Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

M aggie se despertó con un filo de luz atravesándole el globo ocular. Pero ella siempre dormía con las cortinas corridas. ¿Había entrado alguien en su casa… en casa de su padre? Y las sábanas… eran más suaves que las suyas, ¿verdad? Más mullidas, como de forro polar o franela.

Se estiró, entreabrió un ojo… y se quedó inmóvil.

Aquel dormitorio no era el suyo; apenas lo reconocía.

Pero al menos sabía por qué. Había entrado a oscuras, de puntillas, pasando junto a la habitación de Ezra, al otro lado de la casa, y cruzando el comedor hasta llegar al dormitorio principal.

La canguro le había lanzado una mirada cómplice mientras recogía el bolso.

Reid se había quedado en el umbral, sujetándole la puerta.

Ella se había quitado la camiseta antes siquiera de entrar.

Y luego estaba todo lo demás: sus manos en la espalda, cómo la había besado, cómo sus cuerpos se habían unido con tanta perfección, de un modo tan absoluto, que sintió cómo el vacío de su corazón por fin se sellaba, como si él hubiera tendido un puente sobre un río de duelo…

No quería pensar en lo que aquello significaba. En que, cuando al fin se había dormido entre sus brazos, se había sentido completa por primera vez en más de un año… casi dos.

Maggie parpadeó y se volvió, apartándose del sol cegador, hacia Reid.

Apenas había amanecido, pero el ángulo de la ventana era perfecto, o desastroso, según se mirase.

La luz no parecía molestar a Reid, que ahora era su…

¿colega con derecho a roce? ¿Amante nocturno?

Seguía con los ojos cerrados, el pelo castaño revuelto sobre la almohada.

Uno de sus hombros musculosos asomaba por encima de las sábanas, resaltado por un brillante tatuaje de un cardenal; una extraña obra de arte para un detective.

No se había fijado en él la noche anterior, aunque sí había visto otro mucho mayor en su espalda, de omóplato a omóplato: Medusa, con serpientes deslizándose por su columna y una víbora hundiéndole los colmillos hasta el fondo en una de las costillas superiores.

Un hombre con muchos secretos, aquel Reid.

Pero, a diferencia de los que Alex le había ocultado o los que Kevin le había escondido, ninguno de los secretos de Reid le parecía peligroso.

Si Kevin hubiera tenido un tatuaje secreto, no habría pasado nada.

Habría podido soportar el engaño si Alex se hubiera limitado a ocultarle un corazón artísticamente torcido.

Reid gruñó entre sueños, y el cardenal se tensó antes de relajarse.

A Maggie se le encogió el estómago. ¿Qué he hecho?

Nada terrible, siempre que lograran impedir que afectase a su relación profesional.

Trabajaban juntos, sí, pero no era una relación terapeuta-paciente.

No infringía ningún código ético que ella conociera; solo el viejo dicho de «no cagues donde comes» y…

No había sido una mierda. Parpadeó, contemplando la curva de su carnoso labio inferior, la mandíbula cuadrada, tan apacible mientras dormía. Le hormigueaba la piel de los muslos allí donde él había puesto la boca apenas unas horas antes. No, desde luego no había sido una mierda.

Pero no quería hacerle daño. Kevin y ella habían roto una vez durante casi dos meses —y ella había aprovechado bien la ocasión—, pero no volvió a pensar ni una sola vez en aquellos hombres después de que salieran de su dormitorio.

Nunca había estado con nadie más que le importase de verdad.

Y su única relación real… él quizá había matado a su hermano, o al menos había ayudado a hacerlo.

La traición le burbujeó en las tripas, ardiente y afilada, como si tuviera el vientre lleno de agujas al rojo vivo. Tragó saliva. Aquello podía acabar siendo algo maravilloso con Reid, pero también era una complicación más. Aún tenía un hermano que enterrar. Aún tenían que atrapar a un asesino, y…

¡Criiic!

Se volvió hacia la puerta. Estaba cerrada con llave; había visto a Reid echar el cerrojo la noche anterior. Pero no estaban solos en la casa.

Oh, no. Ezra. Por lo visto, un orgasmo —bueno, tres— volvía olvidadiza a una mujer.

Tenía que salir de allí antes de que el chico fuera a la cocina a desayunar.

Por fin había empezado a avanzar en terapia, y ella acababa de acostarse con su padre de acogida.

