Capítulo 16 #3
—Bueno, mierda. Quiero decir, es una putada por muchas razones, pero…
—El semáforo cambió y tiñó su piel de un tono verdoso, como el de Hulk.
Pisó con suavidad el acelerador—. Supongo que debería haber sabido que no podía fiarme de Tristan, sobre todo cuando se trata de ti —dijo, mirando al parabrisas—.
Lo siento muchísimo. No es que se me olvidara, obviamente, yo…
—Negó con la cabeza—. Joder, qué idiota soy.
Seguro que Tristan te regaló algo espectacular.
Sí, un montón de diamantes, después de pedirle mil veces que dejara de hacerme regalos tan elaborados. Esta vez, su detalle casi le cuesta un batazo en la cara. Debería haberse limitado a las mucho más razonables flores de cumpleaños.
Pero Maggie no dijo nada de eso. Bajó la vista al paquete.
Finos cordones de cinta negra se curvaban sobre los bordes.
Exactamente ocho tiras de cinta. Era perfecto.
Había perdido a su mascota de forma traumática, pero tenía pijamas de arañas, láminas de arañas, y le había dejado claro a Reid que seguía adorando a aquellas criaturitas.
Probablemente tendría otra tarántula cuando pudiera asegurarse de que no correría la misma suerte que la anterior. Cuando dejara de tratar a Ezra.
Tiró de las cintas y las vio caer. El papel se rasgó. Dentro…
Se le paró el corazón. Aiden. No él, claro, pero… una foto suya, sentado junto a un árbol; un árbol que todavía seguía en el jardín trasero de su padre. Había perdido casi todas sus fotos en el incendio de la casa, y eran las únicas cosas cuya pérdida había lamentado de verdad.
—¿Cómo has…? ¿De dónde…?
Maggie no solía quedarse sin palabras, pero la boca no acababa de obedecerle al cerebro.
—Sé que te afectó mucho perder las fotos el año pasado. Así que pedí ayuda a nuestra dibujante forense. Tomé prestada la foto que había en casa de tu padre y también le pedí ayuda a Sam. Solo para asegurarme de que el retrato fuera fiel.
Maggie contempló los ojos de su hermano. Así era como quería recordarlo: la boca sonriente, los ojos brillantes, Aiden feliz, sano y vivo. Era el regalo más increíble que le habían hecho jamás. Le había devuelto un pedazo de su hermano.
Reid enfiló el camino de entrada de su casa, se volvió hacia ella y sonrió.
—Bueno, en fin… feliz cumpleaños. Ya sé que el momento es horrible, pero quizá consiga aliviarlo aunque solo sea un poquito…
No llegó a terminar la frase. Ella le rodeó la nuca con una mano y acercó los labios a los suyos.
Reid aspiró bruscamente por la nariz — ay, no, va a apartarse, esto es un error, ¿qué estás haciendo, Maggie?
—, pero entonces dejó escapar el aire y se inclinó hacia ella.
Le enredó los dedos en el pelo, mientras el meñique recorría la cicatriz de su cabeza.
Maggie esperó la repulsión, esperó que apartara la mano, pero él se limitó a explorarle la boca con más fervor, masajeándole la lengua con la suya.
El pecho se le caldeó con aquella emoción, una sensación familiar y, al mismo tiempo, misteriosa; algo que había permanecido dormido durante tanto tiempo que no supo qué era hasta que él se desabrochó el cinturón de seguridad y se inclinó sobre la consola.
Presionó con más fuerza la cicatriz, atrayéndola hacia sí, mientras la otra mano le recorría la rodilla.
Afecto, pero no del que nace de las caricias de desconocidos.
Era una conexión más profunda: la sensación de ser conocida, de ser deseada por algo más que su cuerpo.
Él lo sabía todo, o al menos todas las partes importantes, y su pasado no le importaba.
La cicatriz bajo el pelo no era una parte insignificante de ella: era la razón por la que había acabado en aquel coche.
Jadeó cuando Reid rompió el beso. Saltó del Bronco sin decir una palabra más y rodeó el coche a toda prisa hasta el lado del acompañante, aureolado por el resplandor de los faros de los coches que pasaban. Abrió su puerta de un tirón. Maggie alzó la vista hacia él, parpadeando.
Entonces le tendió la mano, esperando a que la tomara. Esperando a que lo siguiera, a que dijera que sí.
Un segundo después estaba otra vez entre sus brazos, con la boca pegada a la suya, el regalo aún aferrado en la mano izquierda y los suaves dedos de Reid en la parte baja de la espalda. Sosteniéndola. Diciéndole que todo iba a salir bien.
Pero ¿sería así?
Se tensó — no deberíamos —, pero no lo dijo en voz alta.
Porque, por una vez, no quería tener el control.
No quería estar al mando de hasta el último elemento de lo que le ocurría.
Quería que alguien la tomara y la cuidara; alguien que, con una certeza absoluta, al cien por cien, no fuera un psicópata asesino de niños.
¿Puedes saberlo, Maggie? ¿De verdad puedes estar segura?
Apartó aquel pensamiento, y cuando él la estrechó contra sí y deslizó la mano dentro de sus pantalones, por la parte delantera, el dolor de las últimas veinticuatro horas se desvaneció en la noche. Podría llegar a amarlo… quizá algún día podría.
Fue lo último que pensó antes de que su mente se quedara perfectamente, gloriosamente en blanco.