Los muertos no mienten (Juegos de la mente 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

A lex sabe más de lo que dice sobre la muerte de tu hermano.

Maggie miraba por la ventanilla del copiloto de Tristan, los brazos cruzados con tanta fuerza contra el pecho que le dolían las costillas. Pero aún le dolían más los pensamientos: eléctricos, opresivos, dando vueltas en círculos que no conseguía controlar.

Si Alex nunca había tenido cáncer… ¿cómo había perdido un pecho? ¿Qué la había llevado a urgencias? ¿Alguien le había hecho daño a ella también? ¿Tres ataques en una sola noche? Primero Maggie, luego su hermano y después… ¿Alex?

Nada tenía sentido. Era como si algún cabrón hubiera decidido de pronto liarse a hacer daño a niños. Las palabras de Reid le retumbaron en la cabeza: Aiden conocía a la persona que lo mató.

Maggie se obligó a soltar los brazos y se entrelazó las manos en el regazo, pero tampoco aquello mejoró nada: las uñas le dejaron pequeñas medias lunas de destrucción en los nudillos.

—Siento si te he alterado al entrar en tu casa —dijo Tristan, alzando la voz para hacerse oír por encima del motor: un Pontiac GTO del 66, uno de los muchos coches clásicos que poseía.

Había aparcado calle arriba, en una calle sin salida donde creía que habría menos riesgo de que alguien golpeara el GTO al abrir la puerta de otro coche.

Como si ella fuera a abrir la puerta de golpe contra el lateral.

Había tenido un DeLorean y sentía un sano respeto por los clásicos—.

Te juro que la puerta principal estaba abierta, Maggie.

Y averiguaré quién entró en casa de tu madre, ¿vale? Te lo prometo.

—No hablemos —masculló Maggie—. Pero agradezco tu ayuda.

Era su trabajo, pero… aun así.

Hay que reconocerlo, Tristan cerró la boca y guardó silencio mientras se alejaban de casa de su padre.

Tardaron una eternidad en llegar a comisaría, y Maggie salió del coche sin mirar atrás, esperando que no la siguiera, esperando que tuviera más juicio.

Lo tuvo: el GTO rugió y se perdió en la noche.

La comisaría era un caos bullicioso, impregnado de ansiedad y café rancio.

Reid no estaba en su mesa, pero Clark la vio entrar: el detective que le había hablado a Reid de su hermano, el que lo había mandado a la morgue a rescatarla de Birman.

Alto, musculoso y calvo, le recordaba a Denzel Washington, solo que era más corpulento y tenía unos ojos más amables.

Parecía el tipo de hombre que se pasaría la noche leyendo poesía, lo que lo hacía un poco demasiado…

majo para ella. Antes de conocer a Kelsey, había pensado en emparejarlo con Alex, pero aquello fue antes de que su amiga se librara del cáncer.

Ahora no sabía con qué iba a encontrarse, qué otros mitos de su infancia acabarían hechos añicos antes de que terminase la noche.

Clark la condujo por el pasillo trasero hasta la sala de observación, poco más grande que un armario y comunicada con la sala de interrogatorios por un espejo unidireccional.

Reid estaba de pie frente al cristal, con los hombros rígidos y los brazos cruzados.

Solo de ver la tensión que le blanqueaba los nudillos le dolieron los suyos.

Al oírla entrar, echó un vistazo por encima del hombro, asintió en agradecimiento a Clark y luego se volvió hacia ella.

—Tristan te ha encontrado, por lo que veo.

—Sí. —Se colocó a su lado, frente al cristal—. Le he dicho que indague sobre mi madre. Entre otras cosas.

Reid apretó los labios; se le marcaban los músculos de la mandíbula.

—Según Birman, tu madre ha estado en casa toda la semana; el localizador lo confirma. Birman dijo que suponía que evitaba el teléfono y no abría la puerta porque no quería enfrentarse a la policía.

Era un capullo, pero Birman parecía más competente que eso.

—Te está mintiendo.

—Lo sé.

Maggie giró la cabeza de golpe hacia él. Reid mantenía los ojos fijos en el cristal mientras continuaba:

—Tiene antecedentes de violencia doméstica.

Una ex solicitó una orden de alejamiento contra él hace seis años.

Ella está bien ahora; desde entonces no ha tenido problemas con Birman ni ha presentado denuncias por acoso desde el divorcio.

Pero no me gusta. Y hoy me he enterado de que este será su último caso. El viejo por fin se jubila.

Si la ex de Birman estaba localizable y no había desaparecido, no tenía ningún motivo para irrumpir en casa de su madre buscándola. Esa no era la conexión. Y resultaba inquietante que Reid le estuviera contando todo aquello al cristal, mirando fijamente al mismísimo Birman.

—Yo también le he dicho a Tristan que lo investigue —dijo.

Esperó a que él asintiera y siguió su mirada.

Alex parecía diminuta al otro lado del espejo unidireccional.

Tenía la cara demacrada y unas ojeras moradas, como si le hubieran dado un puñetazo.

Birman estaba sentado en una de las sillas frente a ella.

Malone permanecía de pie en la cabecera de la mesa, cerniéndose sobre su amiga.

Maggie se preguntó si aún apestaría a mostaza.

