Capítulo 14
L a sombra fue un borrón de movimiento y músculo, un fantasma oscuro hecho de terror. Y aquel olor… ¿era mirra?
Pero no tuvo tiempo de pensarlo. Maggie sentía los pulmones envueltos en hielo. Notó que el bate se alzaba un poco más, que la tensión se le clavaba aún más en los hombros mientras descargaba el golpe—
—¡Maggie! ¡Eh, para!
Esa voz…
El bate cayó al suelo con un estrépito que la hizo dar un respingo.
Se quedó mirándolo, como si no pudiera aceptar que lo había tenido en las manos.
La persona del pasillo… Había estado a punto de reventarle la cabeza con un bate, pero no era un intruso, ni quien había matado a su hermano. No era un desconocido.
—¿Es que quieres que te maten? ¿Qué coño haces en mi casa? Debería haber pedido una orden de alejamiento. Debería haberlo obligado a dejar de mandarme regalos antes de que pasara a la fase de allanamiento de morada. Se agachó para recoger el móvil; menos mal que no le había caído el bate encima.
Tristan levantó las manos, con las palmas hacia arriba — eh, eh —, como si estuviera intentando amansar a un hurón salvaje.
—No he entrado a la fuerza, si es eso lo que estás pensando.
La puerta estaba abierta y tenía que mear.
Además, Reid me contó lo de tu madre y, cuando no contestaste a mis golpes, me…
preocupé. Se apartó de la frente el pelo castaño claro: más largo de lo que admitía un entorno profesional, demasiado de chico malo para que lo tomaran en serio en una oficina, con demasiada picardía en aquellos ojos esmeralda.
Del mismo color que los del chico que la había atacado en aquel edificio; era lo único que recordaba de él. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
Pero ¿por qué iba a hacerlo? Muchísima gente tenía los ojos verdes, y Tristan no era, desde luego, quien la había atacado tantos años atrás.
Tristan miró hacia la puerta principal y, en cuanto rompió el contacto visual, los pensamientos remitieron, el corazón se le calmó, la garganta se le aflojó.
Odiaba necesitar su ayuda, pero ahora no podía ponerse exigente.
¿Qué iba a hacer? ¿Traerle más regalos indeseados, colarse en su casa… otra vez ?
—Hablando de mi madre, necesito que husmees un poco, a ver si puedes encontrarla. También tengo otros nombres que quiero que investigues, siempre que puedas mantenerlo confidencial. Necesito saber dónde han estado durante las últimas veinticuatro horas.
Puede que los maltratadores ya no vinieran al caso, pero había demasiadas posibilidades, demasiados sospechosos. Necesitaba descartarlos. Con seguridad. Porque, aunque su madre hubiera salido huyendo por voluntad propia, Maggie seguía queriendo saber quién había reventado aquella cerradura.
Tristan se volvió hacia ella. Parpadeó.
—Puedo mantener cualquier cosa en secreto. Y, en cuanto a tu madre, ya he investigado la parte técnica, al menos. Para eso me paga un pastón la policía de Fernborn.
Esbozó una media sonrisa más chulesca que amistosa.
—Según los registros, el dispositivo de localización se quedó sin conexión unos minutos ayer por la tarde, algo que a veces ocurre al cambiar la pila. Volvió a activarse enseguida y seguía transmitiendo desde la casa, así que no saltó ninguna alarma.
Pues claro. Está en el armario.
—No son fáciles de manipular, así que, si no está en casa, alguien que sabía lo que hacía la ayudó a quitárselo.
—La ayudó —repitió ella.
Así que mamá podía esconderlo entre sus cosas, junto a aquella nota.
Parecía que el nuevo novio de su madre sabía de electrónica.
De momento, eso era todo lo que necesitaba saber, ¿no?
Quizá Tristan pudiera localizarla más adelante, pero no quería presionarlo si mamá todavía estaba en el país.
Ni siquiera había pasado un día desde que desapareció.
—¿Las otras personas que quieres que investigue son sospechosas de ayudar a quitar el dispositivo? —preguntó Tristan.
—Son sospechosas de quitar una cerradura. Tenía motivos para quitarse el dispositivo, pero no rompería su propia cerradura.
Tristan frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿Te refieres… al cerrojo?
Mierda . Esa parte no se la había contado a Reid.
—Sí. Y búscame también trapos sucios de Birman. Últimamente se comporta de forma rara y no está en redes sociales.
Él se encogió de hombros.
—Yo tampoco.
—Sí, ya lo sé.
Vaya. No debería haber dicho eso. Ahora sabía que lo había buscado.
—Tus deseos son órdenes.
La boca seguía curvada en aquella media sonrisa chulesca, muy parecida a la de Reid cuando sabía algo que ella ignoraba. Supongo que lo han sacado de su padre.
Pero Maggie no sentía nada del afecto que solía inspirarle Reid, ni aquella serena sensación de formar un equipo. Tristan y ella no eran un equipo. Tristan era…
Miró hacia la encimera, hacia los regalos.
Un intruso . Puede que la puerta ni siquiera hubiera estado abierta.
Pero está aquí, Maggie. Le importas. No ha entrado realmente a la fuerza, igual que tú no entraste a la fuerza en casa de tu madre. Y seguía necesitando su ayuda. Podían mantener una relación profesional.
Tristan siguió la dirección de su mirada. El enorme ramo ya empezaba a marchitarse, y la caja de PopTarts quedaba medio oculta entre las frondosas ramas.