Y mantener una relación sexual con un familiar de un paciente actual…

Eso sí que era peliagudo. Olvidadiza, desde luego.

Cerró los ojos. Joder . Quizá podría pedirle a Owen que se hiciera cargo del chico. ¿Se sentiría Ezra traicionado? ¿Abandonado? Sí, era una mala idea. Una idea malísima.

Y, sin embargo…

Parpadeó y miró a Reid: su pecho ancho, la suave curva de aquel bíceps musculoso.

La punta de la lengua, apenas asomando entre los dientes.

Se le calentó el vientre. Puede que los orgasmos te hicieran olvidar las complicaciones, pero también dejaban unos deliciosos recuerdos musculares y unas ganas tremendas de repetir.

Los hombres que se quejaban de no follar lo suficiente aún no habían descubierto ese pequeño detalle: satisface bien a una mujer y volverá a por más.

Maggie se mordió el labio. Repetir sería una forma increíble de despertarse, pero no tenía manera de salir de la casa sin que el niño la viera. Y no quería que se enterase así. Aquello acabaría mal, y enseguida.

Maggie se deslizó fuera de la cama. El aire frío le besó la piel desnuda por todos los lugares por los que Reid había pasado la noche anterior.

Encontró los pantalones junto a los pies de la cama, la camiseta en la silla del rincón. Las bragas, en la lámpara. Calcetines, calcetines… No había calcetines. Espera: uno, enganchado en los tiradores de la cómoda. Maggie se colocó el regalo de cumpleaños bajo el brazo.

Cogió los zapatos de la jamba junto a la puerta y cruzó de puntillas el comedor en dirección a la salida.

Las paredes eran sobrias, sin adornos, pero allá donde mirase había otro cuadro de colores vivos, cada cual más vibrante que el anterior.

Maggie descorrió el cerrojo y salió al porche; después cerró la puerta con cuidado a su espalda.

El sol la cegó. Entornó los ojos, se calzó los zapatos —un pie con calcetín y el otro sin— y sacó el móvil del bolsillo mientras echaba a andar calle arriba.

No tardaría en pedir un coche y, si era sincera, necesitaba el aire fresco.

Necesitaba pensar. Aquella montaña rusa emocional iba a ser complicada, pero ¿complicada en el buen sentido o en el malo?

Al menos parecía estar adormeciendo el vacío monumental que le había estallado en el pecho al ver el cadáver de Aiden.

Los zapatos golpeteaban contra el suelo mientras bajaba por el camino de entrada. Los pájaros gorjeaban en los árboles cercanos. Pero, al poner un pie en la acera, el vello a lo largo de su columna se le erizó con tanta violencia que casi le dolió. No estoy sola.

Se volvió despacio, con los músculos tensos y el puño cerrado, pero no había nadie en la acera a su espalda.

Los coches aparcados en la calle parecían vacíos.

La casa de Reid seguía a oscuras; los arbustos a ambos lados del porche relucían con el rocío de la mañana y las ventanas reflejaban el sol. Pero…

Maggie entrecerró los ojos. En la ventana más alejada, las cortinas se agitaron.

Y, a medida que la vista se le acostumbraba, una figura fue tomando forma.

Hombros pequeños. Una cabeza menuda. La cara de un niño.

Ezra estaba justo al otro lado del cristal, medio oculto tras las cortinas vaporosas. La había visto. Sin duda.

El móvil vibró. ¿Era Reid? Debería haber dejado una nota. Miró la pantalla: dos mensajes. Owen: no iría a la oficina aquella mañana; tenía que reunirse con su abogado. Otra vez. El segundo era de Tristan, pero la intensidad de la mirada de Ezra le abrasaba la piel. Una cosa a la vez.

Volvió a mirar la ventana y levantó una mano.

Debería saludarlo, ¿no? ¿O intentar disimular, como si estuviera llegando ahora?

Pero el niño se limitó a mirarla fijamente, con la boca apretada en una línea sombría de agitación.

Maggie bajó el brazo despacio mientras Ezra desaparecía en la negrura de su habitación.

Mierda.

El móvil vibró de nuevo. Y, mientras se alejaba calle arriba a toda prisa, por fin leyó el segundo mensaje:

«¿Sabes por qué tu madre confesó el asesinato de Aiden?»