Alex odiaba la mostaza. El Pop-Tart se le revolvió en el estómago. Tragó con fuerza para contener la bilis y el pastelito empalagosamente dulce que amenazaba con subirle por el esófago.

—¿Por qué estabas en el hospital la noche en que Aiden Connolly desapareció?

—preguntó Malone. Su rostro plano reflejaba pesar; hablaba en voz baja y sus vocales sonaban especialmente redondas.

Como si odiara tener que hacer aquello, igual que se había comportado en la morgue del hospital. Canadienses, ¿eh?

—Tenía cáncer —dijo Alex, relajando los hombros.

Categórica. Más firme que Malone. Si Tristan tenía razón, o se había convencido de que aquello era cierto, o era una mentira excepcionalmente bien ensayada. Lo cual tendría sentido si hubiera estado practicando el engaño toda su vida.

—¿Está segura? —espetó Birman. Las manos de Birman, apretadas en puños, resultaban aún más amenazadoras ahora que Maggie sabía lo de la orden de alejamiento. Su camisa de franela desentonaba muchísimo.

Alex se volvió despacio hacia el otro detective, el payaso no canadiense.

—Creo que recordaría si hubiera tenido cáncer.

—¿Quién era su oncólogo, si no le importa que se lo pregunte? —dijo Malone.

Alex se puso rígida y negó con la cabeza.

—No me acuerdo. Fue hace mucho tiempo. Solo tenía trece años.

—Pero seguro que tiene un oncólogo ahora —prosiguió Malone—.

Aunque solo sea un médico que la revise una vez al año para asegurarse de que sigue libre de cáncer, ¿eh?

Todos sabemos que estas cosas tienden a reaparecer, por desgracia.

—Y de verdad parecía apenado; los músculos alrededor de sus ojos delataban sinceridad.

O se le daba muy bien mentir, o era muy buena persona. Probablemente ambas cosas.

Maggie se inclinó hacia el cristal, con la frente tan cerca que notaba el frío que desprendía la superficie. Venga, Alex. Ten una explicación. Una buena explicación.

—Yo… —Alex bajó la mirada. A diferencia de Malone, cada músculo del cuerpo de Alex gritaba MENTIROSA . El corazón de Maggie se hundió hasta el fondo de su estómago revuelto. Primero su hermano, luego su madre y ahora Alex. ¿Qué demonios estaba pasando?

Malone tomó asiento junto a Birman y apoyó las manos en la mesa.

—Alguien la atacó. ¿Verdad?

Alex asintió sin levantar la vista de su regazo.

—¿Le has contado lo de… lo mío? ¿Lo del edificio? —le susurró Maggie a Reid.

Reid negó con la cabeza.

—No hizo falta. Tristan la investigó a fondo porque no le gustó la anomalía estadística: una intervención por un cáncer de mama extremadamente raro en una niña, la misma noche en que desapareció tu hermano.

Cuando descubrió que la hicieron en urgencias —algo de lo más improbable tratándose de un cáncer—, se aferró al asunto como un perro a un hueso.

No podemos usar directamente lo que averiguó Tristan, pero la trajeron con el pretexto de preguntarle si había visto a alguien extraño en urgencias aquella noche.

—¿Quién fue, señorita Dahlgren? —preguntó Malone. Como Alex no respondió, continuó—. Cuéntenos lo que pasó. No creemos que le hiciera daño a Aiden Connolly; sabemos que él estaba a tres horas de distancia mientras usted estaba en el hospital.

No, Malone, sabes que alguien hizo una llamada.

—¿Van en serio con eso o solo intentan que hable? Quiero decir, encontraron su cuaderno allí, pero no pueden estar seguros de que Aiden estuviera allí con el cuaderno.

—Birman dice que había un vídeo de vigilancia de un supermercado que ya no existe, a una milla de la gasolinera, donde se ve claramente a tu hermano.

Eso explicaría por qué está tan convencido de que Aiden estuvo allí.

Pero yo no lo he visto, y él no ha podido presentarlo.

La versión oficial es que se estropeó o se perdió mientras estuvo bajo custodia como prueba durante estos últimos veinticuatro años.

Frunció el ceño.

—¿Por qué iba a mentir sobre eso? ¿Es Birman… sospechoso? O era culpable y estaba manipulando pruebas, o era inocente y de verdad había visto un vídeo con su hermano en Yarrow.

Reid no apartó los ojos del cristal.

—He indagado un poco más sobre esa llamada —dijo—, la que afirmaba que habían visto a tu hermano. Tengo registros de la compañía telefónica que demuestran que se hizo desde una cabina de Yarrow.

Maggie se quedó boquiabierta. ¿La llamada era auténtica? ¿De verdad? Volvió a clavar la mirada en el cristal mientras Malone continuaba:

—Alex, necesitamos saber qué pasó para poder reconstruir una cronología. Y cuanto antes sepamos quién le hizo daño, antes podremos…

—Mi hermano. —La voz de Alex se quebró.

¿Su hermano ? Maggie se quedó de piedra.

—Eso es… imposible. —Conocía a Alex desde secundaria. No tenía ningún hermano.

—¿Nunca te habló de él?

Maggie negó con la cabeza, muda. Alex levantó la cara, pero el temblor de su labio hizo que a Maggie le ardiera el pecho. Alex había mentido. Todos aquellos años, Alex le había mentido. ¿Por qué mentiría sobre el cáncer, sobre su familia?