—Qué flores tan bonitas —dijo.
—Puedes llevártelas. Sí, muy profesional.
Frunció el ceño, como si ya no estuviera tan convencido de lo que había hecho; o quizá jamás se le había ocurrido que ella no fuera a caer de rodillas, rebosante de gratitud.
—No he venido por… —Tristan negó con la cabeza, irritado—. Pensé que te gustarían.
Maggie fue hacia la cocina, demasiado agotada para volver a sacar el tema de los regalos y decirle, una vez más, que parase.
Le dolían los huesos. Le dolía el estómago.
Estaba mareada. Necesitaba comer algo antes de desmayarse, y ya olía el relleno de fresa, demasiado dulce, de los PopTarts antes siquiera de abrir el paquete.
Tristan la observaba con los ojos ávidos de un dóberman, pero ella no iba a compartir.
Salvo que no estuviera mirando la comida. La intención seguía siendo la misma.
Tristan la siguió hasta la cocina, pero se detuvo al otro lado de la encimera, junto a su pulsera.
—Escucha, Maggie… No he venido por tu madre ni por el regalo. He venido por Alex.
¿Alex? Maggie dejó caer el pastelito y se apartó los rizos de la frente, de pronto húmeda. La uña del meñique se le enganchó cerca de la oreja.
—¿Qué le ha pasado a Alex? ¿Está bien?
Liberó la mano de un tirón con un leve sonido de desgarro. Un dolor agudo le atravesó el dedo y la cabeza, se propagó hasta la cicatriz y reavivó el dolor sordo y palpitante.
—Sí, ella… —tragó saliva—. Perdona, no suelo encargarme de esta parte.
Eso… era verdad. ¿Por qué estaba allí él ? ¿Dónde estaba Reid? Ah, claro, Reid la había llamado. Justo antes de que se truncara su turno al bate. Y… ¿dónde estaba el coche de Tristan?
—Hay unas cuantas cosas que no cuadran —dijo—. Sobre la noche en que desapareció tu hermano.
Tristan apoyó una palma en la encimera y se inclinó hacia ella, despreocupado, pero lo bastante cerca para que Maggie percibiera su colonia.
Especiada. Almizclada. Como la de Kevin; exactamente como la de Kevin.
Era la clase de colonia que antes le hacía ver la cara de Tristan en cada encuentro sexual anónimo.
El batido se le revolvió en las tripas y la bilis le subió por la garganta. Tragó con fuerza y apartó aquellos pensamientos mientras Tristan continuaba.
—He estado revisando los registros hospitalarios y los informes policiales del día en que desapareció tu hermano. Reid quería que encontrara a alguien con una puñalada en la cara. No sé por qué.
Yo. Por mí. Y no se lo había contado a Tristan. Qué interesante.
—¿Lo encontraste? ¿Y qué tiene que ver eso con Alex?
—No encontré informes en los hospitales de la zona sobre nadie con esa herida. Pero… —Miró las flores, sus flores, y volvió a mirarla a los ojos—. Encontré una visita de Alex a urgencias la noche en que desapareció tu hermano.
Ah. Probablemente su mastectomía había hecho saltar las alarmas por las fechas. Maggie se metió medio PopTart en la boca, masticó de la forma menos atractiva que pudo y dijo:
—Tuvo cáncer. La operaron la misma semana en que desapareció Aiden. Seguro que tiene un montón de…
—Bueno, ahí está lo raro. He estado escarbando en su historial médico…
—¿Por qué ibas a estar mirando el historial médico de Alex?
Tristan se encogió de hombros.
—Porque es raro que tuviera cáncer y se sometiera a una mastectomía siendo tan joven. Raro que estuviera en urgencias aquella noche. Y Reid me dijo que buscara cualquier cosa inusual de esa época. Es aún más raro porque a tu hermano lo mataron con un cuchillo de los grandes.
Un cuchillo de los grandes. No veía la relación.
—¿Y cómo has conseguido entrar en el historial médico de Alex? Hacker o no, aquellos datos deberían estar protegidos.
—Bueno… No he entrado.
Bien. La tranquilizaba saber que aún había cosas sagradas. Se metió el segundo PopTart en la boca, recordó que aquel estaba entero cuando una esquina se le clavó en el paladar blando y se conformó con darle un mordisco. Olía a fresa azucarada, pero sabía a cartón.
—Sí que he accedido a los registros del seguro —dijo él, con expresión sincera—.
No vas a urgencias para una mastectomía de emergencia.
Y, aunque no pude ver qué códigos médicos se habían facturado, sí pude comprobar si se habían aplicado las franquicias.
Después de aquella visita a urgencias, Alex solo tuvo otra cita; supongo que para quitarle los puntos o las grapas, cosas normales de una herida.
Pero, aparte de eso, no ha recibido ningún seguimiento.
Ninguno. Ni entonces ni ahora. Si hubiera tenido cáncer…
Maggie se quedó inmóvil, con el pastelito reblandecido sobre la lengua. Se lo tragó con una tos.
—Tristan, ¿qué me estás preguntando?
—En realidad no te estoy preguntando nada. —Se apartó de la encimera—. Te estoy diciendo que Reid me ha pedido que venga a recogerte y te lleve a comisaría, porque él no podía venir.
—¿A comisaría? ¿Por qué?
—Tu amiga está en la sala de interrogatorios. Nunca tuvo cáncer. Y Alex sabe sin duda mucho más de lo que dice sobre la muerte de tu hermano.