dónde estaba? ¿Creían que ella lo sabía?
Los ojos de Malone se clavaron en los suyos.
—La estamos buscando: rastreamos sus tarjetas, sus últimos contactos conocidos, hablamos con su marido, lo habitual. Pero, hasta anoche, nadie tenía ni idea de adónde había ido. Parece que desactivó el dispositivo de seguimiento. ¿Sabe si se le dan especialmente bien los aparatos electrónicos?
Estuvo a punto de echarse a reír.
—No.
—Aquí hay muchas cosas que no cuadran, doctora. —Su mirada no vaciló—. Y me vendría bien su ayuda, si no le importa.
Aquella caballerosidad excesiva le estaba sacando de quicio.
—¿Si no me importa? ¿Puedo negarme?
Él parpadeó y volvió a bajar la vista hacia la pantalla del teléfono.
—Encontramos una prenda junto al cuerpo; lo envolvía como un sudario —dijo mientras pasaba las fotos con el pulgar.
Un sudario. Un sudario funerario. Se le revolvió el estómago. Sus manos dejaron huellas pegajosas sobre la madera.
—Nos ayudaría saber si recuerda haber visto esta prenda en la taquilla de Kevin o si Dylan la llevaba puesta. Era varias tallas demasiado grande para su hermano, así que no creemos que fuera suya.
No, probablemente no. Envolver un cadáver era una muestra de culpabilidad, algo que encajaría con su perfil si Kevin estaba implicado.
—Los asesinos que envuelven a sus víctimas después de matarlas suelen hacerlo como señal de remordimiento. ¿El polvo del aislante estaba debajo de la chaqueta o encima de ella?
Malone dejó de deslizar el dedo por la pantalla. Se le quedó inmóvil sobre el móvil y alzó la vista hacia ella. Sí, Reid me lo contó. Supéralo.
—El polvo estaba en el exterior, pero solo había trazas. Podría haberse transferido de la ropa del asesino cuando lo trasladaron al bosque.
—Bueno, eso no ayuda mucho, ¿verdad?
Malone debió de captar la intención de su mirada, porque dijo:
—¿Podría seguirme la corriente? A los técnicos les llevó horas recrear su aspecto debido a la suciedad y la descomposición, y tengo que justificar el gasto.
Le tendió el teléfono. La pantalla brillante reflejaba la luz del sol que entraba por la ventana a su espalda.
Maggie volvió a inclinarse, entrecerrando los ojos contra el resplandor.
Una sudadera verde con capucha y cordón, mangas holgadas sin elástico en los puños.
Lisa, salvo por un único emblema en la esquina izquierda del pecho: un pájaro dorado con las puntas de las alas blancas.
—¿La reconoce?
La voz de Malone se desvaneció en sus oídos.
Los sonidos de la sala, el leve siseo del aire acondicionado, los coches de la carretera al otro lado, incluso el suave latido de su propio corazón…
todo desapareció. Tenía la boca tan seca que el aire le silbaba dolorosamente sobre la lengua al inspirar.
No era la sudadera de Kevin. No había pertenecido a Aiden. Dylan tampoco la llevaba puesta.
Pero sabía en qué trabajo usaban un logotipo como aquel. Sabía exactamente de quién era esa sudadera. Y era alguien de quien jamás habría sospechado, la última persona en quien quería creer.
No puede ser. No. Pero estaba segura. Había visto aquella sudadera cientos de veces.
No podía respirar. Joder, no podía respirar .
El teléfono de Malone vibró; en la pantalla apareció el nombre de Birman. El detective lo apartó antes de que pudiera leer el mensaje, pero Malone lo leyó enseguida.
—Hay algo más —dijo, entrecerrando los ojos ante la pantalla—. Una novedad.
Maggie esperó, intentando obligar a sus pulmones a funcionar, mantener a raya el mareo, pero el detective parecía tener los mismos problemas para soltar las palabras. Sus ojos parecían… tristes. Una tristeza de bulldog, una tristeza de carlino. Y eso era mucha tristeza.
—Aún no tengo los detalles, pero ¿podría estar disponible para venir a comisaría esta noche?
Contéstale, Maggie.
—Sí —graznó—. ¿Qué ocurre?
O, más exactamente, ¿qué dice ese mentiroso de Birman que ocurre?
—Odio tener que ser yo quien…
—Joder —espetó.
Malone tragó saliva.
—Han encontrado otro cadáver hace unos minutos. Una mujer mayor.
El aire volvió a desaparecer. El pecho de Maggie se contrajo. Le ardían los ojos.
Birman podría mentir sobre muchas cosas, pero no sobre aquello. El hallazgo de un cadáver era fácil y rápido de comprobar. Y solo había una razón para que la necesitaran allí.
Habían encontrado a su madre.