Capítulo 17
C ondujo despacio por la calle, con los dientes doloridos, haciendo rechinar las muelas.
La casa del detective se desvanecía en el retrovisor.
Pero aún podía verlos allí: a Reid sacándola del asiento del acompañante, apretándola contra el costado del coche.
Al detective tomándole la mano a Maggie y guiándola hasta el porche.
Redujo la marcha hasta avanzar a paso de hombre, con el ceño fruncido ante la calzada.
Los árboles descomponían la luz de las farolas en manchas redondas sobre el asfalto, como un virus visto al microscopio: tóxico.
Pestilente. Se detuvo. Lo bastante lejos para que el detective no pudiera verlo desde la casa, pero los faros del coche de la canguro le deslumbraban desde el bordillo.
La mujer se marchaba. Al parecer, Reid no pensaba llevar a Maggie a casa aquella noche.
Los dedos se le crisparon alrededor del volante.
Aquello era una complicación inesperada.
Mientras habían estado juntos en aquel club, se había sentido saciado, satisfecho con la dulce expectativa de lo que podría ser su futuro.
Pero no había imaginado que ella se metería de pronto en la cama con un compañero; jamás se le habría ocurrido que se acostara con alguien del trabajo.
No era esa clase de mujer, o se habría liado con Owen años atrás.
No, Maggie mantenía su vida privada tan separada de su vida personal que ambas jamás llegaban a cruzarse.
¿Cuándo había cambiado eso? Y, más importante aún, ¿cómo se le había pasado por alto? En algún momento entre la caída de su amante borracho desde el puente y el hallazgo de los huesos de su hermano, se había vuelto más… flexible.
Quizá fuera el estrés. El estrés la había llevado a pasar las noches en aquel club. Sin novios, sin más complicaciones; solo aquel sótano oscuro. Solo él, con aquella pulsera verde, el olor de ella en la nariz, su piel suave bajo las yemas de sus dedos.
La canguro estaba más cerca ya. Levantó el pie del freno, puso el intermitente y giró a la derecha. Dio otra vuelta a la manzana, entrecerrando los ojos ante el retrovisor hasta que los faros del Prius de la canguro cruzaron la intersección y desaparecieron calle arriba.
Giró de nuevo a la derecha, con el pecho lleno de acero fundido, y luego otra vez.
Había visto bastante. Más que bastante. Sin embargo, algo lo atraía de vuelta a la casa del detective como si fuera el olor de un gas nocivo: buscaba el origen de su malestar, necesitaba decidir qué significaba, qué debía hacer.
Pasó de largo ante la calle del detective.
Tomó la siguiente a la derecha y aparcó lo bastante lejos de la señal de stop para que no se llevaran el coche con la grúa.
El bungaló que tenía delante era azul, con unas estridentes contraventanas blancas, como si alguien hubiera impreso los colores al revés.
Si entrecerraba los ojos, distinguía la parte superior del tejado del detective.
Reid tenía una chimenea de ladrillo, a diferencia de la mayoría de las casas del barrio. Una chimenea alta.
Se llevó una mano a la capucha y se la bajó sobre la cara, luego salió del coche y cerró la puerta con suavidad a su espalda.
Sus pies apenas hicieron ruido mientras se escabullía entre las sombras tras la primera casa.
Las cámaras del detective solo tenían un punto ciego, y para llegar hasta allí tendría que zigzaguear por los jardines de las casas situadas detrás de la de Reid.
No pasaba nada. Ya lo había hecho antes. Aunque nunca con el detective en casa.
Pero aquella noche Reid estaría ocupado.
El fuego de su pecho rugió de nuevo; el aire nocturno apestaba a hierro y barro.
Rodeó la esquina de la última casa —la anciana que vivía allí nunca estaba despierta después de las seis— y se deslizó entre los espesos setos de hoja perenne, una doble hilera de arbustos para mantener fuera a la chusma.
Las hojas puntiagudas le pinchaban los brazos y le arañaban las piernas, pero, aunque la mujer mirase ahora por la ventana, resultaría casi imposible verlo entre la vegetación, sobre todo vestido de oscuro. Estaba hecho de sombras.
Metió la mano en el bolsillo de la sudadera y se volvió hacia la casita de Reid, alzando los prismáticos hasta los ojos.
La cortina de la ventana del dormitorio dejaba a la vista apenas unos centímetros, pero habría reconocido los rizos de Maggie en cualquier parte.
En ese momento estaban enredados entre los dedos del detective; la otra mano descansaba sobre las costillas de ella, y sus pechos, sus pechos desnudos, estaban pegados al torso de Reid…
Furia, abrasándole las entrañas. ¿Por qué nos haces esto, Maggie?
Un chasquido rasgó la noche. Se quedó petrificado, con los ojos fijos en la ventana y el aire congelado en los pulmones. El ruido no volvió a sonar, pero le escocía la mano. Bajó la mirada. La carcasa exterior de uno de los lados de los prismáticos se había agrietado bajo la fuerza de su puño.
Mejor así. No podía seguir mirando.
Había hecho planes antes. Muchos planes.
Había ejecutado cada uno de ellos a la perfección, aguardando el momento ideal.
Había imaginado que ella quedaría en carne viva y vulnerable tras la muerte de su hermano, pero había pensado que estaría demasiado consumida por el dolor para dejar entrar a un hombre en su corazón, y mucho menos en su cama. ¿Había dejado pasar su oportunidad?
No. Lo del detective no era más que una distracción de su dolor. Un insignificante momento de debilidad.
La perdonaría.
Y, cuando estuviera seguro de que ella lo aceptaría, ninguna pareja sería jamás tan feliz como lo serían ellos. Maggie lo amaría como ninguna mujer había amado nunca a un hombre, y él dedicaría su vida a satisfacer todas y cada una de sus necesidades.
Solo tenía que convencerla. Demostrarle lo bien que estarían juntos, lo perfectos que serían.
Por mucho que Maggie tardase en aceptarlo en su vida y en su cama, sin duda merecía la pena esperar. Pero ya casi había llegado el momento de actuar. El momento de acortar la distancia entre el conejo y el zorro. Los pantalones se le tensaron en la entrepierna.
Sonrió. Sí. Era hora de poner fin a la persecución.
Costara lo que costase.